La Turquía moderna, la de la guerra fría surgida tras la Segunda Guerra Mundial, siempre se posicionó -extrañamente- con Estados Unidos. Ello sólo era posible en la medida que la elite secularizante y militarizada, estaba alineada con los intereses internacionales norteamericanos incluyendo el asunto espinoso de Israel. En la obra de Robert Mantran (dir.), Histoire de l’empire ottoman, (1989, p.135), se apunta que Turquía salvó muchos intelectuales judíos durante la Segunda Guerra Mundial. El gobierno de Ankara fue también el primer Estado de mayoría musulmana que reconoció el Estado de Israel, en 1948. El Primer ministro israelí Ben Gourion firmó con Turquía un acuerdo, en 1958, de lucha contra la radicalización islámica. Ello provocó que Los Hermanos Musulmanes en Egipto (matriz del islamismo radical actual) condenara a Turquía con el despectivo nombre de “un segundo Israel”.

Pero las cosas cambiaron cuando llegó al poder Erdogan, de mano del partido islamista que él había fundado: el Partido de la Justicia y el Desarrollo (AKP). El objetivo final de Erdogan es la re-islamización de Turquía. Ya a finales del siglo XX hubo varios intentos de reislamización que fueron impedidos militarmente o provocaron golpes de Estado de la elite militar que algunos consideran todavía bajo la influencia Dönmeh. Por ejemplo, en 1996, el ejército depuso al gobierno islamista del Primer Ministro Necmettin Erbakan; o se intentó la Operación Sledgehammer, en 2003, destinada a deponer al entonces Primer Ministro Erdogán. Tras estos golpes de Estado aparece siempre la Red Ergenekon relacionada con los seguidores de la doctrina kemalista secularizante del fundador de la nueva Turquía, Atakur. Las relaciones Turco-israelíes desde entonces se truncaron. Recordemos el sangriento ataque contra el barco turco de ayuda a Gaza, el Mavi Marmara, el 31 de Mayo de 2010, donde el ejército hebreo asesinó a marineros turcos desarmados.

Memorial del genocidio armenio, en Deir ez-Zor, destruido por el ISIS en Siria

La re-islamización de Turquía se mezcla con el sueño del renacimiento del imperio otomano. Y ello se vuelve, como no podía ser de otra forma, contra los armenios. El reciente conflicto en oriente medio puede ser interpretado bajo las claves que hemos descrito. Por un lado, el ISIS, o Estado islámico, retroalimentado por Estados Unidos ha tratado de derrocar a Bachar el-Assad y colapsar el Estado Sirio en el que secularmente conviven multitud de creencias religiosas y culturas. Sólo la intervención rusa impidió que Siria fuera repartida entre Turquía y el Estado Islámico. De ahí que estos dos oponentes islamistas, no tuvieran reparo en crear una alianza contra natura con tal de exterminar a los cristianos asentados en Siria. En 2014, el ejército turco se sumó al Frente al-Nusra (el Al-Qaeda en Siria) en la invasión de la ciudad siria de Kassab. La población armenia tuvo que huir para no ser exterminada. Otro hecho significativo fue cuando el ejército turco ayudó al ISIS a dinamitar el memorial que conmemoraba en Deir ez-Zor el exterminio de más de 200.000 armenios de manos de los turcos en 1916 (en un campo de concentración instalado en esa población). 

Para colmo, en 2020 Azerbaiyán desencadenó un ataque a gran escala sobre el territorio de Nagorno Karabaj que disputa a Armenia. Se rompía así una precaria paz antecedida de conflictos intermitentes entre ambas naciones. Turquía inmediatamente envió fuerzas especiales y armamento su aliado. Azerbaiyán es lingüística y culturalmente una extensión de Turquía. Según el comunicado emitido por el Consejo Nacional Armenio de Sudamérica, las hostilidades renovaron la política negacionista del genocido por parte de Turquía y consolidan la política de destrucción del patrimonio cultural armenio en los territorios ocupados. Mientras que Europa permanece muda, sólo Rusia sale al rescate de los armenios. Un vídeo que se hizo viral en 2018 demuestra el adoctrinamiento en una guardería de Azerbaiyán: “¿Quién es nuestro enemigo?”, preguntaba la maestra. “Los armenios”, respondía los niños al unísono. Así empiezan (o continúan) los genocidios.

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