César Félix Sánchez Martínez es doctor en humanidades por la Universidad de Piura (Perú). Ha sido director de estudios del Seminario Arquidiocesano de San Jerónimo de Arequipa, donde actualmente se desempeña como profesor de diversas materias filosóficas. Preside la filial arequipeña de la Sociedad Internacional Tomás de Aquino.

En esta entrevista, debido a su gran conocimiento del tema, responde muy fondo y de manera muy extensa, por lo que ha quedado una bastante más larga que de costumbre, aunque he preferido publicarla en una sola entrega.

Este último 1 de abril pasó totalmente desapercibido, pero se conmemoran cien años de la muerte de un santo…

 El 1 de abril de 1922, Carlos de Habsburgo-Lorena (1887-1922), último emperador de Austria y rey apostólico de Hungría, fallecía santamente, exiliado en la isla portuguesa de Madeira. Tenía treinta y cuatro años. Menos de un mes atrás, había contraído una neumonía luego de salir en bicicleta hacia la ciudad de Funchal para comprar un regalo de cumpleaños a uno de sus hijos pequeños. Murió asistido por los auxilios de la religión, en la desvencijada villa que la caridad de algunos vecinos le había ofrecido a su numerosa familia. Sus últimas palabras fueron «Jesús, María y José».

 ¿Por qué cree que el beato emperador Carlos de Habsburgo, último emperador de Austria Hungría, es una figura que debe ser recuperada del olvido?

 Aunque la devoción al llamado «emperador de la paz» crece de manera sostenida en toda la Iglesia universal, especialmente después de su beatificación el 3 de octubre de 2004 por Juan Pablo II, es cierto que, al igual que con tantas otras figuras católicas de la historia, hay una suerte de olvido por parte de quienes debieran estarle más agradecidos, en este caso los pueblos de su imperio. Resulta curioso contrastar cómo personajes casi contemporáneos suyos y que tienen no poca responsabilidad en la hecatombe de 1914, como Nicolás II, a pesar de su incompetencia y de una relativa mayor elasticidad moral que el heroico Carlos, poseen un culto extendido e incluso han pasado a convertirse en figuras míticas identitarias.

 Podría decirse que el último Romanov es ahora el más recordado de todos los líderes de la Gran Guerra. Nadie se acuerda de Lloyd George, Ribot, Poincaré, Clemenceau, Sonnino u Orlando pero sí del malogrado zar. La atroz ejecución de él y de su familia por los bolcheviques, claro está, jugó un papel importante en la exaltación de su memoria. Pero incluso Guillermo II, el káiser alemán, recibió en el exilio hasta su muerte una pensión no desdeñable por parte de los socialdemócratas y liberales de la república de Weimar y luego por parte del régimen de Hitler.

 En cambio, Carlos de Habsburgo, «el único hombre honesto que apareció en esta guerra» según el escritor francés ateo Anatole France, murió prácticamente en la pobreza, socorrido por la caridad particular de un banquero local de Madeira, de Alfonso XIII y de muchos de sus exsúbditos, mientras la pensión que le iba otorgar la Comisión Interaliada era bloqueada por Italia y por el flamante engendro de Versalles y de Saint Germain llamado Checoslovaquia que, para mayor infamia, confiscó todas sus propiedades en los reinos de Bohemia y Moravia.

 ¿A qué se debió esa hostilidad contemporánea?

 A que, a diferencia de Guillermo II, Carlos todavía seguía siendo una amenaza para las endebles construcciones estatales que los aliados construyeron o agrandaron en Europa Central, los Balcanes y el Danubio. Existía aún una fuerte lealtad dinástica entre la población sencilla de variados orígenes étnicos, especialmente entre los campesinos, pero que, por su condición tradicional y jerárquica, no podía manifestarse con el entusiasmo y la violencia de la política totalitaria de masas, y que tenía necesariamente que despertarse con el retorno físico del Rey o de alguna persona suya, antes que con alguna iniciativa partitocrática.

 Pero el relativo olvido actual obedece a razones más profundas y desoladoras, si cabe. No solo el Imperio que gobernaba Carlos desapareció, a diferencia de Rusia y Alemania, sino también la atmósfera espiritual donde era posible. Como diría Edmund Burke, refiriéndose a la Francia del jacobinismo, estamos en el tiempo «de los sofistas, economistas y calculadores; y la gloria de Europa se ha extinguido para siempre». Para muchos «espíritus fuertes» de la época actual, para quienes el maquiavelismo es una suerte de sentido común y la política –la baja y chata política de la democracia de masas posmoderna aun si disfrazada con oropeles “reaccionarios”– es la nueva metafísica, alguien como Carlos de Habsburgo es algo peor que condenable, es incomprensible.

 El asunto es más triste aún. Como se sabe, la Iglesia Ortodoxa Rusa es la última y mayor custodia de la memoria de Nicolás II, por razón de su acendrado y confeso monarquismo, nacido de la visión bizantina del emperador como angelus Dei, ministro de Dios. Por el contrario, la visión política in actu de de determinados miembros de nuestra Iglesia romana es desde hace bastante tiempo presa de un democristianismo que se hace cada vez más laicista e incluso autodemoledor, en el mejor de los casos, cuando no, como profetizara el abate Georges de Nantes, parece evolucionar hacia una suerte de movimiento de animación espiritual de un estado global relativista y demagógico. Así, no es extraño encontrar entre los clérigos católicos, incluso de líneas no tan progresistas, un rechazo instintivo, casi visceral, a figuras monárquicas aun si fueron canonizadas por la Iglesia. Todavía no se ha llegado al extremo de gritar “¡Viva Cristo presidente!” o, peor aún, «¡viva Cristo diputado!” (quizás por respeto a los presidentes y a los diputados), pero a veces sorprende encontrar los errores ya condenados de Le Sillon –como sostener que la democracia liberal es el único régimen político moralmente legítimo– en figuras que, por otros motivos, son vistas como defensores del depósito de la Fe. Son graves estragos del igualitarismo que, junto con muchos otros errores y horrores, azota a la Iglesia.

 ¿El hundimiento del imperio austro-húngaro era inevitable?

 No, no era inevitable, contra lo que sostiene cierta tesis popular. Y en eso coinciden cada vez más los historiadores. Tomemos el caso del historiador húngaro Oscar Jászi, contemporáneo de la caída del Imperio. Originalmente respaldaba la tesis corriente de que la guerra mundial no fue la causa de la caída de la monarquía dual, sino la liquidación final de los odios y desconfianzas entre las diversas naciones. Pero años después, en 1949, luego del desastre de la siguiente guerra mundial y de la seguidilla de genocidios y masacres totalitarias que sufriría su país, llegó a la conclusión que Austria-Hungría no solo era un modelo viable, sino el mejor posible para esa región de Europa, pues era un estado de derecho que ofrecía paz, seguridad jurídica y beneficios económicos a todos sus pueblos.

 Alan Sked, por su parte, sostiene que la supervivencia del Imperio en medio de las gigantescas insurrecciones liberal-nacionalistas de 1848 y 1849 era señal de su viabilidad respecto a la cuestión nacional y que solo una gran catástrofe como la derrota en una guerra mundial pudo destruirlo. Finalmente, el último gran estudio –y quizá definitivo –sobre el imperio habsbúrguico, The Habsburg Empire. A New History, de Pieter M. Judson (The Belknap Press of Harvard, Cambridge, 2016) ha terminado por sepultar las tesis referidas a un imperio anacrónico y al borde del colapso, señalando más bien la manera eficaz como supo reinventarse siempre después de cada crisis, gracias a una dinastía creativa al mando de una burocracia dinámica y flexible, que supo elevar dramáticamente el estándar de vida y los derechos políticos de poblaciones muy diversas que, casi hasta el final, le guardaron lealtad.

 Cabe recordar que hasta antes de la guerra, las tasas de crecimiento económico de Austria-Hungría eran de las más altas del mundo. Además, durante las últimas décadas del siglo XIX y las primeras del XX había logrado alcanzar un esplendor cultural inigualado: recordemos que es en Austria donde se descubren las leyes de la genética por obra del fraile Mendel y se retorna al aristotelismo, de la mano del exfraile Brentano, profesor por largo tiempo de la Universidad de Viena.

 François Fejtö señala, además, que el colapso del imperio ocurre en un momento de la historia de la economía en que todo hacía favorecer la constitución de grandes unidades, particularmente en un ambiente donde los recursos industriales, naturales y humanos se encontraban dispersos, como Europa central y suroriental. Y que el sentido común económico y político indicaba que tal estructura política no debía de ser disgregada, bajo el riesgo de caer en crisis e inestabilidad permanentes.

 Como dice el mismo Fejtö, «Austria-Hungría no estalló; la hicieron estallar» y ese estallido fue decidido en el exterior. Los aliados fueron poco a poco copados por una doctrina de la victoria total y de la finalidad «moral» y revolucionaria de la guerra, que chocaba con la misma existencia de una entidad política que era heredera directa del Sacro Imperio.

 ¿Qué fue lo que ocurrió?

 Pues un proceso semejante al que Augustin Cochin y François Furet describieron respecto de la Revolución Francesa: minorías muy activas de personajes influyentes, expertos en la fabricación de consensos y en la conducción de la opinión pública, que, ejerciendo viejas y nuevas maniobras de sociabilidad política, acabaron influyendo en los gabinetes de guerra y en la política exterior de los aliados, especialmente en Francia y Estados Unidos. En particular dos hombres: Masaryk y Bênes, representantes de un originalmente minúsculo lobby “checoslovaco” radical en el exilio, pero que, misteriosamente, acabó ejerciendo un gran poder, como veremos en una pregunta posterior.

Como señala el inglés Richard Bassett: «El catalizador final [de la caída del Imperio] fue la inclinación pública y abierta de la Entente a favor del desmembramiento de la Monarquía Dual, estimulado por la desafortunada obsesión del presidente [Wilson] por la “sagrada” idea de la autodeterminación. El 9 de agosto de 1918, Londres reconocería a checos y eslovacos como una nación aliada. El Imperio de los Habsburgo casi había dejado de ser un estado reconocido por sus adversarios».

 ¿Pudo haberse evitado la Primera Guerra Mundial a pesar del asesinato del archiduque Francisco Fernando?

 Es una pregunta fundamental. El historiador húngaro François Fejtö en su libro Réquiem por un imperio difunto. Historia de la destrucción de Austria-Hungría afirma lo siguiente: «Hay motivos para creer que, si Gran Bretaña hubiera ganado, en el mismo momento de la crisis, una posición más clara para imponer su arbitraje, si hubiera declarado con firmeza que consideraba como un casus belli cualquier agresión, viniera de donde viniese, habría podido impedir la guerra». Milos Bogicevic, diplomático serbio de aquella época, afirma básicamente lo mismo: “Si sir Edward Grey [el ministro de relaciones exteriores británico] hubiese declarado simplemente a Rusia y Francia (Alemania no tenía por qué saber una palabra) que Inglaterra no sentía interés por dicho conflicto –reteniendo completa libertad de acción respecto a lo que pudiera suceder después –, la guerra europea no hubiera ciertamente estallado».

 Pero ¿en qué pensaban los británicos en ese momento? Conviene citar a un contemporáneo de los hechos, el historiador militar británico J. F. C. Fuller, que trae el testimonio de una conversación de 1907 que tuvo Henry White, diplomático norteamericano, con Arthur Balfour, líder del partido conservador británico y futuro ministro de exteriores de Lloyd George durante la última parte de la guerra. Allí Balfour habría dicho: «Creo que somos unos imbéciles al no encontrar motivo para una declaración de guerra a Alemania, antes que este país construya demasiados buques y se apodere de nuestro comercio». Ante la respuesta horrorizada de White, Balfour sonrió y dijo: «¿Se trata de una cuestión de bien o de mal? Tal vez, en el fondo, lo único que perseguimos es mantener nuestra supremacía».

 Y esta cuestión nos lleva al asunto tan manido de la responsabilidad de la guerra. Ya ha sido desterrada la vieja teoría de los años sesenta de Fritz Fischer que cargaba toda la culpa en Alemania, que habría buscado la guerra para alcanzar el predominio mundial. En este punto es esclarecedor el libro Sonámbulos. Cómo Europa fue a la guerra en 1914, de Christopher Clark (2012), que nos presenta una visión más realista de un gran embrollo catastrófico entre líderes bienintencionados en una coyuntura confusa, que no supieron, y hasta cierto punto no tuvieron forma de calcular los riesgos que significaba una guerra.

 Sin embargo, es interesante notar que, durante los momentos previos a la guerra, por lo menos en las monarquías enfrentadas, mientras los príncipes tendían a ser partidarios de la paz, los gabinetes de políticos, los estados mayores militares, la gran prensa asociada a la gran industria y lo que ahora llamaríamos deep state buscaban soluciones bélicas inmediatas o por lo menos pulsadas geopolíticas agresivas, en distinto grado.

 Esto es particularmente cierto en el caso de Rusia. Recordemos que Rusia fue el primer país en movilizar su ejército parcialmente, el 24 de julio de 1914, solo un día después de la presentación oficial del ultimátum de Austria-Hungría a Serbia, ocultando este hecho a sus aliados franceses. Además, ya ha quedado demostrado, incluso por las advertencias indirectas que enviaron las autoridades serbias a los austríacos antes del atentado, que, al menos Nikola Pasic, el primer ministro serbio, tenía conocimiento detallado de las actividades de la Mano Negra, organización terrorista que estaba detrás del asesinato de Francisco Fernando. Según Fejtö, Dragutin Dimitrijevic alias Apis, director de inteligencia del Estado Mayor serbio y líder para todos los efectos prácticos de la Mano Negra, estaba estrechamente vinculado a los rusos. El mismo Poincaré, líder francés durante la crisis, confesaría años después al diplomático Boni de Castellano, que la conspiración debía rastrearse a Hartwig, el embajador ruso en Belgrado, muerto en extrañas circunstancias en los últimos días de julio de 1914, longa manus de Izvolsky, el embajador ruso en Francia, y Sazonov, ministro de exteriores ruso, ambos figuras ultrabelicistas.

 Todo esto fue hecho de espaldas al zar Nicolás II, claro está, que, en los últimos días de julio, a raíz de un telegrama personal suplicante del káiser Guillermo II, intentó infructuosamente detener la movilización. Las razones de la agresividad de las camarillas belicistas rusas residían en la geopolítica mística del paneslavismo, el deseo de resarcimiento nacional luego de la guerra ruso-japonesa y un intento de la autocracia de “huir hacia adelante” ante la amenaza revolucionaria. Todo esto ha llevado a concluir a autores como Henri Pozzi que la culpa de la guerra corresponde abrumadoramente a Rusia.

Demás está decir que, entre los dirigentes políticos franceses de todas las líneas, particularmente los radicales que llevaban las riendas del aparato estatal, la posibilidad de una revancha contra Alemania era vista con entusiasmo. El único gran opositor a la guerra era el líder sindical y diputado socialista Jean Jaurès, asesinado impunemente antes de la declaración de guerra. Gran Bretaña, como se ha visto, tenía también interés en «equilibrar» a Alemania. Y la misma Alemania, aunque quiso focalizar el conflicto en los Balcanes, tenía un Estado Mayor militar imbuido de una filosofía irracionalista, romántica e incluso darwiniana que, en palabras del general von Bernhardi, veía a la guerra como una necesidad metafísica y biológica.

 Sea lo que fuere, el partido belicista en Austria, circunscrito a ámbitos militares que solo veían como posible una solución militar a las agresiones de Serbia y a la creciente inestabilidad en los Balcanes, tenía, a diferencia de las demás naciones, a notables opositores pacifistas en posiciones de gran poder, incluso en lados opuestos de la política. En primer lugar, al jefe del gobierno real Iztván Tisza, calvinista representante del peculiar liberalismo autoritario y aristocrático magiar, que veía en la incorporación de nuevos eslavos al Imperio y en cualquier conmoción que alterase el compromiso austro-húngaro de 1867, una amenaza para Hungría. Por otro lado, tenemos a su opositor acérrimo, el mismísimo heredero al trono, el archiduque Francisco Fernando, católico contrarrevolucionario pero simpatizante de las demandas nacionales de eslavos y rumanos. Desconfiaba no solo de los húngaros, sino también de los pangermanistas, y buscaba soluciones pacíficas e institucionales a los problemas del Imperio. Incluso, como cuenta Christopher Clark, cuando en las crisis balcánicas de 1912 hasta Tisza se pasó brevemente al campo de la confrontación, el archiduque siguió insistiendo en la necesidad de mantener la paz. Lamentablemente su asesinato acabó con el mayor defensor de la paz en las cortes europeas de su tiempo.

El emperador Carlos ascendió al trono en 1916 tras la muerte de su tío el anciano emperador Francisco José, ¿estaba preparado para ese elevadísimo puesto en un momento tan difícil?

 Sí y me atrevo a decir que ningún príncipe estaba tan preparado como Carlos tanto en el plano académico, como en el humano y militar para ejercer su oficio. Carlos estaba muchísimo mejor formado y era políticamente más prudente que Guillermo II, Nicolás II –que era de una inteligencia más bien mortecina– y Jorge V.

 Para comprobarlo basta revisar la hermosa biografía de Michel Dugast-Rouillé Carlos de Habsburgo. El último emperador. Ahí se narra un hecho que tendría consecuencias fundamentales en la formación tanto humana como cristiana de Carlos. Como sabemos, no estaba en la línea directa de sucesión directa hasta la misteriosa muerte en Mayerling de Rodolfo, el hijo de Francisco José, la muerte de su abuelo Carlos Otto e incluso el matrimonio morganático de Francisco Fernando. Por eso, su madre, la piadosa María Josefa de Sajonia, pudo preservarlo de los «nuevos maestros notoriamente liberales» que empezaban a pulular en los ambientes cortesanos vieneses e incluso logró que Francisco José, después de entrar en la línea de sucesión directa en 1896, preserve el modelo educativo más clásico y cristiano que sus padres habían elegido para él, antes que la formación «moderna» que acabó echando a perder a Rodolfo.

 Su ayo, el conde Wallis, era un oficial de caballería y católico ferviente, que también había sido preceptor de Francisco Fernando, al que se unió el doctor Holzlechner, excelente latinista y helenista.

 Así, el niño Carlos pudo tener las bases formativas para aprender las lenguas de la monarquía, que dominó desde muy joven. Como sabemos, las lenguas imperiales eran cerca de diez (sin contar el judeoespañol que se hablaba en Sarajevo). Incluso llegó a alcanzar especial maestría del difícil húngaro (curiosamente habló húngaro en momentos de delirio durante su agonía en Madeira). Además, hablaba y leía inglés –estudió el bachillerato con los benedictinos escoceses de Schotten– y francés. Fue el primer archiduque austríaco en asistir a una institución pública de enseñanza.

 El conde Polzer-Holditz, su secretario personal en aquel periodo, recuerda que, luego de estudiar solo dos años de derecho en Praga (los archiduques austríacos estaban prohibidos de obtener grados académicos) «sabía más que la mayoría de los que salen de la universidad provistos de títulos universitarios».  

En lo que respecta a lo militar, recibió formación primero en la marina y luego en la caballería, cuerpo representativo de las viejas glorias militares austríacas. Apenas estalló la guerra, acudió al frente y participó en diversas campañas, siendo, por tanto, el único de los jefes de estado de los países que tuvo experiencia militar directa en la guerra que sus soldados combatían. Bassett apunta incuso que «había sorprendido a su estado mayor y a los oficiales de los frentes ruso e italiano con su desprecio por el peligro».

 Dorothy Gies, biógrafa de los Habsburgo, lo calificó de «amable, gentil, deseoso de agradar, casi patéticamente ansioso de hacer lo correcto, un poco erudito y un poco santo».

 Pero no era un solamente «un poco santo». Desde niño destacó por su espíritu de abnegación y por su gran piedad. Strangl, el montero mayor de la Corte, llegó a decir de él que «si alguien no supiera rezar, aprendería gracias a este joven señor». Durante su servicio como oficial del ejército en distintas guarniciones del Imperio, manifestó siempre una sobriedad y un amor a la virtud de la pureza ejemplares. Además, procuraba siempre ofrecer su tiempo y amistad a los más necesitados, ganándose el afecto de sus camaradas. Y nunca descuidaba la asistencia a la santa misa y la recepción frecuente de los sacramentos.

 Aquí conviene revelar uno de los pasajes más enigmáticos de su vida. Cuando recién nació y era altamente improbable que ocupase el trono alguna vez, un grupo de personas cercanas decidió espontáneamente crear una cadena de oración habitual por él, quien sabe si por algún aviso sobrenatural a alguna alma santa de aquella Austria Sacra de san Clemente Maria Hofbauer que pervivía todavía bajo los oropeles efímeros de los valses straussianos finiseculares. De ese grupo saldría mucho tiempo después la famosa Liga de Oración por la Paz entre los Pueblos, asociación de fieles reconocida por la Iglesia.

 Otros hechos extraordinarios son las profecías que, aun antes de la muerte de Francisco Fernando, realizara san Pío X ante Zita y su madre en Roma y luego en el mensaje papal leído en la boda de Carlos y Zita respecto a su futura coronación como emperador y rey. Algo semejante puede decirse de la emperatriz Zita de Borbón-Parma, su esposa. Quizás no existió en su época una princesa mejor preparada para el gobierno que ella. Hasta el fin de sus días manifestó un agudo sentido político y un ingenio notable.

 Su fe era muy intensa pero se le ha acusado de ser un hombre mediocre en cuanto a capacidad política, ¿Qué opina usted?

Hay momentos de crisis catastrófica donde solo queda dar testimonio y procurar aminorar la catarata de desgracias que se ciernen sobre la humanidad. Eso procuró hacer el beato Carlos. ¿Dónde acabaron los cultores de la Realpolitik como Ludendorff y Hindenburg que, para todos los efectos prácticos, terminaron convertidos en los dictadores militares de Alemania a partir de 1916? ¿No presidieron, sin ninguna gloria, la ruina de sus pueblos luego de toda clase de maquiavelismos en su acción política tanto durante la guerra como en la posguerra? Por otro lado, algunos de los políticos de logia franceses del periodo alcanzaron a ver la ruina de la corruptísima tercera república y la derrota absoluta y vergonzosa de sus armas en 1940, a pesar de todas sus conspiraciones y crímenes, y, finalmente, la angurria británica recibió el premio de verse desplazada a furgón de cola de los Estados Unidos y perder su imperio. A diferencia de lo que puedan decir Maquiavelo y sus seguidores antiguos y modernos, en política la única derrota verdadera es perder los principios. El basurero de la historia –y el infierno– están lleno de realpolitikers.

 Ahora, Carlos no estuvo exento de legítimas habilidades políticas. Todo lo contrario. Richard Bassett, historiador inglés de Cambridge, y autor de Por Dios y por el Káiser. El ejército imperial austríaco 1619-1918, resalta la manera cómo Carlos demostró tener la «habilidad que había salvado a su casa en otras épocas», al poner exitosamente paños fríos de «amable dilación» a la crisis que estalló con los alemanes luego de la filtración de sus propuestas de paz a los aliados.

 Resulta ilustrativo analizar las posiciones del joven emperador en torno a las decisiones bélicas más polémicas de sus aliados alemanes. Respecto de la guerra submarina irrestricta, Carlos se manifestó en contra, tanto por razones humanitarias como por razones políticas, advirtiendo que llevaría a los Estados Unidos a entrar en la guerra. Además, rechazó el proyecto alemán de «infectar» a Rusia con Lenin y fomentar una ideología indeseable como el bolchevismo con tal de ganar la guerra a cualquier costo. La historia no tardaría mucho en darle la razón en ambos casos.

¿Es cierto que estuvo dominado por su esposa, la emperatriz Zita? Se le ha achacado ser un hombre de poco carácter y por ello haberse dejado dominar por su esposa y por sus ministros. ¿Es eso cierto?

No es cierto. David Stevenson, historiador británico de la Primera Guerra Mundial y para nada un simpatizante de Austria-Hungría, afirma más bien que el emperador, aunque «joven e inexperto», buscó ser «el patrón de su propio barco» y dar un giro a la política de su antecesor. Reemplazó al general pródigo en fracasos Conrad von Hötzendorf, responsable último del enfeudamiento militar a Alemania y asumió directamente el control del ejército. Respecto de sus ministros, buscó un gabinete distinto al de Francisco José, formado por personas más cercanas a sus proyectos de paz.

 Respecto de Zita, cabe recordar la famosa frase que Carlos le dijo cuando se casaron: «ahora debemos ayudarnos mutuamente a llegar al cielo». Esto implicaba una comprensión profunda de uno de los fines del matrimonio: la ayuda mutua en el cumplimiento de los deberes de estado. Teniendo en cuenta la calidad principesca de su esposa, no es extraño ni para nada perjudicial que haya recibido sus consejos e intercambiado pareceres con ella. Sin embargo, como resulta evidente, tuvo la independencia de criterio a la que debe aspirar un jefe de estado prudente. Prueba de ello es que cuando en 1918, ante el colapso de la monarquía, Carlos abandona oficialmente la jefatura del estado de Austria –cabe señalar que no abdicó-, «Zita estaba furiosa», escribe Jean des Cars, «años más tarde me dijo que hubiera preferido morir antes que ver a su marido admitir su eliminación».

Pero Carlos sopesó las circunstancias y consideró que someter a sus dominios ancestrales al riesgo de una guerra civil, por breve que sea, inmediatamente después de una guerra catastrófica y en medio de una pandemia feroz en un país al borde de la hambruna habría sido inmoral y contraproducente.

 Llevó a cabo negociaciones secretas con los Aliados para sacar al imperio austro-húngaro de la guerra. ¿Por qué no fructificaron?

Este tema está sujeto aún hoy a grandes debates. Como sabemos, apenas llegó al poder, el joven emperador buscó maneras de alcanzar la paz. Carlos hizo uso de forma muy discreta de un enviado personal, su cuñado Sixto de Borbón-Parma, para sondear a los aliados respecto a la posibilidad de la paz. Este tipo de diplomacia dinástica personal era común en las monarquías europeas y aun durante la guerra todas las partes hicieron uso de este tipo de representantes oficiosos secretos o, al menos, discretos. Stevenson dice que lo hizo sin el conocimiento de los alemanes. Bassett, por el contrario, sostiene que el 13 de febrero de 1917, Carlos habló de la iniciativa de paz con el «káiser alemán, quien lo apoyó por completo diciendo: “Bien. Siga adelante con ello. Estoy de acuerdo” (…) De hecho, la idea de contactar con Sixto había partido de Bethmann-Hollweg», el ministro de exteriores alemán.

 Al principio, la propuesta entusiasmó a Lloyd George, líder de Gran Bretaña, pero la causa próxima del fracaso a la obstinación italiana, que exigió unas compensaciones territoriales inmensas, totalmente desproporcionadas a su permanente fracaso en los campos de batalla. Sonnino exigió a los aliados el cumplimiento de los compromisos realizados en el llamado Tratado de Londres: no solo el Trentino, sino el Tirol del Sur, Trieste, Istria y Dalmacia, estos últimos territorios habitados por poblaciones eslavas y alemanas. La causa remota parece ser la vieja hostilidad de Clemenceau, líder del Partido Radical, hacia Austria y los Habsburgo, que evitó que el gobierno francés presione más a Italia. Austria estaba dispuesta a realizar amplias compensaciones territoriales, pero no más que las estrictamente necesarias para otorgar los territorios de lengua italiana a la monarquía saboyana y no comprometer la integridad de sus súbditos eslavos, que se batían con bravura para evitar caer en manos de una administración que ya entonces tenía fama, según Richard Bassett, de corrupta, ineficiente y opresiva. Poco a poco, además, la posibilidad de convertir la guerra en una ocasión de transformación política revolucionaria de dimensiones universales ganaba las conciencias de los miembros de las societés de pensée que controlaban tras bambalinas el gobierno francés, por sobre cualesquiera criterios humanitarios básicos.

 Los alemanes, aliados del imperio austro-húngaro, le acusaron de deslealtad y falsedad por sus negociaciones con los aliados, ¿Qué opina?

 Como hemos visto, los tanteos diplomáticos a cargo de Sixto de Borbón habían sido ya de conocimiento de los alemanes, aunque estos después lo negaran. Lo que sí «cayó mal» ante la opinión pública alemana fue el ofrecimiento que hizo Carlos por carta de apoyar las pretensiones francesas de recuperar Alsacia y Lorena como parte de las negociaciones por la paz y la afirmación de que si Alemania se mantenía irreductible en su negativa a hacer la paz, Austria se reservaba la posibilidad de abrirse a una negociación por separado. Cabe señalar que, en otros contextos, Carlos había sondeado anteriormente a Guillermo II sobre la posibilidad de devolver Alsacia y Lorena a Francia a cambio de una compensación colonial.

Es muy conocida la historia de esta filtración: Czernin, el ministro de asuntos exteriores austríaco, había fanfarroneado, dejándose llevar por los éxitos momentáneos de Alemania a inicios de 1918, diciendo que los franceses habían pedido hacer la paz. Clemenceau, entonces, se sintió libre de romper el secreto diplomático referente a las negociaciones y reveló la carta de Carlos. Czernin amenazó con suicidarse si el emperador no desconocía la carta, obligando a Carlos a tener que parecer como un mentiroso ante la opinión pública mundial. Luego del desaguisado, el emperador lo despidió inmediatamente.

 Es interesante revisar la índole de este personaje. El conde bohemio Ottokar Czernin era, originalmente, un miembro del círculo político de Francisco Fernando y, por ende, estaba alejado tanto del belicismo pangermánico como del inmovilismo húngaro. Carlos, a título de estos antecedentes, lo hizo ministro de exteriores. Al inicio se manifestó totalmente favorable a los objetivos de Carlos, pero poco a poco acabó copado de manera misteriosa por Berlín, que ya para ese momento había desarrollado una frondosa red de espionaje en Austria-Hungría. Los últimos momentos de su gestión fueron absolutamente erráticos.

 Ahora, es interesante saber que, según Richard Bassett, ya desde el tiempo en que todavía reinaba Francisco José y antes de cualquier intento austríaco de negociación con los aliados, «el estado mayor de Ludendorff trazó un plan para incorporar la Monarquía al Imperio alemán (…). Los generales alemanes, carentes del mínimo sentimiento de solidaridad entre monarquías, incluso preguntaron por qué debían esperar a que muriera el viejo emperador». Este plan resucitó luego como el Plan O, que se aplicaría en caso de una paz por separado de Austria e incluso en octubre de 1918 tanto el káiser Guillermo como Ludendorff consideraron la anexión de Austria como una compensación posible por perder la guerra.

 ¿Debió haber tenido más carácter para haber firmado la paz, incluso en contra de Alemania? ¿O quizás por el contrario debió haber preparado mejor su ejército para que combatiese mejor?

 Carlos estaba interesado en una paz general. Veía a esta meta como un deber dado por Dios en su condición de emperador cristiano. La oferta de paz por separado era una ultima ratio diseñada, a la larga, a persuadir a Alemania de la necesidad de negociar. Richard Bassett lo dice sucintamente: «Carlos no estaba interesado en nada que no fuera la paz general». Sea lo que fuere, los mismos aliados cerraron la puerta a la posibilidad de una hipotética paz separada. Como apunta Fejtö, cuando las armas de la Entente sufrían reveses militares, rechazaban las negociaciones de paz por temor a perder mucho, y cuando eran exitosas, igual las rechazaban con la esperanza de obtener una victoria total.

 Respecto al ejército austro-húngaro, durante el periodo de gobierno de Carlos (1916-1918) ocurre una aparente paradoja. Stevenson señala lo siguiente, refiriéndose el año crepuscular del Imperio: «Curiosamente, en 1918, la guerra de Austria-Hungría parecía prácticamente terminada y, en buena medida, un gran éxito, aunque un éxito alcanzado sobre todo gracias a la ayuda de Alemania. Serbia, Montenegro y Rumanía habían sido arrolladas y Rusia había quedado reducida al caos».

 Richard Bassett es aún más elocuente: «A mediados de 1918, el Ejército Imperial y Real parecía estar en mejor forma que cualquier otro ejército de Europa». Las bajas se habían reducido a una fracción de las pérdidas de 1914. En el frente italiano, el general Boroevic había rechazado doce ofensivas masivas del ejército aliado. El general Pflanzer-Baltin en Albania resistió los ataques de las fuerzas francesas e incluso consolidó sus posiciones hasta septiembre, cuando el colapso de Bulgaria hizo insostenible la resistencia. Incluso, para fines de octubre, se dio un caso inédito, como apuntó un oficial del estado mayor: «El mundo no había presenciado antes un espectáculo como este: un ejército luchaba por un país que había dejado de existir». Es decir, el colapso político precedió al colapso militar. Solamente se produce la única y última «victoria» italiana en la «batalla» de Vittorio-Veneto, cuando el gobierno húngaro, ya en abierta insurrección, manda llamar a sus soldados de regreso. El frente se «autodestruye» y miles de soldados imperiales se rinden o abandonan sus puestos.

 El filósofo Aurel Kolnai señala agudamente la paradoja mayor de este periodo: «Austria-Hungría debió paradójicamente su caída a la eficacia de su aparato militar que prolongó la guerra y llevó a los aliados a servirse del arma revolucionaria de la autodeterminación nacional, que constituyó el factor determinante para la desintegración de la monarquía».

Se ha hablado de conspiración masónica para acabar con el imperio y con los emperadores, por su catolicismo. ¿Fue así?

Esta pregunta nos lleva a uno de los misterios más profundos de la guerra, que a su vez nos llevará, muy probablemente, a resolver el gran enigma de cómo pudo ocurrir una catástrofe de esta magnitud; cómo supuestas «casualidades» se alinearon de manera tan difícil y cómo, en los gabinetes políticos y entre los corrillos, muchas figuras distintas y distantes actuaron de manera voluntaria e involuntaria para hacer fracasar cualquier tentativa de paz, sea en 1914 o en 1917.

 Pero para hablar de este tema tenemos que remontarnos a exactamente tres siglos atrás, a la víspera de la Guerra de los Treinta Años. Existe un libro muy interesante de una historiadora inglesa Frances Yates, para nada una «teórica de la conspiración» ni mucho menos. Se titula El iluminismo rosacruz. Allí nos habla de la expectativa que generó el matrimonio de Federico V del Palatinado y la princesa Isabel, hija del rey Jacobo de Inglaterra en ciertos círculos protestantes esotéricos. Representaba una suerte de unión geopolítica, largamente esperada por ellos, entre los protestantes ingleses y los protestantes europeos contra el catolicismo, pero además una representación de la gran obra alquímica y del inicio de una nueva era gnóstica de divinización del hombre, un novus ordo saeclorum. En 1620, Federico acabaría convertido en el efímero «rey de invierno» de la Bohemia insurrecta contra los Habsburgo.

 En torno a este acontecimiento, aparecen uno extraños manifiestos entre 1614 y 1620, emitidos por una Fraternitas Rosae Crucis. Estos textos anunciaban la pronta llegada de una nueva era de conocimiento pleno y de fraternidad universal, y señalaban como sus enemigos fundamentales a la casa de Habsburgo y a la Compañía de Jesús, cuya «alianza representaba sencillamente al Anticristo», en palabras de Yates.

 Como se sabe, esta misteriosa «hermandad» es uno de los antecedentes directos de la masonería, fundada oficialmente en Londres en el siglo siguiente. Ya entonces se atisba esa enemistad secular entre esta organización y el imperio católico de los Habsburgo. En Austria, luego de un periodo de tolerancia efímero en el siglo XVIII, la masonería estuvo prohibida hasta 1918.

En este punto conviene citar a Michel Dugast-Rouillé: «Durante los meses que precedieron a la guerra, el coronel House, consejero íntimo del presidente Roosevelt [y aún más de Wilson], había vaticinado el asesinato de Francisco Fernando. House era discípulo de los Masters of Wisdom (Maestros de la Sabiduría) (...) La guerra de 1914 había sido anunciada en documentos masónicos (…) Entre los objetivos de esta guerra declarada anticipadamente figuraban la destrucción de Austria-Hungría como potencia católica, la eliminación de la dinastía de los Hohenzollern y la creación de nuevos Estados en Europa Central, así como la revolución rusa».

 Incluso la Revista Internacional de Sociedades Secretas dirigida por monseñor Henri Delassus anunció en su número del 15 de septiembre de 1912 la «condena a muerte» del archiduque Francisco Fernando realizada durante un congreso masónico el año anterior.

 Francisco Fernando era consciente de esta amenaza. En una cena a inicios de 1914, el archiduque le anunció su futura muerte a un atónito Carlos, encomendándole a sus hijos. Ante los intentos de este por convencerlo de lo improbable de ese escenario, Francisco Fernando le dijo que «hay asesinatos que no se pueden evitar». Czernin, en sus memorias, también menciona un aviso semejante por parte del archiduque.

 Lo mínimo que puede decirse, siguiendo a un historiador tan prudente como Fejtö, es que «fue la francmasonería, organización elitista, bien estructurada, mejor organizada y centralizada que los partidos políticos la que desempeñó un papel de vanguardia en la transformación de la guerra de potencias en una guerra ideológica para la republicanización de Europa. Para una Europa reagrupada en una Sociedad de Naciones – idea esencialmente masónica- una vez cortadas las cabezas de hidra del clericalismo y del monarquismo militarista».

 Esto es especialmente cierto para Francia, cuyo gobierno estaba bajo la tutela masónica ya desde la llamada «república de los oportunistas» en 1880, pero con mayor intensidad a partir de la llegada al poder del Bloque de las Izquierdas en 1899, liderado por el Partido Radical. Una historiadora para nada «conspiratoria» como Marie-Louise Heers llega a firmar de manera taxativa que «El Partido Radical, poseedor de la mayoría, está siempre ligado a la francmasonería y a la Liga de los Derechos Humanos».

 No podía ser de otra forma: quienes hacían de su bandera la lucha contra la sociedad cristiana y su reemplazo por la fraternidad universal antropocéntrica no podían tolerar la existencia de una potencia gobernada por una dinastía que se ufanaba de sus orígenes no solo católicos, sino profundamente eucarísticos (recordemos la anécdota del archiduque Rodolfo, patriarca de la dinastía, que cedió su caballo a un sacerdote que llevaba el viático a un moribundo).

Contra el mito de «una Iglesia libre en un estado libre», cabe recordar que la existencia de potencias católicas es un bien para el Cuerpo Místico de Cristo. La espada regia, no como un poder ajeno, sino esgrimida por hijos de la Iglesia, puede incluso favorecer en ocasiones la libertad de la Iglesia y la conservación del depósito de la Fe. Recordemos, por ejemplo, el ius exclusivae o veto, que el emperador Francisco José ejerció a través del cardenal de Cracovia contra la posible elección del cardenal Rampolla del Tindaro en 1903, visto como muy cercano a Francia. Muy probablemente este acto, en medio de la crisis larvada del modernismo que se encontraba ya obrando, salvó a la Iglesia de la autodemolición, por lo menos por los próximos sesenta años.

Con la desaparición de Austria-Hungría, dejó de existir la última potencia mundial católica. Y si a eso le añadimos la gravísima crisis económica que sufrió la Santa Sede luego de la Gran Guerra, nacida, según Michael Burleigh, de los «82 millones de liras [gastados] en ayuda humanitaria, ayuda prestada en lugares tan diversos como Lituania, el Líbano o Siria, lo que le llevo casi a la quiebra», tenemos un panorama muy difícil. A partir de este momento, el principal apoyo económico de la Santa Sede y, prácticamente, la única relativa protección geopolítica, provenía del laicado norteamericano. Y, poco a poco, al dinero americano le siguió el americanismo, la utilización de órganos financieros vaticanos para operaciones encubiertas de ciertos servicios de inteligencia, entre muchas otras cosas que sería largo mencionar.

 San Pío X abolió el ius exclusivae, reservado a los príncipes católicos. Pero eso no quiere decir que no haya habido interferencias de potencias externas en los cónclaves después. Por el contrario: arreciaron. El periodista y antiguo consultor del FBI Paul L. Williams plantea la presencia decisiva del temor a la URSS en el cónclave de 1958. Y Roberto de Mattei nos habla de una suerte de veto informal impartido por Charles de Gaulle a su embajador en la Santa Sede para evitar, por todos los medios posibles, que los «reaccionarios» Ruffini y Ottaviani fueran elegidos en el cónclave de 1963. Más recientemente, tanto los correos electrónicos hackeados del jerarca demócrata John Podestá como una carta abierta de líderes católicos norteamericanos enviada a Donald Trump el 26 de enero de 2017, abundan en la posibilidad de una intervención del gobierno de Obama tanto en la renuncia de Benedicto XVI como en el cónclave de 2013.

 Lo triste de todo es que ya no había ninguna «contrainfluencia» católica temporal de dimensión mundial que pudiera actuar para contrarrestar esto. Cuando también en 1963, el católico Konrad Adenauer, con información de sus servicios de inteligencia, supo que un papable era peligrosamente cercano al bloque soviético y «era un verdadero peligro para Europa», ya no podía hacer nada. La autodemolición estaba en marcha. Si bien es cierto que el modernismo es la causa de este fenómeno, coyunturas históricas como la caída de Austria-Hungría (y la condena imprudente y tendenciosa a la Action Française, en menor grado) acabaron generando las condiciones para que esta podredumbre doctrinal y moral se expanda sin mucha resistencia en la Iglesia.

Finalmente, lo más triste de todo es cómo los objetivos de odio de las sociedades secretas acabaron no solo infiltrados y desquiciados, sino convertidos en parodias exotéricas de las logias, proclamando sus mismas doctrinas, pero a veces incluso de manera más grotesca.

Recordemos un discurso del confeso masón globalista conde Richard von Coudenhove-Kalergi, fundador del movimiento Paneuropa, el 15 de abril de 1960, en la Academia de Ciencias Políticas y Morales de París: «La caída del Imperio de los Papas ha permitido el nacimiento de la idea de una federación europea laica». Sorprende, por decirlo de manera suave, cómo pudo el archiduque Otto, hijo mayor y heredero del beato, convertirse en un estrecho colaborador de Kalergi e ¡incluso en su sucesor al frente de Paneruopa! Más aún, la perplejidad crece si tenemos en cuenta que, según el testimonio de un hermano de Zita al padre Henri Le Floch en Roma, se le ofreció al beato Carlos durante el derrumbamiento del Imperio la salvación de su corona y de su familia a cambio de ingresar a la masonería, cosa que rehusó.

Pero, como no podía ser de otra forma, la casa de Habsburgo, tan estrechamente ligada a la Iglesia Católica, no pudo evitar compartir, con algunas décadas de antelación, su mismo destino de infiltración, traición y autodemolición. Ya en el París de los años 30, el gran novelista austro-judío Joseph Roth, activo en los círculos legitimistas del exilio, manifestó su decepción respecto al joven archiduque Otto a su amigo Soma Morgenstern: «No puedo hablar con este emperador. No es legitimista. ¡Habla como un judío liberaloide!». En fin: mysterium inquitatis.

¿Se precipitó al abdicar o podría haber resistido hasta el final, como emperador?

La historia de los Habsburgo tiene, incluso en sus momentos trágicos, una suerte de serena belleza, de armoniosa simetría melancólica. Así como un serbio de Bosnia, Gavrilo Princip, fue responsable de iniciar el proceso de destrucción de la monarquía habsbúrguica, el último soldado del Imperio fue un serbio de la Krajina, el general Svetozar Boroevic von Bojna. Luego de haber resistido durante años más de diez ofensivas italianas, logró conservar intacto parte de su ejército luego de la desbandada de Vittorio-Veneto –cerca de 80 000 soldados– y envió un telegrama al emperador la primera semana de noviembre de 1918, poniendo las tropas a su disposición «para cumplir con sus obligaciones tradicionales con la dinastía». No sabemos si, en medio de la confusión de aquellos días, Carlos alcanzó a recibir el mensaje, pero en su proclama del 11 de noviembre de 1918 manifestó su deseo de traer paz a sus pueblos, luego de tantos años de guerra y en medio de una catastrófica pandemia. Probablemente Carlos sabía que si persistía en la defensa de sus derechos dinásticos acabaría precipitando una guerra civil con los minoritarios pero muy activos socialdemócratas de Viena, que quizás hubiera llevado a la ocupación extranjera de las tierras imperiales y a una mayor miseria para el pueblo.

 Después de su derrocamiento llevó a cabo intentos por recuperar el trono en Hungría, ¿no es así?

 Sí. Luego de su salida de Austria, se le permitió vivir en Suiza, con la condición de no realizar actividad política y mantenerse prácticamente inmovilizado. Desde allí recibía constantes mensajes desde Hungría urgiendo su retorno. El mismo regente Miklos Horthy le había dado muestras constantes de lealtad. Pero lo que lo decidió a actuar fue el pedido expreso del papa Benedicto XV, que le urgió a «que regrese lo antes posible, con objeto de reunir desde allí a los distintos países bajo su corona, para, de este modo, reconstruir el baluarte de la Santa Iglesia», como apunta Michel Dugast-Rouillé.

 En este primer intento, en la primavera de 1921, llega de incógnito a Budapest y se entrevista con Horthy que, a pesar de haber jurado serle leal hasta la muerte el 8 de noviembre de 1918, le da largas y rechaza abandonar el poder. Carlos tiene que regresar discretamente. Sin embargo, lo interesante de este viaje es que, una vez revelada su identidad, el rey apostólico pudo comprobar la inmensa popularidad que gozaba entre el pueblo, particularmente entre las masas campesinas. El segundo intento, en otoño de ese mismo año, sí contempló la posibilidad de una acción militar. Carlos, por lo que pudo ver en su primer viaje, consideró que sería una marcha pacífica y que el ejército se plegaría a él de manera espontánea. Así sucedió, pues se le unió espontáneamente una fuerza considerable de soldados, que avanzó pacíficamente a lo largo del país hasta llegar a Budapest, donde encontró resistencia por parte de una milicia improvisada de estudiantes nacionalistas dirigida por Gömbos, el misterioso luterano fascistoide, que era en verdad en aquel tiempo la eminencia gris detrás del calvinista Horthy. Aunque hubiera podido atacar, con un costo considerable en vidas, Carlos ordenó al jefe de su estado mayor, el general Hegedüs, negociar un armisticio temporal. Lo cierto es que Hegedüs traicionó al rey y se pasó al bando del gobierno. Carlos nuevamente tuvo que abandonar Hungría. En ambas incursiones comprobó la lealtad total del clero católico, que, en la persona del primado, le aseguró su lealtad, y el cariño entusiasta de las masas campesinas e incluso obreras en las ciudades, asqueadas de las elecciones adulteradas y de la corrupción de la oligarquía húngara. Sin embargo, a raíz de este último intento, fue exiliado a Madeira por los aliados.

 En cualquier caso su vida personal y la de su esposa, la emperatriz, siempre fue intachable y un ejemplo de virtud. ¿Cree que es un referente para estos tiempos tan terriblemente difíciles en cuanto a la geopolítica internacional?

 Por supuesto. La lección de Carlos y Zita es que el deber de estado es una oportunidad que Dios nos da para santificarnos. Y, como dice la Escritura, « ¿de qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si pierde su alma?» (Mateo 16: 26). Ambos reinaron con justicia, perdieron sus tronos sin traicionar sus principios y al final alcanzaron la corona celestial. ¿Qué más puede pedirse? Como se ha dicho hasta la saciedad, los últimos grandes conflictos europeos, desde la guerra de los Balcanes (1991-1995) e incluso el conflicto actual en Ucrania nacen directamente del desbarajuste posterior a la caída de Austria-Hungría.

 Resulta esclarecedor, por tanto, contrastar la actualidad con las lecciones históricas del pasado. El gran error de Guillermo II y de su estado mayor fue creer que una guerra rápida podía servir para salvarse de un posible ahogamiento geopolítico y de las múltiples provocaciones de sus enemigos, sin importar los medios. Menospreció la importancia de la opinión pública universal, que se horrorizó ante la invasión de la neutral Bélgica, y acabó entrampado en una guerra larga y desgastante. Putin parece haber caído en la misma ilusión.

Por otro lado, Joe Biden, como buen demócrata, ha mencionado en varias ocasiones que busca el regime change en Rusia. Y aunque el Departamento de Estado se ha apresurado a poner paños fríos, el objetivo de las sanciones occidentales, inéditas en su extensión, no parece ser otro. Ignoran –o pretenden ignorar, que es lo peor – que el derrocamiento de Putin podría hacer estallar fuerzas centrífugas en Rusia que harían parecer al Irak posterior a 2003 como un paraíso. Es el mismo error de Wilson, pero aún más grotesco, si cabe, porque lo que se pretende exportar no es el estado-nación en su modelo republicano liberal, sino una democracia posmoderna woke multicolor, más parecida a un manicomio amotinado que a cualquier régimen político ordenado.

La lección del beato Carlos de Habsburgo consiste en tener presente a Dios en todas las acciones políticas. Solo así, con la mirada puesta en la trascendencia, se podrá alcanzar un equilibro virtuoso entre un realismo político sano y un sustento moral sólido en nuestras acciones y doctrinas. Y esta es una lección fundamental para todo político o líder católico: nunca perder los principios, nunca perder el alma. Todo puede perderse, menos eso.