El Peñón de Alhucemas y el de Vélez de la Gomera fueron ocupados durante el reinado de Felipe II. El objetivo principal fue acabar con dos nidos de piratas, turcos y berberiscos, desde los que asolaban las costas meridionales y levantinas de España.

Si ahora volvieran a algún reino bereber volverán a ser, no lo duden, excelentes plataformas para lanzar oleadas masivas de emigrantes, drogas y contrabando, contra nuestras costas.

No es difícil adivinar lo que ocurriría, viendo el actual descontrol que tenemos del Estrecho de Gibraltar, incapaces de controlar el paso en unos cientos de metros vallados. Sin que haya visos de cambio de voluntad política de ejercer el control, todo lo contrario.

 

El Estrecho de Gibraltar tiene cuatro islas, las tres islas de Chafarinas (Congreso, Isabel II y Rey Francisco) y Alborán, tres peñones (Alhucemas, Vélez de la Gomera y el de Gibraltar) y la roca de Perejil.

El enorme valor del Estrecho de Gibraltar nos lo da una diminuta roca de valor intrínseco insignificante: la isla de Perejil. Esta importancia está avalada por la historia:

  • Los portugueses la fortificaron.
  • El duque de Medina Sidonia reclamó su fortificación en el año 1580 y fue fortificada en 1610.
  • Se hicieron planes para artillarla en los años 1746 y 1762.
  • Se conocen planos muy detallados de la isla, de los años 1746 y 1771.
  • La guarnición de Ceuta la ocupó en 1808, para vigilar el paso de buques por el Estrecho.
  • Los EEUU se interesaron por ella, en el año 1835, para instalar una estación carbonera. Gran Bretaña inteligentemente lo impidió, porque no deseaba ver a otra potencia militar enfrente al Peñón de Gibraltar.
  • Los británicos trataron de ocuparla en 1848, pero se evitó mediante el envío de tropas del Regimiento Fijo de Ceuta. Que si lo hubiesen conseguido no la habrían soltado todavía.
  • Los alemanes establecieron un observatorio, durante la Segunda Guerra Mundial, para observa el Peñón de Gibraltar y observa el tráfico naval por el Estrecho.
  • Fuerzas marroquíes ocuparon, el 11 de julio de 2002, la isla por sorpresa. Consiguiendo que España abdicara de facto a ejercer su soberanía sobre ella, porque un presumido presidente de gobierno español presumía de firmar un acuerdo “por escrito” con Marruecos, por el que España renunciaba a izar su Bandera y a poner un pie sobre ella, todo sin compensación alguna.

 

Las relaciones con Gran Bretaña, un presunto aliado, y la ley del embudo.

Gran Bretaña ha conseguido mantener la posesión del Peñón de Gibraltar, a pesar de las resoluciones de la ONU. No sólo eso, sino que su seguridad está amparada por la OTAN y, por tanto, por España. Mientras que nuestros territorios norteafricanos, reconocidos como españoles por la ONU, no gozan de la misma protección. También la Unión Europea apoya de facto la existencia de la única colonia en su continente.

Gran Bretaña ha conseguido de la detentación de su colonia en territorio español un gran beneficio: estratégico, político, financiero (turismo, contrabando, juego y paraíso fiscal), inteligencia militar y ha fomentado la subversión en España apoyando selectivamente a los bandos españoles enfrentados. España todo lo contrario.

Es sintomático el descaro con que los británicos se han apoderado de la zona neutral, han expandido su territorio sobre las aguas territoriales de España, y el uso y abuso que hace de ellas y de la zona neutral. Hasta el colmo, de atreverse a lanzar bloques de cemento en aguas jurisdiccionales españolas, en la bahía, de Algeciras, ante la pasividad del gobierno español y “hasta que el infierno se congele” ¡Qué no sabrán de nuestros políticos y grandes empresarios! Para tanto descaro.

Igualmente, se puede decir de las zonas neutrales de Ceuta y Melilla, donde su gestión administrativa y control de seguridad debería ser, al menos, compartida, con lo que las sucesivas invasiones de inmigrantes ilegales serían contenidas. Todo esto, ante la pasividad y debilidad de los gobiernos españoles ¿Hay alguien al volante?

Es un contraste insultante el gran rendimiento que el Reino Unido ha sabido obtener de su ocupación del Peñón de Gibraltar, en todos los órdenes. España, en contraste, no ha sacado prácticamente ningún provecho de “su collar de perlas” en el Estrecho: islas Chafarinas – Melilla- isla de Alborán - Peñón de Alhucemas – Peñón de Vélez de la Gomera – Ceuta – isla de Perejil.

Si el Peñón de Alhucemas estuviera en poder del reino alauí de Marruecos, es fácil adivinar, que más antes que después, la estratégica Bahía de Alhucemas (recordar el desembarco anfibio aeronaval del mismo nombre en 1925) sería una formidable base naval, comercial y militar. Sería una gran base estratégica (¿aeronaval? En la boca oriental del Estrecha, además de la que ya tienen en la boca occidental. Con gran perjuicio para España, por supuesto ¿Son conscientes de tan peligrosa eventualidad nuestros políticos, gobernantes y estrategas?

 

No es este el lugar para realizar una valoración y recomendaciones sobre sus posibilidades de vigilancia y control Estrecho, su inmenso valor arqueológico, histórico, paisajístico, ecológico y turístico. Es esencial que los peñones españoles tengan población civil, como han tenido a lo largo de su historia, y en momentos más difíciles. También habría que mejorar las condiciones de defensa y vida de nuestros peñones africanos, además de revertir la sospechosa exhumación de sus cementerios.

 

Las nuevas parias.

La situación estratégica entre España y Marruecos va evolucionando, desde hace años, a favor de ésta. Tanto desde el punto de vista militar como en las relaciones internacionales. Seguramente hemos dejado atrás el estado de disuasión, para estar ya en la actitud de provocación por parte del reino alauí, ya muy cerca de la tentación irresistible.

Nuestro “amable” vecino del sur está actuando así porque se ve internacionalmente respaldado, especialmente por EEEUU y Francia, como lo estuvo con la crisis del Sahara y la Marcha Verde.

 

La actitud actual de Marruecos con España es de continuo chantaje, que recuerda muchísimo (solo ha cambiado la forma de pago) el tributo de las “parias” en los reinos hispánicos medievales. El que pagaba, el más débil, solo conseguía una paz precaria a corto plazo, a cambio de debilitarse cada vez más y envalentonar a su enemigo.

Abd Allah, rey de la taifa de Granada, narra magistralmente, en sus memorias, la frustración del pago de parias a Castilla. Alvar Yáñez, caudillo fronterizo del rey Alfonso VI, le envió al régulo granadino un mensaje: “para anunciarnos que iba invadir Guadix, y que no le apartaría de esta empresa más que la entrega de un rescate por la ciudad”.

Las tribulaciones de Abd Allah son de obligada lectura para gobernantes; “¿Qué fuerzas tengo para defenderme?,,. ¡Cuántos musulmanes van a ser hechos cautivos en esta ocasión! ¿Cuántas riquezas van a perderse, sin contribuir a aliviar el tributo que me comprometí a pagar?... ¿No será mejor rescatarlos de antemano, aunque sea a gran precio? Creo que debería hacerlo, antes de que vengan a asolar el país.

Tomé la decisión de contentar a Alvar Yáñez… y haciendo con él un pascto para que, después de recibir la suma, no se acercara a ninguno de mis estados. Aceptó y, una vez cobrada las sumas me dijo: <El desgraciado Abd Allah volvió a pagar, en oro, ante las constantes amenazas de agresiones por parte del reino de Castilla.

Winston Churchill lo resumió, en 1938, con claridad: “Os dieron a elegir entre el deshonor y la guerra… elegisteis el deshonor, y ahora tenéis la guerra”.

 

El gobierno de España y, por ende, el pueblo español, somo ahora paganos de un nuevo sistema de parias a un imperio bereber, como antes se pagaba en la Alta Edad Media. Solamente hemos cambiado el nombre, por uno más políticamente correcto, y la forma de pago.

El problema no es que haya que hacer cuantiosas inversiones financieras para compensar y equilibrar la balanza estratégica. El problema que será irresoluble es que se necesitará tiempo, no solo para adquirir armas y equipos, sino para formar cuadros de mando y para el adiestramiento. También apremia recomponer alianzas internaciones, más acordes con nuestros intereses nacionales. El tiempo no se puede comprar.