En los textos del siglo XIII, el nombre válido que llevaba en la cabeza el hombre era capiello. La cofia, el capirote y el sombrero eran tocados que tenían una forma peculiar. Fuera de éstos, los únicos nombres que se referían a tocados eran sobretabardo y almuza; ésta última pudiera ser el gran cuello del que nació más tarde la muceta, y no un tocado.

En los tocados es fácil reconocer la cofia, nombre ya en uso en el siglo XII, para designar el gorro de tela, bajo el cual los hombres se recogían el pelo, antes de cubrirse la cabeza con el almófar.

La cofia la utilizaban hombres de todas las clases sociales. Por lo general, eran blancas y lisas, aunque se conocían también cofias bordadas y de tela transparente. En los enterramientos reales de Las Huelgas encontraron ejemplares forrados de pergamino y cofias con relleno de lana, entre la tela y el forro. Estos enterramientos pertenecieron a infantes de Castilla y eran muy ricos, algunos de seda con forro de lienzo; otros de lana labrada en oro y sedas, con forro de lienzo también.

El capiellos de los caballeros medievales eran muy típicos: tocados altos, casi cilíndricos. Todavía se conservan tres ejemplares del siglo XIII: uno del infante Felipe, que fue enterrado en Villasirga, y que hoy se halla en el Museo Arqueológico Nacional; otro de Fernando de la Cerda que está en el Museo de Las Huelgas; y un tercero, de Alfonso X, que está en la catedral de Sevilla. Su origen en el atuendo guerrero pone de manifiesto su utilización frecuente entre los nobles; lo llevaban los reyes, los infanzones y caballeros; también los músicos, caballeros y juglares. Los tres capiellos que se conservan tienen bordados, cintas de oro y pedrería, aljófar y corales. Ya en el siglo XIV utilizaban estos tocados, estrechos en la parte superior y de forma troncocónica.

Los tocados de forma redonda, con una vuelta, solían llevarse encima de una cofia; algunos forrados en piel, otros de telas de distinto color al de la capa. En las imágenes que se conservan del Concilio de Toledo, del año 1346, obispos y sufragáneos llevaban capellos redondos, de lana por fuera y, en ningún caso de seda, y de forro negro.

Los tocados de forma redonda y abollada, sin vuelta, como una boina, los utilizaban los clérigos, médicos y personas relacionadas con las órdenes militares. El rabito en el que termina la copa es similar al de las boinas actuales.

Los tocados en forma de capuchón, que eran muy prácticos como prenda de abrigo, fueron muy utilizados en el mundo occidental: lo llevaban los mercaderes, peregrinos, marineros, clérigos, trovadores, juglares, estudiantes, artesanos, el rey cuando viajaba, y gran variedad de personajes, sin condición específica. Y presentaban dos formas, según fueran abiertos por delante y abotonados, o bien completamente cerrados; la punta quedaba tiesa y hacia arriba o doblada hacia abajo. El modelo abierto podía abotonarse por detrás, dejando el cuello al descubierto. Sin embargo, el modelo cerrado se ponía metiendo la cabeza por la abertura para sacar la cara; de esta forma, la parte destinada a cubrir el cuello quedaba colgando sobre un hombro.

En el libro la Gran Conquista de Ultramar se describe un capirote de manga de dos paños muy preciados, uno de jamete, otro de Constantinopla.

En tiempos de Sancho IV lo conocían como sobretabardo; la única prenda que podía llevarse sobre el tabardo cubriendo cabeza y hombros era el capuchón. La moda de entonces consistía en hacer el capirote a juego con el tabardo, para que sirviese de complemento. En las miniaturas que se conservan de las Cortes de Valladolid, de 1351, se aprecian varias clases de tabardos, todos ellos con sus capirotes.

La almuza no fue un tocado en forma de capuchón. Según las cuentas del rey Sancho IV, de solo una vara de paño tinto se hicieron cuatro almuzas, ya que era una prenda que necesitaba menos tela que el capirote.

Igualmente, conocieron varios tipos de sombreros, al ser tocados para protegerse del sol: caminantes, peregrinos, viajeros, albañiles, labradores y segadores; al ser una prenda para hacer sombra, estaba dotada de ala. En varios textos medievales se explica que, los marineros, para ver más lejos, se desprendían de sus sombreros; y que una doncella se protege con un sombrero del calor de la hora sexta. La voz sombrero ya se conocía en el siglo XII en Castilla; en Aragón lo denominan capell de sol.

Como se cita en algunos fueros, el sombrero solía ser de palma; los más corrientes eran de copa redonda; seguramente capillo de la moda antigua, de oro y piedras preciosas, a imitación del llevado a Tierra Santa por el duque Godofredo, era un sombrero puntiagudo.