Tal día como hoy, el 1 de octubre de 1936, hace 85 años, tomó posesión de la Jefatura del Estado y los Ejércitos de España, Francisco Franco Bahamonde, el gran estadista al que todos debemos la más larga etapa de paz, prosperidad, justicia y libertad de la Historia de España.

En presente situación tormentosa que azota a nuestra Patria en todos los órdenes, donde nuestros derechos son continuamente pisoteados por la horda social comunista que nos gobierna y los amigos de los asesinos que la sustentan con sus votos, en resumen, la antiespaña frentepopulista que nuestro Caudillo combatió con éxito, cuando ninguna luz se vislumbra en nuestro horizonte, no somos pocos los que –para algo más que para tirarnos a la cabeza revanchistas y sesgadas leyes de memorias más histéricas que  históricas- volvemos la vista a lo acaecido ochenta y cinco atrás, en que, en parte de una España dividida como ahora y asolada, además, por una guerra civil, decidió poner el destino de España, con todo lo que España representa, en este esclarecido hijo suyo.

Francisco Franco Bahamonde, una de las figuras más importantes de la reciente historia de España, nacía en El Ferrol el 4 de diciembre de 1892. Muchas y muy controvertidas opiniones se han escrito, sobre este español, a quien un escritor describe como “un hombre entero, de vida rectilínea soldada a una razón de ser, que siempre acaba teniendo razón; un hombre sinceramente humano que nunca ha jugado a ser un semidiós; que no conoce la palabra cansancio y que es como pedía José Antonio para el dirigente inasequible al desaliento”. Pero aún falta perspectiva histórica, de entrar en juicios de valor, cuando los hechos, hablan por sí mismos. A los 14 años ingresó en la Academia de Infantería, de la que salía en 1910 y en 1926, con 34 años llegaba a ser, por méritos de guerra, el general más joven de la historia de Europa, junto con Napoleón Bonaparte.

Fueron su hoja de servicios y su capacidad de mando las que, iniciada la Cruzada contra el gobierno frentepopulista de la II república española presidido por el izquierdista, anticatólico, federalista y prosoviético Manuel Azaña, así condenado por Pío XI: “El furor comunista no se ha limitado a matar obispos y millares de sacerdotes, de religiosos y de religiosas…, sino que ha hecho un número mayor de víctimas entre los seglares de toda clase y condición, que, diariamente, puede decirse que son asesinados en masa por el mero hecho de ser buenos cristianos o tan sólo contrarios al ateísmo comunista” [Divini Redemptoris, 19-3-1937] hizo que, el 29 de septiembre, una junta militar integrada por los generales Cavanellas, Mola, Kindelán, Queipo de Llano, Orgaz, Gil Yuste, Dávila y Saliquet, decidiera, ante la necesidad de un mando único de las fuerzas, que tal responsabilidad recayera sobre el joven pero prestigioso general Franco quien, con 43 años, tenía un insólito expediente militar que le había catapultado desde segundo teniente en 1910 al generalato en 1925; y hecho acreedor de, entre otras condecoraciones, la Gran Cruz de San Hermenegildo, dos Medallas Militares, la Cruz de María Cristina, la Medalla de Sufrimientos por la Patria o un primer expediente para ser laureado en 1916 (honor que se le conferiría finalmente el 19 de mayo de 1939, con palabras del bilaureado general Varela “por haber salvado a la Patria y por sus virtudes militares heroicas”).

Dos días después, el 1 de octubre de 1936, hace hoy 81 años, Francisco Franco tomaría posesión en Burgos del cargo de Generalísimo de los Ejércitos y Jefe de Estado, para el que, con las palabras que en la ceremonia de investidura de dirigió el general Cavanellas “habéis sido designado por vincularse en vos las energías y todas las virtudes de la raza”.

No es este el lugar de hablar sobre la justicia de un Alzamiento que la Iglesia bendijo con elogios como: “La Nación elegida por Dios como principal instrumento de evangelización del Nuevo Mundo, y como inexpugnable baluarte de la Fe Católica, acaba de dar a los prosélitos del ateísmo marxista de nuestro siglo la prueba más excelsa de que, por encima de todo, están los valores eternos de la Religión y del espíritu”. (Pío XII, abril de 1939); o bien “España sin hogares cristianos y sin templos coronados por la cruz de Jesucristo no sería España (…) Habéis sabido sacrificaros hasta el heroísmo en defensa de los derechos inalienables de Dios y de la Religión” (Pío XII, 11-VI-1939).

Ni tampoco el sitio de examinar detenidamente los 39 años de gobierno del penúltimo Jefe del Estado, que asumió la responsabilidad del más exigente y sacrificado servicio a España, misión transcendental en cuyo cumplimiento empeñó su vida, logrando rescatar a España de la ruina cultural, social, política, económica y moral de 1936 y  alzarla, gracias a los aciertos de su régimen de justicia, autoridad y libertad, al puesto de novena potencia del mundo.

Datos incontrovertibles prueban que, si, en 1939, España era una nación destrozada por la guerra civil y con un porcentaje de deuda pública del 60%, en 1975 ésta representaba sólo el 12,8 % del PIB, frente al actual superior al 100%. Hechos de buen gobierno como éstos valieron al Caudillo reconocimientos internacionales como la Encomienda de la Legión de Honor Francesa, el Gran collar portugués de la Torre y la Espada, la peruana Gran Cruz de la Orden del Sol o la Suprema Orden Ecuestre de la Milicia de Nuestro Señor Jesucristo, máxima condecoración de la Santa Sede.

Cumplidas ocho décadas largas del nombramiento de Francisco Franco Bahamonde, estadista, equiparable a Fernando el Católico o al Conde-Duque de Olivares (otro gran español criticado por muchos de sus coetáneos e ignorado o incomprendido por la historiografía inmediatamente posterior) siguen teniendo vigencia las palabras que de él, pronunciara, Juan Carlos I, su sucesor a título de Rey en la Jefatura del Estado, el 22 de noviembre de 1975: “Una figura excepcional entra en la historia. El nombre de Francisco Franco será ya un jalón del acontecer español y un hito al que será imposible dejar de referirse para entender la clave de nuestra vida política contemporánea. Con respeto y gratitud quiero recordar la figura de quien durante tantos años asumió la pesada responsabilidad de conducir la gobernación del Estado. Su recuerdo constituirá para mí, una exigencia de comportamiento y de lealtad para con las funciones que asumo al servicio de la patria. Es de pueblos grandes y nobles el saber recordar a quienes dedicaron su vida al servicio de un ideal. España nunca podrá olvidar a quien como soldado y estadista ha consagrado toda la existencia a su servicio”.

Contemplemos lo que hoy está pasando en nuestra amada España, una gran nación con unos políticos mezquinos que, incapaces de cumplir con el mandato que se les ha conferido de gobernar, pasan el tiempo tirándose los trastos unos a otros, jugando a la retórica barata, tan infantil como ineficaz, del “y tú más”, porque ninguno es bueno ni digno y nos llevan de cabeza a una crispación que ningún estado civilizado puede ni debe permitirse.

El actual fraude a la Nación española de Pedro Sánchez y sus secuaces, supone incertidumbre e inseguridad cuando lo que más necesita España es una dirección firme y definida que lleve su timón -el verbo “gobernar” procede del griego “κυβερνάω”, traducible como conducir el carro o llevar el timón que, de forma metafórica, Platón aplicaría a la dirección de la Polis- en las revueltas aguas de la actual situación. Guste o no, los diputados, senadores y representantes todos de los partidos, mayoritarios o  no, cada uno en su nivel de la administración, no fueron elegidos para teatros ni pantomimas, escenificaciones ni quimeras; ni fueron elegidos para buscar su lucro personal. Fueron elegidos para lo único que no han hecho (quizá para lo único que no saben hacer: gobernar España). ni fueron elegidos para que una mano lave la otra, ni para arrojarse unos a otros los citados “y tú más”.

Sería conveniente que hoy, con más rigor histórico que memoria histérica, azules, naranjas, rojos, verdes, morados e, incluso, arcoíris, se detuvieran a meditar sobre nuestro compatriota, el Generalísimo Franco y sobre estas palabras de lo que se ha denominado su Testamento político: “No olvidéis que los enemigos de España y de la civilización cristiana están alerta. Velad también vosotros y para ello deponed frente a los supremos intereses de la patria y del pueblo español toda mira personal. No cejéis en alcanzar la justicia social y la cultura para todos los hombres de España y haced de ello vuestro principal objetivo”.