Fue una guerra de “sonetos” que trajo en jaque a todo el mundo literario de la época.

 

 

El día 23 se han cumplido 394 años de la muerte del gran Luis de Góngora y Argote, el poeta cordobés que junto al castellano Quevedo ocupan la cúspide de la poesía española de todos los tiempos. Lo curioso es que entre ellos surgió una guerra feroz desde que se conocieron en Madrid y que lucharon con el arma que mejor dominaban los dos: el soneto…. Y famosos se hicieron los sonetos que se escribieron entre ellos atacándose sin piedad.

Así fue aquella guerra

Las personalidades de ambos eran por naturaleza contradictorias y no fue anormal que en cuanto apareció Góngora, primero por Valladolid y luego por Madrid, chocaran y se maltrataran por todos los medios posibles. En aquel siglo de validos, intereses cortesanos e intrigas Quevedo y Góngora no sólo emplearon recursos literarios. A la agitada vida política de Quevedo, Góngora ofreció su discutida vida cortesana . La enemistad de los dos poetas llevó a situaciones pintorescas, como la de un Quevedo que compra la casa donde vivía el entonces arruinado Góngora  por el solo placer de arrojarlo a la calle. También tuvieron sus aliados poderosos en su particular lucha, Quevedo era protegido por el Conde- Duque, valido de Felipe IV, y el conde de  Villamediana protegía al cordobés. Eran dos “bandos” muy curiosos, a unos les gustaba la buena vida, los juegos, la bebida y las mujeres; por   contra, el Conde – Duque y Quevedo eran hombres religiosos, rectos y rígidos. En está situación los dos poetas se dedicaron sonetos que pasaron a la historia, fue al decir de Lope un “ pavoneo poético”, en el que ambos desplegaron su gran ingenio y ¿ por qué no decirlo? su mala leche. Aunque al final tanto uno como otro comparten el tono burlesco y la sátira personal. Era el cultismo y el conceptismo frente a frente.

 

 

Ataca Quevedo

El primero en lanzarse a la batalla poética fue el temible Francisco de Quevedo. De su pluma salió este soneto contra Góngora:”Este cíclope, no siciliano,/ del microcosmo sí, orbe postrero;/ esta antípoda faz, cuyo hemisferio/ zona divide en término italiano;/ este círculo vivo en todo plano;/ este que, siendo solamente cero,/ le multiplica y parte por entero/ todo buen abaquista veneciano;/ el minoculo sí, mas ciego vulto;/ el resquicio barbado de melenas;/ esta cima del vicio y del insulto;/ éste, en quien hoy los pedos son sirenas,/ éste es el culo, en Góngora y en culto,/ que un bujarrón le conociera apenas/”. Pero el cordobés reaccionó y contraatacó con este otro soneto:” Anacreonte español, no hay quien os tope./ Que no diga con mucha cortesía, / Que ya que vuestros pies son de elegía,/ Que vuestras suavidades son de arrope./ ¿ No imitareis al terenciano Lope,/ Que al de Belerofonte cada día./ Sobre zuecos de cómica poesía/ se calza espuelas, y le da un galope?/ Con cuidado especial vuestros antojos/ dicen que quieren traducir al griego,/ No habiéndolo mirado vuestros ojos./ Prestádselos un rato a mi ojo ciego,/ porque a luz saque ciertos versos flojos,/ y entenderéis cualquier gregüesco luego/”. Y el mundo literario madrileño estalló en aplausos y críticas. Unos a favor de Quevedo y otros a favor de Góngora. Y hasta tal punto llegó el interés por aquella “ guerra poética” que llegaron a hacerse apuestas y a esperar con ansias las respuestas del uno y el otro. Eran dos ingenios de aquel gran Siglo de Oro.

Góngora no se arredra

 

La gresca poética entre el castellano y el cordobés no se detuvo y rápidamente circuló por las tertulias literarias de la Corte el segundo soneto de Quevedo dedicado a Góngora. Decía así: “ Yo te untaré mis obras con tocino/ porque no me las muerdas, Gongorilla,/ Perro de los ingenios de Castilla,/ Docto en pullas, cual mozo de camino./ Apenas hombre, sacerdote indino,/ Que aprendiste sin christus la cartilla,/ Chocarrero de Córdoba y Sevilla,/ y en la Corte, bufón a lo divino./ ¿ Por qué censuras tú la lengua griega/ siendo sólo rabí de la judía,/ cosa que tu nariz aun no lo niega?/. No escribas versos más, por vida mía;/ Aunque aquesto de escribas se te pega,/ Por tener de sayón la rebeldía/”. Y está claro que eso de “ Gongorilla” no le gustó mucho al cordobés y menos el “ cachondeillo” que corrió por los círculos literarios. Por ello Góngora lanzó casi al día siguiente su nuevo soneto contra Quevedo. Fue este: “ Cierto poeta, en forma peregrina/ cuanto devota, se metió a romero,/ con quien pudiera bien todo barbero/ lavar la más llagada disciplina./ Era su benditísima esclavina,/ en cuanto suya, de un hermoso cuero,/ su báculo timón del más zorrero/ bajel, que desde el Faro de Cecina/ a Brindis, sin hacer agua, navega./ Este si landre claudicante Roque,/ de una venera justamente vano,/ que en oro engasta, santa insignia, aloque,/ a San Trago camina, donde llega:/ que tanto anda el cojo como el sano/”. Y no acabó aquí la cosa.

 

"Erase una nariz superlativa"

 
                 Pero, el agresivo Quevedo no se amilanó y le devolvió al cordobés un soneto de antología. Fue el que decía:  " Erase un hombre a una nariz pegado,/ érase una nariz superlativa,/ érase una alquitara medio viva,/ érase un peje espada mal barbado;/  era un reloj de sol mal encarado,/ érase un elefante boca arriba,/ érase una nariz sayón y   escriba,/ un Ovidio Nasón mal narigado./  Erase el espolón de una galera,/ érase una pirámide de Egipto,/ las doce tribus de narices era,/  érase un naricísimo infinito,/  frisón archinariz, caratulera,/  sabañón garrafal, morado y frito/".  Góngora se retorció de rabia y hasta quiso retar al "cojo" a un duelo personal. Y es que a esas alturas de su estancia en Madrid, la Villa y Corte de sus sinsabores, ya estaba hasta el gorro de "vivir a lo pobre" en medio de tanta riqueza. ¡El, que se lo gastaba todo en sus madrugadas de cartas y otras cosas. Tal vez en ese estado de ánimo es cuando escribe otro de sus grandes sonetos, el que habla de sus deseos de abandonarlo todo y volver a su Córdoba natal. Era este:"De la Merced, señores, despedido,/ pues lo ha querido así la suerte mía,/ de mis deudos iré a la Compañía/ no poco de mis deudas oprimido./ Si haber sido del Carmen culpa ha sido,/ sobra el que se me dio hábito un día:/ huélgome que es templada Andalucía,/ ya que vuelvo descalzo al patrio nido./ Mínimo, pues, si capellán indino/ del mayor rey, monarca al fin de cuanto/ pisa e sol ,lamen sendos océanos,/ la fuerza obedeciendo del destino,/ el cuadragesimal voto en tus manos,/ desengaño, haré, corrector santo./" Son años difíciles para el cordobés, a quien no le llegan nunca las pensiones solicitadas ante el propio Rey. "¡ Oh cuánto tarda lo que se desea¡ / Llegue; que no es pequeña la ventaja/ del comer tarde al acostarse ayuno./"   Y a quien
le pagaba los alimentos por meses le escribe: "Señor, pues sois mi remedio,/ y sabéis que me he comido/ medio mes que aún no he vivido/ enviadme el otro medio/".

 

Descaminado y enfermo

 

"Descaminado, enfermo, peregrino,/ en tenebrosa noche, con pie incierto/ la confusión pisando del desierto,/ voces en vano dio, pasos sin tino./ Repetido latir, si no vecino, / distinto, oyó de can siempre despierto,/ y en pastoral albergue mal cubierto,/ piedad halló, si no halló camino./ Salió el sol, y entre armiños escondida/ soñolienta beldad con dulce saña/ salteó al no bien sano pasajero./ Pagará el hospedaje con la vida;/ más le valiera errar en la montaña/ que morir de la suerte que yo muero.".  Eran ya los versos del hombre maduro, del genio, del cultismo. Góngora ya no se conforma con sus letrillas y sus romances de juventud, y su poesía se vuelve más difícil. En 1622, al enterarse que su protector y amigo, el conde de Villamediana se va a Nápoles con el duque de Alba, le escribe como despedida estos versos: "El conde mi señor se va a Nápoles/ con el gran duque. Príncipe, adiós;/ de acémilas de haya no me fío,/ fanales
sean sus ojos, o faroles./ Los más carirredondos girasoles / imitará siguiéndolos mi albedrío,/ y en vuestra ausencia, en el puchero mío/ será un torrezno la Alba entre las coles./ En sus brazos Parténope festiva,/ de aplausos coronados Castilnovo,/ en clarines de pólvora os reciba;/ de las orejas yo teniendo al lobo,/ incluso esperaré en cualquier misiva/ beneficio tan simple, que sea bobo./". Y es a partir de entonces cuando Góngora se siente solo en Madrid y ya sólo piensa en su regreso a Córdoba. Pero, aquí no acaba Góngora. Porque su vida tuvo tantos altibajos, personales y literarios, que habrá que volver a sus coplillas y romances de juventud.

 

(Recogido de la obra “Los grandes de Córdoba” de Julio MERINO)