Da tristeza ver cómo los méritos o actuaciones misericordias y compasivas de algún sujeto son despreciados por unos señores mandones dentro de la pirámide cárnica de grande, mediana o pequeña empresa.

            A día de hoy casi todo se reduce a caer bien, hacerle oír al superior aquello que le gusta o que quiere escuchar, y aceptar, con más o menos compasión, todo aquello que se te dice u ordena. Y no hay consentimiento. Pero si se produce algún tipo de reproche ante órdenes o no acatamiento de instrucciones sin sentido, pues el mecanismo sectario (algunas empresas más que otras) se pone en marcha hasta machacarte y ningunearte. La doctrina está clara: expulsar, de un modo a otra, aquel susodicho que se ha rebelado.

            Todos conocemos casos, y si preguntamos a cercanos, pues reconocen que, en su empresa, existen más palmeras que un paseo costero. Y es que, seguramente estés hablando con alguno de ellos. Pues es obvio que perder el trabajo es lo peor; pero peor es suplantar tu personalidad a cualquier precio.

            Esto siempre ha existido, y siempre existirá. Quizás tus compañeros no quieran saber nada de ti después. Normal. Pues no pasa nada. Si lo has hecho y has perdido tu puesto de trabajo por decir, con respeto (eso siempre) algo con  lo que no estabas de acuerdo, pues GRACIAS. Gracias por ser distinto, por tener huevos, por dejar la escoria al margen y por irte de un sitio como un señor. Porque te echaron, pero te vas por la puerta grande, tras una faena que será recordada. Recordada porque pocos la hicieron, y porque fue, a buen seguro, en una de las plazas más complicadas que existen: la de la vida.