La mañana del día 12 de noviembre de 1923, es decir, un día antes de que se cumplieran los dos meses del “Golpe” del 13 de septiembre que dio paso a la Dictadura de Primo de Rivera, y a petición de algunos políticos que sí se dieron cuenta de la gravedad que estaba pasando (entre ellos don Pablo Iglesias) se fueron a ver al Rey don Melquiades Álvarez como Presidente del Congreso y el Conde de Romanones como Presidente del Senado y de manera oficial le hicieron entrega al Monarca de un escrito que decía:

Señor : Las Cortes fueron disueltas el 17 de setiembre próximo pasado. La Constitución de la Monarquía española dice : «Las Cortes se reúnen todos los años. Corresponde al Rey convocarlas, suspender, cerrar sus sesiones y suspender simultánea o separadamente la parte electiva del Sena­ do y el Congreso de los Diputados, con la obligación, en este caso, de convocar y reunir el Cuerpo o Cuerpos disueltos dentro de tres meses.»

Cada uno de los artículos que integra la Constitución tiene, desde el punto de vista legal, idéntica importancia, pero nadie podrá desconocer que sustancialmente, por lo que significa y representa, el artículo 32 sobrepuja, desde luego, en trascendencia a todos los demás. Es el arma misma de la Constitución de la Monarquía española, la garantía única de la continuidad y vigencia del régimen allí establecido. Acatado con escrupulosidad tal precepto, la Constitución subsiste en su esencia, cualesquiera que hubieren sido las resoluciones y olvidos de que fuera víctima. Incumplido, en cambio, la Constitución desaparece, aunque todas sus demás disposiciones sean obedecidas en apariencia, porque con el artículo 32 se asegura eficaz­ mente la alianza entre las Cortes y el Rey, de que habla el artículo 18, y al juntar entonces las prerrogativas históricas de la Monarquía con la soberanía inmanente de la Nación, se armonizan sus respectivos intereses y funciones, se hace efectiva la cosoberanía de la Corona y la representación del país.

Por todo ello, este artículo es el único existente en la ley fundamental de la Monarquía que, refiriéndose al Rey, emplea la palabra «obligación». Y esa obligación, base y fundamento del pacto constitucional, fue aceptada por Su Majestad al jurar ante las Cortes sobre los Evangelios.

Lleva cuarenta y siete años rigiendo la Constitución. Discútase si otros artículos de ella han sido menoscabados; el artículo 32 no fue infringido jamás. Es natural que así sucediera, ya que su infracción haría desaparecer, siquiera momentáneamente, con soluciones de continuidad inevitables y peligrosas, la vida del régimen constitucional en .España. Ante dicho artículo siempre se tuvo presente que no en vano se llama a sí propia la Constitución «ley fundamental de la Monarquía».

Los plazos que la ley y la realidad misma imponen para las diversas operaciones electorales que han de preceder a la reunión de las Cortes obligan a convocarlas con alguna anterioridad al término del plazo señalado en el artículo 32. Normalmente, ese decreto de convocatoria debiera haberse publicado antes del día 8 del corriente mes de noviembre. Quizá reduciendo los plazos electorales al mínimum podrán dilatarse algunos días más; pasados muy pocos, el artículo 32 de la Constitución de la Monarquía será inevitablemente vulnerado, y si las Cortes no se hallan en funciones en plazo breve, se infringirá también fatal­ mente otro principio constitucional que basta enunciarlo para encarecer su importancia : el que se refiere a lo que prescribe el título XI, relativo a las contribuciones y a los gastos públicos.

Señor : Los que suscriben, amantes del régimen constitucional por estimarlo el mejor, tanto para la vida de la libertad y del Estado como para la paz de España y de la Monarquía, tienen el deber, acrecentado hoy ante las circunstancias actuales, por haber ostentado en las últimas disueltas Cortes la más alta representación parlamentaria de elevar a Vuestra Majestad su voz y expresarle respetuosamente su sincero sentir de que el bien público, notoriamente, demanda el cumplimiento fiel del artículo 32 de la Constitución, con la ferviente esperanza de que este sentir coincidirá con el de Vuestra Majestad.

Y puesto que ése es su deber, con el que se atiende tan sólo a los intereses fundamentales de la Patria y de las instituciones, obedecen a los dictados de su conciencia al cumplirlo por este documento.

Pero, desgraciadamente, ni el Rey les hizo caso ni las circunstancias de España eran las más favorables para entender aquel acto calculado, racional y honesto, ya que para entonces los españoles en su mayor parte se habían «cambiado la chaqueta» y se habían pasado a la Dictadura (con lo cual no hacían sino confirmar esa ley del péndulo que caracteriza al pueblo español y que sólo es un reflejo de la falta de consecuencia y de la incultura).

Don Melquiades Álvarez se retira entonces de la vida pública y mientras dura la Dictadura participa con su consejo y su apoyo moral a cualquier tipo de oposición, como explicaría él mismo en su discurso del mes de abril del año 30, a los pocos meses de haber caído el Dictador Primo de Rivera (y de su rápida muerte en París):•

«Y me vais a permitir que con este motivo, re­ pugnándome mucho, hable de mí, porque necesito desvanecer esa supuesta inhibición que cariñosa o malévolamente me atribuyeron algunos periódicos o algunos enemigos. ¡Yo no me inhibí jamás ante la Dictadura!, ¡jamás! Cuando pude hablar sin someterme al criterio humillante de la Censura, hablé, y hablé sin reservas, dejando que viniera en raudales a mis labios toda la indignación que sentía en mi alma. Yo recuerdo que se me formó pro­ ceso en unión de otro ilustre diputado, que, por lo visto, se sobreseyó, y recuerdo que por haber hablado yo en aquel banquete, nada menos que fue conducido a la prisión de Guadalupe el ilustre presidente del Consejo de Ministros actual.

Recuerdo también que cuando tuve necesidad por deber profesional, de defender a alguna de las víctimas de la Dictadura en los Tribunales, tampoco velé mi pensamiento con ninguna clase de reservas; no. Después, ante la agravación de la Censura, a mí me parecía que no había nada más eficaz que el silencio; pero sin descuidar otros medio más positivos que no había que pregonar en la plaza pública, porque el pregón, sobre ser escandaloso, está siempre reñido con la eficacia.

A lo que no me presté nunca, nunca, fue a esa oposición verbalista desarrollada, como quería la Dictadura, en disertaciones doctrinales, que a mi juicio resultaba estéril y candorosa, porque con disertaciones no se enciende nunca la cólera de los pueblos, ni se debilita el prestigio de una Institución; y si a esas disertaciones se agregan censuras, y esas censuras violentas a la política vieja, entonces más que una actitud de campaña es una colaboración vergonzante con la Dictadura.

No; a eso no me presté, porque siempre, desde el primer momento, creí que contra una Dicta­ Jura cimentada sobre la fuerza no había otro re­ curso para destruirla que la misma fuerza. Yo tengo todavía algo del alma de los jacobinos del siglo XVIII; yo creo que la resistencia a la opresión es uno de los sagrados derechos del hombre, y creo además que la fuerza es una cosa salvadora. La fuerza ha sido en la Historia la madre del Derecho. El Derecho es una depuración de la fuerza, realizada lentamente, a través de los siglos, con el ideal puesto en un algo permanente de justicia, por el esfuerzo de la razón y la cultura.

Y cuando este Derecho aparece conculcado por los Gobiernos, hay que acudir con solicitud amo­ rosa a la madre que le ha engendrado, para que trate de restablecerle con energía la vida nueva de los pueblos. Y esto, en la medida de mis débiles fuerzas, fue lo que hice yo siempre: oídlo bien ¡siempre!... En todas las conspiraciones revolucionarias he intervenido. En algunas de ellas he sido el autor del manifiesto que constituía la bandera. Lo que pasa es que estas cosas no se hacen a tambor batiente en la Puerta del Sol, ni se presenta uno, para descubrirlas, ante la Policía; y claro, como yo he tenido la fortuna, como la han tenido otros, sin saber a quien lo debo, de no haber sufrido persecuciones, de no haber estado en prisión, de no haber sido objeto de multas, yo no puedo presentarme ante el pueblo, que es un niño grande a quien se engaña fácilmente, ostentando las cicatrices de la lucha.

Pero hay aquí, asisten aquí muchos que han intervenido en aquellas contiendas, que probable­ mente habrán sido vencidos, y se reirán, corno rio yo, de la facilidad con que ciertos periódicos disciernen el título de enemigo de la Dictadura, a quienes, en rigor, han sido sus vergonzantes servidores...