La semana pasada la compañía norteamericana TESLA invirtió 1.500 millones de dólares en la criptomoneda más apreciada por los usuarios de la red: bitcoin. Además, anunció que pronto permitirá a sus clientes comprar sus automóviles eléctricos con la meritada cripto. Yendo todavía más allá, el fundador de Tesla y SpaceX, Elon Musk, ha dejado caer, como a quien se le escapa sin intención, que sacará su propia criptomoneda. Incluso le llegó a poner un posible nombre: MarsCoin, lo que disparó un 2.500 % el token Marscoin (MARS), pasando de 0,1 a 2,5 dólares en tan sólo una hora.

 Tal es el bombazo informativo, que cabe formularse la siguiente pregunta: ¿nos encontramos ante la eliminación progresiva del dinero físico?

 

            Huelga señalar que el sistema financiero ha experimentado un gran desarrollo en innovación en los últimos años que parece llevar a una transformación del dinero en sí mismo e incluso a su desaparición como moneda física, no obstante, el escenario defendido por gran parte de los expertos financieros, es que nos espera un futuro con reglas digitales, pero en el que el efectivo persistirá en un mundo fragmentado. Yo no lo tengo tan claro. Si me preguntan por qué, se lo resumo muy brevemente. Basta con revisar estos datos:

 

            En países como China, pagan a través de código QR con aplicaciones como Alipay o WeChat. Casi 800 millones de personas lo utilizan, lo cual lleva a la casi muerte del dinero físico. En 2018, el 83% de todas las transacciones en las zonas urbanas se realizaron a través del código QR. En España, por ejemplo, los pagos digitales están cada vez más integrados en nuestras vidas, desde pagar la comida, la ropa, un taxi, a reservar vacaciones.

 

            Pero, al margen de los gustos y preferencias de los consumidores y usuarios, hay algo que anda detrás de esa eliminación progresiva del dinero físico: la solidez del sistema financiero que se ha basado y se basa, en cierta medida, en emitir deuda pública, o sea, en darle a la maquinita del dinero para imprimir billetes y más billetes sin que haya algo detrás de ese papel moneda que sea capaz de sostenerlo en el tiempo y en el espacio, está haciendo aguas, tal y como se puede comprobar con la curva de yield invertida (baremo que suele indicar una recesión económica).

 

            El colapso económico es inminente, puesto que el mundo está en crisis por una deuda mundial impagable de 255 billones dólares. De ahí que se pueda concluir que la política monetaria mundial está acorralada en una trampa, a modo de ratonera o de espiral concéntrica, como consecuencia de la deuda de su propia creación, por consiguiente, seguir insistiendo en el sendero actual es descabellado. Podría producirse un reseteo, o sea, un reinicio, que implicaría una revaluación simultánea de las monedas de la mayoría de las naciones del mundo, con un nuevo valor. Ese reinicio mundial podría provocar un sistema monetario más centralizado y una economía global micro administrada, teniendo las personas que renunciar a su individualismo social, para tener que identificarse con el colectivo.

 

A fecha de hoy, las diferentes naciones experimentan un déficit comercial inasumible, de hecho, cuando la deuda sea insostenible (que ya lo es) habrá una enorme presión para el cambio de moneda y, al ser imposible pagar a los deudores, entonces los deudores van a cambiar las reglas del juego.

 

Es muy probable que se esté usando esta crisis para transformar el viejo sistema financiero, a fin de crear un modelo financiero alternativo, bien volviendo al patrón oro, bien sobreviniendo un nuevo patrón: el patrón bitcoin, el patrón criptomoneda.

Fdo. Antonio Casado Mena.

Doctorando en derecho. Abogado y economista.