El día 12 de octubre de cada año se conmemora la llegada de Cristóbal Colón a América en 1492. En una ley de 1987 (BOE del 8 de octubre) se establece el 12 de octubre como el día de la Fiesta Nacional de España, que anteriormente había tenido otras denominaciones como Día de la Patria, Día Nacional de España, Día de la Hispanidad o Fiesta de la Raza.

 

   La Iglesia fundada por Jesucristo en el tiempo centro de las edades realizó el milagro de la Cristiandad. En los restos humeantes de romanos y auge de los bárbaros infundió un espíritu nuevo, que, de las cenizas de un mundo en corrupción, hizo surgir una unidad de hombres y de tierras, agrupados alrededor de un destino común, con la preocupación de buscar ante todo el reino de Dios y su justicia. Es cosa única en el correr de la historia, que este pueblo descubridor del nuevo mundo, renunciando al orgullo de su dominación y reconociendo la hermandad común, se entregase al servicio de un Rey, que no puede morir. Este hecho único, sublime y singular, se sintetiza en Catolicidad e Hispanidad.

   ¡Catolicidad e Hispanidad! Una significación permanente y vigorosa de algo tan grande como espiritual y glorioso que flota sobre las almas que vibran con el sello inconfundible del estilo español, siempre propenso a crear magnificas obras de las que sobresale la espiritualidad de su alma por encima de los valores materiales de sus empeños.

   Es el sello español exclusivo de nuestra raza y que aparece -siempre igual- en nuestras guerras de reconquista, de independencia, en el descubrimiento, en las Leyes de Indias, en nuestras famosas obras de arte, en nuestros sobrios monasterios, en nuestra música alegre, entrañable y eterna, en los inmortales Tercios, en nuestros conquistadores, en nuestros preclaros varones sabios o santos y en nuestros héroes y en nuestros mártires.

    Porque de la mixtura de la Hispanidad con la Catolicidad surge el espíritu cristiano, viajero, místico, indomable, aventurero y español; y en su trasfondo, como esencia aquilatada en el crisol de la Patria, está ese espíritu imperecedero que subsiste en nuestro talante con una huella indeleble marcada en todas las situaciones y aconteceres en los que ha intervenido nuestro pueblo.

     Es la fe en Dios, el fiel amor a la Patria y la lealtad a la Historia, que como suave perfume, brota de los valles y serranías de España y en las alas del viento se recoge como rocío, en las tierras del mundo entero, llevando con el espíritu de los evangelios, la civilización, la influencia de su espiritualidad, de su cultura e incluso su mismo modo de ser.

     Catolicidad e Hispanidad es el caudal de la sangre española que, enriquecida y fecunda, hizo el milagro de fertilizar los campos estériles más inexplorados y desconocidos. Tiene esa sangre la bravía independencia del nuestros primeros pobladores, la libertad de los Iberos, la heroica firmeza de los Celtas, el transparente y limpio marchamo de los Romanos, el coraje viril de los Visigodos, la fiereza y el inconformismo de los Almogávares, la pasión vehemente de los mozárabes, la firmeza, el heroísmo, la religiosidad, la unidad, el temple y el tesón de cuantos hicieron realidad la reconquista, así como la austeridad señorial de nuestro suelo patrio, en donde en sus limpias tierras se abrazan a la vez el rojo de nuestra sangre y el oro de nuestros trigos, formando así la sagrada Bandera que se recorta orgullosa en el puro y limpio azul de nuestro cielo.

      Hispanidad y Catolicidad son la legítima de un hecho extraordinario que ha marcado durante 14 siglos el devenir católico de la Hispania visigoda, con la abjuración de Recaredo y la implantación de la Confesionalidad Católica en nuestra Patria. Confesionalidad que se mantuvo inalterable en nuestro pueblo a pesar de la invasión árabe, y que se transmitió durante 800 siglos hasta culminar el 2 de Enero de 1492 con la conquista de Granada por los Reyes Católicos, quienes impulsados por el espíritu Hispano de Catolicidad se embarcaron en la gran aventura del descubrimiento y evangelización del nuevo mundo.  Hecho que queda patente en el testamento de la Gran Reina Isabel. Único fin, por el que debe ser entendida la presencia de España en las Españas. 

     Y así, el 12 de octubre de 1492, el mismo año en que la enseña de Cristo comenzó a hondear en la almenas de Granada, desde su puesto de vigía en la carabela La Pinta, Rodrigo Sánchez de Bermejo gritó ¡tierra, tierra!, cuando avistó lo que luego sería el nuevo mundo, el Almirante Colón salió en una barca con los hermanos Pinzón, y al pisar tierra clavó el Pendón victorioso de Castilla y la Cruz Redentora del Calvario, al tiempo que arrancaba de su pecho aquel grito de adoración y de amor: “¡Gloria Dios! Y ¡Viva España!”

     Hispanidad y Catolicidad no es algo abstracto y etéreo, sino que es la civilización hispana concentrada del bagaje cultural, con un contenido que camina al paso ascendente y seguro de la humanidad. Es la comunión espiritual y recíproca; es la hegemonía espiritual que dirige y marca una reconocida influencia.  Es la singularidad de un estilo tan español en España como en las Españas.

     Podemos y debemos afirmar que la Hispanidad y la Catolicidad son la historia de nuestra raza, de nuestra tierra y en definitiva del ser de nuestra Patria; es el cauce amplio por donde nuestro espíritu y nuestra sangre, en todas las épocas y en todos los terrenos han macado nuestro estilo. Son los hombres que nacieron y partieron del solar patrio para fundir su sangre con la sangre india del nuevo Mundo y con el plasma oriental y tagalo de las Islas Filipinas.

     Hispanidad y Catolicidad son la huella de esa magnífica epopeya que en las tierras conquistadas fundió un mestizaje traspasando nuestros ideales religiosos enseñándoles a rezar en español, implantó una cultura que, cual magnífico botafumeiro, vierte por el mundo el incienso de las ideas españolas, con unas universidades que aún hoy siguen siendo foco irradiante de cultura con una personalidad propia de catolicidad hispana. Allí dejamos nuestros antiguos fueros, nuestras antiguas tradiciones, nuestros dichos y refranes, todo aquello que es símbolo de nuestro genio hispano. Germen que fecundó siglos de excelsa historia, creando, porque fuimos y somos misioneros, poetas y soldados por docenas de Naciones y Estados.

      La cristiandad encontró en España el más firme baluarte y el embajador más cualificado para llevar la Buena Nueva allende los mares y esto es lo que cada 12 de Octubre conmemoramos, asociado a la festividad de la aparición de Nuestra Señora del Pilar a Santiago, que nos remite a los orígenes de nuestro cristianismo. Es así como la Hispanidad entera celebra unida la llegada de la fe, permaneciendo asociada al sentimiento de hispanidad la idea de catolicidad.

    Pero, al igual que toda obra maestra goza de un público que la ensalza y glorifica, tiene también otro que, por una soberbia rabiosa cargada de envidias, celos y temores, la mancha y denigra cambiando la historia. Es el antagónico y poderoso enemigo que, sabiendo que la Catolicidad e Hispanidad son la columna vertebral de la civilización cristina, desde posiciones teológicas, filosóficas y políticas asesta fuertes golpes de piqueta con la única intención de derribar el sólido edificio hispano-católico, para reemplazar nuestra concepción de fe y patria por un caos de ateísmo apátrida que es de lo más espantoso que pueda imaginarse.

   No podemos detenernos a explicar los hechos materiales que han precedido y acompañado esta tremenda lucha. No quiero considerar ni la caída del monarca en 1931 ni la lucha de moderados y extremistas durante los cinco infelices años de la segunda república. Tampoco quiero exponer la mentira electoral de febrero de 1936 presidida por la venal imparcialidad del gobierno del masón Portela Valladares. Quiero pasar por alto el triunfo del Frente Popular, a pesar de que las derechas le habían aventajado en más de medio millón de votos; no quiero mencionar el estado de anarquía que se abrió el 16 de febrero de 1936 para terminar con el alevoso asesinato del gran patriota Calvo Sotelo, perpetrado por el gobierno. Tampoco quiero exponer aquí los sobrados motivos que justifican el glorioso levantamiento cívico-militar del 18 de julio de 1936, al frente del cual marcha un gloriosísimo caudillo, símbolo y prez de la España que surge. Ni quiero finalmente hacer mención ni de las 20.000 iglesias destruidas por la chusma roja, ni de los 16.700 sacerdotes cruelmente asesinados ni de los 300.000 laicos cobardemente sacrificados.

      Ni siquiera queremos demostrar la obligación que pesaba sobre todos españoles que no habían perdido la conciencia de su dignidad, de tomar las armas para defender no ya las haciendas en peligro sino la honradez de las propias hijas, novias, esposas y madres expuestas a profanación y el derecho de la libertad de profesar la Santa Religión de Jesucristo, alma de toda la vida individual, familiar y social de España.

     Queremos sí, significar el alcance que reviste esta cruzada épica del pueblo español como empresa heroica, de una categoría tan grande como el descubrimiento de América, porque es la réplica del pueblo católico al mundo de mentiras que se inició con la Reforma protestante, que se encumbró con la Revolución Francesa y que quería sumergirnos en la barbarie comunista. Esta empresa de héroes y de mártires señala el comienzo de la Restauración de la Civilización Cristiana. El nudo histórico de la Catolicidad e Hispanidad volviendo a quedarse atado.