Javier Gutiérrez Fernández-Cuervo es un esposo y padre de familia católico, presidente de la Asociación Civil Educativa Domus Aurea (Perú), magíster en orientación educativa familiar por la UNIR (España), diplomado en redacción para medios por la UCSP (Perú), experto en comunicación católica por la ULIA - Voces Católicas (España), experto en didáctica de las ciencias sociales y políticas por la UCH-CEU (España) y con grado en filosofía por la PUU (Santa Sede). Con experiencia en medios de comunicación escrita, televisiva y radial, y en docencia superior técnica, universitaria y de posgrado. Llegó al Perú en 2008 como voluntario en zonas marginales de Lima y ha sido miembro del Comité Provida de Arequipa.

¿Qué es El Alcázar y cómo surge?

La Corporación Educativa Familiar El Alcázar es un proyecto que desarrollamos con María Virginia Olivera, bloguera de aquí de InfoCatólica, para ayudar a las familias, como la mía, insatisfechas con la oferta educativa que había, y que queremos para nuestros hijos una educación verdaderamente católica, hispánica y humanística. Ella ve los temas más de contenidos, lo pedagógico y académico; y yo los temas más de gestión, institucionales y administrativos… que son los más aburridos pero muy necesarios. Sobre todo cuando tienes una perspectiva católica de la educación y no la comprendes en clave modernista, como un negocio. Hacer un negocio es mucho más fácil que sacar este proyecto, por lo que nos asentamos, principalmente, en la oración de todos, a la que recurrimos desde el primer momento.

Hacer un negocio es mucho más fácil que sacar este proyecto, por lo que nos asentamos, principalmente, en la oración de todos, a la que recurrimos desde el primer momento. Cuando algunos ven el nombre de El Alcázar se imaginan que nos pensamos a nosotros mismos como muy fuertes y seguros. Nuestra única fuerza reside en Dios y en su santísima Madre, que es el Alcázar por excelencia. Y nuestra única pretensión es dar algo que no es nuestro, sino que está asentado Sobre la Roca de la Verdad, que es Cristo mismo, como señala nuestro lema.

En un artículo en el Periódico La Esperanza dice que la educación no es un negocio.

Así es. Con la intención de ir descartando los errores más comunes antes de profundizar en lo que sí es un buen y sano concepto de educación. La educación no es un negocio, ni es del Estado, ni es formación para el trabajo, ni es crear líderes… en definitiva: educar no es enseñar. Era una serie de artículos breves que tuve que cortar justamente por el advenimiento de este proyecto. Pero tengo pensado retomarlo, claro. Es una labor fascinante.

¿Qué es educar para usted?

Responderé, para ir a lo más esencial, con palabras que no son mías. Pedro Luis Llera, también bloguero de este mismo medio y director de un colegio, dice a los educadores que «nuestro negocio es llevar almas al Cielo». Alberto Caturelli decía que «educar es esculpir al santo en cada niño». Hay infinidad de citas. Y quizás la central de todas es la de Santo Tomás de Aquino, que define la educación como «la conducción y promoción de la prole al estado perfecto del hombre en cuanto hombre, que es el estado de virtud». El fin de la educación es la virtud. Y la virtud no es virtud si no está acompañada de los verdaderos principios e ideales. Así que educar no es otra cosa que santificar a la siguiente generación, robustecer la nación para instaurar todo en Cristo, para reverdecer la patria católica, la Cristiandad, de modo orgánico. Los políticos no crecen en los árboles. Si no retornamos a un modelo de educación católico, hispánico y clásico es absurdo reivindicar unos frutos históricos y del pasado que no estamos sembrando ahora. El modelo actual es educar en axiología sociológica cristiana desde un paradigma educativo modernista, naturalista, diseñado históricamente contra los derechos de Dios y de Su Iglesia. Es como sembrar cardos y esperar margaritas. Y como los frutos obtenidos son carentes, evidentemente, luego se procura subsanar con formación tardía. Pero hay que sembrar la verdad desde la raíz por amor al prójimo, por el anhelo de la salvación de todas las almas a las que se pueda llegar, por amor a Dios, a Cristo Rey.

Es ese anhelo el que les lleva a desarrollar este proyecto, la Corporación Educativa Familiar El Alcázar.

Sí, sin duda. Pero no como una persecución utópica, teórica o vaga. Dicen que de nada sirve amar a todo el mundo si no amas a tu prójimo más próximo, que el amor no existe en abstracto. Y creo que es verdad. Ya lo afirma San Juan Apóstol: «Si alguno dice: “yo amo a Dios”, y no ama a su hermano, es un mentiroso. ¿Cómo podría amar a Dios, a quien no ve, aquel que no ama a su hermano, a quien sí ve?». Este anhelo nuestro surge de amores reales. Por mi parte, surge inicialmente de esta conciencia teórica de la necesidad general, pero, sobre todo, se hizo concreta al ver que me casaba y que, si teníamos hijos, no había ningún colegio que me convenciera al 100%. Y cuando nacieron nuestras hijas nos dimos cuenta de que el reloj corría en nuestra contra.

Por eso lanzamos este año el nivel inicial, porque la mayor de nuestras hijas está en esa edad. Porque los primeros padres inscritos en nuestro programa somos nosotros mismos. El criterio de calidad es así de sencillo: para nuestra hija queremos lo mejor y es nuestro deber ofrecérselo. Y si creemos que podemos ofrecer algo mejor que lo que hay, es nuestro deber desarrollarlo. Y si tenemos algo que es mejor que lo que hay en el entorno, es nuestro deber también ofrecérselo a la mayor cantidad de familias a las que podamos llegar. Este proyecto no surge como un negocio -si fuera un negocio sería uno destinado a la bancarrota, seguramente-, sino como un deber. Primero, como padres: no podemos cruzarnos de brazos y culpar al sistema, al entorno, a esta generación… Y luego, como prójimos: no podemos quedarnos con lo mejor solo para nosotros pudiendo hacerlo llegar a tantísimas buenas familias que desean, como nosotros, educar a sus hijos en doctrina católica, identidad hispánica y formación humanística. En ese orden.

¿Y por qué El Alcázar es lo mejor?

Porque hay una jerarquía de bienes objetiva y debemos ponderar estos bienes de acuerdo a la verdad. Lo primero es la santidad de nuestros hijos y lo demás viene después. Jesucristo nos interroga: «¿De qué le sirve a uno ganar el mundo entero si arruina su vida?» y nos interpela: «Buscad el Reino de Dios y lo demás vendrá por añadidura». ¿Qué sentido tiene sostener esto como Palabra de Dios y luego llevar a nuestros hijos a un sitio en el que les dan horas y horas de añadidura para ganar el mundo entero, y de cuarto o quinto nivel de importancia unos pocos tres cuartos de hora de Reino de Dios, en la mayoría de casos, con un docente de dudosa ortodoxia? Eso es arruinar la vida eterna de nuestros hijos.

Y saliendo del sistema, es impresionante también la cantidad de plataformas de educación familiar a distancia -o homeschooling- que tienen las matemáticas y la geografía como materia obligatoria y la Religión como asignatura optativa. Esa ponderación de bienes está mal, sencillamente. El Papa Pío IX lo decía con toda claridad en su carta Quum Non Sine, prácticamente desconocida: «La instrucción religiosa debe ocupar el principal y primer lugar en la enseñanza de estas escuelas».

Entonces, no es que El Alcázar sea ‘lo mejor’, intrínsecamente hablando, como pretenden los politicuchos en sus campañas electorales: «hemos descubierto la fórmula para la salvación de sus hijos». Sería una tontería sostener eso. Pero en El Alcázar ofrecemos algo hoy que es mejor que lo que hoy hay, en esa verdadera jerarquía de bienes. Y es mejor en tres aspectos: en nuestro modelo de asesorías pedagógicas, que es único y se cimienta en el principio de subsidiaridad; en nuestros pilares que son justamente manifestación de esta jerarquía de bienes y en el modelo de comunidad católica con las madrinas espirituales, que yo creo que es lo mejor de todo realmente.

Asesorías, pilares y madrinas

¿Cómo es ese modelo de asesorías pedagógicas?

He resaltado el ‘modelo’ porque es importante. Pero más importante que el modelo son las personas. Tenemos un equipo buenísimo de asesoras pedagógicas, todas profesionales de la educación y madres de familia con un montón de años de experiencia en educación familiar a distancia. Madres con hijos que ya culminaron sus estudios, que han estudiado siempre en casa y que conocen todos los pormenores y dificultades concretas que entraña este modelo de vida. María Virginia es una de ellas, justamente. Mi esposa y yo le confiaríamos la educación de nuestras hijas a cada una de las asesoras pedagógicas con las que contamos. De ahí surge, justamente, el concepto.

Y lo mejor de todo es cómo funcionan estas asesorías, inspiradas en el principio de subsidiaridad, como decía. Las asesoras pedagógicas tienen en la plataforma publicada su disponibilidad y cada familia, de motu proprio, separa una cita para ellos solos, para lo que necesiten relacionado a la educación de sus hijos: dudas, consejos, estrategias… de modo que si una familia quiere total independencia y tiene la madurez para no necesitar de ninguna guía, fenomenal, ya tienen el contenido y lo desarrollan en total libertad. Pero si otra familia recién sale del sistema de colegio ordinario, si se trata de padres primerizos que están llenos de dudas y necesitan de un acompañamiento cercano y constante o si sencillamente quieren confrontar lo que llevan haciendo durante años y conocer otras estrategias de otros padres y pedagogos católicos… no sé, podrían tener fácilmente hasta una sesión semanal con las asesoras pedagógicas para organizarse y planificarse e ir adquiriendo esa confianza y seguridad que necesitan.

En ese sentido, nos entendemos como una institución propedéutica o mayéutica, como diría Sócrates, en favor de la madurez de las familias. Por así decirlo, les ayudamos a darse a luz a sí mismas como familias. Porque los padres, por naturaleza y por Gracia de estado -y por eso es tan importante la vida en Gracia- tienen la capacidad de educar a sus hijos, de ser protagonistas y no espectadores de lo que otros hacen con ellos. Se me viene a la mente el final de la película de Wall-E en el que las máquinas han eclipsado tanto al hombre que los seres humanos son todos gordos y no caminan porque viven en unos cochecitos que los llevan a todos lados. Pues es como decirle a uno de esos chicos: «¡Ánimo, tú puedes caminar por tu cuenta! ¡Tienes un esqueleto hecho para caminar!» Ese es un poco nuestro trabajo: animar y ponerle todas las facilidades a las familias para que se atrevan a independizarse de las máquinas y lanzarse a caminar, porque están hechas para eso.

Decía que tienen además un triple pilar fundamental. ¿A qué se refiere con eso?

Nuestra propuesta se constituye en este triple pilar: doctrina católica, identidad hispánica y formación humanística. Y no está sacado de la chistera, es el modelo clásico hispánico de educación del que somos herederos y que debemos recuperar. Lo primero es la doctrina católica. Esto inunda todo nuestro quehacer y nuestra propuesta de contenidos. Queremos educar santos y para eso lo esencial es conocer la fe. Hoy el modelo de santidad se ha reducido a ser un católico practicante y buena persona, con la vaguedad de significado que eso pueda tener. Y si no está clara la verdadera doctrina, no se puede practicar la verdadera caridad. Y en eso consistió siempre la formación de los hijos cristianos: principalmente, en la transmisión de la fe, que es una deuda adquirida y una promesa expresa en el Bautismo. Todos nuestros contenidos están entroncados en la fe católica y cada una de nuestras propuestas pedagógicas tienen como objetivo la virtud, que es el fin de la educación como dice Santo Tomás de Aquino. Y las virtudes más elevadas, las virtudes sobrenaturales teologales son, justamente, la fe, la esperanza y la caridad cristianas.

Como segundo pilar tenemos la identidad hispánica. Esto es muy importante porque la fe no es una cosa abstracta e individualista. No es cierto ese pensamiento de origen luterano y cartesiano del ‘reborn’ protestante, este experiencialismo de que cada quién ha de realizar un camino de acercamiento a Dios original, partiendo de cero, y que debe superar la fe de sus padres para desarrollar la suya propia porque, si no, no es verdadera experiencia de fe. Sí es cierto que Dios tiene una pedagogía del amor con cada uno de nosotros, pero nuestra fe nos viene de nuestros padres, de nuestros padrinos, de la Iglesia concreta que nos cría, y somos deudores de todos ellos por la Comunión de los Santos. De nuevo, es un compromiso adquirido en el Bautismo. La Iglesia es Tradición. Y por eso mismo, la fe que ha llegado hasta nosotros no es otra que la fe católica concreta de la herencia hispánica de nuestros padres. A mí me gusta decir, en tono medio jocoso, que la Hispanidad es catolicismo con denominación de origen. Y así es. La denominación de origen certifica tres cosas: la calidad final, el proceso tradicional de elaboración y el origen geográfico de un producto. Pues por eso tenemos que reivindicar la hispanidad, este catolicismo de calidad, ya que España es «martillo de herejes»; de tradición concreta y de una geografía que la divina Providencia ha dispuesto.

Y también porque es imposible que una nación sea fuerte si tiene una visión negativa de su patrimonio heredado. La leyenda negra es una losa que impide el desarrollo de una identidad orgullosa de sí misma. Mientras que los países de Norteamérica se ufanan de sus terratenientes esclavistas y hacen programas televisivos en los que tasan en miles de dólares la hebilla de un cinturón de un vulgar personaje, a nosotros nos avergüenzan nuestras catedrales y universidades, nuestra raza y arte mestizos, nuestra santa Inquisición. Es necesario destruir la leyenda negra para el desarrollo de un patriotismo virtuoso, porque el patriotismo es una virtud anexa a la piedad, que a su vez es una virtud anexa a la justicia, virtud cardinal. Así que promovemos la identidad hispánica para restituir la justicia, sí.

Y por último, la formación humanística. Es un asunto elemental, pero me encanta que lo coloquemos en el tercer lugar, porque se desprende de los anteriores. Somos herederos de un sinfín de pensadores. Somos herederos de Cervantes y Tirso de Molina, de Juan Ramón Jiménez y San Juan de la Cruz, de Juan de Borja y Santo Tomás de Aquino, de Séneca y San Agustín, de Aristóteles y Sófocles… Nuestro currículo procura rescatar la piedad a nuestra catolicidad concreta que es la hispanidad por medio de la profundización en su filosofía, historia, literatura y arte en general. Y esto lo ponemos en tercer lugar justamente por esa ponderación de bienes de la que hablaba antes. Desgraciadamente, tantas veces el reconocimiento de la necesidad de una formación humanística acaba tornándose en un vano esnobismo y se prioriza el análisis de los tratados de Cicerón o de la arquitectura pormenorizada del Partenón por sobre el ejercicio de prácticas piadosas en familia como la asistencia a Misa o el rezo del Rosario. La formación humanística ha de tener un lugar fundamental, pero subordinado a la fe y a la piedad.

No obstante, hemos querido resaltarla, eso sí, porque es verdaderamente esencial. Sobre todo en nuestros tiempos. Es lo que siempre se consideró instrucción, realmente, lo que ahora llamamos formación humanística. Y hasta ahora se dice: «es un hombre instruido» de quien tiene algo de criterio humanístico. Sencillamente estamos retornando al modelo de educación que forjó la Cristiandad, que hoy es apenas una mecha humeante, una caña cascada. Pero confiamos en que no se quebrará, en que no se apagará, y lo único que pretendemos es poner en manos de Dios este proyecto para Su mayor Gloria y para la santidad nuestra y de nuestros hijos. O sea, que no es nada novedoso o revolucionario. Pero es esencial en nuestros tiempos, insisto, porque eleva el juicio. La formación humanística está estrechamente ligada a la virtud de la synesis, del juicio criterioso, virtud anexa a la prudencia, tan destruida en estos tiempos de postverdad donde el sentimiento impera por sobre la razón y los medios de comunicación absolutizan el discurso de su conveniencia.

Finalmente, ¿en qué consiste eso de las madrinas espirituales que comentó anteriormente?

Eso es, simple y llanamente, lo mejor de nuestra propuesta. Una vez que una familia entra con nosotros, cada año tiene una hermana de clausura, una monjita, rezando explícita y exclusivamente por esa familia durante todo el año, especialmente por la educación de sus hijos y todo lo que eso implica. Es la madrina espiritual de esa familia. Y, claro, como la familia sabe qué monjita es, ellos también rezarán por ella, en un intercambio de oraciones que es un negocio fabuloso. Necesitamos de las oraciones de las almas consagradas. Y eso abre un panorama modélico de vida para los hijos, por supuesto. Si uno de los hijos de nuestras familias acaba descubriendo la vocación a la vida consagrada y en algo hemos podido ayudar con esto, misión cumplida. Todo habrá valido la pena: nuestra meta es la santidad y la mayor Gloria de Dios. No buscamos otra cosa.

Por último, ¿por qué vías pueden contactarles las familias interesadas?

Para conocer más, pueden encontrarnos en la web elalcazarcef.com y en Facebook e Instagram. Para iniciar el proceso de inscripción, pueden ponerse en contacto con nosotros en este formulario. Si desean algún contacto más general, también en este otro formulario de contacto o al correo de la secretaría administrativa secad@elalcazarcef.com. También a los teléfonos de informes, que son los de María Virginia (+54) 9 11 5990-9239 y el mío (+51) 983 435 321, en los que contamos con Telegram y Whatsapp.