En estos momentos de franca zozobra nacional quiero recordar a San Agustín, Padre de la Iglesia, quien nos dejó una serie de frases memorables acerca del patriotismo: "Ama siempre a tus prójimos, y más que a tus prójimos, a tus padres, y más que a tus padres, a tu patria, y más que a tu patria, a Dios”, en su libro “Del libre albedrio”. Y del mismo libro son estos pensamientos: “La patria es la que nos engendra, nos nutre y nos educa. Es más preciosa, venerable y santa que nuestra madre, nuestro padre y nuestros abuelos. Vivir para la patria y engendrar hijos para ella es un deber de virtud. Pues que sabéis cuán grande es el amor de la patria, no os diré nada de él. Es el único amor que merece ser más fuerte que el de los padres. Si para los hombres de bien hubiese término o medida en los servicios que pueden rendir a su patria, yo merecería ser excusado de no poder servirla dignamente. Pero la adhesión a la ciudad crece de día en día, y a medida que más se nos aproxima la muerte, más deseamos dejar a nuestra patria feliz y próspera”.

     León XIII, en Sapientiae Christianae enseña que el amor a la patria es de ley natural: “Por la ley de la naturaleza estamos obligados a amar especialmente y defender la sociedad en que nacimos, de tal manera que todo buen ciudadano esté pronto a arrostrar hasta la misma muerte por su patria”. Y Pío XI, en la encíclica Divini Illius Magistri, afirma: “El buen católico, precisamente en virtud de la doctrina católica, es por lo mismo el mejor ciudadano, amante de su patria y lealmente sometido a la autoridad civil constituida, en cualquier forma legítima de gobierno”.

     Pero la doctrina católica no se queda ahí, sino que también alerta sobre los pecados, por exceso o por defecto, contra el sano patriotismo. Se peca por exceso incurriendo en nacionalismo exagerado cuando el amor patrio “que de suyo es fuerte estímulo para muchas obras de virtud y de heroísmo cuando está dirigido por la ley cristiana, pasados los justos límites, se convierte en amor patrio desmesurado” (Pío XI. Ubi arcano Dei consilio); pero también se puede pecar, por defecto, de cosmopolitismo: “No hay que temer que la conciencia de la fraternidad universal, fomentada por la doctrina cristiana, y el sentimiento que ella inspira, se opongan al amor, a la tradición y a las glorias de la propia patria, e impidan promover la prosperidad y los intereses legítimos; pues la misma doctrina enseña que en el ejercicio de la caridad existe un orden establecido por Dios, según el cual se debe amar más intensamente y ayudar preferentemente a los que nos están unidos con especiales vínculos. Aun el Divino Maestro dio ejemplo de esta preferencia a su tierra y a su patria, llorando sobre las inminentes ruinas de la Ciudad santa” (Pío XII. Summi Pontificatus). De tal manera que ni el internacionalismo de los hombres sin patria (los llamados así mismos "ciudadanos del mundo) ni los nacionalismos exagerados son opciones legítimas para un cristiano coherente.

     Pero a pesar de tanta claridad habrá aún quien machaconamente te injiera, ¡oh patria!:

 “¿No serás una ilusión recreada en el olvido?    O tal vez ¿un sueño inútil, caduco y desvalido? ¿Una quimera fugaz, sin corazón ni latido?”

 

A lo que tendríamos que preguntar a la patria:

 

 ¿Quién eres tú? Y nos responderá con amor:

La que en sencillez sin merma fue la cuna de culturas.

La que, al ser altar de Historia, se la tiene por medida.

La que, siendo tan exigua, alcanzó tan gran altura.

La que, por cruz y espada, por todos fue muy temida.

La que descubrió otro mundo y asombró todo el planeta.

La de los grandes pintores, la de los grandes poetas.

La de los mágicos triunfos y la de las magnas gestas.

La que, entregando su paz, recibe a cambio protestas.

La rodeada de mares que a África está rozando.

La tierra de recias vías y pueblos patrimoniales.

La que es fecunda en hijos y a Dios ofrece rezando.

La que los cuida y protege de los morbos y los males.

La que, siendo risa y llanto, es música y es canción.

La que es honrada en sus hembras y en sus hombres es honor.

La que soñaba en grandezas y alcanzó meta y misión.

La que forjó el más grande Imperio, dando vida y dando amor.

La que, con hondo sentir y recio querer, tiene el alma llana.

La que enciende y aviva la llama de las grandes proezas.

La que, ante sus grandezas, se enmudece y calla.

La que, herida de muerte, no se rinde ni doblega sus noblezas.

La que es crisol de Toledo y es el temple de Numancia.

La que cree con firme fe en “¡Santiago, y cierra España!” 

La que funde en sus alturas el eco y la resonancia.

La que es presencia candente del ayer, del hoy y del mañana.

La que con fuerza suprema iza al viento sus banderas.  

La que espera amanecer sin enervarse y con calma.

La que, al pedirla un favor, te da más de lo que esperas. 

La que al sonar sus clarines hace vibrar cuerpo y alma.

La que más allá del horizonte gusta alumbrar su alborada.       

La que, al ofrecerse en prenda, siempre cumple y siempre paga.

La que es sangre en sus costados y entre ambos, muy dorada.

La que cuando se la hiere, ni se inclina, ni se asfixia, ni se apaga.

La que ha sido anestesiada, la que ha sido adormecida                     

La que agoniza sin ira, por perjuros traicionada.

La que su postrera acción será besarte en su herida.

La que quieren eclipsar los sin rostro, por la nada.

La que nunca te abandona, porque te guarda en su entraña  

La que por ser la que es, se la persigue y engaña.

La que en el huerto del Señor será siempre tu compaña.

La que es tu Madre y tu Patria...  ¡Soy España!