Otro de los bandoleros más importantes que actuó en la comarca de la sierra norte madrileña, es Mariano Balseiro, quien llegó a ser lugarteniente de Luis Candelas y estuvo considerado como mucho más peligroso que éste. Aunque parece ser que tuvo una fuerte disputa con su jefe por culpa de un reparto del botín. Su acción más destacada fue el secuestro de los dos hijos del intendente de la Casa Real, Gabiria, lo que le costó la detención y el patíbulo, sentencia cumplida junto a otros bandoleros el 20 de julio de 1839.

 

De se actuación delictiva se hace eco el autor inglés George Borrow quien en su obra La Biblia en España, lo cuenta de primera mano, pues estuvo en la cárcel junto al propio bandolero en la prisión madrileña de El Saladero.

 

Hallábase ahora encerrado en el piso más alto de la cárcel, en un calabozo muy seguro, con otros malhechores. Había sido condenado, en unión de un Pepe Candelas, (suponemos que se refiere a Luis Candelas), ladrón de no corta fama, por un audacísimo robo cometido, en pleno día, nada menos que en la persona de la modista de la reina, una francesa, a quien ataron en una tienda, robándole dinero y géneros por valor de cinco o seis mil duros. Candelas había expirado ya (1837) su crimen en el patíbulo; pero Balseiro, que era, en opinión común, el peor de los dos bandidos, había logrado salvar la vida a fuerza de dinero, un aliado con que su compañero no contaba; le conmutaron la pena de muerte, a que fue sentenciado, por la de veinte años de cadena en el presidio de Málaga. Visité al héroe y conversé con él un rato a través de la reja del calabozo. Me reconoció y me hizo recordar la victoria que obtuve sobre él en la disputa acerca de nuestros respectivos conocimientos en gitano cerrado, en el que Sevilla, el torero, no tenía par”.

 

Borrow cuenta antes de este episodio otro en el que se encuentra por primera vez con Balseiro en la taberna de una zona de Madrid cuyo nombre no menciona aunque afirma que se trata de “un barrio famoso a causa de los robos y muertes que en él se cometían”. Entre los parroquianos está el torero Sevilla, quien le presenta al bandolero, a quien define como un hombre “pequeño, enclenque, pero vivaracho”, que “iba en mangas de camisa y llevaba una montera; era guapo, pero con cara de demonio”. Entre ambos, inducidos por el torero de entabla un breve diálogo para ver quien de los dos habla mejor el “gitano”.

 

“Habló unas pocas palabras en la corrompida jerga gitana de las cárceles, preguntándome si había estado alguna vez en el calabozo y su sabía lo que era una gitana (doce onzas de pan, ración de la cárcel).

  • Vamos, ingresito – gritó Sevilla con voz tonante-, respóndele al moró (amigo) en gitano cerrado.

Contesté al ladrón, porque lo era en efecto, y de los que han dejado nombre duradero en la historia de la picardía madrileña; le contesté con alguna extensión en el dialecto de los gitanos extremeños.

  • Creo que es gitano cerrado – musitó Balseiro-, o si no, será inglés, porque no entiendo ni una palabra”.

 

Volviendo al pasaje de la prisión, continúa la narración ofrecida por Borrow sobre el bandolero:

 

“Al decirle que sentía verle en tal situación, me replicó que el asunto no tenía importancia, porque dentro de seis semanas le llevarían al presidio, y una vez allí, con ayuda de unas onzas bien distribuidas entre sus guardianes, se escaparía cuando quisiera.

-Pero ¿adónde vas a ir?-le pregunté

-¿No puedo irme a tierra de moros- replicó Balseiro- o con los ingleses a Gibraltar, o, si lo prefiero, no puedo volver a este foro y vivir como hasta aquí, choring a los gachós? ¿Qué me cuesta esconderme? Madrid es grande y Balseiro tiene muchos amigos, especialmente entre los lumias- añadió con una sonrisa.

La hablé de su malharado cómplice Candelas, y su rostro tomó una expresión horrible.

- Supongo que estará en los infiernos- exclamó el ladrón.

 

El propio Borrow afirma en esta parte de su obra “La Biblia en España”, que no puede resistir el deseo de contar las aventuras “ulteriores” de Balseiro.

 

Poco después de mi salida de la cárcel, Balseiro con poca paciencia por esperar a que el presidio le ofreciese la ocasión de recobrar la libertad, agujereó el techo de la cárcel y, en compañía de otros penados, se fugó. Volvió al instante a sus primeros hábitos, cometiendo muchos robos atrevidos dentro de Madrid y en los alrededores. Voy a referir el último, al que puedo llamar su crimen maestro, singular ejemplo de maldad. Los robos callejeros y el escalo no le satisfacían y resolvió dar un gran golpe, con el que esperaba ganar dinero suficiente para irse a vivir con lujo y esplendor a cualquier país extranjero.

 

Había cierto intendente de la Casa Real, llamado Gabiria, vasco de nacimiento y dueño de inmensas riquezas, que tenía dos hijos, dos guapos chicos de doce a catorce años de edad, a quienes yo había visto a menudo y hasta hablado con ellos en mis correrías por la orilla del Manzanares, su paseo favorito. Los dos muchachos estaban educándose, en aquel tiempo, en cierto colegio de Madrid. Balseiro, conocedor del cariño que su padre les tenía, determinó servirse de él en provecho de su rapacidad. Trazó un plan, que consistía ni más ni menos que en secuestrar a los chicos y no devolverlos sino mediante un rescate enorme. El plan fue ejecutado en parte: dos cómplices de Balseiro, bien vestidos, llamaron a la puerta del colegio donde estaban los chicos y, valiéndose de una carta falsificada, que dieron como escrita por el padre, arrancaron al director del colegio el permiso para llevarse a los chicos a pasar un día de campo. A unas cinco leguas de Madrid, Balseiro tenía una cueva, en un lugar solitario y agreste, entre El Escorial y un pueblo llamado Torrelodones; allí llevaron a los muchachos, donde quedaron bajo la custodia de los dos cómplices; Balseiro permaneció en Madrid con objeto de entrar en negociaciones con el padre. Pero éste, hombre de notable resolución, en lugar de acceder a las peticiones del bandido, formuladas por carta, adoptó sin perder tiempo medidas muy enérgicas para recobrar a sus hijos.

 

Envióse gente a pie y a caballo a recorrer la comarca y antes de una semana descubrieron a los muchachos cerca de la cueva, abandonados por sus guardianes, que cogieron miedo al enterarse de la resolución con que los buscaban; no tardaron en detenernos, sin embargo, y los muchachos reconocieron a sus secuestradores.

 

Balseiro comprendió que Madrid se ponía inhabitable para él y quiso escaparse, no sé si a tierra del moro o al campo de Gibraltar; pero reconocido en un pueblo cercano a Madrid, fue preso y sin tardanza llevado a la capital, donde a poco perdió la vida en el patíbulo con sus dos cómplices; Gabiria y sus hijos presenciaron la horrible escena a sus anchas, subidos en un carruaje.

 

Tal fin tuvo Balseiro, de quien no hubiera hablado tanto a no ser por lo del gitano cerrado. ¡Pobre desventurado¡ Conquistó el género de la inmortalidad a que aspiran tantos ladrones españoles, mientras lucen su nívea ropa blanca pavoneándose en el patio. El rapto de los hijos de Gabiria le convirtió de golpe en ídolo de toda la cofradía. Un ladrón famoso, con quien más adelante estuve yo encarcelado en Sevilla, pronunció su elogio de esta forma:

-Balseiro era un hombre muy cabal y muy buena persona. Hacía cabeza de nuestro gremio, don Jorge, ya no volveremos a verle. ¡Lástima que no pudiera sacar el parné y escaparse.