Al rey de Nájera, Sancho Garcés II, casado con Urraca Fernández, hija del conde Fernán González, regalaron una cruz de oro y piedras preciosas, relicario del protomártir San Esteban, que tenía una inscripción de hilo de oro, en realce, con un texto escrito en latín: “Yo Don Sancho, rey en uno con mi mujer la reina Doña Urraca la mandamos hacer”.

Esta cruz la donó el rey García el de Nájera años más tarde al monasterio de Santa María la Real de Nájera con un rubí que regaló Alfonso VII al rey francés Luis VII, hacia el año 1152, y éste lo mandó engarzar en la corona de espinas de la imagen de Cristo del monasterio de San Dionisio de París. Pedro I el Cruel donó el frontal de oro macizo, obra de Almaino, para pagar la soldada a los caballeros de Eduardo Woodstock (el Príncipe Negro) por su intervención en la batalla de Nájera de 1367. Hoy luce el hermoso rubí que adorna la corona real inglesa y que procede de la valiosa cruz najerina.

En 1367, Pedro I de Castilla se hallaba enfrentado con su hermanastro Enrique II de Trastámara en una guerra peninsular. Cuando regresaba de Francia pidió ayuda al Príncipe de Gales, Eduardo de Plantagenet o Eduardo Woodstoch, también conocido como el Príncipe Negro por llevar una coraza de ese color. Los ingleses andaban entonces por Bretaña en lucha contra los franceses y llegaron a España para ayudar a los castellanos en la batalla de Nájera. Pedro I no pudo compensarle con más botín que unas cuantas joyas personales.

No parece cierto que el famoso rubí fuera robado del monasterio de Santa María la Real de Nájera por los ingleses, como narraron los cronistas locales. Con tan escaso botín regresan los ingleses a Bretaña y Normandía para seguir haciendo la guerra.

Testigo de mil batallas

El Príncipe Negro mostró gran interés por el rubí y lo lució en todas las batallas en las que participó. Pero falleció en 1376 sin alcanzar el trono. El rubí pasó entonces a manos de su hijo Ricardo II Plantagenet y, ya en 1415, aparece en la corona de Enrique V de Inglaterra, durante la batalla de Agincourt, cuando los arqueros ingleses destrozaron al ejército del rey francés Carlos VI.

Cuentan las crónicas que el duque de Alençon desafió al rey inglés, le partió la corona del rubí de una estocada durante su enfrentamiento, aunque el inglés se hizo con la victoria. Los monarcas de entonces tenían la costumbre de acudir a la batalla con la corona real. En la de Bosworth el rey Ricardo III perdió la vida, el reino y la corona: su corona real la hallaron días después, partida en dos, en unos matorrales.

Desde entonces el duque de Richmond pasó a reinar como Enrique VII de Inglaterra para inaugurar la dinastía Tudor, en compañía de la corona y el rubí español. Esa joya estuvo también en manos de una reina inglesa de origen español, Catalina de Aragón, hija menor de los Reyes Católicos y esposa de Enrique VIII, aunque por poco tiempo.

La corona y el famoso rubí fueron vendidos en 1649 a alguien de la familia real y, en 1661, vuelve a aparecer sobre la cabeza de Carlos II, tras el período de gobierno de Cromwell. Sufrió igualmente varios intentos de robo del tesoro real, lo que motivaría su conservación en la Torre de Londres, donde quedaron depositados los tesoros reales a partir de 1671 y sólo se sacarían para lucirlas en los pomposos y protocolarios actos de la corona británica.

Sobre la cabeza de la reina Victoria, en un cuadro de 1838, vemos la corona imperial y el rubí. También en la coronación de Isabel II, en 1953, cuando el diamante Cunillan II sustituye a la esmeralda.

Un rubí del tamaño de un huevo de paloma

La piedra perteneció a varias dinastías británicas. En los grandes fastos del imperio británico ha lucido en la corona imperial el enorme rubí color sangre fuerte del tamaño de un huevo de paloma. Una piedra que estuvo en el tesoro real de la Alhambra de Granada en 1362 y que llegaría años después a los ingleses; el conjunto pesa casi 3 kilogramos en oro en la que hay engarzados 2.783 diamantes, 277 perlas, 4 esmeraldas, 17 zafiros y 5 rubíes. Destacan en ella tres gemas: el zafiro de los Estuardo, el diamante estrella de África (Cunillan), de 317 kilates y, sobre todo, el rubí de Pedro I, con 170 kilates, de origen español, cuyo origen se pierde en la noche de los tiempos. Hoy se dice que procede de las minas de Mianmas (Birmania), de Tailandia o de Badajsan (Tayikistan).

A mediados del siglo XIV España y Europa se desangraban en guerras internas:  en el reino de Granada había una guerra civil entre Muhammad VI e Ismail II; en Castilla luchaban Pedro I el Cruel y Enrique de Trastámara; Inglaterra y Francia estaban en la Guerra de los Cien años. Muhammad V pidió ayuda a Pedro I, que entonces se hallaba en Sevilla guerreando contra su hermano y contra los musulmanes. Muhammed VI, el “Bermejo”, se entrevistó en los reales alcázares con el pretendiente castellano, portando buena parte del tesoro real.

Quien recopila esta historia, hace pocos años estuvo en la Torre de Londres para visitar el tesoro imperial británico. En lugar preferente se hallaba la corona real y en el centro de la misma el magnífico rubí que cautivó mi atención durante buen rato, pensando en los personajes principales que lo poseyeron y, sobre todo, en la cruz que estuvo en el monasterio de Santa María la Real de Nájera. Grande es nuestra historia.

En torno al rubí existen infinidad de leyendas y también una maldición: que se cobra la vida de gran parte de sus poseedores.