El 10 de noviembre de 2017 fueron beatificados 60 mártires de la Familia Vicenciana, asesinados por odio a la fe durante la persecución religiosa cometida en la retaguardia republicana durante la Guerra Civil. Todas las víctimas sufrieron malos tratos, torturas y agresiones durante el tiempo que estuvieron presos.

Los más afortunados eran fusilados a las pocas horas de su detención, pero hay algunos casos en los que queda claro el ensañamiento bárbaron contra quienes habían decidido elegir el camino religioso, aunque eso supusiera, como ocurrió en la España frentepopulista, acabar padeciendo el martirio.

 

El caso más llamativo, por su salvajismo, de los 60 mártires vicencianos fue el de José Ibañez Mayandía. Tenía 59 años cuando fue detenido el 26 de Julio en el hospital que regentaban las Hijas de la Caridad en Madrid. Eran las seis de la mañana y un grupo de milicianos le estaba esperando a la entrada del patio de la institución. Allí simularon un registro en el que los anarquistas que le estaban deteniendo dijeron haber encontrado una pistola. Lo que aprovecharon para detenerle y llevarle al Ateneo Libertario de Chamberí, en la calle de García Paredes, en la casa contigua a donde se encontraba le hospital al que había acudido el religioso.

Una vez allí fue desnudado y le ataron las manos a la espalda y encargaron a varios chicos de no más de 15 años que le flagelasen desnudo, a la vista de los enfermos a los que había acudido a asistir espiritualmente. Por la tarde fue conducido en un coche por un un grupo de milicianos a la Dehesa de la Villa, donde le dispararon varios tiros con una pistola y no le dieron el tiro de gracia.

 

Unas horas después, el mismo grupo de milicianos iba a la misma zona a asesinar a otro detenido y se encontraron José andando, malherido, que bajaba para enfilar la calle de Francos Rodríguez. Inmediatamente lo volvieron a llevar al Ateneo Libertario donde le golpearon y, ante su resistencia física, lo descuartizaron vivo bajo la dirección de un carnicero anarquista. Después, sus restos fueron puestos en una sábana y paseado por el hospital para que lo vieran los enfermos.

 

El caso de Juan Puig Serra tambien muestra ese odio que llevó a los milicianos a ensañarse con sus víctimas. El 19 de julio se había trasladado a Palma de Mallorca junto a varios hermanos para celebrar el centenario de la llegada de los primeros hermanos vicencianos a la isla. Le detuvieron un día después y el 5 de agosto, trasladado al castillo de San Fernando, convertido en prisión. El 13 de octubre, junto a otros siete sacerdotes y cuatro seglares, fue encerrado en una celda. Al atardecer, un grupo de milicianos abrió la puerta de la celda en la que se encontraban apiñados y abrieron fuego mientras blasfemaban y soltaban carcajadas.

Pedro Gambín Pérez fue detenido el 20 de julio en la Casa de Misericordia de las Hijas de la Caridad en Cartagena, donde intentó que las hermanas que vivían allí no fueran detenidas y conducidas a una checa. Fue detenido y conducido a la cárcel de San Antón de esa localidad, donde ingresó como el preso número 13.

Tras sufrir numerosos tormentos y torturas, el 15 de agosto fue sacado de la prisión a las dos y media de la madrugada y conducido a la carretera de Murcia junto a varios presos más. Cuando el camión que los trasportaba se paró en una zona despoblada, pidió ser el último en morir para así dar la absolución a los demás. Cuando llegó su turno, le dispararon cinco tiros en la barriga y lo dejaron desangrándose. Poco después pasó por alli un carretero que escuchó sus lamentos, pero no pudo atenderle porque se acercó un coche de milicianos. Cuando volvió unos minutos después, Pedor había muerto.

No son los únicos casos, como estos se repiten en cada una de las biografías de los sesenta mártires vicencianos beatificados. Y lo que es más triste, son miles de casos similares los que se vivieron en la retaguardia del Frente Popular en la persecución religiosa que se desarrolló durante la Segunda República y la Guerra Civil.