Franco y Valle-Inclán

Aunque parezca mentira el escritor predilecto de Franco fue siempre don Ramón María del Valle-Inclán. Increíble, pero cierto..., y digo increíble porque si hubo dos personajes más dispares en esos años fueron el escritor gallego y el general (aunque también era un gallego de fondo y formas). Lo cuenta -como ya habrá observado el lector-la propia doña Carmen Polo de Franco en la entrevista que se publicó en la revista Estampa el 29 de mayo de 1928, y que ya se ha recogido anteriormente en este libro. A la pregunta del periodista, el conocido barón De Mora, sobre el autor preferido de su esposo, la joven y recién casada doña Carmen responde: «Valle-Inclán. Vea todas sus obras en la biblioteca.» 

«Sobre todo Las Sonatas -me diría muchos años más tarde su hija, la duquesa de Franco-, se las conocía al dedillo. Tanto es así que hasta yo me las tuve que leer. A Valle-Inclán le llamaba siempre el genio porque según él no había conocido a nadie con tanto ingenio y con tanta mala leche.» 

Hay que tener presente que Las Sonatas se publicaron cuando Franco se lo leía todo: la del otoño en 1902, la del estío en 1903, la de primavera en 1904 y la de invierno en 1905... «Aquellos tomitos de Valle-Inclán le acompañaban hasta en la sopa», diría luego el coronel José Villalba Riquelme, breve director de la Academia toledana y hombre que tuvo gran influencia en la vida profesional del joven ferrolano, sobre todo, durante la formación de la XIV Promoción de Infantería de la Academia de El Alcázar de Toledo, donde fue su primer maestro militar. Años más tarde sería su coronel en el regimiento «África 68», en su primer «encuentro» africano[7]

Pero Franco conocería a don Ramón María del Valle-Inclán tiempo más tarde, y cuando ya era el general más joven de Europa. Por cierto, fue en la casa de don Natalio Rivas, el célebre político liberal andaluz[8], donde en 1926 se rodó una escena de la película La mal casada, del director Gómez Hidalgo, en la que ambos, el escritor y el general, intervinieron y debutaron conjuntamente como actores. La casa ubicada en la calle Velázquez, 19, de Madrid, sirvió para tomas de interiores y en una fotografía histórica de aquella película se puede ver «al actor» Francisco Franco -en un clásico plano tres cuartos junto a la familia Rivas, la actriz María Banquer y a otro de sus viejos amigos, el general Millán Astray, que como Franco gustaba interpretar papeles cinematográficos. 

De ahí, de esos casi dos años que pasa en Madrid, de febrero de 1926 a febrero de 1928, le vino la afición por el cine, que llegó a ser uno de sus hobbies perennes. La pena es que aquellas Sonatas subrayadas y anotadas por el joven Franco se perdieran en los avatares de la guerra y los tomos que yo pude ver en casa de su hija ya no eran los mismos. 

 

 

Franco y Unamuno

 

Otro de los escritores preferidos por Franco en esos años fue don Miguel de Unamuno..., lo cual no debe sorprender si se tiene en cuenta que el vasco es el mentor de la llamada Generación del 98 y el látigo de la intelectualidad española desde que aparecieron sus primeras obras y sus primeros ensayos en revistas y en periódicos e, incluso, hasta su muerte. La Pasión por España de Unamuno caló hondo en aquel militar que sólo vivía para la guerra y la lectura, y lo demuestra el que en su mochila de soldado llevase el tomito de los cinco ensayos que Unamuno había publicado en 1895 bajo el título común de En torno al casticismo

Andando el tiempo, ¡y tanto tiempo!, una noche de 1969, mi «jefe», don Emilio, o sea don Emilio Romero Gómez, el entonces director de Pueblo y el mejor periodista que he conocido, al terminar de despachar el periódico del día me contó que venía sorprendido de la audiencia que había tenido con el Caudillo en El Pardo... 

 

*** 

 

Pero, no por cuestiones políticas -dijo- sino porque Franco le dio por hablar de Unamuno y es increíble cómo se conoce la obra y la vida del escritor vasco. Ni yo conocía la obra de Unamuno como Franco. Novelas, ensayos, artículos, conferencias, discursos... ¡qué cabrón!, se lo ha leído todo. 

- Sí, pero al final casi lo fusilan los suyos -le interrumpí yo un poco inocente. 

- Eso mismo me atreví a decirle yo, ¿y sabes que me contestó?... «Sí, es verdad, pero eso fue una estupidez de Millán Astray, cuando lo supe casi le mando al destierro... También es verdad -me añadió- que los momentos que vivíamos y las pasiones que había a flor de piel no estaban para florituras. Don Miguel estaba muy por encima de todos nosotros. El día que murió (la noche del31 de diciembre de 1936) sentí que España había perdido a uno de sus mejores hombres y a uno de los nuestros, porque usted ya sabrá lo que le llegó a decir don Miguel a un periodista francés...» 

 

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Todos recordamos esas declaraciones de don Miguel de Unamuno al periodista francés Jerome Tharand en octubre de 1936. En ellas, según se recoge en el libro Histoire de la Guerre d'Espagne de los escritores Robert Brasillach y Maurice Bardéche, se decía: 

 

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El salvajismo inaudito de las tropas marxistas sobrepasa toda descripción... El verdadero Gobierno de Madrid no ha podido ni ha querido resistir a la presión de la barbarie marxista... El movimiento a cuya cabeza se encuentra el general Franco tiene por fin salvar la civilización cristiana occidental y la independencia nacional. 

 

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Mi relación con el maestro de periodistas, Emilio Romero, es como la de un padre con su hijo. Trabajé a las órdenes directas de Emilio Romero desde junio de 1969 a febrero de 1978, tanto como subdirector de Pueblo, como de director de la agencia Piresa y subdirector de El Imparcial. Fruto de esos años de intenso trabajo, colaboración y contacto profesional y personal fueron 67 cuadernos de manuscritos en forma de «Diario» que todavía no he podido publicar, pero que guardo como oro en paño. Porque la historia del periodismo español de la segunda mitad del siglo XX no se puede escribir sin Emilio Romero presente. Emilio Romero triunfó en todos los géneros periodísticos y literarios (incluido el teatro y la novela, La paz empieza nunca, fue Premio Planeta en 1956). Y sus obras Cartas al Príncipe y Cartas al Rey influyeron poderosamente en la llegada de la monarquía de don Juan Carlos. 

Franco le tenía una simpatía especial y mientras fue Jefe del Estado fue su mejor «abogado defensor» en todos los pleitos políticos que tuvo que soportar. 

Pero volviendo a la admiración de Franco por Unamuno, sería en 1931 cuando el general se apasionara definitivamente con el que fuera rector de la Universidad de Salamanca. Fue durante los debates de la Constitución republicana, en los que Unamuno participa como diputado por la ciudad helmántica. A mediados del mes de septiembre, comienza a discutirse el artículo 4 o, que hablaba de las lenguas regionales, y don Miguel pide la palabra (día 18) y pronuncia un discurso que conmociona a todos, ya que a los catalanes se dirige en catalán, a los vascos en vascuence y a los gallegos en gallego, y todo para reafirmar y dejar rotundamente claro que por encima de las lenguas está la unidad de España. 

Naturalmente aquellas palabras de Unamuno llegaron a manos de Franco, que en esos momentos estaba atravesando la peor crisis emocional de su vida, pues Manuel Azaña le acababa de cerrar «SU» Academia General de Zaragoza y estaba pendiente de destino y con un pie fuera del ejército. Sin perder tiempo se dirigió a su amigo y ya pariente Ramón Serrano Súñer para que le organizara una entrevista, reunión o comida, daba igual, donde dijera el rector de Salamanca. Era la «pasión por España» de dos españoles. 

 

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La entrevista de mi pariente (don Ramón siempre se refería a Franco como «mi pariente») con don Miguel al final se celebró, pero algunos años más tarde. Fue en los primeros días de febrero de 1936, a su vuelta de Inglaterra donde acudió a la coronación de Eduardo VIII y cuando ya se habían convocado las elecciones que darían el triunfo al Frente Popular. 

Don Miguel, que pasaba ya de los setenta años aunque muy bien conservado, llegó a la cita en el hotel Nacional, vestido de negro y con su tradicional jersey de cuello alto, con la puntualidad del castellano serio. Mi pariente y yo, que ya estábamos esperando, nos levantamos y le saludamos con verdadero afecto. Franco vestía de uniforme de diario, sin condecoraciones ni medallas, aunque en esos momentos era todavía Jefe del Estado Mayor Central del Ejército. Como presidente del Gobierno y ministro de la Guerra estaba don Manuel Portela Valladares. 

El primero en hablar fui yo, dada mi condición de anfitrión y el que había provocado la reunión, y mis palabras fueron sólo para recordar la petición que mi pariente me había hecho ya en 1931, cuando don Miguel pronunció su famoso discurso sobre las lenguas regionales y la unidad de España en las Cortes Constituyentes. 

A continuación tomó la palabra «mi pariente», y con aquella voz tan especial que tuvo siempre, y con el máximo respeto, dio las gracias a don Miguel por todo lo que había escrito y por su amor por España. En aquella ocasión hasta a mí me sorprendió por el conocimiento de la obra de Unamuno que demostró..., así y de seguido Franco le habló de Paz en la Guerra, de Niebla, de Amor y Pedagogía, de En torno al catecismo, de su Vida de don Quijote y Sancho, de La agonía del Cristianismo, etc. Pero, al final se centró en sus discursos y sus artículos sobre la República. 

Don Miguel siguió con atención y en silencio las palabras de «mi pariente» y luego tras un corto silencio vino a decir más o menos: 

- Mire usted, general (le llamó así durante toda la comida), le agradezco sus palabras y el que haya leído mis obras, obritas o lo que sean..., pero le quiero decir algo que quizás no haya dicho nunca. Yo no me siento escritor, ni catedrático, ni político (que nunca lo he sido), yo pienso que no he sido otra cosa en toda mi vida que un simple maestro de escuela, sí, sí, un maestro de escuela, ¿y sabe por qué?, porque siempre he pensado y sigo pensando que el problema de España es un problema de educación y que los españoles son como niños que lo ignoran todo. Aquí se cree que ser culto es saber leer y escribir y conocer las cuatro reglas... ¡y eso hasta grandes próceres que he conocido! Verá, general, tras muchos años de estudio y meditación sobre el ser español he llegado a una conclusión: el español no es ni mejor ni peor que otros pueblos, pero... tiene algo especial: que es como un péndulo que sólo tiene extremos, o sea, o todo o nada... o apatía total o pasión sublime... Tal vez por eso Galdós dijera aquello de que el español es el que sabe hacer un 2 de mayo y no sabe hacer el 3 y el 4. Los españoles no quieren saber nada de nada durante años y de pronto un día se llenan de pasión y pierden la noción de todo... Y entonces, ¡ay, entonces!... te pueden conquistar un Imperio o te incendian las iglesias y los monumentos. No hay términos medios. Por eso creo que también yo me he equivocado, yo quise despertar espíritus y ahora ya me temo que lo que he despertado han sido fieras... 

Es un pueblo éste que no sabe lo que es la libertad... quizás porque nunca la conquistó, porque cuando la tuvo fue más bien un regalo de alguien. 

Bueno, y así se pasó un buen rato. Porque don Miguel era una enciclopedia de saberes y pensares. Naturalmente mi pariente y yo mismo nos pasamos la comida embobados y sin atrevernos a decir palabra. Luego, y ya a los postres, se centró en la República y en la actualidad política. 

- Mire, general, y que conste que hablo de esto porque usted me ha preguntado... verá, cuando los monárquicos trajeron la República y la República me trajo a mí, yo viví como una cierta esperanza, creí entonces, ¡iluso de mí!, que por fin había llegado la hora de España ... ¡Era todo tan bonito!, un pueblo que se echa a la calle y que cantando arroja por la borda a una Monarquía de siglos, ¡era todo un acontecimiento!... una ocasión histórica... Pero no. La República se suicidó recién nacida, quizá porque la «comadrona» fue el resentimiento. Ya saben que su mentor, el señor Azaña, como dije en su momento, era un escritor sin lectores capaz de hacer la revolución para que le leyeran... No, y me di cuenta en cuanto me hicieron diputado y entré en las Cortes... aquello no era un lugar de encuentro, aquello fue desde el primer día el paraíso del desencuentro, una Torre de Babel a lo pobre. Ortega lo denunció enseguida con su «¡No es esto, no es esto!» famoso, pero yo preferí retirarme 

a mi Salamanca y seguir predicando en el desierto... 

¿Y ahora? 

Ahora, aquella mi esperanza del comienzo es ya un túnel sin salida. Mejor dicho, con una única salida: la del enfrentamiento, la del exterminio, la de siempre... o tú o yo. ¡No, no me gustan como van las cosas!... Las izquierdas, o eso que llaman izquierdas, se han vuelto locas, y las derechas, o eso que llaman derechas, están ciegas... o sea, que estamos entre locos y ciegos... ¡Y esto no puede terminar bien! 

- ¿Y qué se puede hacer? 

La verdad es que no lo sé. A veces pienso que habría que hacer una evangelización nacional para convencer a estos y aquellos de que la República, como la Monarquía, son meros accidentes en el tiempo y que lo importante, lo trascendente, es España... pero, los hechos diferenciales pueblerinos han hecho imposible esa vía. Otras veces pienso que lo que esta España necesita es fundirla, refundirla y recrearla... Habría que acabar con eso de las izquierdas y las derechas y convencer, que no vencer, a todos que sólo un movimiento unificador de pasiones y ambiciones puede salvarnos. ¡Y educación, mucha educación, política y de la otra! 

Hubo un momento, ya de despedida, que mi pariente se atrevió a preguntar tímidamente (Franco se había vuelto tímido, huraño e introvertido desde que Azaña le cerró «su» Academia de Zaragoza y casi le echa del ejército): 

- ¿Y el ejército, don Miguel? 

- Mire usted, general... El ejército es como el resto de los españoles... Ya vio lo que pasó con Primo de Rivera y sus generales... 

 

*** 

 

Este relato que don Ramón Serrano Súñer me hizo de aquella comida de Franco con Unamuno, es el resumen de toda una tarde de charla en la biblioteca de su casa de la calle Príncipe de Vergara, número 36, el día 19 de junio de 1988, en la que también se habló de la polémica que mantuvo el vasco con Ángel Ganivet sobre «el porvenir de España». En esta ocasión don Ramón echó mano de unas fichas manuscritas que tenía en una carpeta en cuya portada se podía leer: «Temas pendientes para artículos». 

 

 

Franco y Ganivet (sobre el porvenir de España)

 

Unamuno y Ganivet (y pongo al vasco por delante porque según él mismo escribió en 1912 tenía un año, tres meses y catorce días más que el granadino) se conocieron en Madrid en la primavera de 1891, cuando ambos preparaban oposiciones a cátedras de griego, y tras unos meses de intensa amistad se separaron y ya no volvieron a verse en vida. Ganivet se suicidó en 1898. 

Pero, ambos mantuvieron la polémica más importante de todos los tiempos sobre el futuro y el ser de España, tras la publicación en 1897 del Idearium español de Ganivet, uno de cuyos párrafos decía así: 

 

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Somos una isla colocada en la conjunción de dos continentes y si para la vida ideal no existen istmos, para la historia existen dos: los Pirineos y el Estrecho; somos una «casa de dos puertas» y, por tanto, «mala de guardar», y como nuestro partido constante fue dejarlas abiertas, por temor de que las fuerzas dedicadas a vigilarlas se volvieran contra nosotros mismos, nuestro país se convirtió en una especie de parque internacional, donde todos los pueblos y razas han venido a distraerse cuando les ha parecido oportuno; nuestra historia es una serie inacabable de invasiones y de expulsiones, una guerra permanente de independencia. 

 

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Las cartas-ensayos que se cruzaron entre ambos pensadores, escritores y amigos, se publicaron en El defensor de Granada entre los meses que precedieron a la muerte del precursor de la Generación del98 (así ha pasado a la historia) y fueron editadas en 1912 por Biblioteca Renacimiento con el título Sobre el porvenir de España

En ellas, Unamuno y Ganivet se lanzan una serie de interrogantes que impactan en la clase política imperante (y en una España que ya está ante el «desastre del 98» ): ¿qué debe hacer España, mirar hacia Europa y europeizarse o mirar hacia África y enraizarse en el africanismo?, ¿qué impera en España: la insubordinación y la anarquía o la ramplonería y la insignificancia?, ¿qué es mejor, despaganizar a España y despegarla del pagano moralismo de Séneca o darle una pasada de espiritualismo que la devuelvan a su origen romano y árabe?... 

Naturalmente, el tomo Sobre el porvenir de España llegó a manos de Franco. Serrano Súñer me recordó que en aquella comida con Unamuno de 1936, Franco hizo hincapié en el famoso cuento que Ganivet también incluye en su Idearium y que a corto plazo se transformaría en una trágica profecía... El malogrado escritor granadino decía: 

 

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Siendo yo niño leí el relato horripilante de un suceso ocurrido en uno de estos países cercanos al Polo Norte sobre un hombre que viajaba en trineo con cinco hijos suyos. El malventurado viajero fue acometido por una manada de hambrientos lobos, que cada vez le aturdían más con sus aullidos y le estrechaban más de cerca hasta abalanzarse sobre los perros que tiraban del trineo; en tan desesperada situación tuvo una idea terrible: cogió a uno de sus hijos, el menor, y lo arrojó en medio de los lobos, y mientras éstos, furiosos, excitados, se disputaban la presa, él prosiguió velozmente su camino y pudo llegar a donde le dieron amparo y refugio. España debe hacer como aquel padre salvaje y amantísimo, que por algo es patria de Guzmán el Bueno, que dejó degollar a su hijo ante los muros de Tarifa. Algunas almas sentimentales dirán de fijo que el recurso es demasiado brutal, pero en presencia de la ruina espiritual de España, hay que ponerse una piedra en el sitio donde está el corazón y hay que arrojar, aunque sea, un millón de españoles a los lobos, si no queremos arrojarnos todos a los puercos. 

 

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Esta casi profecía de Ángel Ganivet se cumplió, desgraciadamente, entre 1936 y 1945. Según relataría años más tarde Franco Salgado-Araujo, primo hermano y ayudante secretario del general Franco, «desde ese momento Paco amplió su campo de relecturas hacia la política y los orígenes de la España más actual». 

Fue en 1976, ya muerto Franco, cuando la editorial Planeta publicó las memorias de su familiar con el título Mis conversaciones privadas con Franco. Un libro muy interesante en testimonios, pero limitado, ya que sólo abarca desde el 2 de octubre de 1954 hasta el 8 de enero de 1971. 

El primo de Franco había nacido también en El Ferrol, pero dos años antes que él, es decir, en 1890. Ingresó en la Academia de Infantería de Toledo en 1908. Ya con el grado de capitán se incorporó a la Legión a las órdenes inmediatas del entonces comandante Franco. Herido en varias ocasiones fue ascendido a comandante en 1922, pasando a ser su ayudante de campo. Colaboró íntimamente con su primo en todo; por ejemplo, le ayudó en la preparación del Alzamiento, acompañándole en el vuelo de Las Palmas a Tetuán el19 de julio de 1936. Luego fue nombrado jefe de la Secretaría del Caudillo y jefe de la Casa Militar del Generalísimo. 

El autor de este libro conoció a Francisco Franco Salgado­ Arauja, precisamente, en el año 1971, siendo subdirector de Pueblo en una visita que le hizo a Emilio Romero. Esa primera entrevista sirvió de prólogo para posteriores citas y charlas sobre el «Franco de Marruecos» y «el general más joven de Europa». Nadie como don Francisco conocía la vida y las costumbres de Franco desde sus tiempos comunes en Oviedo, y en aquellos años «africanistas», entre otras cosas, porque ambos eran puritanos hasta la médula y vivían por y para al ejército. Por él supe lo que Franco leía y hasta lo que escribía, porque ya, desde entonces, don Francisco se convirtió en su fiel secretario. 

En muy pocos libros como el de Franco Salgado Araujo se lee a Franco diciendo frases sin cortapisas, ni censuras obligadas. Curiosamente murió en Madrid el mismo año que Franco, su pariente, su compañero de armas y su gran amigo. 

 

Franco y «El divino impaciente»

 

Un autor muy admirado por el matrimonio Franco, según confesión propia en la entrevista que el lector habrá leído ya en páginas anteriores, era don Jacinto Benavente. Franco, durante sus dos años de permanencia en Madrid (1926-1928), se aficionó de tal manera al cine y al teatro que no se perdió casi ningún estreno. De ahí que no extrañe a nadie que luego en 1933 acudiera a tres representaciones sonadas. Primero en marzo, cuando va de paso para hacerse cargo de la Comandancia General de Baleares. Fue el día 8 cuando se estrenó en el «Beatriz» la obra de García Lorca Bodas de Sangre y Franco acudió a él junto a doña Carmen, su admirada y querida familia Rivas y los Serrano Súñer. Después se las arregla para acudir al estreno de El divino impaciente de José María Pemán (27 de septiembre), que fue un boom teatral, pero también un escándalo político. Y todavía vuelve a Madrid para el estreno de su admirado Valle-Inclán para presenciar el estreno (16 de noviembre) del esperpento más sonado: Divinas palabras, que dirigió, por cierto, Cipriano Rivas Cherif, el cuñado de Manuel Azaña. 

Una noche de 1935, cuando ya era Jefe del Estado Mayor Central, cenamos en mi casa: él, el general Mola (a quien tenía por entonces como asesor en la sombra en un despacho casi oculto del Ministerio) y yo. Naturalmente, hablamos de muchas cosas, especialmente de la marcha política del país. Yo era ya diputado por Zaragoza -me cuenta don Ramón Serrano Súñer­ pero, a los postres, se derivó la conversación al mundo del teatro, quizá porque hacía poco que se había estrenado la obra Yerma de Lorca, y «mi pariente» nos sorprendió con una defensa furibunda de El divino impaciente de Pemán. Según él era la obra del siglo y sin más, se puso a declamar los versos que se cruzan en París, San Ignacio y San Francisco Javier: 

 

Pero ¿quién te manda 

ser mi guardador, Ignacio? 

El dolor de tu alma ardiente, Javier.  

Me da pena verla arder 

sin que dé luz ni calor.  

Eres arroyo baldío que  

por la peña desierta 

va desatado y bravío...  

Mientras se despeña el río  

se está secando la huerta. 

 

Esta admiración literaria por Pemán se transformaría más tarde en simpatía política mutua, pues el escritor se adhirió desde el primer momento al Alzamiento y Franco siempre le tuvo entre sus protegidos intelectuales. 

José María Pemán nació en Cádiz en 1898 y triunfó como poeta, dramaturgo, articulista y orador. Como autor de teatro sus obras más conocidas son: Noche de Levante en calma, Cuando las Cortes de Cádiz, Cisneros, La santa Virreina, y, sobre todo, El divino impaciente. La obra a la que aquí se hace referencia se estrenó por todo lo alto, como un acto social y político. Pemán fue entre 1936 y 1939 presidente de la Comisión de Cultura y Educación, y después presidente de la Real Academia de la Lengua en dos períodos: años 39 y 40 y 44 a 47. Su simpatía con el régimen de Franco le valió para tener las puertas del Pardo abiertas. Según Carmen Franco Polo comentó al autor, «mi padre se bebía los artículos de Pemán en ABC y no solía perderse un estreno de sus obras teatrales». 

Pemán se hizo famoso como articulista gracias a las terceras páginas que escribía en el diario ABC y como guionista acaparó su éxito con el personaje «Séneca», que dio lugar a una de las series de televisión más vistas durante el mandato de Franco

Por la transcripción

Julio MERINO

 

[7] José Villalba Riquelme, ya como general, fue ministro de la Guerra. 

[8] Don Natalio Rivas Santiago nació en Granada en 1865 y murió en Madrid en 1958, casi centenario. Natalio Rivas fue un abogado importante de su época y muy joven se metió en política en el Partido Liberal y como tal llegó a ser teniente de alcalde del Ayuntamiento de Madrid, director general de Comercio, subsecretario de la Presidencia y, por último, ministro de Instrucción Pública (cargo que ocupó desde ell2 de diciembre de 1919 al5 de mayo de 1920). Pero, llegada la dictadura de Primo de Rivera se apartó de la política y se dedicó a la historia. Sus escritos y el gran archivo de biblioteca que consiguió reunir le valieron un sillón en la Real Academia de la Historia. Su casa llegó a ser como un ateneo del mundo intelectual de Madrid.