Después de reintroducir al oso en el Pirineo, al lince ibérico en Sierra Morena, al quebrantahuesos en los Picos de Europa, al búho real en Orihuela y a la liebre del piornal en Soria, y antes de que lo hicieran con el cernícalo primilla y el urogallo, llegó el turno de reintroducir al paisano, al montañés, en la montaña.

 

A la secuencia de control y manejo de la información genética que fluía por los genes, de estos a las especies y, por último, a los ecosistemas, se le había hurtado la presencia activa de un animal racional ―el paisano, subespecie montañés— que durante siglos había regulado, estimulado, restringido o potenciado los flujos entre animales y plantas, entre el suelo y el vuelo, determinando lo que iría a cereal y lo que iría a bosque permanente de frutas de otoño o a carbayera. Y no solo eso. Con sus mezclas y selecciones había creado cientos de nuevas razas de animales y plantas — desde la vaca ratina a la castaña valduna— y con sus manejos había conseguido un equilibrio entre las partes.

 

Había hecho todo eso y eso que nunca había ido a la universidad pero, lo que es peor, la universidad nunca había ido a él. Con precisión de cirujano, y con visión de alquimista, los flujos de energía del sol, del agua que mueve molinos, de la gravedad, del herbívoro, del depredador, del animal de tiro y del cochino reciclador, entraban y salían por ciclos principales y secundarios, en cadenas de alimentación y realimentación, de duración anual, acompasadas a las estaciones.

 

El paisano era entonces el director de una gran orquesta sinfónica que manejaba la batuta con la que interpretaba la partitura del lugar, en el que había sido, y para el que había sido, instruido, y concertaba todos los instrumentos de la naturaleza para sobrevivir y para propiciar que ninguno de ellos, ninguna de sus notas, ninguno de los músicos que rebuznaban o mugían, dejasen de hacerlo al año siguiente.

 

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(ilustración de Fernando Fueyo)

 

 

Pero el paisano se fue, o lo echaron, del monte. Y el desconcierto se adueño del lugar. Algunas especies dispararon sus contingentes, otras las perdieron hasta desaparecer. Llegaron con soluciones desde fuera… “plantaremos pinos en las montañas” —dijeron unos—, “no, no, no, —dijeron otros— reintroduciremos ciervos y luego lo llamaremos espacio natural”. Pronto el mosaico de tierras, pandillas, prados, cuestas, toxales pa rozu, majadas e invernales se fue difuminado. El paisaje se embasteció, se hizo monótono y el matorral se disparó como el colesterol en los obesos. Nada parecía ser la solución. Las tierras donde los paisanos habían hecho un traje que recubría la naturaleza, comenzaron a desnudarse. El traje se caía a pedazos raído por la desidia.

 

Mientras, los científicos industriales y analíticos inventariaban y cartografiaban una a una las plantas y los burócratas tramitaban, ante la UNESCO, un nuevo reconocimiento honorífico para el monte. Por su parte, los partidos políticos y sus aparatos de gobierno, listaban las especies en boletines oficiales y editaban lujosos libros de montañas con modelos de Photoshop. Y se prohibió cortar carrascos y mirar de reojo al somormujo. Y nadie recordó que antes de todo eso, apenas unas décadas atrás, existía allí un orden consensuado, comunitario y oral, tan solo escrito en ordenanzas que, a modo de norma local y religión laica de obligado cumplimiento, regulaban las formas, los procedimientos y los usos.

 

Las ordenanzas de los paisanos eran a los montes lo que la Constitución al Estado democrático. Nadie parecía darse cuenta de que el mundo existía con independencia de nuestra capacidad para investigarlo. Llegaron los guardas, las mil normas distintas, las fiscalías de medio ambiente y, ahora, llegan los turistas a mirar a los osos y los jóvenes ultraatletas a correr por una tierra abandonada a su suerte. Y llegó también el fuego, un antiguo criado del paisano que se había reconvertido en jefe macarra de una banda de delincuentes. Pero un día alguien preguntó por qué antes no había incendios, por qué antes las especies más oportunistas no estaban disparadas, por qué las más conflictivas lo eran menos, por qué los paisajes eran más variados, por qué cada lugar tenía un nombre, un uso y una función. Y repararon entonces en el paisano, en el pagano que atendía el pago, en el que hacía país, nombraba los sitios y hacía trajes como paisajes.

 

Repararon tanto en el director de orquesta extinguido como en el ruido insoportable que desde las Administraciones hacemos ahora en el escenario cada uno tocando su pito. “Ya no hay paisanos, pero podemos volver a hacerlos”, dijo alguien. “Ser paisano, una nueva profesión”, dijo otro. La universidad, donde anidaba hegemónica la ciencia de la industrialización, dejó de almacenar mapas, información y estadísticas y, con mucho menos dinero, comenzaron a sembrar semillas de conocimiento. Salieron a los pueblos y preguntaron a los abuelos, pastores retirados.

 

Descubrieron el pensamiento sistémico, los principios agroecológicos aplicados y el empirismo brillante de los aldeanos. Rebuscando en los patrones de las viejas ordenanzas, encontraron soluciones para diseñar los nuevos trajes del paisaje. Releyeron a Carlos III y a los ilustrados de Pablo de Olavide, a los institucionistas de Giner de los Ríos y Sierra Pambley. Así que la solución, finalmente, fue dejar de parchear y atreverse a reintegrar en las montañas huérfanas a los paisanos, sus mejores socios. La recolonizaron con los montañeses, con sus comunidades y con sus culturas locales. Volvieron más jóvenes, mejor preparados. Con privilegios como los de Leitariegos. Libres de impuestos con tal de que el monte quedase libre de incendios, produjese los quesos, las energías y las carnes que les son propios y conservase el canon paisajístico pertinente y pactado con el Gobierno.

 

El paisano, una especie extinguida en el siglo XX que fue necesario reproducir antes de reintroducir en el XXI —y ya que la reproducimos, la mejoramos— se encargó de hacer volver la música al monte y el paisaje recobró la armonía perdida. No me acuerdo en qué año empezó la recolonización paisana de la montaña. Lo que sí recuerdo es que fue el mismo año en que al Ministerio de Fomento, Medio Ambiente y Conservación de la Naturaleza le cambiaron el nombre por el de Fomento del Sentido Común con los pies en la tierra y cerraron las Secretarías Técnicas.

 

 Publicado en La Nueva España, el 5 de marzo de 2016

Jaime Izquierdo