Soy radical, lo confieso. Y no me arrepiento. Soy radical en el sentido más genuino de la palabra, esto es, el de su raíz latina radix-icis: raíz. Soy radical en la media que intento salvaguardar mis raíces y aspirar que se extiendan y permitan dar fruto al árbol más o menos afortunado que soy. Las primeras acepciones de la Real Academia, al adjetivo radical le atribuyen la significación de fundamental o esencia; o también completo o total. Limitándonos a estas acepciones, el radical es el que tiene una cosmovisión completa de la realidad arraigada y coherente. Algunos de los etimólogos decimonónicos, que nos acostumbran a ciertos saltos imaginativos, apuntan que ralea vino de raíz o radical. Esta expresión, por desgracia en desuso en las democracias igualitaristas y uniformizantes, reclama que todos tenemos una ralea o lugar distintivo o condición particular en la sociedad. Los que somos radicales –los que poseemos raíces- no somos masa sino seres humanos con identidad y dignidad propia e irreemplazable.

Soy radical en la media que intento salvaguardar mis raíces y aspirar que se extiendan y permitan dar fruto al árbol más o menos afortunado que soy

Los que carecen de ralea, en castellano antiguo, eran los “raros” o “ralos”. Por esas cosas de la vida y de las revoluciones modernas, ahora los raros somos los radicales, cuando antes éramos las gentes normales y de bien. Ralo o raro, tienen una originaria significación común: lo que es poco denso, sin sustancia, o que está separado en partes, habiendo perdido su consistencia. No sé por qué pero estos atributos son los que hoy aplicaría a la mayoría de la población fruto de la fábrica de masificación democrático-consumista. Por eso, a los “raros” o “ralos” (a la masa) les asustan y abruman los radicales. Porque la coherencia de estos últimos, evidencia las contradicciones y carencias de los primeros. Ejemplo de esta inconsistencia mental lo encontramos en Cataluña, cuando la burguesía se entrega en manos de los antisistema. Los que pretendidamente dicen defender las raíces de Cataluña, la han entregado a un proceso revolucionario que esencialmente se dedica a cortar cabezas y raíces.

Los que pretendidamente dicen defender las raíces de Cataluña, la han entregado a un proceso revolucionario que esencialmente se dedica a cortar cabezas y raíces.

Los radicales tenemos raíces, y estas no se muestran ni se hace ostentación de ellas, no se exhiben ni se prestan. Son la fuente que alimenta todo el ser y la acción de uno mismo. Por eso el verdadero radical no vocea, sino que guarda silencio cartujano hasta que –en un momento dado- el honor y la responsabilidad le exige no gritar, sino clamar o proclamar lo que las cosas han de ser. Por eso cuando un radical alza la voz, las masas cloquean como los gallináceos haciendo aspavientos y emulando escandalizarse como los fariseos ante Jesús. Los radicales, los que tenemos raíces, sólo nos movemos por los frutos que producimos, no somos reactivos aunque sí reaccionarios. La diferencia es que los reactivos, las masas, actúan mecánicamente ante estimulaciones controladas y por tanto sus comportamientos son previsibles. Los reaccionarios somos los que actuamos ante algo negativo para que prudencialmente nuestra acción redirija lo torcido a su rectitud natural.

 

Los que no son radicales, al carecer de raíces son mutables ante cualquier cambio de viento, moda, o fuerza telúrica que los desplace. Como carecen de raigambre, desconocen cuál es el estado natural de su ser y por eso están permanentemente descontentos, se sienten ofendidos y enajenados ante la realidad y buscan consuelo en la “política”. Así, sólo les alivia que los manoseen y manejen llevándoles de una posición a su contraria. Y este movimiento horizontal y plano lo viven como una liberación o –en términos nacionalistas- un interminable proceso que da sentido a sus ya de por sí absurdas existencias.

Los árboles, gracias a su radicalidad, se mueven verticalmente o mejor dicho se elevan en un movimiento que busca la luz, mientras que ofrecen sombra y sosiego a los que se cobijan bajo su sombra y reposan junto a su tronco. Así somos los radicales, tan vilipendiados y vejados semántica y personalmente. Pero los radicales, como los árboles, configuran bosques como alegoría de la verdadera vida comunitaria; donde es posible la vida y son acogidos los que huyen del desierto de la existencia banal sin raíces ni sentido. Es paradójico que los que van de modernos y ecologistas levanten sus hachas para cortar estos portentosos árboles que representan la Tradición. Pero aunque mellen nuestros destinos, a los radicales siempre nos quedarán raíces de las que rebrotará la vida. Los que reniegan de sus raíces se condenan a ser parte de un pedregal seco y estéril como la sociedad a la que nos quieren abocar a vivir. Antes de llegar a eso, me quedo con mis raíces y mi etiqueta de radical. Y tan feliz.

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