Desde los Pirineos, los viñedos acompañarán al camínate en todo su recorrido

No hay rincón del Camino de Santiago en el que el vino no se halle presente como amable compañero de viaje del peregrino, desde el paso de los Pirineos hasta el Monte del Gozo, ya a vista de pájaro de Santiago de Compostela. Algo menos de trescientos mil peregrinos efectúan cada año esta ruta histórica, que este año aciago se espera menos concurrido.

Los peregrinos comenzaron a hacerse presentes en el tercio norte peninsular en el siglo IX, desde el mismo instante en que encontraron los restos del apóstol y que la noticia se propagara por toda la Europa cristiana como una imparable mancha de aceite. Por el llamado Camino Francés fueron apareciendo pequeños grupos de peregrinos, siempre bajo la protección de Carlomagno, que temía la expansión de los musulmanes a través de los Pirineos. Ya en el siglo XI, un gran monarca español, Sancho III el Mayor, desviaría el Camino Francés, que transcurría por parajes desprotegidos muy cerca de la costa del Cantábrico, para desviarles a su corte najerina y ofrecer mayor seguridad y asistencia al caminante con las Órdenes Militares. Pero en aquellos momentos, la protección del peregrino era sólo un pretexto, la verdadera razón de aquel cambio de rumbo obedecía a una imperiosa necesidad de repoblar los territorios pamploneses, riojanos, castellanos, leoneses y gallegos.

El Camino Francés es, con diferencia, el que más adeptos tiene, aún hoy en día. Entra en territorio español por Saint Jean Pied de Port, último punto de abastecimiento para los peregrinos que proceden de Francia y del resto de Europa.

Ya en las proximidades de Saint Jean acompaña el viñedo al peregrino, que produce en aquellas latitudes un vino de poco cuerpo y más bien ácido, aunque fácil de beber. Los peregrinos europeos, desde Burdeos, ya llegan preparados para lo que más tarde se encontrarán en el norte peninsular hispano.

Tras llegar a Pamplona y más tarde a Irache, ya en tierras navarras, el caminante descubrirá la famosa fuente del vino que le permitirá beber todo el vino que su garganta requiera en ese momento, aunque no podrá llenar sus recipientes para el resto del camino. Hay además muchas bodegas navarras visitables en su entorno.

Un hito del Camino: los vinos riojanos

La vista del Ebro nos acerca a Logroño, la capital riojana, donde la ruta compostelana aparece ornamentada, a derecha e izquierda, por viñedos jóvenes y otros casi centenarios, en variedades de gran prestigio: garnachas, tempranillos, viuras, gracianos…, con vinos tintos, claretes y blancos de reconocido prestigio en todas sus gamas de crianza. Y así hasta Santo Domingo de la Calzada, ya en la frontera con Burgos. El peregrino siempre encontrará un fresco porrón de vino para mitigar la sed. Y si tiene un poco de tiempo, junto a la catedral calceatense, podrán visitar Vinos Castro, para descubrir un mundo de variedades, calidades y precios casi infinitos de los vinos riojanos. Por cierto, este año se clausuró en Santo Domingo de la Calzada el Milenario del Santo calceatense y su Año Jubilar.

Cuando el horario del recorrido no apremie, el caminante todavía tendrá la oportunidad de conocer Nájera, hito histórico y vinícola, y San Millán de la Cogolla, en cuyo ramal hallará bodegas tan interesantes como la Cooperativa najerina, las pequeñas bodegas de Arenzana de Abajo o la gran Bodega David Moreno de Badarán.

Se hace camino al andar

A abandonar los límites territoriales riojanos, al poniente, se abren muchos kilómetros para dedicarse a meditar, cansarse y descansar, y también para descubrir cientos de rincones donde echar un trago largo, perderse en pensamientos enriquecedores y propiciar unas horas de descanso. El peregrino entrará en León y en la Comarca del Bierzo, siempre en la compañía de un renovado paisaje de viñedos, antes de acometer desde Villafranca el difícil paso a Galicia. El caminante no debería perder la oportunidad de degustar los Mencías y Pietro Picudos que ofrecen las bodegas leonesas; nosotros les recomendamos que tampoco se olviden de visitar las bodegas del Bierzo.

Y si el cuerpo ha soportado todo lo necesario como para rematar esta parte montañosa del Camino de Santiago, allí descubrirá el sabor de los blancos de la Rivera Sacra, los Albariños, Cacabelos y Ribeiros, siempre refrescantes y dispuestos a celebrar con un brindis el largo recorrido emprendido desde los lejanos Pirineos hispano-franceses. Y si usted es de los valientes que regresan por el mismo recorrido que emprendieron semanas atrás, seremos nosotros, desde El Correo de España, los que brindaremos por ustedes, como lo hiciera el primer poeta castellano, Gonzalo de Berceo, con un “baso de von vino” ¡Buen camino, peregrino, y buen trago!