Hoy vamos a referirnos a un documento excepcional obtenido de la documentación del Archivo General de Indias y confeccionado por Braulio Vázquez Campos, a través del cual nos informan sobre las circunstancias que rodearon la muerte del Magallanes en el año de referencia.

A menudo -dice el autor- nos topamos con documentos dentro de otros documentos que son auténticos tesoros. Así sucede con uno de los más extraordinarios testimonios relacionados con el célebre viaje «a la Espeçería» (las Islas de las Especias, las Molucas) de Fernando de Magallanes: los autos promovidos por los Barbosa, su familia política, ante el Consejo de Indias, reclamando su herencia. Y es que Beatriz Barbosa, la viuda de Magallanes, y el único hijo legítimo de ambos, Rodrigo, habían fallecido antes del regreso de Elcano, en septiembre de 1522, con la nao Victoria. Este barco portaba quintales de clavo y también la mala nueva del fallecimiento del Capitán General de la Armada.

El pleito por el legado de Magallanes lo inició aquel mismo 1522 su suegro, Diego Barbosa, un exiliado portugués que había llegado a serTeniente de los Reales Alcázares y de las Atarazanas de Sevilla, así como «caballero veinticuatro» (esto es, regidor) de la ciudad. Diego moriría en octubre de 1524 sin haber visto satisfechas sus pretensiones, pues el litigio fue pasando de sala en sala de justicia durante siete años. El único hijo varón de Diego, volvió a intentar reactivar el pleito contra la Hacienda Real en 1540, si bien renunciando a sus más ambiciosas reclamaciones, fundadas en lo prometido por Carlos V en las capitulaciones otorgadas al organizar la expedición. Y para ello volvió a presentar todas las pruebas disponibles, incluida una copia del testamento de Magallanes, gracias a lo cual conocemos las últimas voluntades del gran explorador.

Precisamente la trascendencia del testamento ha eclipsado otros importantes documentos que componen los autos, y que ayudaron a comprender múltiples detalles de la vida de aquellas gentes. Así, la desesperante lentitud de la Justicia, cuyos procesos se alargaban, ya no años, sino décadas; y nos asomamos a las dudas que albergaban los del Consejo de Indias acerca del desempeño de Magallanes como Capitán General; comprobamos la imposibilidad que tenían las mujeres de actuar con independencia en los tribunales si no era con «liçencia, e otorgamiento, e plazer e consentimiento» de su marido.

Declaración del capitán Gonzalo Gómez de Espinosa con su rúbrica a Magallanes, más allá de su muerte, por varios de sus subordinados, caso del capitán a su vuelta a Castilla, después de 6 años de cautiverio en prisiones portuguesas de Asia, sobre cómo en la isla de Tidore se había preocupado de reservar la parte que le correspondía a su difunto Capitán General en el comercio de las especias, para que la gozaran Beatriz Barbosa y su hijo.

Magallanes contravino las órdenes reales

Destacamos un fragmento poco conocido: la declaración de un testigo del suceso. Para situarnos, aclaremos que, después de la dura travesía del Pacífico, y tras contactar con los naturales de lo que luego serían las Filipinas, Magallanes desarrolló una controvertida política que todavía hoy es objeto de debate para los historiadores. Contraviniendo las órdenes reales, que eran muy claras, se inmiscuyó en las enemistades de los reyezuelos locales, aliándose con unos, exigiendo el sometimiento de otros, y tomando partido en guerras que estorbaban el objetivo principal de la misión, que no era otro que llegar a las Molucas.

Asociado a Humabón, el rey de Cebú, y al cacique Zula, se enfrentó a Lapulapu, enemigo de los anteriores, y desembarcó con una escasa tropa de medio centenar de hombres en Mactán. Despreciando los consejos y la ayuda de sus aliados nativos, emprendió una escaramuza sin haber estudiado bien el terreno y subestimando las fuerzas enemigas. El resultado: una muerte estúpida, por innecesaria, como se infiere de la crónica del marinero Ginés de Mafra y de otros testimonios. El relato más difundido del combate es el de Antonio Pigafetta, que revistió de épica la caída del Capitán General, describiendo cómo, a pesar de haber sido alcanzado por flechas venenosas y varias estocadas, defendió la retirada de sus hombres heridos, hasta los bateles, logrando salvar a muchos de ellos.

Aquí volvemos al interrogatorio de otro testigo de la batalla. En 1529 había acudido en auxilio de los Barbosa para contestar a las preguntas de un escribano público y del alcalde ordinario de Sevilla: “… en la dicha çibdad de Seuilla, viernes quatro días del dicho mes de junio del dicho año de mill e quinientos e veynte e nueve años, paresçió el dicho Jaymes Barvosa […] e presentó por testigos en la dicha razón a Niculao de Nápoles, marinero vezino desta dicha çibdad en la collaçión de Onniun Sanctorun”.

Mataron a Magallanes en Mactán, a finales del mes de abril.

Tal y como está escrito, el nombre de nuestro marino lleva a equívoco: ciertamente su nombre de pila era «Nicolás», «Niculao», o más propiamente Νικόλαος (Nikólaos), pero no era de Nápoles, como incorrectamente interpretó el escribano, sino de Nauplia (en griego moderno, Ναύπλιο, Náfplio), en el golfo del mismo nombre. situado en la costa oriental del Peloponeso, en la Argólide (Grecia). A Nicolás, que por entonces tenía  cincuenta años, sólo le hicieron tres de las catorce preguntas del  interrogatorio: si había conocido a la familia Barbosa, a Fernando de Magallanes y a su hijo legítimo; si cuando partió a la Especiería ya había nacido este niño, llamado Rodrigo; y si sabía que al Capitán General lo habían matado en una isla llamada Mactán, en abril de 1521.

De sus respuestas se desprende la especial relación de cercanía que tenía el griego con Magallanes, al describir cómo tuvo en brazos al hijo de éste en numerosas ocasiones: «A la sesta pregunta del dicho ynterrogatorio, dixo que la sabe como en ella se contiene. Preguntado cómo la sabe, dixo que porque este testigo vido al dicho Rodrigo de Magallanes, hijo del dicho Hernando de Magallanes, naçido antes quel dicho Fernando de Magallanes su padre partiese a fazer el descobrimiento de la Espeçería, porque este testigo lo tovo en los braços muchas vezes, y que sería de la dicha hedad de los dichos seys meses poco más o menos, y porque este testigo fue por marinero en el Armada quel dicho Fernando de Magallanes fizo para la dicha Espeçería, que cree este testigo que hera en el año de quinientos e diez e ocho o quinientos e diez e nueve años».

Y cuando le preguntan que cómo sabe si Fernando de Magallanes murió en Mactán a 26 o 27 de abril de 1521, peleando con los hombres de aquella tierra, él simplemente contesta: «[…] porque este testigo estava a la sazón junto con él, a su lado, e lo vido matar de saetadas e de vna lançada que le dieron por la garganta, e questa es la verdad […]. E no lo firmó porque dixo que no sabía escrevir».

Coincide con Pigafetta en los flechazos, pero difiere de él en el último detalle, el de la lanzada: el cronista vicentino contaba que un isleño puso la punta de su lanza en la frente de Magallanes, pero que este lo repelió y, contraatacando, lo mató con la suya. Acto seguido, el Capitán General habría sido derribado, cuando un filipino le asestó un sablazo en la pierna izquierda, que lo hizo caer de cara al suelo, donde fue rematado.

Antes de prestar testimonio en Sevilla, Nicolás tuvo que completar una vuelta al mundo: al ser uno de los dieciocho europeos que a bordo de la Victoria arribaron a Sevilla el 8 de septiembre de 1522.