Preámbulo

Lamentablemente, el estudio de la persecución de aquellos gallegos que durante la II República, guerra civil y posguerra profesaron ideologías contrarias a las sostenidas por el conglomerado político del Frente Popular ha sido hoy completamente preterido, y mucho me temo que intencionadamente; al menos en los últimos treinta años. La razón ha de buscarse en la interpretación de aquella época tan turbia, desde una perspectiva galleguista o incluso autonomista; pero dudo mucho que lo sea desde una consideración imparcial y equitativa. Y ello es así porque los nacionalistas parten de unos principios fundamentais: la autonomía gallega fue proscrita por el alzamiento del Ejército de África; la lengua gallega también; y los galleguistas, izquierdistas y marxistas representaban lo genuino de Galicia, comenzando por el escritor Alfonso R. Castelao, el padre ideológico de esta tendencia radical y pintoresca. Frente a tales consideraciones, tan interesadas como inexactas, formulo una enérgica protesta: el plebiscito autonómico de junio del 36 fue un completo fraude, hasta el punto que los testigos que he conocido de aquellos años para nada se han referido a ello –y estoy hablando de personas que he tratado desde hace medio siglo-; fue una votación fantasma, un pasteleo organizado por galeguistas sin escrúpulos, donde ni siquiera participó el pueblo llano; al menos el que yo he conocido. El habla gallega no pudo ser perseguida durante la guerra -en absoluto- porque era la lengua con que se expresaban los soldados que conformaron las primeras columnas militares del noroeste, tan necesarias para los alzados en León, Asturias o Guipúzcoa; así como el victorioso Ejército de Galicia, dirigido por el general Aranda, cuyo lema lo dice todo: quen me dea un pau doulle un peso*… Y, así podríamos continuar ad infinitum.

Seamos justos: gallegos eran todos, desde el primer paseado de la contienda, el diputado Calvo Sotelo, hasta sus enemigos y asesinos (Casares-Quiroga, Condés, Cuenca, etc.); gallegos eran también Agapito García-Atadell y Alfonso R. Castelao –muy camaradas-, hasta el punto que el segundo convenció al primero para que los milicianos gallegos de Madrid tuvieran como presidente honorífico de su batallón al siniestro tipógrafo de Viveiro, de filiación socialista… Y gallegos también eran los que pagaron con su vida el no pertenecer al Frente Popular o el no colaborar con las partidas de guerrilleros y bandoleros que asolaron el agro gallego después de terminada la guerra civil. Pues bien, son a éstos a los que me refiero en esta ocasión.

 

Orense

Los residentes en la provincia que fueron asesinados por las milicias izquierdistas fuera de Galicia durante la contienda ascienden a 36 personas. La mayoría de víctimas pertenecían a comarcas de fuerte raigambre galaica; a saber: Valdeorras, cuatro fallecidos; Orense, quince; Allariz, tres muertos; y Celanova, siete. Curiosamente,  las otras jurisdicciones con víctimas lindan con Portugal, como son Verín y Bande, territorios dedicados desde antaño al comercio con los portugueses, y que conocieron la muerte de siete de sus vecinos.

La mayoría de los ejecutados lo fueron sin proceso formal previo, pues incluso existen soldados o voluntarios muertos y desaparecidos en el frente; incluso labradores a quienes sorprende la guerra en la zona republicana y deciden atravesar las líneas para entrar en zona nacional. La ideología de los fallecidos suele ser conservadora o indiferente, pero sin militancia efectiva, exceptuando algunos activistas de Renovación Española y Falange; a la que por cierto pertenecía uno de los desaparecidos en la estación madrileña del Norte, cuando regresaba para su residencia en julio del 36, enlace del mismísimo José Antonio. En la lista de muertos se encuentran humildes afiladores, muchachas del servicio doméstico y hasta segadores, a quienes la guerra sorprendió en las provincias de Madrid o Badajoz, lo que viene a acreditar la terrible persecución desatada en tales territorios contra cualquier sospechoso de ser religioso o no pertenecer a ningún partido marxista, siquiera fuere forastero. Con todo, la muerte más alevosa de las descritas parece ser la impuesta al alférez de navío, Francisco Pabón, arrojado al mar por los tripulantes del acorazado Jaime I en agosto de 1936.

Por su parte, la provincia posee también un asesinado por las turbas socialistas previamente al estallido del Movimiento y al menos dos, con posterioridad. Así, el 19 de julio, fue muerto por pistoleros izquierdistas en la localidad del Barco de Valdeorras un joven falangista en plena vía pública, escarneciendo la horda a los jueces de la villa; y, pocos días más tarde, estando ya vigente el estado de guerra, sería muerto por los revoltosos de los montes galaico-leoneses un anciano, antiguo alcalde monárquico, en el término municipal de La Vega, aparte de incendiar la iglesia de Villamartín. Y en aquel otoño un comunista del municipio de Carballeda asesinaría a una vecina por razones políticas y huiría al monte uniéndose a los irregulares, convirtiéndose en uno de sus primeros dirigentes, el Bailarín

El obispado de Orense es de las pocas diócesis españolas que no contabiliza víctimas por razón de la guerra civil, aunque sí anota destrozos en sus edificios sagrados: cuatro iglesias del distrito diocesano fueron totalmente destruidas, con pérdida completa del ajuar litúrgico; y una, lo sería parcialmente. Sin embargo, sí se halla en esta relación de  asesinados un religioso orensano, caído según las investigaciones municipales en la provincia de Madrid. Se trata del joven salesiano Manuel Borrajo Míguez, natural del hoy nacionalista municipio de Allariz, detenido el dos octubre del 36 en una pensión madrileña; su cadáver apareció al día siguiente en la carretera de Castellón.

 

Lugo

Una vez estallado el Movimiento, un grupo armado de izquierda quiso terminar con la vida de un oficial de la Guardia Civil en el término municipal de Bóveda, personándose en su domicilio tras pregonar que querían decapitarlo, según informe de la comandancia de la Benemérita de Monforte fechado en 1939. Afortunadamente, no lo consiguieron; pero, el 22 de julio, un extremista mataría a tiros a un falangista en la citada ciudad de Monforte de Lemos, dejándolo moribundo, antes de que el Ejército se hiciera completamente con el control de la comarca. No se trataban de sucesos excepcionales, pues en un local socialista de la capital lucense los registros policiales, practicados tras el triunfo de los alzados, hallaron una horca entre los efectos de los revolucionarios…Por lo demás, la diócesis de Lugo perdería hasta ocho de sus miembros, por causa de la guerra civil, entre ellos un canónigo y cuatro presbíteros sacrificados, destruyéndose hasta una una docena de templos en el partido lucense de Becerreá. De hecho, la diócesis referida venía sufriendo daños de consideración desde los meses previos, como la bomba que explotó en marzo del 36 en la iglesia de Ribasaltas (arciprestazgo de Monforte), según testimonia dos años después un informe de la Junta de Cultura Histórica y Patrimonio Artístico de la provincia. Por su parte, la diócesis lucense de Mondoñedo-Ferrol, también contemplaría la destrucción completa de dos iglesias y la devastación parcial de otras tres, con pérdida de todo su ajuar litúrgico.

Fuera de la jurisdicción provincial, las víctimas originadas por la violencia represiva de la guerra civil serían veinte personas, vecinas de los partidos judiciales de Mondoñedo, Monforte de Lemos, Vivero, Chantada, Fonsagrada, Becerrá y Lugo. La mayoría de los asesinados había perdido la vida en Madrid y su filiación política había sido más bien indeterminada, exceptuando los militantes de la Falange que, pese a las bajas que sufría, se configuraba como el movimiento político con más ascendencia entre los gallegos emigrantes opuestos al Frente Popular. Mencionar, por su importancia, la muerte de varios lucenses al intentar pasar hacia la zona franquista.

Por su parte, la resistencia armada rudimentaria asesinaría a un número de la Guardia Civil, antes de concluir la guerra, cuyo homicida sería liquidado en 1938 por la Fuerza Pública en la localidad mencionada de Monforte, según refiere el general Aguado Sánchez.

 

Coruña

No pocos son los incidentes violentos protagonizados por la izquierda revolucionaria en las poblaciones importantes de la provincia antes del 18 de julio: La Coruña, Ferrol, Betanzos, Negreira, Noya, etc. En la localidad coruñesa de Iñas, los elementos revolucionarios incendian la iglesia parroquial y en la de Betanzos, asaltan un convento, aparte de querer linchar a dos piadosos sacerdotes.

Una vez sublevado el Ejército de África, los revoltosos de La Coruña asesinan a sangre fría a un magistrado de la Audiencia en su propio domicilio, profanan varias iglesias y destruyen algunos edificios particulares. En cambio, en el Ferrol, los marineros revolucionarios asesinan a varios oficiales en los buques fondeados en sus aguas, tal como consta en la Historia de la Cruzada. Y, en tierra, los revolucionarios de la marinería liquidan a otro oficial, asesinando salvajemente otros marxistas al hijo de un médico en una parroquia del partido de Puentedeume y a un sacerdote. En puridad, la violencia de los izquierdistas no pretendía limitarse a tales acciones criminosas, pues tenían confeccionadas listas negras, planeando eliminar a determinados personajes en la provincia, como un comandante, en la parroquia de San Pedro de Nós, quien impediría el asalto de su domicilio, según refiere el cronista Silva Ferreiro en 1938.

Por lo demás, la diócesis de Santiago de Compostela contabiliza cuatro mártires entre su personal religioso y la provincia coruñesa también anota víctimas en los partidos judiciales siguientes: Carballo, cuatro; Corcubión, dos; La Coruña, cinco; Noya, uno; y Santiago de Compostela, nueve. Todos estos fallecidos ocurren en zona republicana, según la Causa General; no obstante, fue muerto por los izquierdistas un ordenado religioso de 32 años, con residencia en Puebla del Caramiñal, cuya muerte no aparece en las listas eclesiásticas conocidas, aunque atendiendo a los datos estadísticos del general Salas Larrazábal debieron ser más las víctimas ocasionadas en la provincia por los partidarios del Frente Popular durante la guerra: concretamente 47. De hecho, en 1938, los huidos asesinan a un hombre en el término de Cerdido; circunstancia que nos hace pensar en la existencia en la provincia -lo mismo que en Pontevedra- de una especie de resistencia de carácter embrionario en relación con las órdenes de las nuevas autoridades. La mayoría de los asesinados era gente laboriosa y militar: vendedores de pescado y frutas atrapados en el Madrid republicano, soldados, empleados de ferrocarriles, jueces municipales, etc. Curiosamente, no consta en este listado de fallecidos ni el hijo militar de la escritora Pardo Bazán, ni su joven nieto, asesinados ambos en Madrid tras pasar por la checa oficiosa del gobierno republicano, siendo titulares legítimos del palacio de las Torres de Meirás.

 

Pontevedra

En realidad, en parte del territorio provincial se había desencadenado un completo enfrentamiento civil antes de julio de 1936; siquiera fuere una especie de guerra fría de tipo revolucionario, siguiendo los esquemas del general Díaz de Villegas. Así, en marzo sería asesinado en Vigo el falangista Luis Collazo, ciudad donde se atentaría contra varios derechistas, pocas semanas después, causando varios malheridos. En abril, se asaltaría el local del partido radical en Tuy. En la capital de la provincia, caería muerto en mayo otro falangista por arma de fuego, tras salir de un bar y, pocos días más tarde un derechista más. En el Grove, y coincidiendo con la fiesta del Carmen, los marxistas tirarían al mar a varios religiosos. Además, los exaltados también asaltaron varias casas rectorales e intentaron quemar varios templos, como me informaría en 1982 el rector del santuario de los Milagros de Amil, testigo de algunas de aquellas profanaciones. En la aldea de Tabeirós hubo un enfrentamiento armado entre falangistas y marxistas; en la villa de Cuntis, se intentaría matar a otro falangista, hiriéndolo; y, en el concejo de Moraña, los cenetistas prenderían fuego a las propiedades del jefe de Falange, etc.

Iniciado el Movimiento, los revoltosos fusilarían un anciano, en presencia de su esposa, en una barriada de Vigo, profanándose en el sector igualmente varios conventos, hasta que aquéllos pudieron ser reducidos por la fuerza pública.

Antes de terminar la guerra, la resistencia rudimentaria de la provincia mataría hasta siete vecinos en el sur de la provincia, según refiere el criminólogo Aguado Sánchez; y seguramente un tabernero en la parroquia de Amil, cuyo cadáver apareció con varios tiros en su propio establecimiento. De hecho, el general Salas Larrazábal refiere hasta 40 homicidios cometidos en Pontevedra hasta 1939 y atribuidos a los izquierdistas por las referencias registrales, lo que nos indica que los huidos de La Estrada, Pontevedra, Villagarcía, Pontevedra, Vigo o Tuy perpetraron algunos asesinatos antes de que pudieran organizarse mejor como partidas guerrilleras tras la terminación de la contienda.

Por otro lado, los partidos judiciales de la provincia donde la Causa General registra vecinos asesinados por los republicanos fuera de Galicia, son los que siguen: Caldas de  Reyes, tres; Lalín, uno; Pontevedra, seis; Redondela, uno; Tuy, uno; y Vigo, cinco muertos.

Con todo, no se incluye en esta relación las barbaridades cometidas contra ilustres pontevedreses: la muerte en Calanda del beato carmelita Gumersindo Soto Barros; los tormentos infligidos a los militares Varela de la Cerda en Reinosa; la detención y asesinato del diputado por Orense y ex ministro José Calvo Sotelo en la capital de España…

 

La posguerra

La terminación de la guerra supuso para las zonas montañosas y aisladas la reanudación de la dureza de la contienda, tal como los gallegos habían contemplado la represión de los primeros meses de la guerra. La opresión del maquis contra quienes no consideraba simpatizantes fue brutal; se les aplicó una política de castigo, menos espantosa que la usada por la milicianada de 1936; pero no por ello dejaba de ser cruel: múltiples agresiones físicas y saqueos, así como asesinatos de personajes neutros y relevantes –párrocos, alcaldes y militantes de F.E.T.-, aparte de saldar con este proceder delictivo rencillas personales. Pues bien, en 1975, el general Aguado Sánchez cuantificó los asesinados por la guerrilla en el noroeste peninsular en 522 personas: cantidad a la que hay que añadir centenares de atracos, sabotajes, raptos y apaleamientos perpetrados por las patrullas izquierdistas contra la población civil del sector, prácticamente indefensa. Cifras que, como tales, nos acercan al clima de terror que se observó en las comarcas montuosas de Galicia y zonas limítrofes de Asturias, León y Zamora, tras las victorias de las tropas franquistas en la Península. Como botón de muestra de tal crueldad me permito comentar tres circunstancias contrastadas: la masacre de menores de edad; la persecución en los límites de León y Lugo, y el terror aplicado en las montañas galaico-leonesas. En el primer caso, hemos de recordar que, en 1942, serían asesinados en el lugar de Morade (Monforte), tras robar miles de pesetas, cinco vecinos, entre ellos un padre y dos hijas menores; en 1944, en el municipio lucense de Cervantes, serían muertos por los terroristas un padre y un hijo de diez años; y, en enero de 1949, sería asesinado un maestro del término pontevedrés de Soutelo de Montes, pese a las súplicas de piedad de su mujer embarazada para que no le hiciesen daño, quien moriría también a resultas de tales delitos. En el segundo caso, transcribo un escueto informe del ayuntamiento de Piedrafita del Cebrero, redactado en noviembre de 1941: En este municipio han sido muertas varias personas por los rojos criminales huidos… Y en tercer lugar, refiero las atrocidades cometidas por la partida de Abelardo Macías (a) el Liebre en el municipio leonés de Carucedo -cuya lengua vernácula es un gallego peculiar- y por la de Mario Rodríguez Losada (a) Langullo, en el macizo central orensano. Pues bien, el Liebre, en 1939, mataría a ocho personas en dicho lugar, entre ellas a su novia, a quién le amputaría los pechos por supuesta deslealtad. Por lo que a los homicidas de Orense respecta, traslado fielmente lo escrito por el general Aguado Sánchez en 1975, quien catalogaba alguno de sus delitos como de los más abominables de la época bandoleril:

(…) asesinato del párroco de Cesures-Manzaneda, al que degollaron como a una res, le cortaron luego la cabeza para llevarla como trofeo por las aldeas cuando hacían acto de presencia, abandonándola finalmente en el domicilio de una maestra rural, cuando su estado de putrefacción estaba muy avanzado.

En puridad, estos tremendos asesinatos, como los perpetrados por Benigno Andrade alias Foucellas*, no debieran conceptuarse como hechos puntuales, fruto de la pasión del momento, pues guardan relación con los cometidos en Asturias durante la dominación marxista o en la comarca leonesa de la Cabrera hasta 1951*. De hecho, en octubre de 1948, la circular 11TT de la comisión militar del Partido Comunista seguía ordenando la eliminación de paisanos, conducta aún alentada por la dirección del partido, según los documentos desclasificados de la CIA.

 

Conclusión

Los análisis de la represión relacionada con la última guerra civil en Galicia, mediatizados sobremanera por intereses espurios, han ocultado hasta ahora las víctimas y desmanes ocasionados antes de declararse el estado de guerra en julio de 1936, los gallegos asesinados fuera de la región durante la contienda, la persecución silenciosa efectuada por las partidas de escapados contrarios al Alzamiento, así como el terror soportado por los aldeanos y vecinos de las localidades montañosas hasta prácticamente la desaparición del maquis en 1950. La razón de ello únicamente puede obedecer a necesidades políticas y sociológicas de la izquierda regional más que a razonamientos históricos verdaderamente imparciales. Tampoco la represión militar de los vencedores se ha puesto en relación con lo ocurrido en las provincias con que Galicia mantiene identidades lingüísticas, folclóricas, jurídicas y costumbristas, como son Asturias, León y Zamora, donde la persecución desencadenada por la izquierda contra sus adversarios produjo solamente en la contienda un martirologio de cinco mil quinientas personas. En fin, un proceder que juzgo como un curioso esperpento valleinclanesco; si bien, muy en la línea de los nuevos embaucadores de ocasión que hoy pululan por doquier.

 

*Quien me dé un palo le doy un duro.

*Precisamente, en 1948, este coruñés castigó a uno de sus colaboradores con la decapitación, por temor a que desertara, según comentario de Francisco Aguado Sánchez.

*Limitando con las provincias de Orense y Zamora, en abril de 1951, varios maquis desconocidos matarían a un alcalde pedáneo y a una madre, cortándole previamente al primero una oreja y a la segunda, un pecho. Todo ello en presencia de varios vecinos aterrados.