Para mí: Franco no ha sido sólo un español fuera de serie, un militar en el que han concurrido las más altas virtudes castrenses, el Caudillo de la Cruzada victoriosa contra el comunismo y sus cómplices, el creador de un Estado al servicio de la unidad, de la grandeza y de la libertad de la Patria, el fundador de la nueva Monarquía nacional y tradicional, sino que es, ha sido y será, con relación al mundo entero y con relación a los españoles de hoy y de mañana, un banderín de llamada y de enganche para el alerta permanente contra quienes, por ser enemigos de España y de la civilización cristiana, fueron los enemigos de Franco y son también los nuestros.

Las últimas palabras de Franco, que con tan profunda emoción ha leído el jefe del gobierno, son para mí, sagradas. Las aprenderé de memoria y me gustaría que de memoria las aprendan, para recordarlas y aplicarlas, mis hijos y mis amigos.

Franco nos lega la lección única de su vida y de su muerte. Esta lección es magistral e imperecedera. Operado, como militar, en el quirófano sencillo del cuartel de su regimiento en El Pardo, muerto en la Paz, en la clínica hermosa de la seguridad social, su obra predilecta, Franco nos ofrece, en su testamento espiritual y político, el compendio de sus dos grandes amores: Dios y España.

Ahora que Franco ha muerto los que aceptamos su herencia ideológica, los que le alzamos como símbolo, gritamos con dolor y con fe ¡VIVA FRANCO!