La fecha del uno de abril tiene magia. Ninguna se hubiera podido encontrar con alientos tan juveniles y emprendedores para poner fin a la guerra, para coronar una tarea urgente en la que estaba comprometida la existencia y el futuro de España como nación.

Parecía que las estrofas del himno elaborado en "La Ballena ale­gre", daban cumplida hechura a la profecía de las banderas victoriosas que, en una mañana primaveral, ungida por la sangre y la luz, pasearon a su regreso de las trincheras.

Los himnos, que son como un incontenible despertar castrense, acompañaron con sus notas el desfile ardoroso de los estandartes empuña­dos con brío y con honor: "Soy valiente y leal legionario"; "Por Dios, por la Patria y el Rey"; "Pues aún te queda la fiel Infantería"; "Cara al sol con la camisa nueva".

Insignias y cantos se mezclaban en el vítor de la unidad, en las alas de una victoria nacida del esfuerzo, cobrada a pulso de heroísmo, aupada a torrentes de amor.

Todavía quedan sobre la geografía española hitos y huellas de las jornadas difíciles, del camino áspero que condujo a la paz. Aún pasean por nuestros pueblos y ciudades los que llevan en su cuerpo las mutila­ciones horrendas que les pidió la Patria para vivir. Aun guardamos en el sosiego de las familias, como un santuario imbatible, el recuerdo nunca borrado de los caídos en el combate, cuando la juventud les sonreía, de los asesinados sin contemplación ni explicación, con saña y tormento, por odio a la Fe y a la Verdad.

Toda España fue el primero de abril y lo ha sido por muchos años, un clamor unánime de fidelidad apasionada a la Victoria, una promesa re­petida de no hurtar ni un ápice al compromiso formulado de respeto para la sangre vertida haciéndola semilla fecunda de realidades.

Nuestra Victoria de bronce o de mármol tenía y tiene dos alas pa­ra volar y fuego interior para reconstruir lo arruinado, para cicatrizar heridas, para perdonarlo todo, para comenzar y continuar una era en la que el venero inagotable de la tradición fluya y discurra por los cauces nuevos de una época gloriosa y arriesgada; porque el mundo acobardado o enemigo no perdona a España su desplante y su gallardía.

El aliento de la victoria nos hizo superar el hambre, la escasez, la hostilidad de muchos, el cerco y la infiltración, la amenaza y el halago. El país se sintió artífice de su propio ser, protagonista de un capítulo de la Historia. Tuvo una idea clara de su destino y de su conducta y cumplió alegremente, con naturalidad, sin aspavientos ni alardes, sin jactancias ni lloriqueos, con dignidad y con valor.

De menos cero en lo material, España, a impulsos de su victoria, es decir, de su reencuentro consigo misma, después de su rapto ideológi­co, construyó lo que tenemos. Las ayudas del exterior, pródigas para otros, se nos escatimaron. Fue así España la que hizo su propio milagro, la que elevó su nivel de vida, la que irrumpió en una era que le parecía vedada, la de la industrialización, la que puso en su juventud, formada a la intemperie, la fe en un futuro de trabajo, pero también de justi­cia.

Cierto que no todo ha sido rosa y azul, que también ha habido lagunas, imperfecciones y desmayos, y hasta la deserción de los que se es­cudan en lo que es digno de crítica para abatir la Victoria y retornar a las andadas. Ni faltan tampoco los que se acomodaron en los camarotes de primera y abandonan la nave cuando sopla el viento y parece que se ave­cina la tempestad; ni los roedores de la mercancía sana que transporta­mos en la bodega; ni los que negocian por la noche, desde sus puestos, con la flota pirata que se esconde en la oscuridad y que sigue acechándonos; ni los que tratan de aturdir o poner los bozales a los mastines que vigilan y ladran denunciando el peligro, afirmando solemnemente que todo marcha a las mil maravillas y que el viento que sopla es útil para lim­piar el polvo y las telarañas de la arboladura; ni los que tratan de en­callar el buque deteniendo su camino; ni los que, alocados y sin rendir homenaje a las ayudas necesarias del tiempo peor, aspiraron al monopolio exclusivista de la nave. Todo esto es tan real como lo es que nuestra esperanza no se ha frustrado por ello.

Nos consta que hay quienes se amargan y se encierran en el escepticismo; quienes se amodorran políticamente con el ajetreo profesional de cada día; quienes han decidido vivir en un relajamiento de inquietudes y buscan su terapéutica en la frivolidad.

Nosotros no estamos ni con los aduladores ni con los abandonistas; ni con aquellos que ignora los fallos del sistema y de sus hombres, ni con los que -por muy explicables que sean las razones de su desencanto- se abstienen o se retiran y se colocan, acodados del balcón, como simples e irónicos espectadores, a contemplar los acontecimientos.

Lo que está en juego hoy, al cumplirse veintiocho años de la victoria, es tan sagrado y tan universal, que no caben excusas tranquilizantes ni posibilidad de escapatoria, si es que el fruto logrado del primero de abril se malograse ahora, si a espaldas y en contra del pueblo se fabrica­ra un esquema político que fragmentara la Victoria.

Una Victoria para todos, no es una Victoria hecha añicos y repartida luego en un barato de feria para atractivo de los paseantes. Una Victo­ria para todos, irreversible e íntegra, como quiso y quiere ser la nuestra, es una Victoria que cobija a todos los españoles bajo sus alas, incluso a aquéllos que, al combatir en otras filas, la hicieron posible.

Recuerdo que alguien me dijo una vez que a la Venus de Milo le faltaban los brazos porque no supo dominar el vicio de comerse las uñas. Se­ría fatal que nuestra Victoria, sin tarea a la vista, mustia, sentada sobre una piedra, se dedicara a comerse sus propias alas.

Pero ello no sucederá. Levas de españoles que han visto la luz y han abierto los ojos bajo esas mismas alas, están alertas para abrirlas de nuevo, para alzarlas y recordar a todos -los de dentro y los de fuera- que España volvió a existir cuando esa Victoria apareció y que no estamos dis­puestos a renunciar a ella.