Una vez más, como hago siempre cada vez que se acerca un nuevo 20 de noviembre, he leído, con detenimiento, el testamento de José Antonio en el que se condensa una buena parte de su personalidad, de su espiritualidad, de su patriotismo y de su ideario político.

Es triste que un pensador, un hombre carismático, honesto y valiente, del nivel de José Antonio, haya sido manipulado y ninguneado, a lo largo de los años, por la izquierda perversa y sectaria. Tal vez, si tan solo se detuviesen a leer su testamento, comprenderían su auténtica dimensión humana, patriótica y espiritual.

Es lamentable que un mensaje, con el calado del de José Antonio, que debería ser conocido por todos los españoles, sea ignorado por la inmensa mayoría y lo que es más grave, por la juventud a la que podría aportar una serie de valores y paradigmas que le haría modificar el prisma desde el que observan el presente y el futuro de España. Una lección que todos deberían haber aprendido.

En mi caso, desde hace muchos años, desde mi juventud, no dejo pasar una fecha como esta para sentarme y releer, como homenaje póstumo a la figura de José Antonio, su testamento, su última consigna.

Es necesario, para entender bien el mensaje, partir de la situación personal en la que se encontraba en el instante mismo de la redacción de su testamento. Un español, de treinta tres años de edad, en lo mejor de su vida; abogado de prestigio en ejercicio; miembro de una familia que dio muchas glorias a España a lo largo de las generaciones y sin embargo, por el amor que profesaba a la Patria y por el inmenso dolor que le causaba la caótica situación en la que se encontraba, tomó la grave de decisión de dar un paso al frente, salir fuera, bajo la noche clara, teniendo por testigo a las estrellas, para gritar a los vientos de la rosa que España no estaba muerta y que merecía cualquier sacrificio, incluso el de dar la vida por Ella.

Un español perseguido, encarcelado por un frente popular sectario y miserable; sometido a un juicio de farsa en el que, antes de iniciar su primera sesión, ya se conocía la sentencia: condenado a muerte. Otro vil asesinato como los miles cometidos por esa izquierda canalla que pretende ahora, por medio de esa indigna ley de memoria revanchista, lavarse la cara para así ocultar los desmanes cometidos en su turbio pasado.

Una ley que seguirá silenciando, de forma intencionada, los horrendos crímenes cometidos por socialistas y comunistas, aquellas hordas descontroladas sedientas de odio, que sembraron España con los cadáveres de miles de inocentes por el simple hecho de no pensar como ellos, por ir a Misa o, simplemente, por llevar sombrero y abrigo. A esas hordas de milicianos y milicianas sedientos de sangre, son, precisamente, a las que el nuevo frente popular quiere lavar la cara, al igual que pretende hacer con la canalla etarra que se llevó cientos de vidas de españoles por delante.

José Antonio, un español que sabía perfectamente lo que le aguardaba y que, sin embargo, con total naturalidad, con ímpetu y paciencia, gallardía y silencio, aceptó su destino, elevando la mirada a Dios Todopoderoso para rogarle que, si no le eximía del trance de la muerte, al menos le conservase la decorosa conformidad con la que la aguardaba.

Pese a su inconformismo, porque nunca es alegre morir a su edad, deja clara la manifestación de sus profundas creencias y su espiritualidad que se destila en los primeros párrafos de su testamento, reconociendo sus faltas e implorando la infinita misericordia de Dios, como primera premisa.

José Antonio, muestra en su testamento su acendrado sentido del deber, la responsabilidad del líder carismático hacia sus camaradas, la lealtad que exige el digno ejercicio del mando. Todo ello está presente en el texto cuando dice: “… he arrostrado la fe de muchos camaradas míos en medida muy superior a mi propio valer…” y “… he movido a innumerables de ellos a arrostrar riesgos y responsabilidades enormes…” Una muestra de que, hasta los últimos momentos, sus camaradas estaban presentes en su corazón.

Andando un poco más en la lectura, aparece una reflexión que sigue plenamente vigente “… la inmensa mayoría de nuestros compatriotas persistan en juzgarnos sin haber empezado ni por asomo a entendernos…” Una realidad, fácilmente contrastable con un poco que miremos a nuestro alrededor.

¿Cuántos españoles se han molestado en leer si quiera un párrafo de la obra de José Antonio? Yo sé, pues lo experimenté con más de uno, que cuando comienzas a hablarle de la ideología de Falange Española, sin mencionar su procedencia, escuchan con suma atención y al final aportillan aquello de “estoy de acuerdo con todo eso”; sin embargo, en cuanto les descubres la procedencia, ponen una mueca de extrañeza y comienzan a justificarse aludiendo a los prejuicios machaconamente difundidos por la izquierda sectaria y miserable que sigue creyéndose depositaria de una superioridad moral que nadie le ha otorgado, ni jamás ha tenido.

La gallardía, la hombría de bien, el valor, son conceptos muy presentes en José Antonio. Un hombre que sabe que va a morir y prefiere mantenerse digno, sin ocultar la cara, sin buscar responsabilidades en terceros, sin tratar de justificarse, sin actuar como una plañidera acobardada y que emplea lo mejor de sus recursos de abogado en su defensa y en la de su hermano Miguel y de su cuñada Margot.

Un hombre que, aun a sabiendas que podría beneficiarlo, se niega a asumir como suyas unas injuriosas frases dirigidas al Ejército de Africa que, con esa maldad característica de la izquierda miserable, le achacaron sin que jamás salieran de su boca. Una muestra indudable de gallardía ante la muerte.

El amor profundo a España y el ferviente deseo de asumir su destino si con su muerte concluyen los enfrentamientos entre españoles: “… Ojalá fuera la mía la última sangre española que se vierta en discordias civiles…” Una reflexión como esta, solamente puede surgir de un corazón limpio, sin odios, sin rencores.

Su sueño más aheleado, España, la razón más profunda de su vida “… Ojalá encontrara ya en paz el pueblo español, tan rico en buenas calidades entrañables, la Patria, el Pan y la Justicia…”

Y, finalmente, su sentido de la misericordia y del amor, de sus profundas convicciones espirituales, rogándole a Dios que acepte su sacrificio para compensar lo egoísta y vano que pudiese haber en su vida.

Y concluye, perdonando a cuantos le hayan podido dañar u ofender, incluso, por supuesto, a los que lo van a fusilar, y pidiendo perdón a todos aquellos a quienes deba la reparación de cualquier agravio.

José Antonio asumió su destino, aun a sabiendas de la injusticia que se estaba cometiendo con él. Pudo haber desaparecido cuando vio que las cosas se ponían feas, sin embargo, era consciente de cual era su sitio, donde debía estar en aquellos graves momentos por los que atravesaba España y se quedó para defender sus ideas y guiar a los camaradas que lo seguían.

Otros, miserables socialistas y comunistas, que, tras meternos en una guerra civil, huyeron despavoridos a lo que ellos llamaron el exilio, llevándose el dinero y las riquezas fruto de sus crímenes y saqueos.  

Y para colmo, tal vez por el peso de la culpa que no perdona, por la responsabilidad en su vil asesinato, camuflado tras la máscara de un juicio burdo y manipulado, sin garantías de tipo alguno, la sectaria y miserable izquierda, cuando de nuevo, retornó a la escena política, en connivencia en ocasiones con la vieja derechona de siempre, acomodaticia y cobarde, corrió a retirar el nombre de José Antonio del callejero de España, a derribar los monumentos que perpetuaban su memoria e incluso a borrar su nombre de las fachadas de las iglesias. La miseria humana no tiene límites. Algo de lo que deberían sentirse avergonzados aquellos que lo perpetraron.

Hoy, 20 de un noviembre en el que España nuevamente se desangra por la maldad y el sectarismo de una izquierda miserable, para mí, como para muchos españoles de bien, José Antonio Primo de Rivera sigue presente.