No todos los tiempos pasados fueron mejores. Muchos creen que lo que estamos viviendo con la pandemia es el peor momento que nos ha podido pasar. Pero la Historia es tozuda y nos lleva a otra realidad, a la del año 1647.

Ese año del siglo XVII, hasta 1652, se suceden plagas de langosta, sequías, grandes hambrunas y epidemias de peste, que traería un grave despoblamiento en España. Desde los primeros años de este siglo, Europa viviría grandes cambios. Los países del centro y del Mediterráneo sufren la peste, mientras que los países nórdicos, Inglaterra, Francia y Holanda se mantienen sin problemas, incluso con incrementos de población.

A finales del siglo XVI, la población española se sitúa en torno a los 8 millones de habitantes: 6 millones tenía Castilla, con una densidad de 16 habitantes por km2; la Corona de Aragón 400.000, Cataluña 500.000, Valencia 400.000 y las Baleares 135.000; Navarra alcanzaba 170.000 habitantes; 500.000 las tres provincias vascas y 50.000 Canarias.

A comienzos del siglo XVII una peste bubónica, que llegó de los países del norte de Europa, produce un 50% de muertes entre los afectados, y que trajo un navío de Castro Urdiales procedente de Flandes. Enseguida se extendió por la costa cantábrica y Galicia, pasa a la Meseta y Portugal, y llega hasta Andalucía, aunque con efectos más reducidos. En total fallecen casi medio millón de personas.

La expulsión de los morisco, en 1609, aunque no fuera una causa natural, colaboró al despoblamiento del país, ya que los expulsados se estimaron en 300.000, especialmente de Valencia y Aragón.  Y en 1630, la peste italiana se hace presente en Cataluña, procedente de Francia, y siete años después, Málaga se ve afectada por sus relaciones comerciales con el Levante peninsular, que infecta a la población.

Por otra parte, los frentes bélicos que mantiene abiertos España, dentro y fuera de la Península, afectan igualmente a la despoblación desde 1640. La creciente presión fiscal y las levas forzosas provocan una creciente emigración hacia América y hacia la vida religiosa, con la consiguiente disminución de matrimonios y por consiguiente de nacimientos.

En este escenario se presenta el año 1647, uno de los más virulentos brotes de peste del siglo. Se inicia en Valencia y llega a perder 16.000 de sus 60.000 habitantes. Para pasar después a Alicante y Murcia. Cuentan que muchos valencianos sólo se alimentaban en este desastroso momento de aguay uvas.

Después la epidemia se instala en Andalucía, donde se dieron tremendas situaciones de terror, en especial en las grandes ciudades. Una de las poblaciones más afectadas fue Sevilla, que perdió la mitad de sus 130.000 habitantes; población que no lograría recuperar hasta el siglo XIX; barrios como San Marcos, San Gil y Santa Lucía quedaron arrasados y convertidos sus casas en solares y huertas. Córdoba, Huelva y Cádiz también fueron muy afectadas

Aragón, Cataluña y Baleares sufren igualmente la epidemia y también las consecuencias de la guerra Todo lo contrario que la Meseta y el norte peninsular que, gracias a un severo control de las personas y objetos procedentes de las zonas afectadas, lograron quedar indemnes.

Los años 40 a 60 del siglo XVII constituyeron los peores momentos para todos los españoles, según se puede observar en los registros parroquiales. Aunque nuevas epidemias se harían presentes en lo que restaba de siglo, si bien de menores efectos mortales para la población. Pero, entre 1676 y 1682, vuelve la devastación a las mismas poblaciones, en especial a las andaluzas orientales y, para desgracia de aquellos, aparecen de nuevo las malas cosechas. Gracias a la experiencia adquirida en el control de las epidemias anteriores, sus efectos mortales fueron sensiblemente menores.

Otros episodios aislados tuvieron lugar en Cataluña entre 1693 y 1695, a consecuencia de la peste que azotaba en ese momento a Francia, si bien los fallecidos fueron mayores a causa del hambre, y menos por la enfermedad. Algo parecido ocurrió en Burgos en 1684, cuando las calles de la capital se llenaron de campesinos hambrientos, a causa de la cosecha perdida.

Estas epidemias, como las sufridas durante el Antiguo Régimen,  produjeron muchas muertes en la población por la acumulación de diversos factores negativos: las cíclicas sequías provocaron pérdidas enormes en las cosechas y, en su consecuencia, la aparición de enormes hambrunas; faltan alimentos de primera necesidad y los pocos disponibles son de muy elevado precio, al estar monopolizados por comerciantes sin escrúpulos; y  la enorme debilidad de la población, que es presa de enfermedades infecciosas y víctima fácil de cualquier epidemia.