Entraron por la cuesta de Chamartín. En la plaza del Duque de Pastrana quemaban enseres y figuras religiosas expoliadas del cercano colegio de los Sagrados Corazones. Una multitud chillona se había sumado a la quema y alzaban los puños en ademán violento, símbolo del nuevo poder del pueblo. El Pasaportes frenó el coche, alzando también el puño con entusiasmo. Eulogio vio que sacaban a unas monjas del colegio. Las dejaron a merced de una cuadrilla de milicianas que las insultaban y escupían.

—Chupópteras —masculló el Pasaportes regocijándose en la escena— Y tú déjalas —dirigiéndose a Eulogio—. Las chicas con las chicas.

 

         Eulogio se ahorró el comentario favorable a las religiosas. Sus intenciones no iban más allá de dejarlas marchar. No sentía muchas simpatías por el clero, pero aquella escena le pareció fuera de lugar. Si el Pasaportes lo había interpretado al revés, mejor no tentar la suerte.

 

Un espontáneo se les encaramó en el pescante del Ford —¿Váis al centro? —sin dar casi opción a contradecirle. Al Pasaportes le hizo gracia. Era la revolución. Sin embargo, Eulogio tuvo que soportar el hedor del nuevo acompañante, sudor de doce días que entraba a bocanadas por la ventanilla. Pasaron las huertas y los hotelitos de la Ciudad Jardín, solitarios. Todo el mundo se había ido al centro. La calle de Velázquez le pareció a Eulogio una estampa de otro mundo. Allí se despidieron del espontáneo y Eulogio tuvo —por fin— la ocasión de sacar la cabeza por la ventanilla, admirando los nobles edificios de una de las mejores calles de Madrid. Le hizo ilusión responder con el puño en alto a los viandantes que se cruzaban —el coche lucía ostensiblemente las siglas “UGT” rotuladas a brocha— y se sentía alguien importante. Aquello era magnífico ¡Triunfaba la revolución! Doblaron por Alcalá y el Pasaportes frenó bruscamente, provocando que la inercia empujase a Eulogio hacia delante. Un codazo del Pasaportes le hizo alzar la cabeza y allí estaba: La Puerta de Alcalá.

—Mírala, mírala, mírala... —masculló el Pasaportes con el puro entre los dientes, ufano de su descubrimiento.

 

         Boquiabierto, Eulogio contempló por primera vez el monumento más emblemático de Madrid. Unos operarios, ayudados por algunos viandantes, terminaban de engalanarla con pasquines gigantescos que cegaban sus arcos, distinguiéndose en ellos las efigies de Lenin, Troski y Largo Caballero, el Lenin español, como ya se le conocía. Coronaba el conjunto, en el cuerpo superior de la monumental obra, el escudo soviético, hoz y martillo enmarcados en laureles, flanqueados por banderas rojas.

—La dictadura del proletariado acaba de empezar —continuaba orgulloso el Pasaportes, ilustrando a su joven discípulo.

 

         Algunas columnas de humo, procedentes de edificios religiosos, parecían confirmar la afirmación del ugetista. Un coche, atestado de milicianos, se les cruzó saludando con la bocina y un racimo de fusiles y puños en alto. Madrid era rojo.

Puerta_de_alcala

 

Imagen de la Puerta de Alcalá durante la Guerra Civil. Cambió frecuentemente la decoración de los pasquines, siempre con motivos marxistas, alternando imágenes de Stalin, la Pasionaria, Negrín, etc.

 

         Algunos paisanos se acercaron al coche, queriendo subir en él.

—¡Se han sublevado los fascistas en el Cuartel de la Montaña! —gritaban excitados— ¡Están repartiendo armas al pueblo!

 

         Atestado el Ford de nuevos viajeros, aprovechando el asiento trasero, las aletas y los pescantes, entraron por la Gran Vía hasta desembocar en la plaza de España, convertida en un auténtico ebullidero. Allí bajaron todos del coche, apresurándose a uno de los centros donde la Guardia de asalto ya repartía fusiles, con sus cartucheras de munición. ¡Sólo a los que tengan carnet de los sindicatos! —decían— aunque el desconcierto era tremendo y muchos miembros de los comités solicitaban armas por lotes, que luego repartían a su antojo entre los simpatizantes, incluidos presos por delitos comunes, recién liberados de la cercana Cárcel Modelo. Entre aquel desorden, el Pasaportes, con dos rifles, apareció a la carrera:

 

—¡Todos al Cuartel de la Montaña!

—Yo no se disparar esto —se disculpó Eulogio cuando el Pasaportes le ofreció uno de los Mauser.

—¡No importa, chaval. Pronto aprenderás!

 

C_Montana_1

 

Una multitud de espontáneos se sumó al asalto del Cuartel de la Montaña, contribuyendo a la confusión que terminó en matanza.

 

         Anduvieron el corto recorrido que hay desde la Plaza de España al Cuartel de la Montaña, entre un gentío enfervorizado. Muchos conocían al Pasaportes y le saludaban puño en alto. Co-protagonista de aquella popularidad, Eulogio intentaba ajustarse las cartucheras mientras corría con la gente. El sonido de un cañonazo les detuvo en seco. ¡Son de los nuestros! —se oyó decir—. Aliviados, continuaron la carrera. En el paseo de Rosales se había apostado una batería, rodeada del gentío. Unos artilleros, al mando de un sargento, intentaban apartar al corrillo de curiosos para seguir disparando contra el Cuartel de la Montaña. Muchos querían ayudar, había quien presumía de haber hecho el servicio militar en artillería y pretendía dar lecciones. Para los de Asalto, no había manera de despejar la zona. Invadido por la curiosidad, Eulogio trepó a una de las acacias con agilidad envidiable. Desde allí pudo ver el humeante cuartel. Por algunas ventanas se distinguían los fogonazos de los disparos de los defensores. Se oyeron motores de avión. Tres aviones Breguet de Getafe aparecieron en escena. Entraron bajos y soltaron su mortífera carga de bombas encima de los defensores. Les acompañó la artillería, por fin despejado el Paseo de Rosales, desmigando los muros de la fachada Este. Desde su palco improvisado, Eulogio contemplaba la escena, temeroso y extasiado a la vez. Aquello no podía durar mucho más. Los defensores estaban rodeados y no disponían de medios para salir airosos del asedio. A la desesperada, intentaron una salida de aquella ratonera que terminó en una carnicería. Se replegaron de nuevo, dejando en los accesos y las escalinatas que conducen al reducto innumerables muertos. Algunos heridos son sacados in extremis de la zona batida.

 

—¡Se rinden, se rinden! —gritó Eulogio al ver una bandera blanca asomar en una de las puertas. Le respondió un griterío triunfal. Efectivamente, sacaban bandera blanca. Sin hacer caso de las órdenes de la Guardia de Asalto, el gentío, armado con los fusiles que acababan de repartir, corrió enloquecido hacia el cuartel. Eulogio bajó del árbol y se unió al Pasaportes en la carrera. Jadeando, subieron las primeras cuestas cuando un fuego graneado les clavó en el suelo. Algunos cayeron.

—¡Esos hijos de perra nos disparan!

—¡Putos fascistas!

—¡Os daremos plomo cuando entremos ahí!

         Retrocedieron con cautela.

 

         La aviación de Getafe se hizo ver de nuevo. Más explosiones. Cuando cesó el bombardeo, comenzó el asalto. Militares afectos al Gobierno tomaron la iniciativa. Tras ellos, el gentío. Se abrieron, por fin, las puertas. Y por ellas se coló una turba sedienta de sangre y venganza. En la confusión, Eulogio perdió contacto con el Pasaportes, que en aquellos momentos hacía honor a su apodo, asesinando a quienes pedían clemencia con los brazos en alto.

C_Montana_26

 

Militares asesinados en el patio del Cuartel de la Montaña.

 

         Con la anochecida, el Ford remontaba trabajosamente las cuestas de El Molar. Entraba aire fresco por las ventanillas y Eulogio aspiró con fuerza, aliviado de estar lejos de aquella locura. Entre las piernas, el Mauser que le había dado el Pasaportes, sin estrenar. Este, sin embargo, hablaba hasta por los codos, excitado y orgulloso. No había cerrado la boca desde que salieron de Madrid. Pero Eulogio no le escuchaba. Ya en noche cerrada llegaron al pueblo. Esta vez sí le vieron en el coche del Pasaportes. Demasiada gente en la plaza para las horas que eran. Se les arremolinaron en torno al automóvil pidiendo noticias. En el bar, la radio emitía constantes boletines informativos. Las noticias de la rebelión militar eran confusas, pero podía concluirse, según fuentes oficiales, que ésta había fracasado. Sólo en África y Canarias parecía haber tenido éxito, sin posibilidades de extenderse a la Península. Pero los boletines de Unión Radio eran sectarios. Desde Burgos, la emisora local daba otra versión distinta de los hechos.

 

         Eulogio se fue a dormir, en silencio, evitando a los vecinos, que formaron corro con la primera arenga del Pasaportes.

C_Montana_25

  

Ruinas del Cuartel de la Montaña.

 

         El fracaso del Alzamiento en Madrid propició que el primer frente de la guerra tuviese lugar en la Sierra Norte, hacia donde se dirigían, como hemos visto, las primeras columnas rebeldes. En la capital, el fracaso del general Fanjul, responsable del Alzamiento, provocó que algunas tropas quedasen aisladas en algunos reductos, siendo el más importante el conocido como Cuartel de la Montaña. Desbordado por los hechos, el Gobierno tomó la decisión de repartir armas al pueblo, concretamente a los comités y sindicatos de izquierdas, donde cada uno quería hacer la guerra por su cuenta. No era necesaria tal medida, pues el fracaso de Fanjul era incontestable. En el colmo de los despropósitos, también se abrieron las puertas de la Cárcel Modelo, liberando a una turba de presos comunes por delitos que nada tenían que ver con la agitación política. Estos, lo primero que hicieron fue asesinar al director de la prisión, hombre de confianza del Gobierno y afecto a la República. Una vez repartidas las armas a los presidiarios, la tragedia estaba servida: Se encaminaron al cercano Cuartel de la Montaña y participaron el sangriento asalto, colaborando activamente con los milicianos de los partidos y comités en lo que fue la primera matanza en masa de la Guerra Civil.

 

         El presidente de la República, Manuel Azaña, a quien la situación se le había ido completamente de las manos, no pudo reprimir el llanto al enterarse de lo sucedido, admitiendo un fracaso anunciado: “Ahora sí que hemos perdido la guerra”. Y llevaba razón: La represión en Madrid, desde el minuto uno de la guerra, terminó por alinear a muchos indecisos en las filas de los rebeldes, quienes, con confianza y método, habían comenzado también su depuración, selectiva, calculada y silenciosa.

 

         Mientras, en Guadalajara, el comandante de Ingenieros Rafael Ortiz de Zárate moría en defensa de la ciudad, sublevado al frente de novecientos hombres, la mayoría del regimiento de Aerostación, que nada pudieron hacer frente a una columna enviada desde Madrid, compuesta por diez mil efectivos bien pertrechados y con abundante artillería, que acababa de abortar la rebelión en Alcalá de Henares. La posesión de Guadalajara por el Gobierno de Madrid será decisiva para la defensa de la capital y conformará el trazado de los frentes en la Sierra Norte, llevando la línea divisoria por el Macizo de Ayllón hasta Somosierra.