José María Sadia, natural de Zamora (1979), es licenciado en Periodismo por la Universidad Pontificia de Salamanca, con estudios en Historia y Filología. Ha trabajado durante dos décadas en medios locales y regionales y, desde hace diez años, se dedica a la divulgación del arte y del patrimonio. Actualmente, escribe en medios nacionales y revistas especializadas (elDiario.es, La aventura de la historia) y es colaborador habitual del programa Ser Historia, donde presenta los contenidos del espacio El código románico (www.josemariasadia.net). Es autor de los libros «El último claustro. Los enigmas del caso Palamós» (Milenio, 2017) y «El románico español» (Almuzara, 2020), uno de los volúmenes de referencia en la actualidad sobre el primer arte internacional.

¿Por qué un libro titulado El autoexpolio del patrimonio español?

Hace una década, mientras realizaba la investigación de mi primer libro, “El último claustro. Los enigmas del caso Palamós”, descubrí una realidad absolutamente novedosa y tremenda: el expolio. Tuve la fortuna de entrevistar a algunos de los principales expertos de nuestro país en este fenómeno, que lograron transmitirme su pasión por el desafortunado destino de nuestro patrimonio. Desde entonces, siempre estuvo en el cajón de mi mesa el proyecto de reunir los casos más flagrantes de expolio en un libro. Sin embargo, cuando comencé a documentarme, tuve que dar un golpe de timón. Se confirmaron mis sospechas: a lo que en España llamamos expolio realmente es un daño autoinfligido a nuestro patrimonio. Todos los actores de la venta masiva de obras de arte estuvieron de acuerdo, promovieron miles de operaciones o, simplemente, dejaron hacer. La ciudadanía, inmersa en el somnífero de la ignorancia, colaboró borrándose de la escena, por omisión. En definitiva, lo que se produjo desde finales del siglo XIX y principios del XX fue un “autoexpolio” en toda regla, el que España se causó a sí misma.

¿En qué momento España empezó a malvender su arte y por qué motivos?

La Guerra de la Independencia, a principios del siglo XIX, causó un tremendo daño a una parte importante de nuestro patrimonio. Los posteriores decretos de desamortización de bienes de la Iglesia vinieron a rematar la faena en los años treinta. Como consecuencia, a mediados del siglo pasado, nuestro patrimonio quedó a la intemperie, sin protección, en manos de abogados o banqueros que únicamente querían llenar sus bolsillos dilapidando siglos de historia. La situación se agravó a finales del siglo XIX, cuando el desarrollo industrial en Estados Unidos generó los recursos necesarios para hacerse con cualquier obra de arte de cualquier país. Pero los norteamericanos estrecharon el cerco sobre España, completamente seducidos por siglos de historia diversa y una mezcla cultural insólita. En este contexto, con una España atravesando un periodo económico durísimo y la población inmersa en una tremenda falta de conocimiento y de sensibilidad por el pasado, el país se convirtió en almoneda, en una subasta pública. Los agentes internacionales tejieron una tupida red que rastreó lo que para ellos eran joyas de arte —no para nosotros— y comenzaron a comprarlas, con facturas de por medio, y a enviarlas a coleccionistas privados y museos de forma masiva.

¿Es algo que se sigue haciendo hasta la fecha?

Los grandes casos de “autoexpolio” de principios del siglo XX serían hoy imposibles. Nadie, ningún experto, imagina que se pueda empaquetar un monasterio completo y enviarlo en barco a Nueva York. Pero sí, el “autoexpolio” está presente en nuestros días, aunque de otra forma. Centenares de bienes, particularmente en el medio rural, están sufriendo el mayor de los estigmas, el olvido. Mientras más de un millar de edificios corren peligro de desaparecer, algunas iniciativas ciudadanas, sobre todo en la España vacía, están contribuyendo a salvar un patrimonio que tiene el mismo derecho de continuar entre nosotros que los grandes monumentos urbanos.

¿Hasta qué punto es grave deshacerse de un patrimonio tan rico a precio de ganga?

La respuesta, por paradójica, no deja de tener gracia. Por un lado, el “autoexpolio” causó un daño definitivo a multitud de obras de arte. Algunas de ellas, como en el caso de las pinturas murales, fueron troceadas y dispersadas por medio planeta. El resto se encuentra hoy en museos y en colecciones privadas, de donde nunca volverán, no nos engañemos. Pero como en toda desgracia hay algo positivo, aquí también existe. ¿Qué sería del ábside de la iglesia de San Martín de Fuentidueña (Segovia) si no hubiese sido exportado al museo The Cloisters de Nueva York? ¿Aquí lo habríamos cuidado como se merece? Basta visitar sus ruinas en la actualidad para conocer la respuesta: el deterioro de los restos avanza en el siglo XXI, incapaz siquiera de reunir fondos para celebrar una exposición conmemorativa que le devuelva, en parte, la dignidad perdida.

Más aún el arte de un país forma parte de su idiosincrasia, no tiene precio.

Efectivamente. El patrimonio y el arte no tienen precio, no solo por su valía estética ni por la destreza con la que fueron creados, sino porque en sus piedras está grabado el esfuerzo, los desafíos superados, las preocupaciones o las ilusiones de tantas y tantas generaciones de españoles que nos precedieron durante siglos y sin cuya existencia no estaríamos hoy aquí.

¿Hasta qué punto es una pérdida irreparable?

Resulta irreparable, sobre todo, en los casos en que el patrimonio se ha perdido o destruido como consecuencia de su venta o, simplemente, se encuentra en paradero desconocido, quizá en la mansión de una familia norteamericana de esplendoroso pasado. En cuanto al resto, debemos conformarnos con observar nuestras obras de arte en el Metropolitan de Nueva York, en el Museo de Boston o en el Art Institute de Chicago. Es un mal menor, pudieron desaparecer o quién sabe, quizá nosotros mismos las habríamos malogrado antes de adquirir la conciencia necesaria para preservar todas estas maravillas.

¿Cuáles son a su juicio los casos más sangrantes?

En mi anterior libro, “El románico español”, apuntaba dos fechas que me parecen clave en lo que hoy llamo “autoexpolio”. La primera es el 24 de abril de 1925, cuando la Justicia española avaló el “autoexpolio” de las pinturas de San Baudelio (Soria), habilitando a los vecinos de Casillas de Berlanga para vender unos frescos únicos que hoy están dispersos por numerosos museos. La segunda es el 12 de julio de 1957. Es el día en que la España de Franco firmó la entrega del ábside de Fuentidueña (Segovia) a Estados Unidos. Una operación flagrante en una fecha muy tardía. En todo caso, en “El autoexpolio del patrimonio español” he tratado de reunir todas las artes de la Edad Media y principios de la Edad Moderna que fueron malvendidas. De ahí que me parezca igualmente grave que nos desprendiéramos de miles de tapices flamencos, de centenares de artesonados o de las joyas de marfil fabricadas por los talleres del Califato omeya de Córdoba en Medina Azahara. La nómina es tan ilimitada como sangrante.

¿Hasta qué punto es interesante para un español conocer estos episodios tristes de nuestra historia?

Dicen que la historia está condenada a repetirse, aunque, como apuntaba antes, casos tan graves son hoy ciencia ficción. Los españoles debemos dejar de decir que “expoliaron” nuestro patrimonio. En realidad, fuimos nosotros, de forma decidida o, simplemente, por omisión. De ahí el “autoexpolio”. Si no conocemos lo que pasó es imposible que continuemos adquiriendo esa necesaria conciencia por el patrimonio que nos permita salvaguardarlo, rescatarlo de una muerte segura. Con mi libro, pretendo apoyar esta causa, verter luz sobre lo que ocurrió y, finalmente, generar una conciencia sobre un patrimonio cuyo pasado me parece absolutamente apasionante.