Es extremadamente frágil de constitución. Parece que su cuerpo se va a quebrar de un momento a otro. Sin embargo, su voz, suave, transmite aplomo. «¡Ah! No voy a decir nada», responde, tras haber sido abordada por ABC de improviso. Mira de frente y escucha sin interrumpir para repetir como un mantra: «Sabes que no quiero hablar». Ocurrió el pasado miércoles en una parada de autobús, a escasos metros de su residencia familiar situada en El Molar (Madrid), pueblo del que es oriunda. Se trata de Noelia de Mingo, la residente de 3º de Reumatología en la Fundación Jiménez Díaz, quien en un brote psicótico fruto de la esquizofrenia paranoide que padecía desde 2001, acabó con la vida de tres personas. Fue el 3 de abril de 2003.

Han pasado ya más de 14 años que han hecho mella en una doctora que jamás ejercerá la Medicina. Tiene 45 años, pero aparenta más. Lleva ya nueve días en la calle por decisión de la Audiencia Provincial, debido a «su buena evolución» y a que «ahora no constituye un peligro para los demás ni para sí misma», dado que «el riesgo de su conducta violenta futura, en el momento actual, puede considerarse como bajo».

Sometida a tratamiento ambulatorio con controles psiquiátricos quincenales está bajo la custodia de su madre Consuelo, de 77 años, que tiene el compromiso de avisar de cualquier signo de descompensación. De ser detectado por cualquiera de las partes se procedería al cambio de medida por otra de mayor seguridad. Así lo acordó el auto dictada el pasado día 6, fecha en la que Noelia salió del psiquiátrico de Fontcalent (Alicante), en donde pasó la última década, tras ser declarada inimputable en el juicio en el que se la condenó a un máximo de 25 años de internamiento terapéutico.

«¿Qué piensa, qué siente?»

 

«¿Cómo está Noelia? ¿Cómo se siente? Se han dicho y se siguen diciendo muchas cosas sobre su caso, pero no sabemos qué piensa usted ni cómo lo está pasando, si se ha sentido o se siente rechazada y si eso puede poner en peligro su integración social». Esas fueron las preguntas que le lazó este diario y que ella oyó con atención. Tras negarse a responder, se subió al autobús con su madre. Eran las 14.15 horas. Estuvieron escasos minutos en la calle; habían calculado a que hora pasaba el vehículo y la media docena de viajeros que esperaban apenas repararon en ellas.

 

«Sabes que no quiero decir nada. No voy a hablar», dijo la médico
La doctora se sabe en el punto de mira, aunque lo que más le preocupa es la prensa por las molestias que pueda causar a su familia, muy conocida en El Molar en donde su padre, fallecido en 2006, fue concejal con el PP, y su primo y abogado defensor, lleva varias legislaturas en el gobierno local.

 

En los días en los que la doctora lleva en libertad, apenas se la ha visto. El martes pasado echó la Bonoloto y se gastó 4 euros. Fue poco antes de que el comercio cerrara. ¿Vive recluida, se aísla? Es pronto para saberlo. Muy reservada, le gusta pasar inadvertida. Lo logró los años en los que estuvo estudiando inglés, valenciano y portugués en la Escuela Oficial de Idiomas de Alicante durante su internamiento, cuando salía a diario para ir a clase. También realizó dos cursos de Psicología por la UNED y un Máster en Psicopatología y Salud.

Tal vez lo que le sucedió cuando estaba sin medicar despertó su interés por los misterios de la mente. Ella es una víctima también, al igual que las tres a las que mató y a las que hirió. Su salida a la calle les ha hecho revivir el dolor y la rabia del pasado, así como la pregunta de porqué no se evitó esa tragedia si, aseguran, «era un secreto a voces en el Clínico que estaba mal».

De Mingo afronta una nueva etapa con la presión y la desconfianza que puede suscitar y la incógnita de qué será de su futuro; es decir, si logrará trabajar como traductora de manuales de medicina como deseo. En suma, de si podrá llevar una vida «normal». Es consciente de que la esquizofrenia no tiene cura, de todo el mal que hizo y del que se arrepiente y de lo que debe hacer, según los informes que pedían que saliera a la calle «porque está preparada». Cuando regresó al penal el pasado 28 de septiembre tras agotar un permiso de 90 días, ya sabía que estaba en plena cuenta atrás. Por eso este curso no se matriculó en nada.

Ayuntamiento de El Molar, en el centro del municipio situado a 45 km de Madrid

En el pueblo los vecinos se debaten entre el recelo y la compasión. Rafael y Andrés recalcan: «Deben ser muy responsables, tanto ella como su madre, para no cometer el mismo error porque puede cargarse a dos o tres y costarle muy caro». Julia, camarera, agrega: «La situación es muy delicada y la gente tiene miedo, no se fía, ya que si no sigue el tratamiento puede ocurrir una desgracia. ¡Qué avise primero!», incide, irónica. «Es una historia muy triste para todas las familias. Qué malas son las enfermedades. Que no nos toque. Pienso que no ocurrirá nada porque ella, sus hermanos y su madre han aprendido la lección», asegura María. Otros, como Alina, ponen el acento en que «debemos ayudarla a que se reinserte», aunque insiste en que la debe custodiar alguien joven, no su madre, porque además de que podría no estar capacitada por su edad, puede taparla y perjudicarla, concluyó.

«Hay que conjugar el estado psíquico del sujeto con la seguridad derivada de su control médico para que pueda vivir en sociedad sin riesgos para terceros», indicaba el auto de la Audiencia Provincial. Ese establece que el psiquiatra del Hospital Infanta Sofía dé cuenta de su estado al tribunal que la juzgó cada dos semanas, mientras que la Clínica Médico Forense deberá informarle cada tres meses.

 

«Estamos ante enfermos, no ante terroristas o malvados», subraya el Psiquiatra forense José Cabrera
Con las medidas psicoterapéuticas, el apoyo familiar y los controles médicos no hay problema alguno para estos enfermos, recalcó José Cabrera, doctor en Medicina y Psiquiatra forense. Y si el paciente no acude a la cita, se da la voz de alarma. «Aquí, más que preguntarse si estas personas están preparadas para salir e integrarse, debemos cuestionarnos sobre si la sociedad, nosotros, los estamos para aceptarlas con su mochila y su pasado por muy dramático que este haya sido».

 

«No hay que estigmatizarla»

Tras incidir en que los «normales» somos más peligrosos que los enfermos mentales, ya que solo un 3% de ellos cometen alguna acción lesiva si están sin medicar y sin supervisión, abogó por no estigmatizarles. «No son terroristas ni malvados, están enfermos y eso debe cambiarlo todo. Nadie está libre de sufrir un trastorno mental en primera persona o en su entorno», subrayó Cabrera.

Para favorecer su integración debemos entender lo que les pasa y ayudarles, acogiéndoles, sin mirarles de reojo ni hablar a sus espaldas, y darles una ocupación para que se sientan útiles», indicó el forense. Si se les excluye, su reacción es la misma que la las personas «normales»: pierden la confianza en sí mismos y en los demás. ¿Los resultados? Empeoran, huyen agreden y, la mayoría de los casos, acaban en suicidio. Para Cabrera, la sociedad estigmatiza a los enfermos mentales por ignorancia y miedo a lo extraño. «Nos sentimos distintos, mejores y su presencia nos llena de angustia y zozobra». No cometamos ese error.