Aquel que llegó a tener más “carnets” que nadie: el del SEU (de Falange), el de UGT (socialista), el de CCOO (comunista), el del Movimiento (Presidente del INI), el de FEDISA, el de GODSA, el de ISD, el de PSD, el del PSDE, el de UCD, el de FSD, el del PSOE y uno en blanco listo para apuntarse a cualquier otro Partido o sindicato.

 

 

Señores, hoy no tengo más remedio que salir en defensa de mi amigo Francisco Fernández Ordoñez, porque he leído esta mañana que Toni Cantó es el Rey de los “camaleones” españoles y eso no se ajusta a la verdad. Porque el Rey de los “camaleones” españoles fue y sigue siendo, incluso después de muerto, Francisco Fernández Ordoñez. Una gran cabeza, una gran persona y un gran Ministro (seguramente el mejor Ministro de Asuntos Exteriores que ha tenido la Democracia española durante la Transición). Lo cual no quita que el gran político que fue se cambiase “mil veces” de chaqueta, ya que para él los que cambiaban eran los otros y bien y graciosamente lo contaba. “Me atacan porque dicen que soy un chaquetero y que he cambiado muchas veces de Partido, pero lo que callan es que yo no he cambiado nunca y sigo siendo el que fui… quizás los que cambian sean los otros… Mira –me decía un día a este propósito- cuando yo entré de lleno en la política algunos, como Suarez o Martin Villa eran falangistas y fervientes del Movimiento, y luego ya ves lo Demócratas que se hicieron. Cuando yo era ya Social Demócrata el PSOE, con Felipe González y Alfonso Guerra a la cabeza, eran marxista, y ya  ves donde desembocaron. Carrillo era comunista y republicano y al final acabó siendo monárquico y amigo del Rey don Juan Carlos y hasta del cardenal Tarancón. No, no cambié yo, cambian ellos”.

 

Por eso, el tránsfuga de hoy, el Toni Cantó del que se ha enamorado don Toedoro el “compra votos” (como posible sustituto de Isabel Díaz Ayuso) será un “camaleón” de lujo, pero no, en absoluto, el Rey de los camaleones, porque ese puesto le corresponde a mi amigo Francisco Fernández Ordoñez.

 

Y ahora lean este pequeño texto que escribí sobre él hace unos años:

Mi padre, que mientras permaneció en el pueblo estuvo siempre rodeado de animales (perros, gatos, palomas, perdices, cerdos, caballos, cabras, ovejas, canarios, tortugas, burros, mulos), sí, mi padre, que apenas si hablaba pero cuando hablaba parecía el Séneca cordobés, un día me dijo: “Muchacho, nunca te fíes de las personas que no quieren a los perros”, y aquella “sentencia” se me quedó muy grabada en mi mente, tanto que han pasado más de sesenta años y todavía la tengo presente. De ahí que desde la primera vez que hablé con Francisco Fernández Ordóñez me cayera bien, pues pocas personas he conocido que amaran tanto a sus perros como “el bueno de Paco”. Les aseguro que durante media hora estuvimos hablando de nuestros respectivos perros (los suyos no los recuerdo bien, pero los míos vivirán conmigo mientras yo viva: “Chespi 1” “Chespi 2”, “Romy”, “México”, “Facha”, “Chespi 3”, “Nani”, “Lara” y mi “Séneca” de hoy).

 

Sucedió en 1978, cuando él era un Ministro de Hacienda triunfante, por aquella novedosa Ley de Reforma Fiscal (1977) que había sacado adelante, y tenía 48 años. En aquellos momentos yo era director de “El Imparcial” y tenía 38 años. El encuentro vino motivado por el “notición” que un día, finales de febrero, publiqué en primera página. El título era llamativo: “EL MINISTRO DE HACIENDA LE REGALA DIEZ MILLONES DE MARCOS ALEMANES A LA UGT”. A las pocas horas de salir el periódico ya me estaba llamando el todopoderoso Fernández Ordóñez y a petición suya nos vimos aquella misma tarde en una cafetería cercana al Bernabéu (no acepté ir a su despacho oficial). Ordóñez estaba que se subía por las paredes, pero se calmó al hablar de nuestros perros. Ahora saco del cajón del baúl de los recuerdos unas palabras que me dijo y que yo anoté en su presencia. Fueron estas:

 

“La desaparición de un   perro   produce un sentimiento inexplicable. Cualquiera puede comprender el dolor de la pérdida de la vida humana, o de la casa destruida, o de la cosecha arrasada, o del hombre sin trabajo, o de la ruina de una empresa. Sólo unos pocos comprenden lo que pasa por el alma del hombre cuando pierde a su perro.”

 

El caso es que Fernández Ordóñez, ya más calmado, reconoció que era cierto que él como Ministro había orquestado y avalado a través del Banco Exterior de España, el crédito que un Banco alemán le había concedido a la Unión General de Trabajadores. Pero mostró gran interés en saber cómo había llegado aquella información y la documentación correspondiente a mis manos, ya que según él, todo se había llevado tan en secreto que ni siquiera el presidente Suárez conocía el asunto (según algunos detractores de Ordóñez ahí comenzaron sus coqueteos con los socialistas de Felipe González). Naturalmente, me negué en redondo a dar mis fuentes, aunque “Pacoordóñez”, que era más listo que el hambre dijo: “De esto sólo te ha podido informar Jiménez de Parga, que le ha cabreado mucho su salida del Ministerio de Trabajo”. (¡Coño!, y era verdad). Al final acordamos, y dado que yo me negaba a rectificar una coma, dar su versión en forma de entrevista y así se publicó al día siguiente y quedamos como amigos. Sin embargo, nuestro segundo encuentro fue más serio y más grave. Fue ya en los primeros meses de 1979. “El Imparcial” había iniciado una serie en la que se denunciaba el primer caso de corrupción en la mismísima Presidencia del Gobierno: el “ESCÁNDALO EN LAS ALTURAS, desaparecen 63 millones de pesetas de la Moncloa”. Aquello armó tal revuelo que inmediatamente Suárez puso en marcha todos los mecanismos del Estado para cortar la serie y si era posible cerrar el periódico. Y así llegaron los intentos de soborno. Primero fue a través de un Subdirector General de Televisión Española, íntimo de Suárez, y luego a través de Fernández Ordóñez, todavía Ministro de Hacienda.

 

Un día, viernes, me llamó por teléfono al periódico y con mucho misterio me pidió que abandonara cualquier compromiso que tuviese y me fuese a cenar con él al restaurante “Lhardy”. Y allí nos vimos a las 9,30 en punto. Solos. Fernández Ordóñez, nada más salir los camareros, fue directo al grano: “Señor Merino, hoy tienes ante ti a dos Fernández Ordóñez, uno al Ministro de Hacienda enviado por el presidente Suárez, y otro, tu amigo. Como sabes hoy ha habido Consejo de Ministros y allí se ha planteado el tema de “El Imparcial” y el tema Julio Merino. Suárez estaba superindignado y pedía el cierre del periódico y tu detención fulminante. Te aseguro que muchos ministros aplaudieron al Presidente. Yo me negué en redondo, y te aseguro que no lo hice por ti, sino por el escándalo que significaría a nivel europeo el cierre de un periódico en la nueva Democracia. Eso sería, les recordé, como el cierre del “Madrid” en las postrimerías del franquismo. El Presidente acusó el golpe, pero sin renunciar a sus deseos, me encomendó que hablase contigo y buscásemos una fórmula menos aparatosa. Y aquí estoy”.

 

Bueno, Ministro, pues tú dirás.

Vamos a ver, Merino, los dos sabemos que lo que estás publicando es verdad, pero no toda la verdad. Porque tú sabes, como yo, que esos millones no desaparecieron ni se los llevó nadie. Tú sabes que sólo se “aparcaron” en un Banco privado hasta que terminara el ejercicio de ese año. Eran el superávit del Presupuesto de Presidencia y es cierto que había que haberlos devuelto a Hacienda y recuperarlos en el presupuesto siguiente.

 

Sí, eso es verdad, y también lo hemos publicado. Pero, la “corruptela” o tal vez el delito, fue que se aparcaran en un Banco privado y no en una cuenta de Presidencia, sino en una cuenta abierta a nombre de dos personas físicas (“Lito”, el cuñado del propio Adolfo y Alberto Aza, un funcionario de Moncloa), lo que quiere decir que los 17 días que estuvieron los millones en esa cuenta en realidad habían desaparecido, pues cualquiera de los dos o los dos hubieran podido disponer del dinero.

 

Sí, ya, pero al final se recuperaron y todo quedó en un “apaño” administrativo. La cosa no fue tan grave.

No estoy de acuerdo, Ministro, si el Gobierno pone en marcha la bola de nieve luego puede acabar en un desastre. La corrupción y las “corruptelas” hay que aplastarlas antes de que asomen la cabeza. En fin, ¿cuál es tu propuesta?. Si queréis, yo os abro las páginas de mi periódico para que vosotros publiquéis la versión que queráis.

 

No. Yo creo que hay otra fórmula. Tú detienes la campaña y el Gobierno te recompensa. Mira, en la escala de Richter te podemos conceder hasta el 7, que es un gran terremoto, para que no decaigas en tu línea crítica. Pero, el 8, el 9 y el 10 no son negociables.

 

¿Y cuáles son el 8, el 9 y el 10?

 

Pues, el tema de las Autonomías, el malestar del Ejército y las relaciones del Presidente con el Rey. En estas tres cosas tienes que frenar al máximo o “consensuar” con el Gobierno.

 

Eso sería acabar con el “El Imparcial”. Para eso prefiero venderos el periódico

 

No, no, eso sería otro escándalo. Lo inteligente sería que Julio Merino siga como Director.

 

O sea, un Merino paniaguado.

 

Vamos, déjate de tonterías. El periodismo, como la política, es el arte de lo posible. Hoy se hace lo que se puede y mañana Dios dirá.

 

Bueno, y a todo esto, y ya que estamos entre mercachifles, ¿cuál sería la recompensa?.

 

Merino, hablemos en serio. Sé que tenéis solicitado un crédito de 204 millones en el Banco de Crédito Industrial, para comprar una nueva Rotativa. Bueno, pues si nos ponemos de acuerdo mañana mismo lo tienes resuelto.

 

Vaya, no está mal. ¿Y si no acepto?

 

Mira, ahora ya no te va hablar el Ministro, ahora te habla el amigo. Lo pasarías muy mal, tú no sabes la fuerza de “persuasión” que tiene un Gobierno, y más un Estado. Al final tendrías que entregarte y entregar el periódico sin nada, o tal vez con algo, la cárcel.

 

Pues sí que me lo pones negro.

 

Tal como lo presiento. Suárez está muy enfadado y muy decidido, y ya sabes, ahora mismo, es el que manda. Mira, Merino, también te digo otra cosa: la UCD es un volcán a punto de estallar. No creo que dure más allá de la Constitución. Antes de dos años la UCD se habrá disuelto como un azucarillo en el agua. Así que aguanta y espera que el cadáver de tu enemigo pase por tu puerta.

Bien, aquí dejo la conversación de aquella larga cena. Quedamos en que lo consultaría con la almohada y que le daría una respuesta. Lo que pasó después se puede reducir a dos fechas: una, el 6 de abril cesó Paco como Ministro de Hacienda. Otra, el 29 de junio cesé yo como Director de “El Imparcial”. Pero Fernández Ordóñez era más peligroso libre y en su casa y Suárez no tardó en darse cuenta y tan sólo un año después (septiembre 1980) le hizo Ministro de Justicia. La UCD hacía ya agua por todas partes y Suárez parecía ya un boxeador noqueado (hay que decir en su haber que Paco fue también un gran Ministro de Justicia y que durante su mandato sacó adelante una de las Leyes más polémicas de aquellos momentos: La Ley del Divorcio).

 

Y llegamos a 1982 (con el “23-F ya superado). Curiosamente para las elecciones de ese año Suárez y Fernández Ordóñez ya no estaban en la UCD moribunda. “Pacoordóñez” fue en las listas del PSOE y como diputado socialista volvió al Congreso. Sin embargo, no entró en el primer Gobierno González, tal vez porque, según Alfonso Guerra, el poderoso Vicesecretario General del PSOE en esos años, “nadie que hubiera sido Ministro del Gobierno Suárez, podría ser miembro del primer Ejecutivo Socialista”, así que tuvo que conformarse con ser nombrado Presidente del Banco Exterior (lo que me hizo gracia, y un día se lo comenté: “O sea, que te has ido al Banco Exterior para resolver tu pecado de los diez millones de marcos a la UGT”). Allí pasó casi tres años de su vida.

 

Bueno, quizás, los años que más hablé con él de política y de “La España necesaria”. La verdad es que “Pacoordóñez” era un encantador de serpientes. Como dicen en su gran biografía Santiago Delgado y Pilar Sánchez, Fernández Ordóñez: “Era un hombre complejo, que había dado cabida en su interior a varios personajes. Fue un hombre de acción, pero su otro yo, quizás el predominante, siempre se rebeló contra esa vocación pública que le sustraía el tiempo preciso para su quehacer intelectual. Su yo político, probablemente, impidió el nacimiento definitivo de otras formas de ser y ejercer. Hubiese querido escribir poesía, pero no pudo más que en la juventud y en la privacidad de lo íntimo. Pudo haber sido un insigne y productivo catedrático de una disciplina humanística, pero las circunstancias le obligaron a ser lo que el tiempo vital forzó a ser. En el fondo, era templado en el carácter y aburrido en las costumbres. Las tardes de domingo, cuando la agenda se lo permitía, las pasaba en casa, en disposición de no hacer nada más que disfrutar de la inactividad y, si acaso, de fútbol-a ser posible con el Real Madrid como protagonista- o de una lectura aplazada por la exigente actividad del resto de la semana.

 

Ordóñez era capaz de compatibilizar varias formas de entender la realidad circundante. Fronterizo de todos los estados, la duda como forma de vida y de penetración intelectual en la complejidad de lo existente. Ordóñez fue en todos las facetas de la vida, voluntarioso, dúctil y dispuesto a la acción, pero libre de dogmatismos. Algo miedoso, solía escaparse de algunas de sus responsabilidades mediante el ejercicio de la delegación”.

 

Pero, “Pacoordóñez” en el fondo era un cachondo, que se reía de todo y de todos y hasta de sí mismo. “Si soy un hombre persuasivo es porque digo lo que pienso. Practico el quizás, yo creo, a mi me parece, en mi opinión. Me muevo siempre en la zona de lo razonable y eso hace que yo siga siempre en el mismo sitio. Quizás los que cambian sean los otros”. Un día, a este propósito, me comentó algo curioso, “mira cuando yo entré de lleno en la política algunos, como Suárez o Martín Villa, eran fervientes del Movimiento, y luego ya ves lo demócratas que se hicieron. Cuando yo era ya socialdemócrata el PSOE, con Felipe González y Alfonso guerra a la cabeza, eran marxistas, y ya ves donde desembocaron. Carrillo era comunista y republicano y al final acabó siendo amigo del Rey de España, de Suárez, de Martín Villa y hasta del Cardenal Tarancón. No, no cambio yo, cambian ellos”.

 

Aunque muchos de sus amigos y más los adversarios lo tenían como un traidor nato (se cuenta que su íntimo amigo Joaquín Garrigues Walker cada vez que se tropezaba con él le decía en tono de humor, claro está: “Paco, ¿cuántas veces me has traicionado ya hoy?”) y como un “chaquetero” (“este tiene más chaquetas en su armario que Cortefiel en los suyos”, decían).

 

-Bueno, a lo mejor tienen razón todos . Porque es verdad, a mi me gusta cambiarme de traje, de camisa y de corbata cada día”.

 

Una tarde, que nos habíamos reunido a jugar al ajedrez en un chalet de Montepríncipe, en casa de unos amigos, nos sorprendió a todos hablando de los “camaleones”. El cabrón lo sabía todo sobre ese reptil de la familia de los saurópsidos, esos que son famosos por su habilidad de cambiar de color según la circunstancia, y si están en zona verde se tornan verdes; y si están en zona roja se hacen rojos, y si están en zona parda, se visten de pardo, tal vez por eso son escurridizos y a veces inalcanzables. Por eso a Paco Ordóñez no le molestaba que le comparasen con los camaleones. Él decía que las especies que no saben adaptarse al medio ambiente en el que viven, acaban desapareciendo.

 

Pero, el no va más de aquel gran hombre, sin duda uno de los principales actores secundarios de la Transición, llegó otra tarde cuando entre risas y sonrisas, y hasta carcajadas de los presentes, empezó a enseñarnos los carnés y algunas fotos que tenía en su armario. Entonces sacó el del SEU, el de UGT, el de Comisiones, la foto jurando los Principios del Movimiento al ser nombrado Presidente del INI, el de FEDISA, el de GODSA, el de ISD, el de PSD, el del PSDL, el de UCD, el de FSD y otros, por supuesto también el del PSOE.

 

En cualquier caso, y aquí termino, puedo decir y digo que Francisco Fernández Ordóñez fue una buena persona, un gran político, un gran Ministro (el mejor Ministro de Exteriores de la Democracia) y un buen amigo de sus amigos.

 

Desgraciadamente murió muy joven, a los 62 años y en el criterio de muchos de haber vivido más hubiera sido un gran Presidente del Gobierno, tras la caída de Felipe González.

 

“Aquí yace un hombre que amaba a sus perros como amigos del alma”