“Constituye un escándalo repugnante

Haber presentado como un gran momento

De nuestra historia el asesinato público

De un hombre débil y bueno”.

Albert Camus

No es una frase de Joseph de Maistre, ni de algún ultramontano o nostálgico del antiguo régimen. Es la frase de un escritor medular y profundo del siglo XX que, en más de una ocasión, desde una concepción existencialista, se enfrentó a sus propios “camaradas” de la intelectualidad comprometida (¿qué sería eso?) francesa.

La tomo como base para reflexionar sobre la monarquía, siendo yo un ciudadano de una república. Y por otros motivos, que pueden exasperar a las cátedras universitarias tan apegadas a las “revueltas” cuando no les tocan sus Subsidios / Becas / Premios y otras manifestaciones indirectas del “vil metal” enmascarado de investigación. Me concentro.

El más espantoso legado que dejó la llamada “revolución francesa” no es la abolición del absolutismo – al fin y al cabo, un producto de la intelectualidad inglesa y protestante del siglo anterior – abolición con la que estamos de acuerdo, sino la destrucción de la agremiación  de los individuos en los grupos naturales a los que pertenecían por su labor, por su pertenecía comunal, por su ascendencia familiar. Desgajar al ser humano de sus raíces parentales en todo sentido, lo arrojó a la soledad de la ciudadanía errática, es decir, al imperio del electoralismo representativo que le quitó su natural derecho de privilegio (sí, privilegio, dada su pertenencia a un gremio) es decir, a un fuero que lo contenía y lo comprendía. ¿Qué lo reemplazó? Bien, pues el común código de justicia de una sociedad abstracta, irreal y atérmica (sin la pulsión de la naturaleza propia del colectivo natural) para arrojarlo a un juez “empelucado” que no asiste a la vida propia del “ciudadano” a quien juzga. De esa forma, la igualdad ante la ley se convirtió en proceso impersonal – aunque para Luis y María Antonieta no fue tan así, sino barricada de cosa prejuzgada – que impide el libre ejercicio de la defensa en corte conocida y protectora, bajo leyes justas y sabias que se amoldan al propio ejercicio de la profesión. Eso sí, para los políticos, la ley es otra…

Pero respecto al “bueno” de Luis, resulta más que interesante no sólo su destino sino la operación mediática que sufrió en su contra, porque sus intentos por reformar una Francia en crisis no fueron aceptados, primero por la misma nobleza, y segundo, por la misma burguesía, ya que de aceptarse su política de impuestos parcelada las cosas no habrían dado fuego a esos ilustrados que habían alimentado, por décadas, la misma nobleza y la inteligencia inglesa. Sumemos a esto que la nobleza corrompida de palacio – mantenida por el temor frondista de Luis XIV en Versailles – no sirvió de nada cuando las papas saltaron de la sartén. ¿Qué es un noble que no sirve para defender a su Rey?

Sumésmole a su favor, que Luis XVI abolió la tortura y que ganó, por primera vez desde el siglo XV, una guerra contra Inglaterra. ¿Les suena, lectores? Sí, sí, Inglaterra. Y eso – y muy bien lo sabemos los argentinos -, no es gratuito.

Verdad es que Luis no era brillante, es más, era mediocre. Pero si decapitáramos a los gobernantes que lo son, nos haría falta instalar varias fábricas de guillotinas en cada país. Aunque, si a su mediocridad nos referimos, al menos era consciente de ello ya que puso como ministro al hombre que más quería la sociedad y que más confianza despertaba entre los inversionistas… En fin.

Con la deificación del pueblo, que los derechos del ciudadano han consagrado, cada cuatro, cinco, seis, siete años, tenemos la posibilidad de guillotinar a un rey (obviamente, de forma incruenta). No será tan dramático, pero como somos los soberanos, al fin nos damos ese pequeño lujo. Aunque - para ver en un presidente a un rey hay que hacer esfuerzos - todo estado nos lo permite y garantiza. Porque estado no es gobierno, ni menos, orden, ya que ese no nace de la voluntad popular. ¿O acaso una elección puede resolver que no nazcan más varones? Hmmmm. Ya sé lo que están pensando… ¿y si…?