Manuel Ángel García Parody es catedrático jubilado de Geografía e Historia y profesor de Historia Moderna y Contemporánea del Centro Asociado a la UNED de Córdoba. Obtuvo la licenciatura en Historia en la Universidad de Sevilla con el Premio de la Fundación Vallejo y el doctorado en Historia Contemporánea por la Universidad de Córdoba. Es autor de obras como Los orígenes del socialismo en Córdoba, Noticias de un siglo en Córdoba, El silencio de la memoria (biografía de Manuel Sánchez-Badajoz, último alcalde republicano de Córdoba), El Germinal del Sur. Conflictos mineros en el Alto Guadiato, La Segunda República y la Diputación de Córdoba, La España de Isabel la Católica (coord.), la novela Entre sombras, varios manuales de Historia Universal Contemporánea e Historia de España y libros de Comentarios de Textos Históricos. Ha publicado numerosos artículos en revistas especializadas sobre la realidad política y social de la Córdoba de principios del siglo XX. Es colaborador de diversos periódicos y medios de comunicación y pertenece al grupo de investigación de Historia Social Agraria de la Universidad de Córdoba. Es académico correspondiente por Córdoba en la Real Academia de la Historia y por La Línea de la Concepción en la de Ciencias, Bellas Letras y Nobles Artes de Córdoba.

¿Por qué un libro sobre la muerte de los reyes?

Desde siempre me llamaron la atención algunas muertes de reyes. Favila que murió a causa de las heridas producidas por la lucha contra un oso en las montañas de Asturias; la caída de una teja o una pedrada que mató al rey-niño castellano Enrique I; la picadura de un mosquito que aceleró la muerte de todo un emperador; el supuesto envenenamiento de Felipe el Hermoso, etc. En los días de la pandemia, en vez de dedicarme a escuchar las tertulias de tantos y tantos charlatanes que decían saber del virus más que los expertos, me puse a leer todo lo que pude sobre extrañas muertes reales y al final fue tanto lo que encontré que se tradujo en el libro que me ha publicado la Editorial Almuzara.

El tema de la muerte es algo muy serio, uno de los grandes misterios de la vida y, curiosamente, el que iguala a los reyes con el último de sus súbditos.

El tema de la muerte es tremendamente serio, pero yo diría que no es uno de los grandes misterios de la vida, porque constituye la máxima evidencia de nuestro acontecer, al igual que nuestro nacimiento. Lo que resulta imprevisible y hasta misterioso es todo lo que ocurre entre el orto y el ocaso de nuestra existencia y, sobre todo, si pretendemos descubrir lo que nos depara el futuro. La muerte nos iguala a todos, desde el rey hasta el súbdito más humilde. Sin embargo, cuando la Parca se lleva a una cabeza coronada, la trascendencia es mayor que si la guadaña actúa contra cualquier otra persona. Con esto se explica que muchos periodos de la Historia tengan el nombre del monarca o del dirigente que más los protagonizaron y que la muerte de un rey pueda suponer el fin de una era y el comienzo de otra.

¿Por qué no se centra tanto en las muertes naturales por enfermedad o vejez, incluso en batalla, sino en las que tuvieron lugar en extrañas circunstancias?

El libro comienza con una descripción del célebre cuadro de Rosales “El testamento de Isabel la Católica” en el que aparece la reina castellana en sus últimos momentos acompañada de un compungido Fernando II de Aragón y de una serie de personajes que la imaginación del pintor colocó en la escena pero que nunca pudieron ser testigos de ella: su hija Juana, que en noviembre de 1504 se hallaba en Flandes, o un arzobispo Cisneros que estaba en Alcalá de Henares cuando la Trastámara dictaba su testamento. Al comentar el cuadro afirmo que así es como debían morir los reyes, con serenidad, solemnidad y en silencio. Y así es como pasaron a mejor vida la mayoría de nuestros soberanos y, sin tanta solemnidad, casi todos los mortales. Pero hay excepciones que llaman la atención. Por ejemplo los que perecieron en el campo de batalla: Don Rodrigo, el último rey godo que desapareció tras ser derrotado en Guadalete; Bermudo III de León muerto en la batalla de Tamarón, Pedro II de Aragón que perdió la vida combatiendo a los cruzados antialbigenses en Muret. Y algunos más. Pero, pasados los tiempos medievales, los reyes no eran muy proclives a presentarse en los campos de batalla, aunque luego se apuntaran los triunfos y las medallas junto a unos generales que veían los combates desde lejos. Los rugidos de los cañones o el zumbido de las balas eran para la plebe. Dada por supuesto la normalidad de muchas muertes regias, me interesó profundizar en aquellas que se salieron de esa normalidad y que, en la mayoría de las veces, supusieron cambios importantes en la Historia.

¿Cuáles fueron las muertes más curiosas o extrañas?

Ya he mencionado algo antes: el oso que mató a Favila, la pedrada en la cabeza de Enrique I, el vaso de agua que acabó con la vida de Felipe I en Burgos o el mosquito de una alberca de Yuste que aceleró el óbito de un emperador. Pero hay muchas más y eso que hemos omitido los 17 regicidios que hubo entre los 33 reyes godos, la muerte de todos los califas –nueve en total- que reinaron entre 1009 y 1031 y los asesinatos de Fruela I de Asturias, de los leoneses Alfonso Froilaz, Sancho El Craso y Bermudo III o de los pamploneses García Sánchez III y Sancho IV el de Peñalén.

De entre todas las muertes regias algunas solo sirvieron para aquello del quítate tú que me pongo yo: el primer rey godo Ataulfo, asesinado por un Sigerico que apenas pudo saborear las mieles del poder; Pedro I de Castilla, muerto por un sicario de su rival, Enrique II, en Montiel; Ramón Berenguer III, el Cabeza de Estopa, liquidado por su hermano gemelo Berenguer Ramón o el emir Almundír, asesinado por su hermano Abdalá.

Hay otras muertes regias muy curiosas como el “emplazamiento” de Fernando IV de Castilla por haber condenado injustamente a los hermanos Carvajal, el posible abuso de los afrodisiacos por parte del Rey Católico, los problemas derivados del riguroso protocolo de los Habsburgo en la muerte de Felipe III –al menos eso fue el rumor que se extendió pero que nunca fue demostrado- o la locura furiosa en que cayó Fernando VI a la muerte de su mujer. Otras veces las muertes fueron políticas y no reales, como la destitución del rey godo Wamba o del leonés Bermudo I el Diácono. Pero en mi opinión la más curiosa de todas fue la muerte del castellano Sancho II en el asedio de Zamora a quien Bellido Dolfos quitó la vida cuando estaba haciendo sus necesidades biológicas a causa de un inoportuno apretón de vientre.

Todavía se siguen especulando sobre ellas y probablemente nunca sepamos toda la verdad sobre estos fallecimientos. ¿Hasta qué punto había seriedad y rigor en las autopsias o ha habido más bien secretismo y motivos para sospechar?

Es evidente que las autopsias de hoy no tienen nada que ver con las que se hacían hace siglos. Es más, en muchas muertes ni siquiera se hacían y otras veces se ocultaban determinados rasgos del fallecimiento para tapar sospechas. Un caso que aún se debate es si la muerte de Felipe el Hermoso fue por beber un vaso de agua fría después de un partido de pelota o por el veneno que alguien colocó en el vaso. Piénsese que esa inoportuna muerte permitió a su suegro Fernando el Católico, personaje que sirvió como modelo nada menos que a Maquiavelo, recuperar el control de la Corona de Castilla que había perdido a la muerte de su esposa. Conociendo el talante del viejo aragonés cualquier cosa era posible. Además, las autopsias o los testimonios de quienes estuvieron presentes en esta o en muchas muertes sospechosas han podido ser manipulados por los cronistas de quienes se beneficiaron con esas muertes.

Otra muerte que hemos incluido en el libro es la de Felipe III. Corrió el rumor que murió por los efluvios producidos en una chimenea que se habrían evitado solo con quitar algunos leños pero que nadie lo hizo porque el rígido protocolo de los Habsburgo impedía a los sirvientes más cercanos realizar esta sencilla tarea. Lo más probable es que aquel rey, indolente e incapaz como pocos, muriera por otras causas y que cierta propaganda hiciera correr el rumor de los problemas de protocolo. Yo creo que todo ello fue una leyenda palaciega y que el óbito real fue más sencillo. Pero me pareció oportuno incluir este episodio para que el lector conociera las absurdas normas por las que se regía la corte de la Monarquía Hispánica desde que se introdujera en ella el protocolo borgoñón. Las reglas que se establecían para llenar un vaso de agua dejaban en pañales al célebre juego de cómo hacer esta operación con que nos deleitaba la pareja de Tip y Coll.

¿Cuáles fueron las muertes en extrañas circunstancias con consecuencias más trascendentales en la historia de España?

Algunos de estos regicidios aparejaron cambios drásticos. La muerte de Alarico impidió el proyecto que planeó con su esposa Gala Placidia de crear un Imperio Gótico como sustitución del Romano. El destronamiento de Wamba supuso el fin de unos planes innovadores que hubieran dado nueva vida a una monarquía visigoda que se abocaba hacia su final. La desaparición de Rodrigo tras la batalla de Guadalete significó, además de la caída de la monarquía que encarnaba, la presencia de un nuevo elemento, el Islam, para configurar la realidad histórica de España. La muerte de Pedro II en Muret puso fin al dominio de la Corona de Aragón en el sur de Francia. La teja que acabó con la vida de Enrique I facilitó la unión castellano leonesa. El asesinato de Pedro I impidió que progresara en el siglo XIV el proyecto de una monarquía autoritaria en Castilla y que se consolidara la fortaleza del régimen señorial.

Pero tal vez los hechos más trascendentes ocurrieron entre la llegada al poder de Isabel de Trastámara en Castilla y su futuro marido Fernando en Aragón y la sucesión de ambos en la persona de Carlos I. Para que la Reina Católica ocupara el trono castellano tuvo que morir en extrañas circunstancias su hermano Alfonso y que se apartara de la sucesión del mismo a su legítima heredera, Juana mal llamada la Beltraneja; Fernando de Aragón heredó a su padre Juan II después de que muriera, también en extrañas circunstancias, quien estaba por delante en la sucesión: Carlos, el Príncipe de Viana.

Para que Carlos V pudiera heredar la Monarquía Católica que ellos instauraron –que nunca supuso el nacimiento de España como Estado porque la conformaron reinos con leyes e instituciones diferentes y fronteras entre sí hasta los Decretos de Nueva Planta de principios del siglo XVIII-, tuvieron que morir el único varón de los Reyes Católicos –el príncipe Juan-, su hermana Isabel, el hijo de ella Miguel de la Paz y encerrar en Tordesillas a Juana después de la extraña muerte de su esposo. Y además que muriera a poco de nacer el hijo que tuvo Fernando con su segunda esposa Germana de Foix. Carlos V estaba en el quinto lugar en el orden sucesorio de los Reyes Católicos, el mismo que tenía Felipe Juan Froilán Marichalar al abdicar el actual rey emérito. Por ello todas estas extrañas muertes y piruetas hereditarias constituyeron un singular Juego de Tronos que deja en mantillas a los de las series televisivas.

¿Qué ha supuesto para usted el reto de adentrarse en estudiar la muerte de todos nuestros reyes? ¿Cómo enriquece este libro todo lo que se ha escrito sobre la historia de los monarcas españoles?

Soy un historiador acostumbrado a la investigación desde que afronté los primeros pasos de mi tesis doctoral. Aparte de haber estado más de cuarenta años dedicado a la enseñanza de la historia, siempre he tenido especial atracción por descubrir esa historia en sus propias fuentes y el resultado ha sido más de una veintena de libros entre manuales para la enseñanza y monografías, frutos de la investigación. El libro “Muertes regias” no es un trabajo de investigación sobre fuentes directas sino el resultado de recopilar y sintetizar lo que ya ha aparecido en otras obras. Esto quiere decir que no se aportan las novedades que pudieran surgir de la consulta de los archivos, que tal vez interesen más a los especialistas y menos a quienes no lo son. Expresado de otra manera: es un libro de divulgación, de divulgación rigurosa y lejos de cualquier elucubración. Probablemente se pueda decir que al contar estas muertes extrañas se queda uno en lo meramente anecdótico. Y no le falta razón a quien lo afirme. Pero quien lea este libro podrá observar que no me limito solo a contar el hecho puntual de una muerte regia sino que la sitúo en el contexto en que se produjo: pasar del primer plano a una secuencia general para que los árboles no nos impidan ver el bosque.

Y en esta visión amplia de nuestra historia he procurado corregir muchos de los errores que se vierten sobre ella, sobre todo lo que se difunde en ciertas versiones sectarias, frutos de intereses bastardos, que pretenden llevar la historia a terrenos que no le corresponden. Es decir, lo que sin ningún escrúpulo hacen algunos, incluso gente con responsabilidades importantes en el plano de la política o de la comunicación, que manipulan la historia a su gusto y que opinan sobre hechos del pasado sin saber nada de lo que hablan. Gente que se apoyan en las falsedades de la historia para justificar lo injustificable aún a costa de mentir descaradamente. Por desgracia esto no es nada nuevo. Basta ojear tantas y tantas crónicas e historias escritas en el pasado que tergiversaron lo que realmente pasó apartándose a sabiendas de la verdad. Por eso concluyo el libro con dos citas. Una del historiador Eric Hobsbawn publicada en The Observer en 2002, en la que afirma que el historiador debe ser “especialmente escéptico.. y no dejarse llevar por clichés preconcebidos”. La otra está en el capítulo III de la segunda parte de El Quijote, en la que Cervantes pone en boca del bachiller Sansón Carrasco la siguiente consideración: “Uno es escribir como poeta y otro como historiador: el poeta puede contar o cantar las cosas no como fueron sino como debían ser; y el historiador las ha de escribir no como debían ser sino como fueron, sin añadir ni quitar verdad”.