El P. Rodrigo Menéndez Piñar reflexiona sobre lo que ha supuesto para él participar en la I peregrinación Nuestra Señora de la Cristiandad a Covadonga y las consecuencias que puede tener de cara a la renovación espiritual de España.

¿Podría contar en pocas palabras lo que ha supuesto para usted esta peregrinación a Covadonga?

Es difícil en pocas palabras dar una valoración general que pueda encerrar todo lo que ha supuesto esta peregrinación. No sólo ha sido maravillosa, llena de inmensa alegría para todos los peregrinos, sino que, de alguna manera, ha aglutinado las grandes esperanzas que todos albergamos en nuestra vida diaria, tal vez con sentimientos tristes y conformistas al ver el devenir de la Iglesia y la sociedad, haciéndolas vivas y vivificantes, no dejando espacio para la melancolía. No sólo ha sido un éxito desde el punto de vista natural y humano, sino que, en mi opinión, ha abierto los grandes horizontes eternos de nuestras vidas, haciéndolos palpables y experimentables.

¿Qué ha supuesto imbuirse de su espíritu y cómo le ha beneficiado en su vida sacerdotal?

Para muchos sacerdotes que estamos inmersos en la pastoral “ordinaria” de las parroquias es una tentación grande la de la desesperanza. A veces nos vemos más o menos obligados a mantener unas estructuras heredadas de las últimas décadas y que distan mucho de ser fecundas, pero “es lo que hay”. En la peregrinación he visto búsqueda sincera de Dios y esto, en cierto sentido, lo es todo. San Benito, en su regla, cuando habla de la admisión de un nuevo hermano que quieren abrazar la vida monástica, lo primero que declara, una vez comienza a vivir como novicio, es: “se observará cuidadosamente si de veras busca a Dios”. Para mí, como sacerdote, este celo por la obra de Dios, observado en los fieles, es fuente de auténtica esperanza en medio de un Mundo que ha olvidado a Dios. Así se lo hice saber al terminar a alguno de los principales organizadores y vi sinceridad en sus ojos.

¿Por qué es importante este renacer de la cristiandad no sea flor de un día, sino que se consolide en España?

Una de sus características definitorias ha sido la celebración de la Santa Misa de siempre, llamada habitualmente “Tradicional”. No es sólo la preferencia por una serie de ritos litúrgicos, sino que es el cauce sacro capaz de agavillar toda una visión del Mundo y de la Historia, una cosmovisión cristiana, la de la Cristiandad en sus elementos inmutables, aquella que San Pío X dijo que “no estaba por inventar” y que no había más que luchar por “instaurarla y restaurarla en sus fundamentos naturales y divinos”. Y es capaz de ello no por una serie de ideas preconcebidas, más o menos acertadas, sino por haber sido la vida íntima y real del Pueblo de Dios, que sirviendo a su Señor ha surcado los siglos pasados (“liturgia” es literalmente “obra del pueblo”, el servicio público del pueblo a Dios) dejando las huellas del “Bonus Odor Christi” (2 Cor 2, 15), la obra de la Fe en la Historia.

Ese Tesoro, que es lo que habitualmente llamamos “Tradición”, es por donde nos viene el torrente de aguas purificadoras que salen del lado derecho del Templo (cf. Ez 47), del Costado abierto del Salvador, con la virtud de dejar todo lleno de vida a su paso, incluso el mismo desierto. Hoy España es un desierto muerto o, al menos, moribundo, que incluso está generando anticuerpos para expulsar los últimos elementos de lo que ha sido siempre: una nación católica. Hoy, más que nunca, necesitamos este anclaje, este injertarnos de nuevo en la Tradición, para que la vida cristiana vuelva a fluir por nuestra Patria. Quizá por eso una de las banderas que más se ha repetido en la peregrinación ha sido la del Sagrado Corazón de Jesús sobre los colores rojo y gualda.

¿Podría empezar aquí una nueva reconquista al estilo de Don Pelayo?

Esa es nuestra intención. Hoy los enemigos no son tanto los conquistadores físicos y materiales de una tierra, que hollaron a su paso la civilización cristiana, que era ya la civilización hispánica. Son otros muy distintos, pero que han golpeado más internamente incluso, porque son más espirituales. Esta peregrinación ha sido tan sólo una pequeña llama, pero que, con el debido viento y material, puede incendiarlo todo. Debemos conservarla en nuestras almas. Que sean siempre almas ardiendo, con poder de comunicar el fuego a otros. Este es el acto de la Tradición del que cada uno formamos parte: entregar lo recibido, como san Pablo: “Tradidi quod et accepi” (1Cor 11, 23). No sabemos los designios que tiene Dios preparados en su Providencia para nuestra Patria, pero sí sabemos que debemos luchar por esa reconquista espiritual, puesto que ella se ordena al último Fin de todo: la gloria de Dios y la salvación de las almas.

¿Hasta qué punto es alentador para un sacerdote ver a tantos jóvenes tocados por la Tradición?

Es sorprendente ver como el atractivo poderoso de la Tradición hace especialmente mella en las almas jóvenes. Toda alma, si vive en Dios, es alma joven, según aquel verso del salmo en las oraciones al pie del altar, que tanto nos gusta meditar al comienzo de la santa Misa: “Ad Deum qui laetificat iuventutem meam”. Pero ver la búsqueda sincera de Dios en jóvenes que cuentan pocos años de vida es un claro signo de esperanza y de que, contra los que por desconocimiento califican la Santa Misa Tradicional como cosa propia, sea de nostálgicos, sea de esnobistas que se recrean en lo exótico, estas almas han encontrado un tesoro escondido, y alegres y contentas se van a vender cuanto poseen para comprar el campo que contiene dicho tesoro (cf. Mt 13, 44-46). Si fuera un capricho por lo extravagante o por lo insólito, sería algo meramente temporal y que no produciría obras santas. Pero somos testigos de cómo la Tradición ha cambiado los corazones de muchos jóvenes haciéndolos valientes y generosos servidores de Dios.

¿Por qué cree que la peregrinación ha impactado tanto en las personas que salían a su paso?

Ver las columnas marchar, firmes los estandartes y altos los pendones, es un espectáculo que no puede dejar a nadie indiferente. Es una imagen preciosa de la Iglesia militante, de esa disposición permanente que aplicamos a los caídos y que proviene de la descripción preciosa que el profeta Baruc (3, 35) hace de los “astros, que velan gozosos arriba en sus puestos de guardia. [Dios] los llama, y responden: «Presentes», y brillan gozosos para su Creador”. Ese espíritu de vela y de guardia, ese brillo gozoso y alegre cuando el Señor llama a sus servidores, es el que se palpa en una peregrinación de este estilo, penitencial, sí, con su propia dureza, pero llena de, nunca mejor dicho, “entusiasmo” (literalmente “inspiración o posesión divina”). Santo Tomás define la devoción como “la prontitud de la voluntad para entregarse a las cosas que pertenecen al servicio de Dios” (II-II, 82, 1). Creo que esas personas que nos veían pasar por entre sus casas, quizá sin formulárselo de esta manera, podían captar una verdadera devoción en esos jóvenes y eso las emocionaba profundamente.

También han peregrinado un buen número de familias numerosas, como Dios manda.

Pude charlar un buen rato con un matrimonio que trajo a sus 8 hijos a la peregrinación. Era delicioso ver a todos, tan seguidos, jugar durante los descansos en una gran pradera verde, con esa energía de los niños que no se cansan y con esas sonrisas y ocurrencias propias de los pequeños que hacen de la vida algo siempre nuevo en cada momento. No era un caso aislado. Había muchos otros, quizá no con todos los hijos presentes debido a la edad o a diferentes circunstancias, pero la experiencia de auténtica Cristiandad que hemos tenido estos días pasaba necesariamente por la célula básica de toda civilización verdadera: la familia. Sin duda ese es el pilar que sostiene todo a nivel humano y sin duda es el blanco de los ataques más furibundos del Enemigo, como vemos en la evolución de las leyes y las distintas ideologías, cada vez más perversas. Que Dios proteja a esas almas blancas y bendiga mucho a sus padres, sosteniéndolos en una lucha que no es nada fácil y en la que demuestran una firmeza y una confianza en Dios absolutamente sorprendentes.

¿Por qué es importante que encuentros como este, con tanto fruto, vayan enraizando en tierra fértil?

Al día siguiente de terminar la peregrinación hay que volver a la vida ordinaria. Hay que levantarse como siempre y casi parece un sueño dulce y placentero los días que hemos pasado juntos, haciéndonos “espaldas unos a otros los que le sirven para ir adelante”, como dice santa Teresa que es menester cuando andan las cosas del servicio de Dios tan flacas. Creo que por esto es bueno que se consolide en el tiempo. Para que sea esta peregrinación una experiencia de oasis de Cristiandad en medio del desierto del Mundo en donde reposemos, carguemos víveres y adquiramos fuerzas para seguir la marcha de nuestras vidas, cada uno en su puesto, donde Dios quiere que nos santifiquemos, con la frente levantada, y la mirada, clara y lejos, puesta en los eternos horizontes de la Salvación.