El 21 de junio de 1964 fue un día histórico para el fútbol español. La Selección nacional conquistó su primera Eurocopa al derrotar a la Unión Soviética en el Estadio Santiago Bernabéu, por 2-1. El recordado gol de Marcelino en el minuto 84 en un difícil remate de cabeza casi acrobático, tras un gran centro de Jesús Pereda, que batió al mítico portero soviético Yashine, hizo campeona a España. Permanece como uno de los partidos inolvidables de la Selección española.

Estos días, al hilo de la Eurocopa 2020, que se disputa este año, no han faltado quienes, desde los medios subvencionados, han recordado que “Franco obligó a España a retirarse de una Eurocopa”. Se refieren a la Eurocopa de 1960. La primera Eurocopa que se disputó. En ese campeonato la Selección española tenía que jugar contra la Unión Soviética. En aquella época y hasta 1980, la Eurocopa se jugaba en eliminatorias a doble partido, igual que en la Copa de Europa de clubes pero las semifinales y final se jugaban en formato “Final Four” en un único país.

Sin embargo, en aquel momento la Federación Española, siguiendo consignas de la Secretaría General del Movimiento, ordenó que España no se presentase, aunque quedase descalificada. Fue una medida de boicot deportivo como protesta a los insultos contra España y su Régimen, que había lanzado el dictador soviético, Nikita Kruschev, en la ONU, poco tiempo antes, (insultos, que, por cierto, habían sido contestados en la Asamblea, con una frase memorable por el embajador español ante la ONU, José Félix de Lequerica “Pocos jefes de Estado hay hoy en día responsables de tantos crímenes como el Secretario General del Partido Comunista de la Unión Soviética, señor Kruschev”).

El boicot fue, sin duda, un error. España, en la que todavía jugaban Di Stéfano y Puskas, tenía un gran equipo que aspiraba al título. Los boicots deportivos hace tiempo que han caído en desuso, ya que solo perjudican a quien los hace. Pero hasta los años 80 no eran infrecuentes en la escena internacional. No hay más que recordar el boicot norteamericano a las Olimpiadas de Moscú 80, que fue respondido con el boicot de todo el bloque del Este a las de Los Ángeles 84. Franco, de hecho, no era partidario de tal medida, pero se dejó convencer por el ministro José Solís.

Sin embargo, la buena suerte que siempre acompañó al Caudillo, quiso que cuatro años más tarde, se presentase una ocasión de oro para remediar ese error. Franco y su Gobierno habían conseguido que la fase final de la siguiente Eurocopa, la de 1964, se disputase en España (un logro que por cierto ocultan o sobre el que pasan de puntillas los medios subvencionados). España estaba clasificada para ella y la Unión Soviética, que había ganado el título en 1960, también.

España superó en una agónica semifinal a la todavía potente selección de Hungría. Y el rival en la final era nada menos que la Unión Soviética. De hecho, hubo sectores del Régimen que pidieron al Caudillo que España renunciase a la final y la boicotease, para impedir que la bandera soviética y su himno sonasen en Madrid y sobre todo para evitar el riesgo de una humillación política histórica si la URSS ganaba la final. De hecho, incluso los autores de izquierda reconocen que en España, toda la oposición, que básicamente era entonces la que formaba e clandestino PCE, deseaba que la URSS ganase la final para que Franco se viese humillado al tener que entregarles el trofeo o a asistir en primer plano a la entrega de la copa al capitán soviético.

Pero esta vez Franco se negó a dejarse influir por esas voces amedrentadas y anunció que, naturalmente España jugaría la final, y `por supuesto, él la presidiría en el palco. Así fue. El resto es historia. Franco, según los testigos, vivió la final con nervios y tensión, como los 100. 000 espectadores que abarrotaban el Bernabéu, pero el final fue feliz. Franco, además, fue aclamado por el público y el capitán de España, el central del Barcelona, Olivella realizó toda una loa y agradecimiento al Caudillo, tras recibir la copa. La izquierda española, siempre tan “patriota”, no tuvo más remedio que aguantarse y fingir alegría.