Nacido en Madrid (1973) y licenciado en Geografía e Historia (UNED) y en Ciencias de la Información-Periodismo (UCM). Vocal de la Junta Directiva de la Asociación Española de Historia Militar (ASEHISMI), de la que es el socio nº 82. Profesor de Humanidades, conferenciante y especialista en temas histórico-militares. Ha publicado diversos artículos en revistas de ámbito nacional, como Historia National Geographic, Historia y Vida, Muy Historia, Desperta Ferro Moderna, Ares Enyalius, Revista Medieval, Revista Española de Historia Militar y Revista de Aeronáutica. Y es autor de los siguientes libros: La batalla de Nieuport 1600 (2013), La batalla de Sekigahara 1600 (2014), Napoleón y Revolución. Las Guerras Revolucionarias (2016), y coautor de La Guerra del Rosellón (1793-1795) (2017).

La guerra de Portugal es un poco la gran olvidada de aquellos conflictos de nuestros Tercios en el contexto general de la Guerra de los 30 Años. La gran pregunta es si fue un error de nuestra Monarquía dar prioridad a la guerra de Cataluña. ¿Qué piensa usted?

Como reflejo en mi obra, esa guerra iniciada en Cataluña durante 1640 y continuada hasta 1652 fue decisiva a la hora de no abordar con garantías el problema interno portugués. Para Felipe IV y sus principales Consejos (Estado y Guerra) fueron antes prioritarios los teatros de operaciones en Cataluña, Flandes y hasta Lombardía, lo que dificultó mucho una pronta respuesta hacia Portugal. Y la duda que tuvieron en esos meses iniciales de 1641 se disipó por la persistencia de tropas francesas entrando por los Pirineos, que basculó el esfuerzo interno hacia el Principado catalán. Desde nuestra óptica actual fue un error pero, en aquel tiempo, la amenaza francesa pesó más.

Los autores portugueses a veces han hablado de opresión de la dominación española pero la verdad es que durante la época de la unión de Portugal con la Monarquía Hispánica, entre 1580 y 1640, Portugal salió beneficiado a nivel económico y los políticos portugueses gestionaban sus propias posesiones, ¿no es así?

Durante los 60 años que ambas entidades políticas estuvieron unidas, el reino de Portugal mantuvo una cierta autonomía, al aceptar Felipe II mantener en las Cortes de Tomar de 1581 sus propias leyes, tradiciones e instituciones, permitiéndoles además que cualquier cambio de las mismas tuviera que pasar irremediablemente por el consentimiento de las élites portuguesas, a las que prometió, igualmente, la asistencia de los recursos hispanos en la defensa del imperio colonial portugués. Es decir, estableció una relación de compromiso y respeto por las instituciones lusas desde un principio. Ahora bien, con Olivares en el valimiento, esas mismas élites se sintieron poco a poco amenazadas por su falta real de influencia y por las maniobras políticas desde Madrid que, a sus ojos, parecían integrar más y más a Portugal en la órbita castellana. En materia económica, los lusos mantenían dos focos exteriores importantes, la India y Brasil, siendo el primero mucho más lucrativo. Hacia 1650, con la ofensiva holandesa en el Índico y la preservación de Brasil, con una mayor producción de azúcar, cambió su balanza hacia el Atlántico pero, en líneas generales, con la Unión ibérica los portugueses no funcionaron nada mal. Y la propia carga impositiva recayó más en el pueblo llano que en los estamentos superiores.

¿Cree que se hubiera podido evitar la sublevación de Portugal de 1640?

Lo veo complicado. Tras la grave derrota marítima de 1639 en los Downs, y el posterior alzamiento de los segadores en Cataluña se les presentó una oportunidad de oro a la élite rebelde portuguesa encabezada, finalmente, por el VIII duque de Bragança, D. João. Pienso que una vez constituido ese grupo, apartados la mayoría por la política fiscal y administrativa de Olivares, hubieran esperado otra situación beneficiosa para lanzar su órdago a Madrid, como así ocurrió.

¿Los nobles y la burguesía de Portugal eran unánimemente pro- separatistas o había sectores favorables a mantener la unión con España?

Los conspiradores del 1 de diciembre de 1640 fueron una minoría de los estamentos altos y medios lusos pero, la gran parte del pueblo no participó en la rebelión, aunque sí gran parte de su Iglesia. Es más, hubo algunas regiones lusas que no vieron con buenos ojos ese alzamiento particular y el propio Felipe IV siempre mantuvo una corte paralela de portugueses fieles en Madrid durante toda la guerra, además de controlar al aparato financiero portugués, prestamistas de Felipe IV. No fue un alzamiento general, desde luego. Y esa élite agrupada en torno al VIII duque de Bragança, D. João, lo que quiso realmente fue extender su influencia en Portugal, mantener sus privilegios socio-económicos y, una vez dado ese paso decisivo de ruptura, el legitimarse y justificarse ante Europa.

¿Fue decisiva la ayuda francesa e inglesa para que Portugal pudiera independizarse?

Pienso que sí. Francia, desde antes del año de 1640 con Luis XIII, ya coqueteó con la idea de abrir ese teatro interno para desgastar a la Monarquía Hispánica en la lucha que mantenían en Europa, y siempre tuvo en mente la erosión de su poder militar y económico llevando la guerra a la península, de ahí, su pacto en Céret con los catalanes sublevados durante 1640, y aun firmando Luis XIV el posterior tratado de los Pirineos de 1659, continuó ayudando directa, con hombres y mandos expertos, e indirectamente, con la guerra de la Devolución de 1667-1668 en Flandes, a Portugal. Los ingleses, por su parte, entraron más tarde en la misma pero, igualmente, fue decisiva su decisión de apoyar a los portugueses desde 1662 en adelante. Su armada, por esos años, era muy potente y los hombres que vinieron a luchar a la península tenían experiencia marcial con el finado Cromwell. Además, no olvidemos que los neerlandeses, hasta 1648, igualmente unieron fuerzas con los lusos en este teatro fronterizo. Se sumaron así tres grandes apoyos exteriores durante los 28 años de guerra que, en distintos momentos, nivelaron las fuerzas ante la hegemónica Monarquía Hispánica.

Los Tercios lucharon duramente por reconquistar Portugal pero la situación de España era y muy difícil a todos los niveles. ¿Por qué no fue posible la reconquista de Portugal?

Por no extenderme mucho, digamos que cuando quisieron acometer este teatro secundario de Portugal, pues tuvieron hasta 1659 otros más relevantes para la Corte de Madrid, sus opciones de proyectar y vencer en esa invasión por el Alentejo –plagado de obras abaluartadas en tres escudos defensivos- se habían casi evaporado. Nunca lo hicieron con un único ejército siguiendo una única línea de operaciones logística, al luchar también en sectores como el gallego o el salmantino y tampoco con los números de hombres necesarios para ser muy superiores a sus enemigos. Por si fuera poco, tampoco contaban con una armada capaz de bloquear Lisboa o ayudarles en esa penetración interior por la misma costa, tal y como sucedió en 1580. Aparte, debemos ver que las fuerzas portuguesas en esos años finales tuvieron un desempeño táctico sobresaliente, tanto en infantería como en caballería, tras los repetidos sinsabores hasta la prueba de fuerza de las Líneas de Elvas, en 1659. Y estuvieron mandados por excelentes mandos, como Schomberg o Ribafria y, en menor medida, Cantanhede.

De todas formas algunas hazañas de nuestras tropas en esta guerra son dignas de recordarse, ¿no es así?

Claro, la imagen en general es negativa, pero hasta 1659, la Monarquía Hispánica estaba ganando la guerra con fuerzas secundarias, pues venció en la mayoría de las acciones más importantes de esos periodos. Fue a partir de ese año cuando los portugueses y sus aliados cosecharon sus mejores triunfos que terminaron siendo decisivos para conseguir su separación de Castilla. Como triunfos hispánicos podemos ver las batallas campales en Montijo, Telena, Cerveira o Valdemula, por ejemplo, y la conquista de plazas tan significativas como Olivenza, Monção, Juromenha o Évora, segunda ciudad en importancia de Portugal en aquellos años. Más las defensas exitosas ante los ataques lusos en Badajoz, aquí repetidas veces y con gran mortandad para ellos en 1658, o Alburquerque. Y si nuestros Tercios siguieron jalonando su historia con esos éxitos, la caballería hispánica fue preponderante hasta casi el final de la guerra, un punto de vista poco analizado anteriormente, obteniendo multitud de victorias en combates o encuentros montados a lo largo de muchas localidades de La Raya fronteriza.

¿Qué papel jugó Brasil y el resto de colonias portuguesas para ayudar a su metrópoli a independizarse de España?

El Brasil portugués tuvo que soportar su propia guerra en su territorio, ante la irrupción neerlandesa desde la década de 1620. Hasta que consiguen finalmente su expulsión, tras las dos batallas de Los Guararapes de 1648-1649, y la reconquista de Recife en 1654. Ahora bien, en ese Brasil, aunque por pragmatismo se unen a la rebelión en 1641 pensando en mejoras respecto a su autonomía, nunca tuvieron una lealtad máxima a la causa bragancista e incluso llegaron a ofrecerse volver a la órbita hispánica en alguna ocasión. Esa ambivalencia política se puede trasladar a otros territorios lusos en África o Asia, esto es, hubo una aceptación generalizada de la rebelión, pero sin excesivo entusiasmo.

¿Fue en definitiva la independencia de Portugal un éxito sobre todo para Inglaterra, que así ganó un reino aliado y casi satélite durante varios siglos?

Tampoco es eso. Inglaterra ya mantuvo siglos atrás buenas relaciones con los reyes portugueses, recuerdo el Tratado de 1373 y la famosa batalla de Aljubarrota en 1385 por ejemplo, y en 1654 con Cromwell y sobre todo entre 1661 a 1662, con Carlos II como rey inglés, volvieron a unir sus destinos. Es decir, había una larga tradición diplomática entre ingleses y portugueses que, en las circunstancias apropiadas, volvió a activarse. Para mí el principal beneficiado de esa independencia fue Francia al conseguir, a través de ella, la victoria final por la supremacía política europea, ante la Monarquía Hispánica en esas décadas. No por nada estuvieron siempre apoyando a los lusos desde antes de 1640…

¿No cree usted que sería posible y deseable hoy en día algún tiempo de unión o confederación entre España y Portugal?  Da la impresión de que sería bueno y beneficioso para ambas partes, en este escenario global mundial tan complejo, ¿no cree?

La globalidad parece que se extiende en este siglo XXI y no me cabe duda que los nacionalismos, salvo casos contextualizados y enquistados, no son la forma predominante del acomodo socio-político que puede demandar el ciudadano actual. Por ello, en mi caso abogo por una progresiva integración en entidades supranacionales dejando atrás las fronteras históricas establecidas entre naciones. La UE, por ejemplo, debería ir en esa dirección y espero que se complete esa verdadera unión en política, economía, leyes y defensa común. Si antes de esa situación resultante se produjera una unión o confederación regional con Portugal, me agradaría, pues con ellos seríamos más fuertes y competitivos seguramente, tal y como sucedió entre los siglos XVI y XVII.

¿Cree que ese escenario podría ser factible a medio plazo? En los últimos años han surgido grupos en Portugal que propugnan una unión ibérica.

Sí, ese nuevo iberismo, deudor de las corrientes unificadoras que hubo hasta el siglo XIX, parece que retorna en algunas instituciones de ambos países, e incluso se empieza a hablar, en materia económica, empresarial y de las comunicaciones, de un Iberolux, a imagen y semejanza del Benelux. Todo es empezar, pero me consta, por estudios de opinión realizados en estos años, que hay partes de ambas sociedades (más en Portugal) que no verían nada mal ir hacia esa posibilidad. Desde el punto de vista histórico, sería algo natural, ya que tenemos un pasado común de unidad y convivencia con la Monarquía Hispánica que, desgraciadamente, se rompió en el tratado de Lisboa de 1668. Para mí, la guerra que nunca debimos perder.

.Gracias por sus preguntas, que evidencian un buen conocimiento de mi estudio.