20 de Julio. Cerezo de Abajo (Segovia).

 

         El chirrido de los camiones al frenar les despertó de la enésima cabezada en aquel traqueteante viaje. Les ordenaron bajar de los vehículos. En cinco minutos, revista. Estaban cansados y tenían sed. José Ramón aprovechó para desentumecer músculos y articulaciones, algo ateridas por tantas horas de viaje a cusa de las innumerables paradas que hubieron de efectuar. Muchos se les habían unido, de cualquier edad o condición, acomodándose como podían en los pescantes de los coches, en las bacas de los autobuses, en las atestadas cajas de los camiones... Algún sobresalto también, pasado Aranda de Duero, a causa de la aviación de Madrid. Tres puntos brillantes en el cielo azul, alguien gritó ¡AVIONES! Todos fuera de los vehículos. Algunos, imprudentemente, se cobijaban bajo los camiones. Un teniente de caballería les ordenó, a gritos, dirigirse a una arboleda. Pero el miedo les atenazaba en sus mortales e improvisadas madrigueras. Más disciplinado, José Ramón, se unió al grupo que obedecía al teniente. Aquellos puntos plateados describieron en el cielo un amplio semicírculo descendente. Todavía estaban lejos, al menos eso les pareció. El teniente no hacía más que apremiarles. Pues vaya impertinente, pensó José Ramón para sus adentros, mientras corría a la arboleda, distante no más de doscientos metros de la cuneta. Sin embargo, aquellos puntos, se habían convertido en siluetas bien definidas de biplanos de asalto en cuestión de segundos y el ruido de sus motores invadía el ambiente ¡Pues sí que corren los cabrones! Se oyeron las primeras explosiones antes de alcanzar el cobijo de la zona boscosa, de encinas y álamos negros de estío. Por suerte, tiraron lejos, sin precisión alguna. Soltando las bombas en unos campos de labor. Cuando se fueron, hubo risas y chistes. El teniente les mandó callar.

 

Si hubieran querido nos podrían haber asado a la mitad.

Obedecen órdenes del Gobierno les explicó ahora el capitán— pero no se les ve con muchas ganas de cumplirlas

Rieron todos de nuevo.

 

         Formados en la carretera que entra en Cerezo de Abajo, recibían sus primeras instrucciones de combate. José Ramón, como buen conocedor de la Sierra, gracias a sus excursiones veraniegas, largas, constantes, fue llamado por el capitán al mando de la centuria, a quien acompaña el coronel Gistau, jefe de la expedición:

 

  • Me han dicho que tú conoces el pico de la Cebollera por la vertiente norte.
  • Así es, mi coronel.
  • Bien, necesito para los requetés alguien de por aquí, que conozca la zona y se aclare con los mapas. Y por lo que me cuenta el capitán, tú eres ambas cosas. Debes ponerte a las órdenes del comandante de requetés y apoyarle en todo momento. Hay que tomar la Cebollera.

José Ramón tragó saliva. Demasiada responsabilidad. Cierto que él conocía Somosierra como la palma de la mano, que sabía levantar e interpretar mapas como buen estudiante de agrónomos que era y además ya había cumplido el servicio militar, pero aquella misión que le encomendaban podía estar por encima de sus posibilidades. Apeló a la lógica para esgrimir una excusa.

 

Verá mi coronel, no se si esos carlistas me harán caso. Yo no pertenezco a un tercio de requetés y me verán como un advenedizo.

—Tienes razón. Te nombro alférez honorario —José Ramón no se lo podía creer—. Pásate por plana mayor y les explicas lo que pasa. Que te den la estrella y te vas con los carlistas.

—¡A las órdenes de usía, mi coronel!

 

Pico_Cebollera

 

El pico de La Cebollera domina el alto de Somosierra y fue duramente disputado en los primeros días de la guerra.

 

            Eulogio se encontraba realmente cansado aquella mañana. El día anterior le habían hecho trabajar en las tierras “como quince”, según expresión al uso en casa, donde no fue muy bien recibido y tuvo que pagar peaje con el azadón y la mula. Se acostó tarde, era inevitable comentar en casa los últimos acontecimientos, realmente excepcionales. Llegaron a la conclusión que había hecho bien acompañando a los milicianos hasta la cuerda de las cumbres y que también había estado acertado en volverse, una vez terminado el trabajo. Era bueno contemporizar, pero no demasiado. También hablaron que comenzaba un tiempo nuevo, de tierra y libertad...

 

         Sacudiendo las migrañas del sueño en la fuente de la plaza, camino de la dehesa donde custodian el ganado, vio aparecer el baqueteado Ford que usa el Pasaportes en sus desplazamientos.

 

  • ¡Vente a Madrid! —le dijo— ¡Están repartiendo armas al pueblo!
  • ¿A Madrid? —Eulogio se quedó atónito. No conocía Madrid.
  • ¡Vamos chaval. La revolución ha empezado! Tengo que recoger dos docenas de fusiles y la munición para los compañeros que están en el puerto. No me puedo entretener.

Eulogio sopesó la situación con envidiable agilidad mental. No quería que en el pueblo le viesen con el Pasaportes, pero esta vez no era para tomar unos vinos en la taberna ¡Sino para ir a Madrid! Él no había pasado de Torrelaguna, cabeza de partido, mercado y abastos, productos de ultramarinos o el médico. Nada más. Para él, la ciudad era Torrelaguna. Miró a su alrededor. La plaza estaba vacía. El pueblo aún dormía. En la entrada del Ayuntamiento, un miliciano ronca estrepitosamente recostado en un banco. De allí vino la llamada del comité de Madrid para recoger armas y el Pasaportes no quiso esperar a que se las trajeran. Antes de que el ronroneo del motor del coche despertase el sueño y la curiosidad de algún vecino, Eulogio saltó al interior, contento, con sabor a aventura. Nunca olvidaría aquel veintiuno de Julio.

MilicianosporlasierradeGuadarrama

 

Llegada a Somosierra de milicianos y soldados procedentes de Madrid, con las armas que el Gobierno entregó al pueblo.

 

         A punto de producirse el primer choque importante de la guerra en las cumbres de la Sierra de Madrid, ambos bandos van tomando posiciones. Entre el 21 de Julio y el 5 de Agosto se van a librar feroces combates por la posesión de los estratégicos pasos de montaña, principalmente Somosierra y el Alto del León. A este último ya se dirigían desde Valladolid columnas improvisadas de soldados y falangistas. Fracasado el Alzamiento en Madrid, el coronel Serrador, implicado activamente en el levantamiento, consiguió escapar de la ciudad con algunas tropas sublevadas, evitando el Alto del león, que suponía —acertadamente— en manos enemigas, dando un rodeo por Ávila (ya en manos rebeldes) y presentarse en Valladolid, poniéndose a disposición de la VII División Orgánica, que lo envía al Alto del León al frente de una columna mixta de militares y falangistas, entre los que se encuentran destacados jefes que han pasado a la historia: José Girón de Velasco, que llegó a ministro durante el franquismo y Onésimo Redondo, quien, recién liberado por sus compañeros al estar encarcelado en la prisión de Ávila, encontró la muerte en el pueblo de Labajos, muy cerca de su destino, al ser sorprendido en una escaramuza con el enemigo, pues en aquellos momentos todavía no estaban definidos los frentes y cualquier lugar era propicio para un tiroteo entre ambas facciones.

 

         Mientras, en Somosierra, José Miralles, al frente de algunos monárquicos tradicionalistas, encuentra también la muerte en otra escaramuza, esta vez en el túnel del ferrocarril, que termina en manos de los frentepopulistas.

 

         Al fracasar la toma frontal del puerto, el coronel Gestau es consciente de que está bien defendido y ordena, como paso previo, en control del Pico de la Cebollera, en el margen derecho, y el Alto de la Barranca, en el izquierdo.

 

En esta situación quedaron ambos contendientes para la primera gran batalla de la Guerra Civil: La disputa de los pasos de la sierra madrileña.

 

         Vemos también que numerosos personajes destacados en la historia de la Guerra Civil, tanto de un bando como de otro, se van dando cita en la Sierra. Allí acuden o irán acudiendo Cipriano Mera, Francisco Galán, Vicente Rojo, Valentín Gonzalez “El Campesino”, Enrique Líster, Juan Modesto, Gavilán, Onésimo Redondo, Girón de Velasco, García Escámez, Serrador, intelectuales como Miguel Hernández o Rafael García Serrano...

 

         Iremos repasando sus biografías, importantes para comprender lo sucedido en la Sierra de Madrid en el contexto de la Guerra Civil Española, porque en la mentalidad de aquella época, tan cercana y distinta a la nuestra, fue, ante todo, no una lucha de clases, sino un choque de entusiasmos.

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Onésimo Redondo y Francisco Galán, protagonistas indiscutibles en la Sierra de Madrid de aquel trágico “Choque de entusiasmos” que fue la Guerra Civil Española.