Los hechos ocurridos en octubre de 1934 fueron lo que después se hizo llamar Revolución de Octubre o simplemente Revolución de Asturias, porque fue en esta única provincia donde completamente se arraigó la insurrección obrera provocada por la Huelga General Revolucionaria organizada por el Partido Socialista Obrero Español, a quien se unieron los Comunistas y Anarcosindicalistas que, siguiendo consignas, dejaron principalmente a la ciudad de Oviedo totalmente devastada. Lo decía el manifiesto firmado por el Comité de Alianzas Obreras y Campesinas de Asturias: “Tras nosotros el enemigo sólo encontrará un montón de ruinas. Por cada uno de nosotros que caiga por la metralla de los aviones, haremos un escarmiento con los centenares de rehenes que tenemos prisioneros”.

    Estos acontecimientos tuvieron graves consecuencias y fueron un anticipo de lo más parecido a una guerra civil.

    Como en el resto de España, en tierras asturianas la Huelga General Revolucionaria se inició en la madrugada del 5 de octubre,  y los mineros pasaron rápidamente a la acción, haciéndose con el control de toda la cuenca minera, al situar los centros de operaciones en Mieres y en Sama de Langreo (columnas del Caudal y Nalón respectivamente), y desde ambas localidades se coordinaron las acciones de los mineros que llevaron a la rendición de 23 cuarteles de la Guardia Civil en las primeras horas, y el resto los ocuparon al día siguiente  tras la huida de sus defensores. A este suceso se sumó el triunfo de las milicias obreras en las afueras de Oviedo, pero no en la ciudad ovetense porque un error técnico impidió que se produjera un apagón en la ciudad, que era la señal convenida para la movilización y para que entrara en la ciudad una columna minera del Caudal encabezada por el Secretario General del Sindicato Minero, el socialista Ramón González Peña, que pronto se convertiría en el “jefazo” de la revolución. Así, al no producirese el apagón, tanto el ejército como la guardia civil tuvieron tiempo de prepararse para defenderse en los cuarteles y puntos estratégicos de la ciudad. Sin embargo, no impidió que las columnas de los mineros penetraran en la ciudad y ocupasen los centros neurálgicos, excepto los cuarteles de Pelayo y Santa Clara a los que cercaron.

    En tanto que en la Capital del Principado el movimiento insurreccional se vio condicionado por la falta de armas y de municiones, amén de que llegó a su puerto el crucero Libertad desembarcando un primer batallón de soldados de las fuerzas militares enviadas por el gobierno para sofocar la rebelión e intentar abrirse paso hacia Oviedo ante los parapetados tras las barricadas en todos los barrios de Gijón.

    Fuera de las cuencas mineras y de las dos grandes capitales asturianas, hubo insurrecciones en diferentes concejos, donde los comités revolucionarios de mayoría socialista atacaron y rindieron los cuarteles de la Guardia Civil, las guarnicione militares y tomaron los ayuntamientos, en los que izaron la bandera roja, y distribuyeron armas y organizaron la defensa.

    Los saqueos de comercios, tras el avance de las columnas mineras, se produjeron inmediatamente en todo el principado, principalmente en Oviedo, Mieres y Gijón, llevados a cabo por elementos rojos. Aunque, los “historiadores” sectarios la han achacado estos actos de pillaje a elementos marginales.

    Durante la revolución de 1934 la ciudad de Oviedo quedó asolada en buena parte. Resultandos incendiados, entre otros edificios, el de la Universidad, cuya biblioteca guardaba fondos bibliográficos de extraordinario valor que no se pudieron recuperar, el teatro Campoamor; también fue dinamitada La Cámara Santa en la Catedral, donde desaparecieron importantes reliquias llevadas a Oviedo, cuando era corte, desde el Sur de España. Como resultado de los combates o por destrucciones intencionadas, también fueron destruidos algunos edificios religiosos en Gijón, La Felguera y Sama

    Así mismo, también hay que destacar la represión sangrienta que hizo acto de presencia junto al mal trato recibido por la inmensa mayoría de los encarcelados: guardias civiles, técnicos de minas y fábricas, capataces, comerciantes y rentistas, miembros del clero. Asesinatos indiscriminados que estremecieron al pueblo español, sobre todo los 34 sacerdotes, 8 seminaristas martirizados.

     El hecho más brutal y de mayor resonancia se produjo en el valle del Turón, la principal fortificación comunista en Asturias donde fue proclamada la “República Obrera y Campesina” basada en la dictadura del proletariado. Allí, el 8 de octubre, los ánimos estaban tan exacerbados por la resistencia ofrecida por los ocho guardias civiles del cuartel de la zona que durante siete horas de asedio no se rindieron, hasta que los insurrectos volaron el cuartel con dinamita, que bajo ese clima (según nos quieren ahora hacer creer), fueron asesinados, con un fusilamiento sin piedad, siete Hermanos de la Escuelas Cristianas (Hermanos de la Salle), conocidos después como los mártires de Turón, y un sacerdote pasionista, párroco de Turón,  asesinados en 1934 en la parroquia asturiana de Turón (Mieres), y seis días después también fueron fusilados el ingeniero-director y dos empleados de su confianza de la empresa Hullera propietaria de las minas, y de la que también dependía la escuela donde enseñaban los religiosos.  En un informe comunista posterior se llegó a justificar la matanza aduciendo que “así se les acortaba a los frailes el plazo aquí en la Tierra para ir a disfrutar de mejor vida a la diestra de Dios Padre”.

   El Gobierno Republicano considerando que la revuelta asturiana era una guerra civil en toda regla, llamando a los generales Goded y Franco para que dirigiesen la rebelión desde el Estado Mayor en Madrid, los que inmediatamente ordenaros llevar tropas desde la península y de la Legión y de Regulares de Marruecos al Principado, y enviar el crucero “Almirante Cervera” y el acorazado “Jaime I” a bombardear los núcleos costeros en poder de los sublevados.

    El despliegue de las tropas para sofocar la sublevación se hizo por cuatro frentes. El primero en abrirse fue el frente sur con el avance de varias unidades militares a través del puerto de Pajares procedentes de León (del que formaba parte el Capitán Juan Rodríguez Lozano, abuelo de José Luis Rodríguez Zapatero) comandadas primero por el general Bosch y finalmente por el General Balmes.

    El segundo, que desembarcó por el norte en Gijón de legionarios y regulares del Ejército de África al mando del Teniente Coronel Yagüe, y tras vencer la resistencia de los que no huyeron a su llegada, iniciaron su avance hacia Oviedo.

    El tercer por el este inició su avance a través de Santander de una columna procedente de Bilbao al mando del Teniente Coronel Solchaga, que fue detenida por los vehículos blindados de La Felguera en el Berrón, no muy lejos de Oviedo.

    El cuarto frente por el oeste que se abrió por el avance de la columna comandada por el General López Ochoa procedente de Galicia que, tras ocupar la fábrica de armas de Trubia, entró en Oviedo y se unió a los legionarios de Yagüe que llevaban dos días allí luchando, hasta que el día 13 de octubre Oviedo fue totalmente ocupada por las tripas gubernamentales. 

    Tras la caída de Oviedo los obreros que consiguieron huir en desbandada a las cuencas mineras, en donde las tropas del General Balmes logro vencer la última resistencia que impedía el paso hacia Mieres, por lo que el Comité Revolucionario envió a su Presiente Belarmino Tomás, a reunirse con el General López Ochoa los términos de la rendición.

    Los términos del acuerdo, no sin resistencias minoritarias, fueron aceptados por las asambleas de los mineros, aunque algunos optaron por huir a través de las montañas. El 18 de octubre, dos semanas después de comenzar la insurrección, se rendía el último reducto y las tropas gubernamentales ocupaban las cuencas mineras.