La Carta Colectiva del Episcopado español a los obispos del mundo entero es el documento de los obispos españoles, cuyo objetivo fue informar a los católicos de fuera de España de la postura que había tomado la Iglesia Católica en España en la Guerra Civil Española. Llevaba fecha de 1 de julio de 1937, cuando se cumplía casi un año del inicio de la guerra, pero fue publicada el 10 de agosto.

​    Fue redactada por el cardenal primado de Toledo Isidro Gomá para hacer una llamada patriótica contra el comunismo que actuaba contrario al sentido religioso y espíritu nacional predominante en nuestra Patria.

    En ella los Obispos españoles declaran solemnemente que ellos no provocaron el Alzamiento ni conspiraron para el mismo, pero hubiese sido monstruosa su neutralidad entre el comunismo ateo devastador y sacricida y los que exponían cuanto tenían, bienes, libertad y su misma vida por defender la religión, la patria y la civilización.

    Analizando el documento de unas 45 páginas se puede afirmar que en el primer párrafo se presentan varias opiniones sobre la Guerra Civil desde distintos observadores. Una nos dice. "Es una carrera de velocidad entre el bolchevismo y la civilización cristiana", lo que ofrece claramente el concepto que tiene la Iglesia de la guerra: es el enfrentamiento entre comunismo y cristianismo o, lo que es lo mismo, una nueva cruzada. En este sentido debemos decir que la Carta Colectiva cita, lo que hoy ocultada "la memoria histórica", la ensangrentada Revolución de Octubre de 1934, en pleno gobierno de centro-derecha, en la que socialistas y anarquistas intentaron, mediante un sangriento golpe de estado imponer el modelo bolchevique de Estado. Y su obsesión de odio desato las más crueles y brutalidades contra la Iglesia, sus bienes y su clero.

     El segundo párrafo es la definición de la guerra desde el punto de vista del episcopado: en principio fue "en defensa de los principios fundamentales de toda sociedad civilizada". Y es que, la Iglesia habla tras haber sufrido la más dura represión de la historia de manos de los mal llamados republicanos ya que ellos mismos orgullosamente se denominaban "rojos", y, desde esta situación, tampoco tiene nada de extraño que los obispos vean un mejor futuro en los nacionales que en los defensores del Frente Popular ya que, como dice el texto, "no supo o no quiso tutelar aquellos principios cristianos".

    A continuación, y haciendo referencia la revolución rusa, la Carta exponen las consecuencias que todo esto ha traído y lo que, por imitarla, está ocurriendo ahora en nuestra Patria; a la toma de posición del episcopado favorable al Movimiento Nacional y a las repercusiones que el alzamiento ha tenido en la conciencia del pueblo.

    Al final de esta larga Carta, se ruega a sus hermanos Obispos se aúnen a ayudarse a lamentar la gran catástrofe nacional de España, en que se han perdido, con la justicia y la paz, muchos valores de civilización y de vida cristiana.  También les pide añadir sus oraciones y las de sus fieles para que se contenga la presente inundación del comunismo que tiende a anular el Espíritu de Dios y al espíritu del hombre, únicos polos de la civilización cristiana.

    Concluye el texto indicando la toma de postura el episcopado español: "No hay en España más esperanza que el triunfo del Movimiento Nacional porque el bando contrario no ofrece garantías de estabilidad política ni social". Con esta última afirmación, el episcopado deja bien claro su apoyo al bando nacional y a la guerra para acabar con los que gritan "¡Viva Rusia y Muera España!", que están limitando los derechos de la Iglesia y llevando a cabo la represión más sangrienta y dura de la historia contra todos los elementos de la Iglesia.

    Esta Carta fue firmada por todos los Obispos españoles, excepto por el anciano de 92 años, obispo de Menorca, confinado en su diócesis por los rojos. El Obispo de Orihuela-Alicante, Javier Irastorza Loinaz, exiliado en Gran Bretaña. El Obispo de Vitoria Mateo Múgica Urrestarazu (que había sido expulsado de España por orden de la Junta de Defensa Nacional bajo la acusación de tolerar propaganda "separatista" en su seminario. El quinto prelado que no firmó la carta, y que murió en el exilio, fue el cardenal arzobispo de Tarragona Francesc Vidal i Barraquer, quién había conseguido huir de España gracias a la intervención de su amigo y presidente de la Generalidad de Cataluña Luis Companys.

    En cuanto a la repercusión internacional, el impacto de la Carta Colectiva fue extraordinario porque prácticamente los obispos de todo el mundo adoptaron el punto de vista sobre la Guerra Civil Española en ella manifestado, sobre todo por la descripción que se hacía de la persecución religiosa desencadenada en la zona roja y la ruina inminente de la religión y de la Patria.

    La Carta recibió la contestación oficial de aproximadamente novecientos obispos, que mostraban su apoyo y solidaridad. Siendo destacables las respuestas colectivas de los obispos de Italia, Austria, Suiza, Alemania, Bélgica, Polonia, Hungría, Checoslovaquia, Rumanía, Albania, Grecia, Irlanda, Inglaterra, Portugal, Estados Unidos, México, Canadá, Armenia y África Central.

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