LA COLUMNA ESCÁMEZ Y EL ALTO DE SOMOSIERRA (2)

                 

                  24 de Julio. Alto de la Cebollera.

         ¡Aviones! avisaron los vigías apostados en los riscos que dominaban las alturas José Ramón alzó la cabeza y no le gustó el panorama: Tres puntos plateados, arriba, en el cielo azul, todavía lejos, merodeando como los lobos antes de lanzarse a dar caza a la presa acosada.

 

         La presa eran ellos.

         Acostumbrado a olfatear las intenciones de la aviación enemiga, pues ya tenía experiencia, José Ramón se temió lo peor. Esta vez no era un simple vuelo de reconocimiento husmeando el frente, en forma de un solitario aeroplano, pues ausente la aviación nacional de la zona centro, no era necesaria escolta alguna: El enemigo había advertido su presencia en las cumbres y mandaban a la aviación como primer embate. El poder desmoralizador de aquellas máquinas dotadas de ametralladoras de tiro rápido (un pelotón de infantería con una sola de aquellas ametralladoras imponía su ley en un sector del frente) podría castigar seriamente la voluntad de resistencia de un puñado de defensores, aislados y sin recibir auxilio alguno. A sabiendas que después vendría el asalto de los milicianos, el capitán Urquiza echó los hígados en una veloz carrera hasta la posición que ocupaba José Ramón, a cuyas órdenes habían dejado media docena de requetés.

Cuando bajen a echar plomo, todos a cubierto les ordenó. No quiero que malgastéis munición, así que nada de machadas disparando a los aviones ¿Entendido?

         Todos asintieron con la cabeza

Y, por supuesto, al que salga por patas le corto los huevos continuó la arenga, esta vez mirando fijamente a Quique. Los carlistas no se habían dado por aludidos.

 

         Continuando su alocada carrera, el capitán salió de allí, y cuando saltó a su parapeto, las primeras trazadoras recorrían la cuerda de la Cebollera, levantando esquirlas de roca y polvo.

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La cuerda que sube al Pico de La Cebollera fue testigo de duros ataques de la aviación y la infantería del Frente Popular con el propósito de desalojar a las tropas enemigas de sus posiciones.

 

         Eulogio tuvo que dar varios rodeos por senderos alternativos, todos en la cara sur de la ladera del Pico de la Cebollera. Habían intentado, sin éxito, una maniobra de pinza por ambas vertientes, pero al encontrar presencia enemiga en grupos dispersos, muy decididos en enfrentarse al enemigo, entendieron que sería mejor dividirse en dos grupos sólo cuando estuviesen cerca de la cumbre. Así lo propuso el propio Eulogio, que ya les había librado de más de una emboscada, gracias a su pericia y conocimiento del terreno. Efectivamente, por la cara sur no se habían filtrado aún patrullas enemigas, lo que les daba la posibilidad de acercarse a la cumbre sin ser advertidos. El joven pastor debía de mantener, muy a su pesar, el ritmo lento y torpe de los milicianos, efectuando algunas paradas que les retrasaron. Afortunadamente, la aviación también llevaba sus retrasos, con lo que aún existía la posibilidad de coordinar el ataque, asaltando las posiciones enemigas a renglón seguido de las pasadas de ametrallamiento de los aviones. Sabiendo mantener a la gente emboscada, Eulogio se las arregló para ser escuchado por el capitán al mando, y fueron colocando algunas partidas muy cerca de la cumbre sin ser advertidos. La consigna era lanzarse al ataque en cuanto se marchasen los aviones. Así de sencillo.

 

 

¿Pero ese hombre se ha vuelto loco? preguntó Quique, en voz muy baja para no ser oído por los requetés. José Ramón le miró con gesto reprobatorio.

Es el capitán al mando y sabe lo que dice le respondió secamente.

Pues nos van a freír como chicharros cuando podríamos negociar con los prisioneros, y cada uno a su zona ¿es que no te das cuenta? Con esta actitud no resolvemos nada porque no hay nada que hacer.

 

         El bramido del motor del primer avión acabó con la conversación. Pegados al suelo, tras los improvisados parapetos entre los canchales, todos buscaron cobijo. Uno a uno, los CASA Breguet, repasaron las posiciones de los requetés, que ya conocían sobradamente gracias a las fotografías tomadas el día anterior por uno de ellos en misión de reconocimiento. Soltaron también racimos de pequeñas bombas antipersonal, de 10kg, muy efectivas contra la infantería. José Ramón notó que le emanaba sangre de la cabeza en forma de un reguerillo constante, tenía la garganta muy seca, le pitaban los oídos, además de un fuerte dolor en el costado. Se palpó y también notó que sangraba: Una esquirla de las bombas antipersonal le había dejado un arañazo en la espalda, pasando de largo en su errática trayectoria. La herida de la cabeza se la había hecho él mismo contra una piedra al salir despedido por la explosión. No le dio tiempo a pensar. Alguien gritó ¡Todos en sus puestos! Y las primeras balas de la infantería enemiga ya silbaban sobre sus cabezas.

 

¿Qué haces ahí? ¿Estás herido? preguntó José Ramón a su compañero Quique, hecho un ovillo en el suelo, todavía a cubierto. Le agarró del brazo y entonces pudo ver su rostro aterrado. Se encontraba ileso.

¿Lo ves? ¡Os lo había advertido! ¡Ahora es demasiado tarde! le reprochó, casi en un sollozo.

Ocúpate de la munición le ordenó José Ramón sin ocultar su desprecio y tirándole el fusil. Cuando termine la de uno, me pasas el otro cargado. Y sin chistar.

 

 

         Eulogio y media docena más de soldados esperaban la orden de asalto, que de grupo en grupo, les pasarían. Ya habían dado el primer embate, hasta un desnivel que hacía las veces de parapeto. Los aviones les habían facilitado enormemente el trabajo y consiguieron atravesar un pequeño collado al descubierto sin ser molestados, salvo algunos disparos erráticos que no causaron bajas. Ahora venía lo peor. Ordenaron alto el fuego.

¡Estáis rodeados! gritó un miliciano bajito dotado de un gran vozarrón, siguiendo instrucciones del capitán.

         El silencio fue la respuesta de los carlistas.

¡Tenéis cinco minutos para salir con los brazos en alto!

¡Cinco minutos os damos nosotros para que os entreguéis! gritó el capitán Urquiza, haciéndose oír también. Un coro de risas recibió por respuesta.

Calad las bayonetas oyó oír Eulogio al sargento, cesando de golpe la chanza. A esos los sacamos de ahí por las malas.

         Eulogio tragó saliva y con manos temblorosas colocó la bayoneta en su posición, en el extremo del cañón del fusil. Sólo lo había hecho una vez.

¡Dios, Patria y Rey! gritaron desde los parapetos enemigos, rematando la frase con un disparo certero, causándoles la primera baja, un miliciano que, imprudentemente cambiaba de posición.

¡Tierra y libertad! respondió Eulogio con toda la fuerza que le daban sus pulmones. Necesitaba infundirse valor, sobre todo cuando el día anterior le habían nombrado cabo provisional. “A este me le haces cabo” había sentenciado el capitán tras comprobar que era muy avispado y conocía como nadie la sierra. De hecho, en las precipitadas prácticas de tiro se había hecho perfectamente con el fusil, superando a la mayoría de los veteranos. No podía fallar, ahora que era cabo, dejándose arrastrar por el pénico.

¡Adelante! gritó alguien, que podría ser el sargento o el capitán. Él sólo oyó “Adelante” y saltó a descubierto manteniendo perfil bajo, como solía hacer con las vaquillas de los mozos en las fiestas del pueblo, evitando ser visto antes de tiempo. Efectivamente, una bala silbó por encima de su cabeza. Por el rabillo del ojo vio que otros compañeros le acompañaban decididos en el asalto, sabiendo cubrirse en sucesivos relevos, unos, cuerpo a tierra, otros avanzando. Cayeron dos. Pero nadie dudaba.

 

 

¡Se nos echan encima! gritó Quique sin poder contener el pánico. Nadie le prestó la menor atención. Cuando José Ramón dio el último giro al cerrojo del fusil, terminando con el cargador, comprobó irritado que Quique aún no tenía dispuesto el fusil de recambio. Caló bayoneta. Ya había matado a un hombre, deteniendo en seco su carrera, sin tiempo para pensar si hacía bien o mal. A su lado, el cuerpo sin vida de un requeté, que no necesitaba teñir de rojo su boina, parecía decirle que aquello era su deber y era lo que tocaba. Él podría ser el siguiente.

 

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Refugio en primera línea de tropas carlistas (requetés) en el frente de la Sierra.

 

         Eulogio ya podía distinguir perfectamente las caras y los uniformes de los defensores. Ahora, cuerpo a tierra, había conseguido hacer blanco en la cabeza de un fascista, de boina roja calada, quedando éste con los brazos tendidos fuera del parapeto. ¡Vamos! Oyó decir y siguió el último tramo hasta las defensas enemigas. Algunos compañeros ya saltaban por encima de la cerca que hacía las veces de trinchera. Oyó gritos sin tiempo para traducir su significado. Él también saltó, donde la cerca se unía a unos canchales convertidos en improvisado refugio bajo la sombra de una lona.

 

 

         José Ramón, tan dispuesto a vender cara su piel como los requetés que le acompañaban en el puesto, defendiéndose como leones, alzó el fusil con la bayoneta calada, tensos los brazos, hacia la primera sombra que se le apareció por encima del parapeto, casi a contraluz. Falló el primer envite a causa de la agilidad del soldado enemigo que, armado de valor, se había tirado al asalto de su posición sin pensárselo dos veces. Entonces lo vio. No era un miliciano, sino un soldado de reemplazo, casi un niño, de ojos vivos y grandes, embutido en su recién estrenado uniforme de la infantería española, aún con los pliegues del doblado de almacén, nuevos los correajes, el gorro y las polainas… Aquel chaval, que parecía dispuesto a todo, se quedó paralizado, mirándole con aquellos ojos que parecían salirse de sus órbitas, en una situación inédita para él, ante una muerte que no hubiese imaginado jamás.

 

 

         Todo había sido obedecer y adelante. Hasta aquel momento no había necesitado tomar otras decisiones que no fuesen relativas a elegir trochas y senderos para burlar al enemigo. Las cosas del combate las decidían el sargento y el capitán. Y punto. Pero al verse, enfilando con la bayoneta calada a un falangista, sí, uno de esos fachas de camisa azul, pero que le miraba sin esa fiereza asesina y chulesca de la que tanto había oído hablar a los del comité, sino con la noble determinación de quien pelea por su vida atado a un ideal, con el rostro y la camisa ensangrentados, lleno de polvo y cicatrices, que sin embargo, no ocultaban un rostro joven, no mucho mayor que él, no supo qué hacer. Por primera vez, Eulogio maldijo la guerra. Ya no quería ni guerra ni revolución, sino salir de allí, de aquel parapeto infectado de muerte y locura donde jóvenes como él se quitaban la vida a tiros y machetazos. El falangista reaccionó a la concesión que le daba aquel segundo de indecisión de su enemigo y se le echó encima.

 

 

         José Ramón lo tuvo claro. A por él sin contemplaciones. Sin embargo, aquellos ojos grandes los había visto en otra parte, pero no sabía ubicar dónde. Sólo era un crío, con tanto valor como inexperiencia, regalando su vida al bando que lo había captado en sus filas. Se tiró a por él girando el fusil, embistiéndole con la culata en vez de hacerlo con la bayoneta. Y aquella sombra fugaz que se le había aparecido por encima del parapeto, salió de allí tan rápidamente como había aparecido, casi como un fantasma producto de una mala pesadilla, a contra luz, durante tres segundos escasos que en el cerebro pesaban como minutos, intensos, densos de experiencia y difíciles de olvidar. José Ramón miró la culata del Mauser, pues había notado un chasquido, que bien podría suponer el haber roto el fusil. Sin embargo, estaba intacta. ¡Mátalo! había gritado Quique desde su agujero, casi recriminándole su actitud. Otros enemigos, con peor suerte, habían caído en el asalto, mientras los demás se daban a la fuga. Habían aguantado el primer asalto.