A principios del siglo XVIII, el escritor inglés Joseph Addison (1672-1719) encabezaba el artículo titulado “Supersticiones domésticas” (The Spectator, 8 de marzo de 1711) citando un fragmento de Horacio: Somnia, terrores magicos, miracula, sagas / Nocturnos lemures, portentaque rides? Que traducido significa: “¿Puedes despreciar las visiones y la magia y reírte de las brujas, espectros y prodigios?”

A lo largo de sus páginas, Addison hacía referencia a las más variadas supersticiones, extendidísimas, al parecer, entre sus compatriotas: La llama de una vela presagiaba la llegada de un extraño; el día de los inocentes debía evitarse emprender cualquier empresa o contraer matrimonio; dejar caer un cuchillo anticipaba la llegada de una visita desagradable; derramar la sal sobre la mesa aventuraba desgracias; la indebida colocación de los cubiertos también era fuente de infortunio.

El autor británico afirmaba que “estos supersticiosos sinsentidos de la humanidad […] nos tornan en víctimas de aflicciones imaginarias y pesares adicionales a todos los que nos son propios desde que nacemos”. Prosiguiendo con la descripción de otra ristra de angustiosas supercherías: Era costumbre que antes de la boda la novia y sus amigas tirasen de una fúrcula de pollo –hueso en forma de Y donde se unen las clavículas– de forma que si la futura esposa obtenía la parte más alargada del hueso, el matrimonio sería dichoso; mientras que en caso contrario fracasaría; el rumbo de una estrella fugaz, el crepitar de un grillo o el ulular de una lechuza, un clavo oxidado, un alfiler curvado o el número trece eran motivo inequívoco de mala suerte, de inquietud o pánico. Miedo, ignorancia, terrores, premoniciones, prodigios, oscuros presagios, acompañaban en todo momento a la mayoría de la población.

En el mismo sentido, cabe citar las palabras de su coetáneo el padre benedictino Benito Jerónimo Feijoo (1676-1764), plasmadas en su Teatro Crítico Universal (1726-1740) frente al engaño y credulidad de las gentes: “La mayor parte de mi vida he estado lidiando con estas sombras; porque muy temprano empecé a conocer que lo eran”.

No en vano, en el Discurso Quinto de la citada obra, Feijoo hace exhaustivo repaso de un sinnúmero de ficciones, desarmando los engaños amparados en la “observación”, la costumbre o la casualidad: “Esto que se llama Observación Común, suele ser un trampantojo con que la ignorancia se defiende de la razón: un fantasma, que aterra a ingenios apocados: y coco, digámoslo así, de entendimientos niños”. […] “El hacer regla de las casualidades es el principio más ordinario de estas falsas observaciones”. […] Nadie fíe en adagios. Hay muchos falsísimos, y el más falso de todos es el que los califica a todos por verdaderos, diciendo que son Evangelios chicos. […] “Es cosa muy ordinaria atribuirse a milagro los que son efectos de la naturaleza. Esto especialmente es frecuentísimo en curas de enfermedades. Lisonjean no tanto su devoción, como su vanidad, muchos enfermos, queriendo persuadir que deben la mejoría a especial cuidado del Cielo, y no al común, y regular influjo”.

Dicho lo cual, resulta extraordinariamente curioso que:

  1. Se ignore a Fray Benito Jerónimo Feijoo. Lo más habitual.
  2. Se cite a Feijoo para “confirmar” el lamentable retraso a que, según algunos, la religión conduce. Omitiendo la condición del propio denunciante, padre Fray Benito.
  3. O bien se critique que los intelectuales españoles como Feijoo combatan los mitos y las supersticiones que oscurecen la espiritualidad, pero “nunca lleguen a secularizarse completamente”, ni a atacar a la religión en sí misma como “los” franceses.

Es interesante comprobar hoy entre nuestros compatriotas, aparte de una ignorancia absoluta de la Historia –la propia y la ajena–, la idea vaga pero firme de que la llamada Ilustración pasó de largo por nuestro país. Ya se sabe, sumido desde el origen de los tiempos en el atraso y la oscuridad religiosa.

El problema, como siempre, es que la lectura de la Historia con las anteojeras ideológicas de la corrección política impide el acceso a una realidad compleja y soslaya o acusa las contradicciones inherentes al período sin querer comprenderlo. Aflorando una percepción difusa de la misma Ilustración en la necesidad de asignar etiquetas clarificadoras desde premisas improcedentes. Así, ¿cómo juzgar correctamente a un déspota ilustrado? Carlos III suele ser elogiado como “el mejor alcalde de Madrid”, pero en tanto monarca no dejaría de ser un “símbolo de atraso” ... ¿Cómo interpretar desde un prisma adecuado la expulsión de los jesuitas? ¿Sumándonos a la razón de Estado frente al poder religioso? ¿O criticando la supresión de una orden avanzada y progresista según la tardía perspectiva alentada por Leonardo Boff y su Teología de la Liberación?

Es evidente que no tiene sentido juzgar a Aranda, Floridablanca o Campomanes siguiendo parámetros actuales. Como tampoco lo tiene suponer una España singularmente inculta bajo la bota opresora de la Inquisición. Recordemos que en el ilustrado siglo XVIII todavía se quemaban “brujas” en la “civilizada” centroeuropa: La última ejecución documentada en Inglaterra fue la de Jane Wenham en 1712; en Alemania Anna Schindenwind fue ajusticiada en 1751; en Suiza Anna Göldin fue quemada en junio de 1782 y en Prusia ahogaron a su última “bruja” en 1793 en el Gran Ducado de Posen (actual Polonia). Y, como bien sabemos todos, no había Inquisición en Inglaterra, Alemania ni en Suiza… Pero antes que leer a Brian Paul Levack –La caza de brujas en la Europa moderna–, algunos prefieren asumir la tesis negrolegendaria antiespañola aventada por los anglosajones. Estudiénse, si no, los tres tomos de Henry Charles Lea (1825-1909) sobre la Inquisición Española para descubrir que toda su obra se asienta en un prejuicio racista. O La ética protestante y el espíritu del capitalismo de Max Weber (1864-1920), en la que alienta la misma idea.

En España, como en el resto de Europa, hubo una Ilustración encarnada por una minoría ilustrada. Por supuesto. Pero por lo que se ve, en nuestras escuelas se seguirá enseñando a las siguientes generaciones que Al-Ándalus fue un paraíso de cultura y tolerancia religiosa, que la religión católica es la fuente de nuestro atraso secular, que más nos habría valido ser derrotados –y exterminados– por los franceses, y que aprendiendo inglés nos pareceremos más a los “avanzados” protestantes. Lo que sea, menos leer libros. Y mucho menos las fuentes originales. No vaya a ser que lleguemos a saber de lo que hablamos.