18 de Julio. Alto de Somosierra.

¡Santo y seña!

¡Tierra y libertad! exclamó Eulogio ufano.

¿Quién te ha dado permiso? le requirieron los del control, siempre desconfiados, pues aquel mozo no era de su partida.

El Pasaportes respondió Eulogio seguro de sí mismo.

Tira.

 

            Por fin, libre de aquellos tipos, Eulogio descendió a la carretera por trochas y senderos que le sirvieran de atajo. Tenía todo el día por delante, pero le apremiaba el tiempo cuando pensaba en las obligaciones olvidadas. La reprimenda en casa estaba garantizada, al dejar abandonadas sus tareas, a pesar de las simpatías que siempre mostraron sus padres por las izquierdas ¡Tierra y libertad! ¡Qué bonito sonaba aquello! ¿Empezaría una época nueva donde aquello fuera posible? El pueblo reaccionaba por fin contra la tiranía de los señoritos. Sin embargo, le habían recomendado no significarse demasiado, y de amanecida, considerando haber concluido lo que le habían pedido, se echó el morral al hombro y emprendió él solo el camino de regreso. Cogió carretera con Buitrago abajo, donde se encontró con el peón caminero de la zona, conocido suyo, que le hizo una seña. A él acudió.

 

Hay rondando unos tipos que me dan mala espina ­le aclaró el peón.

Tranquilo, compañero, que son de los nuestros. Vengo de arriba ¿sabes? — Eulogio remarcó su afirmación señalando con el gesto a las cumbres de Somosierra.

El peón negó con la cabeza.

—Te aseguro que estos no. Tienen pinta de señoritos y me da que algo traman.

—Vamos a ver.

 

         Había cuatro a la sombra de un álamo, tras un talud próximo a la carretera. Eulogio entonces recordó que había avistado otro grupo con un automóvil en un camino, donde se divisaba ampliamente la carretera de Burgos. Decidieron informar al alcalde de Buitrago, de Izquierda Republicana, a quien conocían. En el pueblo, donde ya se encontraban gentes venidas de Madrid, sobretodo de UGT y de la CNT, se formaron varias partidas que salieron a su encuentro y peinaron la zona. No pasó mucho tiempo cuando aparecieron de regreso con varios prisioneros. Al parecer, alegaban ser técnicos efectuando reparaciones en el tendido eléctrico. La mentira no coló y fueron puestos a disposición de las autoridades. Eulogio no se explicaba cómo podían haber soslayado la vigilancia de los hombres del Pasaportes, pero también era verdad que no eran suficientes para tender una malla que impermeabilizara los pasos, amén de su manifiesta desorganización. Algunos iban tan borrachos que se dormían en los controles. Otros, si no llegaba la comida, abandonaban el puesto e iban en su busca... Le dio la impresión que allí hacía la guerra (o la revolución) cada uno por su cuenta.

 

Buitrago parecía inmerso en un especie de fiestas patronales espontáneas. Había bullicio, gente que bebía y cantaba, las casas de postas y mesones de carretera, abarrotados de milicias de los sindicatos. Venían con dinero y ganas de gastarlo. También traían mujeres o compañeras que se unían a la fiesta revolucionaria. Muchas parecían prostitutas, otras, por el contrario, traían la revolución dentro, como parte del alma, ataviadas de mono y correajes que usaban por primera vez. Un miliciano de la CNT enseñaba a una de aquellas chicas a manejar el cerrojo de un mosquetón. “A ver cuántos fascistas te meriendas”, aleccionaba. Cada dos por tres aparecían más coches y camiones con más milicianos. Entre la juerga también había disputas. Uno de los coches requisados a los falsos electricistas querían quedárselo los de la UGT, ante las airadas protestas de los anarquistas, que habían participado en la saca. Terció el alcalde antes de que la cosa llegase a mayores. Pero vamos a ver... —les decía— ¿Somos compañeros o no? Aquí estamos juntos para combatir al fascismo, así que por un lateral del coche se pinta “UGT”, por el otro lateral, “ CNT” y en la trasera “ABAJO EL FASCISMO”. Os tomáis unos vinos y luego marcháis al puerto, no sea que aparezcan más fascistas.

 

Parecieron entrar en razón. Las noticias que llegaban por Unión Radio y las que traían los recién llegados de Madrid eran preocupantes. En África, el Ejército se había sublevado contra la República, contra el Pueblo. Se hablaba también de otras guarniciones en la península, aunque las noticias eran confusas. De nada servía enterarse por la última edición de Mundo Obrero, desfasada por la avalancha de acontecimientos... Otros decían que había dimitido el Presidente del Gobierno y se esperaba con impaciencia un nuevo gabinete. Cuando se confirmó la sublevación en Burgos alguien, anónimo, gritó ¡NO PASARÁN!

Salieron más coches camino del puerto.

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Milicianos de la CNT suben Somosierra en un camión militar que porta un carro de combate Renault FT-17, modelo en servicio al estallar la guerra.

 

        

Burgos.

         La ciudad había estallado en júbilo. Muy pronto, las tropas al mando del coronel Gavilán Almuzara, se habían hecho con el control de la guarnición sin apenas resistencia. Todo Burgos estaba con ellos. O casi todo. Se llevaron detenido al Gobernador Civil. Algún conato de resistencia en la Plaza de Prim terminó con disparos al aire, disolviéndose el grupo de afines al Gobierno, que cambiadas las tornas se encontraban en angustiosa desventaja. Ahora, en las calles, en los bares, en todos los rincones, se dejaban ver las camisas azules. A José Ramón le habían prestado una. Le venía algo grande, pero con las mangas remangadas y el cuello abierto dos botones apenas se notaba. En el cuartel de caballería le proporcionaron unos pantalones caqui reglamentarios, así como botas, correajes, un mosquetón y la correspondiente munición. Allí fue requerido por el jefe provincial de Falange. “Este se conoce Somosierra como la palma de la mano y es campeón de tiro al plato”, informaron a la máxima autoridad falangista de la provincia. Orgulloso por tales distinciones, José Ramón recibió su equipo de campaña. Le integraron como segundo en una centuria y con sus camaradas salió camino del Espolón donde aguardaban los camiones. Por los balcones ya asomaban espontáneas banderas rojigualdas y los brazos en alto. En las aceras, los vítores y abrazos de la multitud. Les aclamaban no como si fuesen a la guerra, sino como si volviesen de ella, victoriosos, con el deber cumplido y el honor intacto. Algunos les daban alimentos y vino. Tan sólo una joven, de ojos grandes, llorosos a punto de lágrima, porque era consciente que muchos no volverían, se plantó frente a él y le puso en la mano un escapulario.

 

—Cuídate mucho —le dijo con voz sincera, emocionada. Era realmente hermosa y José Ramón sintió deseos de abrazarla. Lo hizo con el brazo que le quedaba libre, durante un momento fugaz que nunca olvidaría.

 

         Y en El Espolón la multitud, la tropa, militares, falangistas, carlistas de boina roja y uniforme caqui, el mozo, el padre, el abuelo, el nieto... Todos dispuestos. A José Ramón se le exaltó el alma al verles, porque creían en Dios, en la Patria y también —era lo que él no compartía— en su Rey. Un sacerdote rezó un responso. Todos se arrodillaron. Las gentes callaron. En impecable cuadro, como tercio español que eran, los carlistas acompañaron el rezo con infinita devoción ¡Iban a la Cruzada! Ya sonaba la palabra Cruzada en la boca de un ministro del Señor

 

carlistas

 

Estampa de carlistas en 1936 según dibujo de Sáenz de Tejada.

 

 

         En las jornadas del 18 al 20 de Julio, ambos bandos van tomando posiciones en la Sierra.

 

Desde Madrid se enviaron muy pronto milicias armadas de los sindicatos y partidos de izquierda a las que se unieron enseguida efectivos de Carabineros y Guardia Civil por órdenes directas de Madrid. Por vez primera se veía la insólita imagen de ver juntos en un grupo combatiente a guardias civiles y anarquistas, hasta entonces enemigos declarados. No obstante, siempre desconfiaron unos de otros. La Guardia Civil (al igual que el Ejército) también quedó seccionada por la fractura en ambos bandos, admitiendo en cada caso el gobierno constituido en la zona que les correspondía. Hubo excepciones, como en Toledo (el Alcázar), Huelva o el santuario de Santa María de la Cabeza, donde la Benemérita actuó en rebeldía quedando a merced de las tropas del Frente Popular. Rafael García Serrano, en su magnífica novela La Fiel Infantería, nos da algún retazo de esta situación, precisamente en el frente de Somosierra: “Desde un lejano campanario nos llegaban los disparos de unos guardias civiles, certeros de tantas huelgas...”

 

         Burgos, aquel 18 de Julio, fue de las primeras plazas peninsulares en sumarse al Alzamiento. Tras unas horas de confusión todo quedó de parte de los sublevados, con el consiguiente quebranto del Gobierno, que consideraba vital mantener la ciudad castellana bajo control por su proyección estratégica sobre la Sierra de Madrid. Sien embargo, la Sierra ya era roja. El pronto envío de milicias terminó por decidir la situación de la gran mayoría de las poblaciones y los pasos estratégicos. Los dos principales, el Alto del León y Somosierra pronto serían disputados con encarnizados combates.

 

         Buitrago del Lozoya, convertida en importante centro logístico durante los primeros combates, dada su cercanía al puerto, tuvo un papel importantísimo durante toda la guerra. El episodio del peón caminero que descubrió activistas de los sublevados por la zona, narrado anteriormente, fue real y está constatado en distintas fuentes. En dicha población, el alcalde actuó rápida y eficazmente a favor del Gobierno de Madrid, decidiendo quizás la suerte de toda la zona, que quedó en manos del Frente Popular.