Encontramos un caso claro de lo que significaba en el siglo XIX la figura del bandolero. Esa imagen un tanto romanticona y, en algunos casos defendible, por parte de una determinada escala social española que no los veía con malos ojos, pese a que algunas veces, pocas, les tocase a ellos mismos sufrir sus avatares.

 

Barroso es un bandolero que ejerció sus labores por la zona de Canencia, llegando a ser lugarteniente del famoso Fernando Delgado, (El Tuerto de Pirón), y que tras haber participado en diversos robos fue perseguido por la ya formada Guardia Civil (1844), y aunque pudo escapar de ésta en varias ocasiones, al final fue abatido cuando llevaba a cabo una labor de vigilancia de una granja que pensaba asaltar al frente de su partida.

 

Su desaparición ha dado lugar a una especie de romance donde se cuenta que estaba unido a Fernando Delgado, del que hablaremos próximamente. De ahí que al principio apuntásemos esa idea de romanticismo que afloró, sobre todo, en el siglo XIX en el entorno de las figuras de los bandoleros y que va a alcanzar su máximo con Luis Candelas, gran protagonista de esa serie de artículos recordatorios de estos amigos de lo ajeno.

El romance dice que

 

“Fernando Delgado Sanz,

el bandido de la sierra

contó un día vuestras vacas,

vuestros carneros y ovejas

y quiso que los más ricos

pobres desde entonces fueran.

Para llevarlo a buen fin

mandó a Barroso a Canencia

con orden de que estudiara

del ataque la estrategia,

recogiendo información

de la víctima primera.

Hizo el bandolero un plano

de la casa con sus puertas,

ventanas y tragaluces,

corralizas y hierberas,

con grueso de las paredes

y estado de las cubiertas.

Contento con él volvía

cuando, al tomar una senda,

Guardia Civil le echó el alto

y lo prendió por sorpresa.

Atado codo con codo

marchaba entre la pareja

camino de Colmenar,

rugiendo como una fiera.

De pronto, un algo increíble

dejó a la tarde suspensa;

Barroso, que era un gigante,

las ligaduras revienta

y se abalanza a los guardias

como una humana tormenta.

 

Barroso con una mano

en un fusil hizo presa

y con la otra repartía

golpes a diestra y siniestra;

pero el guardia valeroso

el arma suya no suelta

aunque rodar por el suelo

maltrecho vio a su pareja.

 

Se oyó un disparo, luego otro...

y el puñal de una blasfemia

desgarró el aire preñado;

de expectación y tragedia.

 

Después, el golpe de un hombre

que se desploma en la tierra.

 

Amapolas de Barroso

florecieron en la arena.

Y se quedó cara al cielo

Con las dos piernas abiertas.

 

Cuando el Tuerto se enteró,

puso por medio la sierra.

Ya podéis dormir tranquilos,

ganaderos de Canencia.

 

El ojo os había echado

gente de mala ralea

y de un solo hilo pendían

vuestras personas y haciendas.

 

¡Ya podéis dormir tranquilos,

ganaderos de Canencia¡