En la Antigüedad los cruces de caminos, las encrucijadas, fueron tenidas por lugares temibles donde no era aconsejable permanecer más de los estrictamente necesario. En relación con las encrucijadas, los griegos se referían a la reina de las almas de los muertos, Hécate, que solía aparecer por las noches con su cortejo y hueste en aquellos puntos de encuentro, en todo caso en compañía de una jauría de perros. Para evitar este tipo de encuentros indeseables, tenían por costumbre levantar en los cruces de caminos templetes con ofrendas para atraerse la gracia divina, de donde derivó más tarde el uso cristiano de ubicar en esos cruces de caminos una cruz, una capilla o una ermita. Viene a mi memoria la encrucijada, aún existente, a la salida de Badarán, en el cruce de caminos de la carretera que va a Nájera y la de Baños de Río Tobía, si bien esta encrucijada tiene un sentido mariano local, muy arraigado en nuestra región; y que nos sirve de ejemplo para nuestro propósito de comentar nuestro momento actual, nuestra encrucijada. Así nos lo contaba el profesor Pancracio.

El origen de la superstición de los griegos estaba en la diosa griega de la Magia, divinidad a la que sólo se le sacrificaba el perro, por ser su significación, animal dedicado a ella por ladrar a la Luna. Hécate reinaba sobre los caminos y encrucijadas, sobre las calles de las ciudades; era la diosa de los espectros y de las criaturas infernales. Los magos la invocaban en sus encantamientos y llamaban en su nombre a los espíritus para que se aparecieran, siempre a la luz de la Luna. Era la divinidad preferida por las mujeres, los enfermos y los débiles. Le rendían culto cuando daba comienzo la Luna Nueva, depositando alimentos en sus altares, en los cruces de caminos, al pie de su imagen de tres cabezas.

Los romanos sustituyeron su culto por una fiesta que tenía lugar a finales del mes de diciembre en honor de los Lares Compitales y con este propósito levantaban en los cruces de caminos una capilla donde, la noche anterior a la fiesta, el cabeza de familia colocaba tantas pelotas de lana y muñecos de trapo como esclavos y hombres libres poseía, para que la diosa Manía, la Muerte, se entretuviera y no pensara en llevarse a los vivos.

En la Edad Media, creían que las encrucijadas eran donde se reunían las brujas, magos y almas condenadas para esperar al diablo y celebrar conciliábulos, Allí se enterraban a los ahorcados, ajusticiados y suicidas: era el lugar donde las brujas acudían para arrancarles los dientes y cortarles las uñas para preparar sus pócimas.

A comienzos del siglo XIII, nuestro Gonzalo de Berceo, nos cuenta en sus Milagros de Nuestra Señora, cómo un hechicero lleva al clérigo Teófilo a una encrucijada, a las doce de la noche, para pedirle que no se atreviera a santiguarse, teniéndole engañado hasta que la Virgen acudió a salvarle.

En Galicia los cruceiros de piedra, que sitúan en las encrucijadas de senderos y caminos, tiene parecido significado. Sebastián de Covarrubias escribió en un trabajo del año 1611, titulado Tesoro de la Lengua:

“En los dos caminos que se atraviessan en cruz, que en latín se llaman compita…, acostumbraban los gentiles hacer unas fiestas que llamaron compitalia a los dioses lares; y esta fue la ocasión de que algunos hechizeros saliessen a hacer sus conjuros a las encrucijadas, creyendo que allí se aparecían los espíritus; y hoy en día algunos ignorantes y supersticiosos pasan de noche con miedo por las encrucijadas”.

Encrucijada es una voz latina, que procede de crux, crucis (picota, cruz). En el siglo XIII alternaban las formas “cruzejada, encrocijada”. Creen algunos que tiene que ver con el término portugués “encruzilhar” (atravesar), cruzar las piernas: acciones cargadas de connotaciones supersticiosas muy negativas. Hasta los árabes consideran de muy mal gusto cruzar las piernas cuando se hallan en presencia de un invitado; observen como en los actos de los políticos árabes, ninguno cruza las piernas.