El economista Santiago Niño Becerra cita en su último trabajo sobre la trayectoria histórica del capitalismo estas palabras de José Antonio Primo de Rivera: «La alta banca, que absorbe la economía nacional, arruinando al pequeño labrador, al pequeño industrial, al modesto negociante, con beneficio y lucro de los consejeros, de los accionistas, cuentacorrentistas y demás participantes; es decir, de los que no trabajan, pero que se benefician del trabajo de los demás. Los bancos son meros depositarios del dinero de los demás. No producen. A los dueños del dinero les abonan el uno y medio por ciento, y por ese mismo dinero, que no es suyo, cobran a los demás el siete y ocho por ciento. Con sólo una sencilla manipulación de dos asientos en sus libros obtienen esa pingüe diferencia». La referencia que ofrece como fuente es un artículo de Miguel Sebastián en Expansión con fecha de 4 de abril de 2001.

A continuación, Santiago Niño Becerra expone la siguiente justificación sobre las palabras del líder falangista: «José Antonio Primo de Rivera, aunque con algunas ideas muy avanzadas para su época -era por ejemplo partidario del divorcio, de la reforma agraria, de la separación entre la Iglesia y el Estado...-, se alineó no obstante con las ideas del fascismo italiano, con la peculiaridad de que la economía española en su conjunto había evolucionado menos hacia el Capitalismo, si cabe, que la italiana. Conviene destacar que España contaba con una base industrial mucho más pobre que la existente en el norte de Italia.

En su alegato, José Antonio califica de absolutamente inútil e improductiva la actividad bancaria, y no sólo eso, la acusa directamente de ladrona por arruinar al pequeño empresario e impedir su actividad. No concede a la banca ningún papel como financiadora de actividades que precisaran elevadas dosis de capital porque, pura y simplemente, esas actividades eran anecdóticas en la mayor parte de la España de 1936» (Capitalismo (1679-2065), editorial Ariel, 2ª edición, 2020; pág. 80).

La interpretación que realiza es bastante cuestionable. De entrada y como anécdota, debemos recordar que jamás estuvo a favor del divorcio; aunque sí acierta al señalar su defensa de la reforma agraria y la separación entre Iglesia y Estado.

 

La cita original de José Antonio Primo de Rivera corresponde a un mitin electoral en Sanlúcar de Barrameda el 8 de febrero de 1936. El primer autor que lo cita, ya sea por utilizar fuentes recortadas o por realizar él mismo la adaptación, elimina bastante contenido que vendría a corregir la posterior interpretación de Santiago Niño Becerra. Aquí tenemos el texto original, hoy disponible en la edición digital de las Obras Completas de José Antonio: «Lo que padecemos en España es la crisis del capitalismo, pero no lo que vulgarmente se entiende por tal, sino el capitalismo de las grandes empresas, de las grandes compañías, de la alta banca, que absorbe la economía nacional, arruinando al pequeño labrador, al pequeño industrial, al modesto negociante, con beneficio y lucro de los consejeros, de los accionistas, cuentacorrentistas y demás participantes; es decir, de los que no trabajan, pero que se benefician del trabajo de los demás.

El trabajo lo tenemos bien elocuente en Sanlúcar con el cultivo de la vid.

Antes todos eran pequeños propietarios que labraban sus viñas con cuidadoso esmero para obtener los mejores caldos, que luego eran codiciados y solicitados por sus excelentes cualidades. Era una célula humana donde todos vivían patriarcalmente en sus hogares felices. Vino el capitalismo absorbente con sus grandes empresas. Ya no se escogen los buenos caldos. Ya se compran las grandes partidas de miles de hectolitros, sin mirar la procedencia y con el único fin de las grandes ganancias.

Y viene la obligada consecuencia de la ruina de los pequeños propietarios, hasta convertirlos en pobre obrero y pobre asalariado, alquilado como bestia de carga.

Así es que el capitalismo no sólo no es la propiedad privada, sino todo lo contrario. Cuanto más adelanta el capitalismo, menos propietarios hay, porque ahoga a los pequeños.

Los Bancos son meros depositarios del dinero de los demás. No producen. A los dueños del dinero les abonan el uno y medio por ciento, y por ese mismo dinero, que no es suyo, cobran a los demás el siete y ocho por ciento. Con sólo una sencilla manipulación de dos asientos en sus libros obtienen esa pingüe diferencia.

Es decir, que el esfuerzo del trabajo lo absorbe la organización capitalista.

Hay que hacer desaparecer este inmenso papel secante del ocioso privilegiado que se nutre del pequeño productor.

Hay que transformar esta absurda economía capitalista, donde el que no produce nada se lo lleva todo, y el obrero que trabaja o crea riqueza no alcanza la más pequeña participación.

España está en mejores condiciones que el resto del mundo para desmontar ese vicioso sistema. Cuando todos nos unamos y nos constituyamos en nuestros propios banqueros y tengamos una organización corporativa propia, en una unidad de intereses y de aspiraciones, tendremos una economía nacional fuerte y robusta y habrá desaparecido la miseria».

 

Si comparamos ambas citas destacadas en negrita, podemos comprobar que José Antonio Primo de Rivera sí otorgó importancia al papel de la banca como financiadora de la actividad económica. Esa misma reafirmación la encontramos en su intervención de 3 de marzo de 1935 en Valladolid: «¿Qué es esto de armonizar el capital y el trabajo? El trabajo es una función humana, como es un atributo humano la propiedad. Pero la propiedad no es el capital: el capital es un instrumento económico, y como instrumento, debe ponerse al servicio de la totalidad económica, no del bienestar personal de nadie. Los embalses de capital han de ser como los embalses de agua; no se hicieron para que unos cuantos organicen regatas en la superficie, sino para regularizar el curso de los ríos y mover las turbinas en los saltos de agua».

La diferencia entre el modelo de banca teorizado por José Antonio Primo de Rivera y el comprendido por la mayoría hasta el día de hoy es que el primero vendría a constituirse en un servicio público y el segundo sería un negocio privado. Es más, el panorama reflejado en el discurso de 1936 no ha variado mucho hasta el presente: la destrucción de empleos y sectores productivos a la vez que la banca aumentaba sus beneficios e influencia ha sido constante; por no hablar de la crisis provocada en el año 2007 por la especulación con los créditos hipotecarios y otros productos basura, la cual se extendió rápidamente desde Estados Unidos al resto del mundo. Hoy no tenemos motivos para ser optimistas en España, ya que la globalización ha llegado a una etapa en que resulta imposible actuar al margen del gran entramado financiero, mucho menos cuando tenemos encima la supervisión de la Unión Europea. Eso no es obstáculo para reivindicar la necesidad de que la banca sea un servicio público en beneficio del bien común y no el negocio privado del que se lucra una minoría.