La política rusa de memoria histórica ha llevado, poco a poco, a la rehabilitación del comunismo soviético. Motivada por la creación de la idea de una Rusia fuerte, se ha rehabilitado el papel de la Unión Soviética como potencia mundial y vencedora del fascismo, dejando de lado todo el sufrimiento padecido por los pueblos que vivieron en el socialismo real, incluido el ruso. Esta memoria histórica ha evitado la desaparición de los miles de calles y plazas dedicadas a los gerifaltes soviéticos o las estatuas de Lenin, y posteriormente ha visto la colocación de estatuas y bustos de Stalin y la desaparición de las placas o monumentos a sus víctimas. Incluso se han erigido estatuas, temporales, al lacayo más siniestro de Stalin, Lavrenty Beria . Si Stalin fue un gran modernizado y estadista, el Holodomor fue culpa de una mala cosecha y el Ejército Rojo no cometió crímenes durante la Segunda Guerra Mundial, era cuestión de tiempo que se empezase a poner en duda los crímenes cometidos en el GULAG. Y ese tiempo ya ha llegado.

Desde el 1 de enero ha entrado en vigor una nueva ley rusa, aprobada por el presidente Vladimir Putin, que autoriza el uso de los presos como mano de obra y que establece la creación de dos tipos de campos de trabajo: colonias enteras donde los presos trabajarán para el estado o para empresas por contrato y “centros correccionales” especiales adjuntos a sitios comerciales. Como era previsible, la oposición a Putin ha criticado esta medida y ha comparado este sistema penitenciario con el GULAG. Esto, por supuesto, ha causado la lógica indignación de los partidarios del Kremlin, sin embargo, algunos medios no han tildado de exageradas estas afirmaciones, sino que han contraatacado señalando que el sistema GULAG ideado por Stalin no era como nos lo han contado.

Sirva como ejemplo el artículo de Viktoriya Nikiforova, de la agencia estatal de noticias Novosti, publicado en portales de noticias como ria.ru y newizv.ru. “La iniciativa del Sistema Penal Federal de utilizar la mano de obra de los ciudadanos encarcelados en obras de construcción ha provocado una previsible avalancha de odio por parte de la ‘sociedad democrática’. En su opinión, esto será un nuevo GULAG o incluso algo peor”. Para esta periodista, antes que creer a estos propagadores del odio, los rusos deberían informarse sobre las condiciones reales de dichos campos y no aceptar los mitos generalizados sobre los campos de Stalin difundidos por los rusófobos dentro y fuera de Rusia, sino considerar las condiciones reales de los campos en aquella época.

“El ‘Archipiélago (Gulag)’, a pesar de los mitos era amplio y variado. Había campos con condiciones horribles, pero también los había ‘modélicos’ teniendo en cuenta la época y el lugar. No hay que olvidar el nivel general de vida en la Rusia soviética después de la Guerra Civil. Para los intelectuales de la capital, para los antiguos comerciantes y para los kulaks, las condiciones del campo eran a menudo una pesadilla. Pero para el campesino pobre, para el lumpen urbano y para los niños sin hogar, gente que literalmente había pasado hambre toda su vida, el campo de trabajo ofrecía tres comidas al día, una vivienda cálida y algo de ayuda médica”. Es decir, la percepción negativa del campo sólo la tenían los “ricos”, los enemigos del pueblo que se veían obligados a vivir como aquellos a los que habían “oprimido".

“Se trataba de una vida más o menos normal en comparación con las circunstancias más difíciles que vivían los pobres en aquella época. Una parte importante era la actividad laboral”. Según la periodista, el trabajo esclavo al que eran sometidos los internos era en realidad una formación que les permitía ascender económicamente en el futuro. “El principal medio de socialización después del final de castigo fue la especialización de los trabajadores. Esto era un verdadero ‘camino en la vida’. Permitió al antiguo elemento criminal unirse a las filas de los ciudadanos respetuosos con la ley”. Sí, hubo excesos, pero, “el país tenía que preocuparse por sus ciudadanos”.

Estas declaraciones han causado indignación entre muchos rusos, sobre todo entre otros periodistas,  pero también son cada vez más aceptadas por amplias capas de la población que se han acostumbrado a la mitificación de la dictadura soviética. Si en los libros de texto se alaba a Stalin, es lógico considerar a sus oponentes como “enemigos del pueblo” y justificar la represión que sufrieron. Desde ahí, sólo es una cuestión de tiempo, y de la inauguración de más museos, estatuas y placas conmemorativas, para que Stalin y toda su cuadrilla de criminales sean elevados a los altares y los millones de muertos sólo sean una estadística en algún libro de historia. Las opiniones de Nikiforova van camino de convertirse en una verdad oficial.