Indagando en la Memoria Histórica

Venimos insistiendo en esta columna en la trascendencia de una carta pastoral de los obispos de Vitoria y Pamplona, publicada en el Boletín Eclesiástico de la capital alavesa el 1 de septiembre de 1936, en plena guerra civil, y que sería ocultada a los católicos vascos por las autoridades del Gobierno separatista. El prelado de Vitoria se vio obligado a neutralizar los efectos de la manipulación de los políticos de turno. Estas fueron sus palabras: “…consigno una vez más que aquel documento pastoral fue nuestro, del obispo de Pamplona y mío, libre, voluntaria y espontáneamente publicado…”.

Fue una declaración terminante y bien razonada, para desenmascarar la injusticia, la mala fe y la falta de respeto que a la Jerarquía tuvieron los separatistas vascos. El Dr. Múgica dirigió una carta al entonces director de La Gaceta del Norte, diario católico, indicándole que habían cometido con él una villanía y que la gente con conciencia sabía a qué atenerse. Y añadía: “…es indigno jugar con la persona del obispo para justificar negruras de alma y causas perdidas, ante la razón y ante la conciencia”.

Un episodio singular

Completamos el cuadro de sentimientos e ideas de aquellos que no obedecieron ni al Papa ni a su Obispo; apelando al primero y difamando al segundo, y reseñamos un episodio singular que tuvo lugar en aquellas fechas.

Se decía en Bilbao que el famoso documento pastoral de los obispos iba a ser lanzado por la aviación nacional en todo el territorio sujeto al frente rojo-separatista. Y quisieron adelantarse los nacionalistas vascos para presentarlo como un invento de los militares y con ese propósito escribieron otro documento que debían firmar los arciprestes de la zona para difundirlo ampliamente. El documento en cuestión lo presentaba Celedonio Múgica, hermano del obispo de Vitoria, a quien acompañaba un tal Mazón, diputado nacionalista y uno de los más activos del supremo Mando de Paz y Guerra de los separatistas.

La cosa sucedió del siguiente modo: los separatistas estaban preocupados: el pueblo podía desencantarse si el obispo los condenaba, y como no podían ganarse al prelado, obligaban a su hermano y a los arciprestes a que firmaran aquel escrito, con la intención de impartir normas de moral a los ciudadanos.

Este intento de manipulación no prosperó porque algún arcipreste, con firmeza y dignidad, impidió la entrada a Monzón a su casa y al “piadoso” acompañante, el hermano del Dr. Múgica. Si no hubiera sido por la oposición de algún arcipreste, la presión ejercida sobre los clérigos habría progresado. Tal era el desconcierto reinante en aquellos días, no libres de riesgos para la integridad física de los clérigos.

Decía Aguirre que el clero había gozado de amplia libertad “porque la España de Franco era la esclavitud rediviva”.

El cardenal Gomá estuvo cerca del clero vascongado

Al Primado le cogió el comienzo de la guerra civil en Pamplona, lejos de su Sede toledana. Como representante confidencial de Papa, tenía razones para intervenir e impartir normas en una contienda con inicios tan confusos. El purpurado publicó un folleto titulado El caso de España.

Los nacionalistas vascos, por boca de Aguirre, apelaban con frecuencia a la Jerarquía eclesiástica, mientras ésta les disuadía de su empeño guerrero. No se olvide que para los separatistas era fundamental el odio a España y que el cardenal Gomá era catalán; según ellos, Cataluña no era tanto como Euskadi, en comparación con el resto de Iberia. Fueron las consecuencias de anteponer el ideal político al religioso.

En palabras del Primado: “Esta cruentísima guerra es, en el fondo, una guerra de principios, de doctrinas, de un concepto de la vida y del hecho social contra otro, de una civilización contra otra. La guerra que sostiene el espíritu cristiano y español contra otro espíritu, si espíritu se puede llamar, que quisiera fundir todo lo humano, desde las cumbres del pensamiento a la pequeñez del vivir cotidiano, en el molde del materialismo marxista. De una parte, combatientes de toda ideología que represente, parcial o integralmente, la vieja tradición e historia de España; de otra, un conglomerado de combatientes cuyo empeño principal es, más que vencer al enemigo, destruir todos los valores de nuestra vieja civilización”.

La guerra se había producido porque España estaba casi al borde del abismo y se le quiso salvar por la fuerza de la espada. No pudo negarse una profunda reacción religiosa en aquellos momentos.

“La Religión y la Patria -en palabras del cardenal Gomá- arae et foci- estaban en gravísimo peligro, llevadas al borde del abismo por una política totalmente en pugna con el sentir nacional y con nuestra historia”. Y prosigue diciendo el Purpurado: “Nadie ignora hoy que, para los mismos días en que estalló la guerra el comunismo había preparado un movimiento subversivo… para levantar sobre sus ruinas el régimen soviético. Cinco años de propaganda, de tolerancia indecible, de organización, de acopio de material de guerra, permitían presagiar el estado casi a plazo fijo”.

La reacción de los separatistas vascos: “somos los únicos católicos dignos, no podemos oír voces de ciertas jerarquías, porque representan un catolicismo decrépito, feudal, toledano, en contra del verdadero: el recto, el vasco”.

¿A qué Obispo y Papa obedecía entonces los creyentes vascos? A juzgar por el libelo publicado por un tal Ángel Zumeta (Un cardenal español y los católicos vascos). Un texto pobre en ideas, hostil a la Jerarquía, lleno de odio y mala voluntad hacia el clérigo. Una vez más la política, cegando las almas y llevándolas: “a la aberración que solo se concibe en mentes ilusas que han cerrado los ojos a la luz de la verdad, que ha hablado por su oráculo en la tierra".