He venido hablando estos días del “Franco Intelectual” y de sus amplísimas lecturas, e incluso de los artículos que publicó en las revistas militares, hoy no hay más remedio que hablar de la obra más simbólica del estilo y del carácter de Franco que fue sin duda el “Diario de una bandera”, pues en sus páginas pueden comprobarse muchas cosas. En primer lugar, que Franco sabe escribir y que escribe muy bien, al mejor estilo de los clásicos castellanos y latinos ( el “Diario”  puede compararse perfectamente con la “Guerra de las Galias” de Julio Cesar). En segundo lugar Franco demuestra en el “Diario” que a la hora de narrar una situación y exponer un problema es escueto, frio y exacto. Franco no se anda por las ramas cuando tiene que describir el miedo, la ansiedad, el esfuerzo sobre humano, la cobardía, el heroísmo o la muerte. En cada momento aquel joven comandante utiliza las palabras justas y ni una más… y además, lo hace de manera que interesa al lector.

El Diario de una bandera causó impacto entre los militares que sí sabían lo que era y lo que estaba siendo la guerra de Marruecos. En 1922 el desastre de Annual está todavía en la memoria de todos y nada está decidido. El relato de Franco pone los pelos de punta a la cúspide del ejército y al pueblo español, que ya estaba hasta el gorro de aquella guerra.

La obra consta de dos partes, la primera que sitúa en el territorio de Tetuán y la segunda que escribe desde el territorio de Melilla. En total el libro consta de 29 relatos o comentarios (8 en la primera parte y los 21 restantes en la segunda).

El prólogo de esta obra lo realizó el teniente coronel Millán Astray. El encuentro entre estos dos militares se produjo en 1918, durante unos ejercicios celebrados en la Escuela Central de Tiro de Infantería, en Valdemoro (Madrid), curso reservado exclusivamente a los jefes del ejército. El nuevo amigo de Franco era un militar vocacional que se hizo famoso por su valor temerario y su entrega personal. El entonces comandante José Millán Astray había fundado el Tercio Español para Extranjeros, más conocido como la Legión. La relación entre Franco y Millán Astray queda recogida perfectamente en el prólogo del teniente coronel, en la obra Diario de una bandera:

 

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Prólogo de Millán-Astray

A los muertos por España en las filas del Tercio de Extranjeros.

Al Comandante Franco le vi por vez primera en Valdemoro, habíamos ido allí a un curso de tiro; me nombraron entre todos los compañeros encargado de hacer la Memoria y busqué, entre los que allí había, quiénes me habían de ayudar en tan ardua labor, y entre ellos y por natural impulso, por simpatía personal tan sólo, invité, entre otros, a Franco, de aquí nace nuestra amistad y el alto concepto que tengo de este Jefe. Cuando hube de organizar la Legión, pensé cómo habían de ser mis legionarios, y habían de ser lo que hoy son; después pensé quiénes serían los Jefes que me ayudasen en esta empresa y designé a Franco el primero, le telegrafié ofreciéndole el puesto de lugarteniente, aceptó en seguida y henos aquí trabajando para crear la Legión; los Oficiales los elegí en la misma forma y así llegaron Arredondo, el primer Capitán, Olavide, el primer Teniente y todos los demás. Entonces Franco tneia 27 años de edad, yo 40. Él era bastante moderno en su empleo y yo bastante antiguo.

 

El Comandante Franco es conocido de España y del mundo entero por sus propios méritos y las características que ha de reunir todo buen militar, que son: valor, inteligencia, espíritu militar, entusiasmo, amor al trabajo, espíritu de sacrificio y vida virtuosa, las reúne por completo el Comandante Franco. Pasad a leer su libro y aunque él con sentida modestia no se nombra a sí mismo, ni hace del libro coro de interesadas alabanzas de sus compañeros, de la lectura iréis obteniendo quién es Franco y quiénes son los legionarios y los Oficiales de la Legión.

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Era reglamentario en aquellos cursos que los alumnos elevasen sendas memorias en las que dieran cuenta de las enseñanzas que habían adquirido y de sus observaciones personales. Pero la realidad era que, por motivos fáciles de suponer, en lugar de hacer cada uno su memoria, se elegía a uno o a varios, para que ellos se encargaran de recopilarlas en una sola. Fuimos elegidos Franco, yo y otros dos. A mí me correspondió la dirección por ser el más antiguo. En lugar de una simple memoria como se había hecho hasta entonces, la nuestra se convirtió en un libro que fue editado por la Escuela de Tiro, del que, sin ruin adulación... diré que tuvo un gran éxito, debido principalmente a Franco, manifestándose de una manera clara su inteligencia, su enorme capacidad de trabajo, su gran cultura técnica, a pesar de sus pocos años, y sus variadas aptitudes, entre otras que irán apareciendo, una que hasta ahora me parece que está inédita, y es que Franco lleva también dentro de sí un gran ingeniero, proyectista en sus variados aspectos, y dentro de esta facultad se destaca la de ingeniero arquitecto urbanizador, o sea, constructor de ciudades.

 

El Teniente Coronel Primer Jefe de la Legión Extranjera,

JOSÉ MILLÁN-ASTRAY

Prólogo de Manuel Aznar

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Posteriormente, en 1976 se reeditó la obra (Editorial Doncel) con otro prólogo. Esta vez por parte de don Manuel Aznar, uno de los más grandes periodistas del siglo XX y luego gran embajador de España. Las palabras de Aznar, que fueron redactadas en julio de 1956 (veinte años antes), resumen lo escrito por Franco a la perfección:

 

ESTE libro -DIARIO DE UNA BANDERA-, publicado en su primera edición el año 1922, no responde a ningún esquema literario. Su autor, el Comandante de Infantería don Francisco Franco Bahamonde, declara sin rodeos, que se ha limitado a recoger «el conciso y verídico relato del historial de una BANDERA»; y añade: «a la que el destino brindó el honor de derramar repetidamente su sangre por España». En estas palabras, que tampoco obedecen a estímulos literarios, reside el secreto de las páginas que el Comandante Franco escribió hace treinta y cuatro años. Se trata, en efecto, de un breve historial que, sin afectación ni aspavientos, encierra dentro de sí toda una interpretación del honor español. Pero no sólo del honor, sino de su eficaz aplicación al servicio de España. Importa sobremanera la honra, pero bien está que nos esforcemos en acompañarla con los laureles del triunfo.

A las dos soluciones decisivas que se planteó Méndez Núñez -barcos sin honra y honra sin barcos-, vale la pena de añadir una tercera que consiste en guardar o conquistar honra y barcos a un mismo tiempo.

Un corresponsal -Tomás Borrás- escribía desde Marruecos, el año 1921: «España tiene hambre de acierto.» La oficialidad que en el Ejército de África se iba creando representaba precisamente eso: un fervoroso propósito de unir inseparablemente los ideales del honor con las fecundas retribuciones del acierto. Clamaban por la obra bien hecha que asegura la victoria. Entre aquella juvenil y brillantísima generación de jefes y oficiales comenzaba a elevarse la personalidad del Comandante Franco, que había sido teniente y capitán en las tropas indígenas, y después fue comandante de la Primera Bandera de la Legión.

En el DIARIO DE UNA BANDERA la narración es muy escueta. Tanto, que a veces parece fría. Por ejemplo: durante el primer combate de Taxuda (10 de octubre de 1921) cae muerto el ayudante de Franco. El DIARIO registrará el hecho del modo siguiente: «En estos momentos cae con la cabeza atravesada mi fiel ayudante. El plomo enemigo le ha herido mortalmente. Desde la guerrilla, dos soldados conducen su cuerpo inanimado. Con dolor veo separarse de mi lado para siempre al fiel y querido Barón de Misena.» Y ésta es una de las contadas ocasiones en que al autor se extravasa y desborda un poco la pluma, porque, de ordinario, sus comentarios a la muerte circunvagante son mucho más lacónicos. Véase: «el capitán Cobos, de la Legión, cae herido muy grave.» «No es nada -nos dice- “Un balazo en el vientre. ¡Pobre as de las ametralladoras! La herida le había de causar la muerte.» O bien: «De las peñas bajan a un oficial muerto; es el teniente Rodrigo, de la quinta Compañía. El enemigo está muy cerca.»

En otra página leemos: «El teniente Urzáiz, herido en el vientre, pasa cantando en una camilla.»

«El capitán Franco (se trata del actual Teniente General Franco Salgado), de la primera Compañía, es herido también en el avance.»

El Comandante Franco era así: resuelto y ardoroso, pero a la vez reflexivo, guarnecido de las mejores cautelas y poco dado a la efusión.

Alguna vez, sin embargo, la emoción puede más que su voluntad. Se le encrespa la sensibilidad dentro del ánimo y a punto está de acabar en lágrimas. ¡Pero ya no había lágrimas! Fue cuando murió Fontanes, el bravísimo Fontanes, comandante de la Segunda Bandera.

El comandante Fontanes

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“La noche es triste en Ambar -dicen las notas de esta jornada-. El comandante Fontanes está herido muy grave. Todos saben lo que significa una herida de vientre con el hospital tan lejos. El doctor Pagés es toda la preocupación del herido. El podría salvarle. En la Legión se siente admiración por este notable cirujano que ha librado a tantos legionarios de una segura muerte. Por eso piensa en Pagés el bravo comandante de la Segunda Bandera.»

“En la madrugada del 20 muere en la posición el heroico comandante. La Legión está de luto. Ha perdido uno de sus mejores jefes. Los soldados están tristes. Sus ojos no lloran porque en sus cuencas ya no quedan lágrimas. ¡Han visto caer a tantos oficiales y camaradas!»

La muerte de Fontanes había de conmover forzosa y muy especialmente al comandante de la primera Bandera. ¿Por qué, si a diario iban cayendo otros muchos, sin que Franco perdiera ni una brizna de la impavidez y del exterior sosiego que ya le iban haciendo famoso?... Sí; bien; pero Fontanes no era un muerto más, no era un héroe más, cuyos gloriosos despojos cubriría la greda marroquí, sino uno de los elegidos, es decir, uno de los que habían entendido cabal y profundamente el sentido histórico de todo aquello que estaba aconteciendo al otro lado del Estrecho de Gibraltar. Como lo entendía -lo recuerdo a título de admirable ejemplo- otro gran soldado que se llamó José Valdés, el de Malalíen, el que cayó en la retirada de Xauen. También para Valdés hubiera tenido el Comandante Franco duelos irreprimibles.

Pero tras las brevísimas ráfagas de emoción, de humor o de apretada ira que, por excepción, interrumpen los relatos del DIARIO, vuelve éste a su sequedad militar. En una de las páginas escribe el autor:

 

«En la guerra hay que sacrificar el corazón.»

 

¡Sacrificar el corazón! En tal ejercicio, casi ascético, se forjará el temple de Franco. Al corazón le ordenará «silencio» durante los largos días y las interminables noches de Uad Lau, en lucha permanente con el tedio y con la melancolía, que son los peores enemigos del soldado. «Silencio» le impondrá, igualmente, ante los espectros de los españoles cruelmente martirizados en Nador, en Zeluán y en Monte Arruit... «Silencio»... le mandará cuando llega, con su Bandera, al poblado de Abbada, y ve allí, «junto a una pared, los restos de unos cadáveres, y, sobre ellos, en el blanqueado muro, los impactos de los disparos salpicados de sangre». El joven comandante anota en su DIARIO:

«Una ola de indignaci6n pasa por nosotros. ¡Que hagan alto los legionarios y no entren en el poblado! ¡No vean tanta infamia y estropeen la política!»

Dura disciplina la del sacrificio del corazón, pero el Comandante Franco gana esa batalla sobre sí mismo.

Desfilan en los diarios apuntes los combates de Las cercanías de Melilla, los de Sebt, Atlaten, Taxuda, Ras-Medua, Tuguntz, Tikermin, Dríus y otros más; toda aquella campaña inolvidable. El comandante de la Primera Bandera apenas habla de sí mismo. No redacta el DIARIO para alabarse diciendo maravillas de su mando, sino para mostrar, con inmarcesible ejemplo, cómo han de ser las fuerzas espirituales que salvarán a España.

Un día -aún me parece estarlo viendo- sucedió que «el coeficiente moral» de algunas tropas peninsulares «fue sobrepasado»...

El lector y yo haremos un pequeño alto en esta frase.

Recuerdo que, durante la primera guerra mundial, el Alto Mando alemán, obligado a declarar una importante retirada de sus Ejércitos (más de cien kilómetros de profundidad sobre un frente de cuatrocientos), compuso esta evasiva literaria para el comunicado oficial:

«Nuestras tropas han llevado a cabo un movimiento elástico hacia la retaguardia.»

El subterfugio no carecía de elegancia; y, en fin de cuentas, todo el mundo entendió lo que Ludendorff quería decir.

La fórmula de caballeroso disimulo que emplea nuestro comandante legionario para darnos a entender algunas cosas que ocurrieron en Taxuda es más delicada y más sutil.

 

 

El Gurugú

 

El 1O de octubre de 1921, «glorioso en la historia de la Legión», salieron de Melilla varias columnas para ocupar las crestas del monte Gurugú. Pero antes, «la columna Sanjurjo, saliendo de Segangan, debía cortar al enemigo el paso de Taxuda».

«En la oscuridad de la noche, y en el mayor silencio, se concentra la columna en las huertas de Segangan, y media hora más tarde la vanguardia se reunía delante del blocao de Atlaten.»

«LO ESTRECHO del camino y la oscuridad de la noche retrasan un poco la llegada de las baterías. Ya el sol lucía cuando, establecidas éstas, el coronel Castro nos ordena el avance. El general Sanjurjo, con su típico pijama a rayas, presencia a caballo el desfile de las fuerzas.»

«La Legión avanza en doble columna. Las Banderas marchan inmediatas. Sus vanguardias han desplegado, y muy alto se siente el maullido de las primeras balas.»

Se entabla el combate que, en el transcurso de la mañana, irá endureciéndose. Hay «numeroso enemigo en el frente y en el flanco izquierdo, al que no puede batir nuestra artillería porque se oculta tras las esponjas rocosas».

«Los jarqueños hostilizan como nunca. Se suceden las bajas. Tenemos delante al grueso de la jarka, y el terreno no es de los más apropiados para el combate.»

En medio de aquella sangrienta lucha se recibe la noticia de que el Gurugú ha sido ocupado. El Alto Comisario aprueba que no se avance más «y se mantengan las posiciones ocupadas» hasta que el monte quede bien defendido. Pero las bajas se multiplican.

«Al pie del cortado de la izquierda, y a cubierto de los fuegos enemigos, un Capellán auxilia a los heridos. A su lado se detienen breves momentos las camillas, y se agrupan los guerreros ensangrentados que reciben la absolución, mientras los camilleros legionarios, rígidos y descubiertos, contemplan el emocionante cuadro.»

De pronto, la jarka hostil inicia un movimiento envolvente sobre el flanco izquierdo. Aprovechando unas barrancadas que permiten a las guerrillas de tiradores moros filtrarse sin ser vistas, tratan de provocar una grave sorpresa. Confían en desconcertar a unas tropas que llevan muchas horas de asperísimo combate. Sí se logra producir una flexión brusca del ala izquierda, se correrán los atacantes hacia la retaguardia española, y acaso lleguen a forzar el desplome completo de nuestra línea. Esto podría engendrar consecuencias desastrosas para toda la columna mandada por Sanjurjo. Es jefe de la vanguardia el coronel Castro Girona. En esa vanguardia está, como cifra de las mejores esperanzas, el Comandante Franco Bahamonde.

«Unos jarqueños -dice el DIARIO- que se han corrido por la izquierda disparan varios tiros desde retaguardia. Dos soldados son heridos en los sostenes. Esto produce cierta confusión entre las reservas. Al mismo tiempo, el enemigo, concentrado en las barrancadas del frente, efectúa una enérgica reacción sobre nuestras posiciones. Las compañías de la izquierda ven aparecer, de pronto, a pocos metros, las cabezas enemigas. Con gran arrojo nos atacan por todos lados. El coeficiente moral de las tropas peninsulares es sobrepasado, y el frente de la izquierda vacila en algunos puntos.»

La pluma del comandante añade:

«Los momentos son de gran emoción. En los puntos amenazados volcamos nuestros hombres y nuestro espíritu: Los sostenes de las unidades de legionarios acuden al lugar en peligro y acometen al enemigo. Los acemileros de nuestras compañías de ametralladoras y del tren de combate, abandonando sus mulos, se suman a la reacción, y el ataque es rechazado en todo el frente.»

Así durante todo el día, hasta que pasadas las horas del anochecer regresa la Bandera al campamento.

«Nuestras bajas -es decir, las legionarias- han sido veinticinco muertos y noventa y un heridos»

Por aquellos inolvidables andurriales de Taxuda y de Atlaten anduvo durante el combate uno de los corresponsales que yo había designado para que acompañaran al Ejército e informaran al país.

Hallábase éste sistemáticamente sometido a las destructoras campañas en que se agitaban incansablemente la cobardía y la traición. Aquel corresponsal escribió sobre la lucha de Taxuda:

«El peligro era de una intensidad tal, que no se me alcanza el modo de expresarlo. Sanjurjo y Castro Girona, que comprendieron lo que ocurría, seguidos de todos los oficiales del Cuartel General, se echaron al encuentro de nuestros soldados, y en unos segundos de energía conseguían hacer reaccionar a nuestras fuerzas.

 

 

¡Arriba mis valientes¡

 

«¡A la bayoneta! ¡Arriba mis valientes! ¡Viva España! El Comandante Franco enronquecía a la cabeza de sus bravos. La lucha fue cuerpo a cuerpo. La cresta, ocupada por el enemigo, era tomada otra vez, y de pie en ella Franco y sus tropas se coronaban de gloria.»

Aquella noche recibí del aludido corresponsal una nota personal en que me explicaba: «Lo de Franco en Taxuda ha sido maravilloso. El ha salvado la situación. Cuando pasó el peligro sonreía nuevamente entre sus legionarios; pero con una sonrisa que casi me daba miedo, porque expresaba una serenidad imperturbable, pero, al propio tiempo, una cólera fría. Era una mezcla de tranquila seguridad en sí mismo y de la más violenta voluntad de vencer. No sé si acierto a explicarme bien.»

Tomás Borrás comentaba por su parte: «Castro Girona y Franco son los dos grandes capitanes del momento.»

HACE POCOS meses volví a peregrinar por tierras de Marruecos.

Interesante y conmovedora experiencia la de contemplar de nuevo, con ojos un poco cansados ya, pero acaso más finos, los paisajes en que se apasionó nuestra juventud. La belleza y la ternura de entonces, la secreta llamada que escuchábamos, ¿fueron alegres inventos de nuestra propia vitalidad y ahora hallaremos trocado el gozo en pesadumbre, el júbilo en melancolía? Todo aquello que veíamos, ¿fue objetivamente cierto o estaba tejido con imaginaciones y con ensueños de nuestra radiante mocedad?

Al cabo de los años -repito- volví a mis peregrinaciones y leo de nuevo este DIARIO.

Allí -me han ido diciendo mis recuerdos-, en la inmediata umbría, en la hondonada de este valle, sobre las piedras de la verde loma, en las revueltas del camino frontero que se pierde entre matojos y carrascos, se encendieron luces de gloria para una de las mejores generaciones de capitanes que ha conocido España. ¡Quizá la mejor!

Y yo me preguntaba: «¿Cómo fue aquello? ¿Cómo pudo ser?»

Estoy reviviendo, al través del recuerdo, años de pasión marroquí.

¡Qué luchar el de nuestro Ejército! ¡Y qué padecer!

Desde Madrid, y desde todas las ciudades españolas, llegaban hasta los blocaos de vanguardia y hasta los campamentos de la retaguardia unas voces que decían:

«¿No será excesivo, y aún pueril o inútil, vuestro sacrificio? ¿Acaso no existen fórmulas de arreglo y de compromiso que os evitarían más sufrimientos y os ahorrarían mayores duelos? ¿Por qué no habéis de ensayar suavidades y lícitas componendas? La guerra es dura, cruel. No sabemos cuándo terminará, ni si España verá el fin de los combates. Vosotros habéis cumplido con vuestro deber. ¡Cautela, cautela, muchachos! No os exaltéis. ¿Patriotismo? Sí; pero con medida y cálculo. Sed, ante todo, prudentes.»

Así hablaban los acomodaticios.

Los energúmenos clamoreaban, también desde todas las ciudades de España:

«Sois carne de cañón. Los negociantes de la guerra os mandan al pudridero de Marruecos. Vuestra carroña, inútilmente heroica, servirá para defender las minas de los millonarios. Moriréis para enriquecer a los codiciosos. Y por añadidura concitaréis sobre vosotros y sobre España entera el odio de un pueblo bravío que los propios beneficiarios de vuestro sacrificio están armando clandestinamente para que así dure y perdure la guerra. Los dividendos de algunas sociedades anónimas se pagarán con sangre de soldados españoles.»

A este segundo coro se unían no pocos orfeones extranjeros. Y con ello volvían los acomodaticios a la carga:

«¿No veis? Desde fuera os advierten sabiamente. En París y en Londres saben mucho de estas cosas; cuando ellos nos previenen, por algo será.»

Es casi fabuloso que el Ejército de África no sucumbiera ni ante el blando tono de los capituladores, ni ante el estrépito de los vociferantes. Es casi milagroso que al toque de silencio de cada noche en los campamentos, la meditación de nuestros capitanes, su examen de conciencia, les mantuvieran firmes e inflexibles frente a tanta indignidad disfrazada de buen sentido.

Es evidente que el hecho de pertenecer a los cuadros de mando de un Ejército con rango histórico aguza y afila el sentido del deber, porque sólo así se entiende que nuestros jefes y oficiales de Africa conocieran con tan rigurosa y permanente exactitud cuál había de ser su conducta en el servicio de la Patria. No podían engañarse sobre el porvenir de la acción de España en Marruecos. Aquélla no era tierra nuestra; mandaban allí los españoles en nombre de una ajena soberanía; combatían y morían para que, andando el tiempo, pudiera el Sultán de Rabat complacerse en el ejercicio pleno e indiscutido de su autoridad. Eramos los hidalgos protectores de la minoría de edad política de un pueblo. Nuestra presencia armada entre los marroquíes estaba tocada de irremediable provisionalidad, por la índole misma del mandato internacional que cumplíamos... Pero, al mismo tiempo, allá se rescataba España de pasados errores europeos y americanos; allá había de reanimarse la inextinguible llama del espíritu español, y se nos ofrecía una decisiva bifurcación de caminos para que eligiéramos el que habría de llevar a nuestro pueblo a la salvación de su histórico ser y de su destino. Conscientes de que ésta era su más alta misión en Marruecos -aunque tampoco les parecía desdeñable, ciertamente, la que nos hacía responsables del futuro marroquí- nuestros jefes y oficiales acendraban su decisión de combate y su capacidad de sacrificio.

Vivían -y esto lo recordamos bien quienes tanto les acompañamos- en una especie de españolísimo «no vivir en mí», sino como entregados a otra vida más noble, que consistía frecuentemente en «morir de pie», como dice el francés Lacretelle que mueren los españoles.

Apenas había reposo para aquella generación heroica. En cada una de las tareas militares se acrecentaba el riesgo, y todas ellas eran como cilicios. Por senderos polvorientos o por veredas retorcidas y pedregosas iba la breve columna de soldados amparando un convoy, encaminándose al relevo de una pequeña guarnición, o explorando vaguadas sombrías y montes difíciles. Ardía el cielo con un sol implacable y quemaban la piel las ráfagas del viento que venía desde los lejanos arenales del sur. Parecía mortal el silencio del paisaje; pero más mortal podía ser un silbido, o un «maullido» -dirá el Comandante de la Primera Bandera- que rasgaba la soledad. Era una bala salida de aquel peñasco en que se quebraba la línea del horizonte. Todo estaba como al acecho, listo para saltar sobre la columna abrasada de sed. Delante de los soldados, erguido como un alfil, marchaba el oficial, con su pistolilla al cinto, con su gorra colorada o su gorrillo cuartelero. Iba cubierto de polvo y vibrante de ensueños. ¿Su paga? Magra y estudiantil. ¿Su juego con la vida? Consistía en ponerlo todo al pleno de la muerte; de una muerte que podía aparecer súbitamente en la llanura incandescente o en el aduar de la colina. ¡Cuántas veces, al caer la tarde, cuatro camilleros devolverían a la posición principal el cadáver de un doncel iluminado de heroísmo; carne primaveral, fuerte y gozosa hacía unas horas, que, al morir, nos legaba un espíritu inmortal, vencedor de la muerte!

Y así un día, y otro, y cien más, y mil de añadidura. Sin descanso apenas; sin término a la vista; sin plazo ni cancelación. Polvo, sudor y hierro, como de las campañas del Cid se ha dicho en verso español. De las que también se ha escrito, en verso francés, que estaban tejidas de honor y de madrigales; porque «bravura y cortesía andan juntas cuando son auténticas», y no hay maneras más delicadas en la historia de las humanas distinciones que las que fueron codificadas entre cotas, escudos y guanteletes.

 

Honor y deber

 

Bravura y cortesía son hijas del honor, y el honor es para los capitanes de nuestra estirpe la luz que muestra los caminos del deber. He aquí la clave y el lema: por el honor, al deber.

Distinguen algunos autores entre honor y honra diciendo que el primero es una cualidad que impulsa al hombre a conducirse con arreglo a las más elevadas normas morales, y que la segunda se refiere a la estima y respeto debidos a nuestra propia dignidad. Tal distinción me parece sobremanera alambicada y artificiosa; pero aun cuando la admitiéramos como rigurosamente verdadera, habríamos de concluir que tanto el honor como la honra son cualidades constantes de la personalidad española, al punto que con escuchar o leer cualquiera de las dos palabras entendemos al punto y de una vez lo que las dos significan.

El culto del honor y el mantenimiento de la honra, jamás desmentidos en el Ejército español, llevaban a éste como de la mano a descubrir en Marruecos, sin error posible, los deberes más delicados y difíciles. Por el honor, al deber. Gran consigna de vida, a diario acrisolada por aquellos oficiales, que iban solos, delante de su convoy trajinante o de su columna de soldados, por las llanuras polvorientas y por los senderos pedregosos, bajo un sol de fuego y entre silbidos de balas.

«Quand mon honneur y va, rien m'est précieux» -dice el Cid de Corneille. Podríamos traducir libremente estas palabras diciendo: «Cuando mi honor está en juego, ¿qué me importa lo demás?»

Se ha dicho de los españoles que «ponemos el honor por encima del deber». Acaso sea exacta esta atribución, pero entiendo que no sucede así por vana preferencia o por retórica vanagloria, sino que en la historia de nuestro Pueblo y de nuestro Ejército, el honor aparece sobre el deber como la luz sobre el cuadro, para iluminarlo de modo que mejor muestre su belleza.

En esto de subrayar realidades de España es útil, muchas veces, repasar textos extranjeros; y así, creo que fue Stendhal quien dijo que «el pueblo español ignora toda una serie de pequeñas verdades, pero conoce profundamente las grandes, y tiene carácter e inteligencia suficientes para atenerse a sus últimas consecuencias».

¡Las últimas consecuencias! Hubiera sido muy sencillo y muy cómodo para nuestros militares de Marruecos ceder, siquiera fuese un poco, a las corruptoras voces que les llegaban, atenuar su propio ímpetu, escatimar heroísmos y disimular deberes, pero no hicieron tal porque tenían comprometido su espíritu «hasta las últimas consecuencias». Millones de españoles no supieron comprenderlo entonces; muchos son los que tampoco después han querido entenderlo, y todavía queda por esos andurriales del mundo, pudriéndose en vida, tal cual sujeto de baja condición que continúa, erre que erre, la obra de difamación antiespañola y antimilitar a que siempre vivió entregado. Que Dios y España le perdonen, y el Pueblo español lo recuerde.

En Marruecos, como antes en Cuba y en Filipinas, y, por supuesto, en toda su gesta exterior, americana, europea o africana, el Ejército español, con sus grandezas y sus servidumbres, sus excelencias y sus flaquezas, ha sido la expresión colectiva más fuerte y cabal de nuestro pueblo, la cifra más alta de nuestro ser nacional. Y es esa misma representación suprema del espíritu de España la que le ha convertido en blanco favorito de las ajenas bellaquerías y de las traiciones interiores.

Con el largo sacrificio de los capitanes de España en las guerras de Cuba habría para colmar de gloria las páginas más exigentes, y aquí hubo más de uno y más de cien que trataron de convertir no pocos de aquellos resplandores en baldón de ignominia. Los altos y claros motivos de orgullo que encierra el famoso «expediente Picasso» (vosotros, españoles jóvenes, no sabéis, probablemente, lo que fue aquel documento) piden frecuentemente el laurel y el mármol; y se pretendió entre nosotros transformarlos en oscuras razones de vilipendio contra el Ejército nacional. Nada menos que un Gobierno conservador, y unas Corles de abundante mayoría monárquica, armados del inolvidable «expediente», decidieron poner en la picota a nuestras Instituciones Armadas y convertir la honra del Ejército español en comida destinada a las fieras de la demagogia.

No prevaleció el conato de tan grave afrenta; porque en Marruecos defendían la vida de España unos jefes y unos oficiales revestidos de imperturbable serenidad y de fría cólera, impulsados por una resuelta voluntad de vencer y profundamente seguros del rumbo que debían seguir los destinos nacionales. Eran la seguridad, la decisión y la serena cólera que «casi le dieron miedo» a mi amigo el corresponsal, el día de Taxuda.

Sobre el Ejército de África se ensayaron todos los vituperios, incluido el de la cobardía. El Comandante de la Primera Bandera sale al paso, y cuando recuerda a los bravos de Igueriben, Dar Quebdani o de Arrof, escribe:

«En los primeros momentos del desastre, el dolor de la tragedia nubló la gloria de muchos de nuestros compañeros muertos en la defensa heroica de sus puestos; más tarde, humanos egoísmos dejaron en silencio estos hechos gloriosos. El pueblo sabe cómo se rindió tal posición, pero ignora cómo han muerto sus mejores soldados.»

Y termina la alusión a los héroes con este clamor: «¡Salve, gloriosos soldados de la Infantería! El horror del desastre no podrá nublar vuestra gloria.»

Momentos hubo en que se pensó en disolver aquel Ejército, en crear una simple fuerza mercenaria, separada de las raíces nacionales, llamada a extinguirse y a morir, como una caravana de aventureros, en los barrancos africanos. El Comandante Franco siente que otra vez le asoma a los ojos la frialdad de una patriótica ira, pero, sin perder su medida y su compostura, comenta:

«En nuestra vida de Xauen nos llegan los ecos de España; y vemos el apartamiento del país de la acción del Protectorado, y la indiferencia con que se miran la actuación y el sacrificio del Ejército; de esta oficialidad abnegada que un día y otro paga su tributo de sangre entre los ardientes peñascales.»

Como la Revista de Infantería recogiera algunos de los extravagantes proyectos militares a que acabamos de aludir, y esos proyectos equivaliesen al intento de aniquilar los mejores ímpetus de nuestras Instituciones castrenses, el Comandante Franco prepara unas cuartillas que en el DIARIO aparecen reproducidas, pero cuya publicación en la Revista no fue jamás autorizada. Era la primavera de 1921. Nuestro jefe legionario apuntaba la siguiente afirmación, que, leída ahora, alcanza valor de profecía:

«La campaña de África es la mejor escuela práctica, por no decir la única, de nuestro Ejército, y en ella se contrastan valores y méritos positivos. Esta oficialidad, de espíritu elevado, que en África combate, ha de ser un día el nervio y el alma del Ejército peninsular...»

 

AUN HE DE EXTRAER del DIARIO DE UNA BANDERA otra reflexión.

El verdadero alcance de este libro, es decir, la intención y propósito del autor, al redactarlo, no terminan -como he insinuado antes- con ser expresión de un sentido del honor y una interpretación del deber. Esto sería mucho; pero hay algo más: hay... «el hambre de acierto».

En las campañas del Oriente de Cuba, en las correrías y maniobras de Las Villas o de Pinar del Río, en el ir y venir por vericuetos y playas de Manila, Luzón o Mindanao, también se derrochó valor, y se llegó muchas veces a prodigios de sacrificio... Viniendo a días más cercanos a nosotros, ¿no hemos visto lo que fue, como sublime ejemplo de holocausto, la defensa de Igueriben en vísperas de Annual?

«El nombre de los defensores de Igueriben debiera figurar con letras de oro en el libro de nuestra Infantería -leo en el DIARIO-. El Comandante Benítez hizo de esta posición la defensa más heroica. Sin agua, sin víveres, Benítez resistía y el convoy no llegaba. Un día triste se desistió del socorro. Se les autorizaba a rendirse, a entrar en tratos con el enemigo; pero Benítez y los suyos conservan en su alma el temple de los heroicos infantes, y de labios de un testigo hemos oído el último telegrama: “Los jefes y oficiales de Igueriben mueren..., pero no se rinden.” Y ponen fin a sus vidas con el más grande de los heroísmos.»

Esa grandeza de ánimo es digna de encendidas alabanzas, pero el primer Comandante de la Legión quiere más; mucho más; quiere... el acierto, la eficacia, la victoria. En este sentido, la generación militar que en 1922 se preparaba para ser «nervio y alma» de España muestra diferencias esenciales con lo que fueron los cuadros de jefes y oficiales de nuestro Ejército en amargas campañas anteriores. Un cubano muy distinguido y bien informado de mil episodios de la guerra que preparó la independencia de su país, me contó hace años el siguiente episodio:

-«Estábamos mi padre y yo -decía el doctor Benigno Souza, que éste era el cubano a quien aludo- en el ingenio Mi Rosa cuando llegó una columna española mandada por el general... X. Pocas horas antes había pasado por Mi Rosa la caballería mambisa. El propio Máximo Gómez iba al frente.

»-Por mi rastro vienen los españoles -comentó “el viejo” hablando con mi padre.

»Alejóse el caudillo dominicano no más de tres o cuatro kilómetros y acampó en un potrero muy conocido.

»-Puede usted decir al general... X, que he estado aquí. No pase cuidado, que no lo tomaré a mal. Ya verá como esta vez no hay combate.

»Llegó, en efecto, muy a poco, el general en cuestión, con una columna fuerte, aunque fatigada. Los primeros soldados entraban en el batey del Ingenio cuando los últimos caballos de Máximo Gómez se internaban en el cercano potrero.

»El general interrogó:

»-¿Ha estado por aquí Máximo Gómez?

»-Por aquí ha pasado, en efecto, y no debe dé andar muy lejos.

»El General meditó un instante, y decidió:

»-Estoy seguro de que le tengo muy cerca; pero, ¡mire!; voy a cansar más a mis soldados; me expongo a sufrir unas cuantas bajas, y a ese zorro no le veré ni la cola. De modo que, vamos a descansar; y sea lo que Dios quiera.»

Aquel general era, sin duda, un hombre de honor, un soldado generoso y valiente, capaz de heroísmo; pero le faltaban el afán de acierto y la voluntad de vencer. Con nuestra gran generación de capitanes africanos, es decir, con esta que desfila por las páginas del DIARIO, ese «vamos a descansar» hubiera sido absolutamente imposible.

El General en Jefe y Alto Comisario de España en África, al referirse al llamado «combate de Annual», preguntaban «Pero, ¿se combatió en Annual?» Es cierto que no se combatió; y precisamente en ese no combatir reside el secreto de la desventura que sufrimos. El Comandante de la Primera Bandera, a quien no duelen prendas cuando llega la ocasión, ha visto el problema con extremada claridad y nos ha dejado en el DIARIO este juicio verdaderamente severo:

«En Marruecos, la labor política y la militar han ido siempre emparejadas. No ha sido la ausencia de la primera lo que nos llevó, como alguien cree, al desastre de Julio. Si hubo algún error o desacierto, no es justo atribuir a ello las causas del desastre; examinemos nuestras conciencias, miremos nuestras aletargadas virtudes y encontraremos la crisis de ideales que convirtió en derrota lo que debió de haber sido un pequeño revés.»

Estas líneas invitaban en 1922 a muy seria meditación. Quien las escribió no había alcanzado todavía plenitud de autoridad nacional. Era no más que un comandante; una estrella solitaria en la bocamanga. Pero, ¡cómo ahondaba ya en ciertas capitales realidades del país! «Triste» le pareció el día en que se renunció a socorrer la posición del Igueriben; «triste», sin duda, porque acusaba un inconcebible letargo de «nuestras virtudes». Ahora, al referirse a la jornada de Annual, afirma que aquello no debió de haber sido sino «un pequeño revés». Y frente a la posición de Dríus, meditativo entre sus legionarios, asegura; «Cuanto más se avanza, menos se explica lo ocurrido. ¿Cómo no se habrá detenido en Dríus la triste retirada?»

¡Qué graves acusaciones lanzan nuestros nuevos capitanes contra unas ideas y unos modos que no han engendrado sino fracasos!

Resumen: Se pudo llevar un convoy de socorro a Igueriben, pero no hubo convoy; pudo reducirse la dificultad de Annual a los términos de un episodio sin importancia, pero acabó en un desastre; era perfectamente posible detener la retirada en Dríus, y, sin embargo, continuó el éxodo hasta terminar en las matanzas de Monte Arruit y de Zeluán. Los hombres -nos da a entender el DIARIO- eran buenos, los soldados magníficos, los jefes y oficiales fieles al concepto del honor, sensibles a la idea del deber y formados para el heroísmo. Sin embargo, ¿por qué cedieron a la pasajera adversidad? ¿Cuál fue el misterio de aquella desgracia? ¿Cuál la causa? Pase que alguna vez sea «sobrepasado el coeficiente moral de una tropa». Todos los Ejércitos han conocido trances parecidos. Recordemos las horas de Taxuda. El Comandante Franco siente respeto, humanísimo respeto, hacia los que vacilan un instante hacia quienes, cansados de combatir, flaquean durante un momento. No escribirá una sola palabra que pueda parecer humillante para quienes luchan y mueren por España... Pero clama ante todos y para todos en nombre dei espíritu; porque es necesario que los españoles vuelvan a confiar en las fuerzas del espíritu. Así se anuncia la nueva generación, que aspira a rescatar al país de los tremendos letargos de Cuba y de Filipinas, y de otros más próximos a nosotros, como los de Julio de 1921. «¡Volcamos nuestro espíritu! -dicen las notas de un día crítico. ¡Nuestro espíritu! Es decir: el que ordena y manda al jefe ser para los soldados un padre; el que dispone que una operación sea preparada con extremado celo y con útil cuidado para prevenirse en la medida de los humanos recursos contra todo posible fracaso; el que instituye una disciplina que ninguna fuerza podrá quebrantar jamás; el que exige la conquista de una posición, y obliga a que, una vez conquistada, se sujete decisivamente al dominio de la tropa conquistadora; y si por un azar del combate hubiera de ser abandonada, no dure el abandono más que el tiempo indispensable para lanzarse ardientemente, pero también lúcida y reflexivamente, a la reconquista; el que nunca, ¡nunca!, desespera ni cede al desaliento, sean cuales sean las circunstancias; el que, en fin, no se contenta con ofrecer a España caudales de honor y heroicos cementerios, sino que desea brindarle victorias.» Ese es el ánimo que prevalecería catorce años después de la publicación del DIARIO DE UNA BANDERA, y por eso fueron posibles, en nuestra Guerra de Liberación, el paso del convoy entre Ceuta y Algeciras, la defensa del frente aragonés con escasísimos medios de combate, la liberación del Alcázar de Toledo, la defensa de Oviedo y de Huesca, las jornadas de Brunete, las de Teruel, la resistencia en Extremadura, la batalla del Ebro... ¡el triunfo que culminó el día primero de abril de 1939!

Los tiempos del asalto a la posición de Izarduy (así llamada en recuerdo de un joven y brillante oficial), nos parecen ya legendarios. Hay un lienzo de Mariano Bertuchi en que se ve cómo una sección de Regulares va a coronar la loma. Va a la cabeza el teniente Franco Bahamonde. Desde el puesto de mando de la columna, los jefes asisten a un espectáculo de verdadera belleza militar.

Lo mismo fue en el Biut, donde la muerte rondó muy de cerca a nuestro héroe. E igual en la playa de Axdir y en el Monte de las Palomas. Así en todas partes, a lo largo de los años, ayer como hoy, y hoy como será mañana.

No es sorprendente que el «espíritu» prevaleciera en Izarduy; pero cuando llegasen horas extraordinariamente más complejas, también prevalecería; porque en la historia de los Ejércitos, aun suponiendo una igualdad de preparación y de elementos materiales, la victoria se ha inclinado siempre del lado de la superioridad espiritual. Al Comandante Franco Bahamonde no se le ocurre jamás dar lecciones de valor y de coraje, que en este punto no necesitan ser aleccionados los jefes y oficiales del Ejército de España; pero le importa recordar, en nombre de toda una generación, que el heroísmo no debe limitarse a ser arrebato de una hora, renunciación de un instante, sacrificio de un día, sino que supone todo un modo de vida, una norma del existir, del sufrido existir cotidiano, entre silencios o, si es necesario, entre abandonos y desdenes. Como acontecía en Marruecos.

HE QUERIDO DAR a entender algo de lo que, a juicio mío, podemos leer entre las líneas del DIARIO. ¡Ojalá lo haya logrado!

Se ha dicho que es característico de la política española crecerse en los momentos de dificultad y abandonarse en los normales, sin meditar que del abandono en las horas de normalidad suele venir que sean muy sangrientos, y frecuentemente inútiles, los desesperados recrecimientos de los días difíciles. El Comandante Franco Bahamonde, como Jefe de la Primera Bandera, cuidó de no abandonarse jamás; y no alcanzábamos a saber si vivía incesantemente en trance de normal dificultad o permanentemente en espíritu de difícil normalidad.

Nada de lo que le importaba solía quedar entregado al azar. (¡Memorable operación de sorpresa sobre las alturas del Visan!) Si había que improvisar alguna vez, la improvisación se parecía a la de esos oradores que rompen a hablar con gran fluidez sobre temas de diaria meditación. ¡Qué Primera Bandera de la Legión! En ella comenzó a transmutarse en viva sustancia española el retintín francés que precedió a su nacimiento. En ella empezaron a resucitar de verdad los Tercios; y a la Madelón sucedió la música celtibérica de los novios de la muerte. El Comandante Franco Bahamonde fue quien la formó, a imagen y semejanza de su propio espíritu, según verán quienes lean este DIARIO.

MANUEL AZNAR.

Madrid, julio de 1956.

 

Continuará

Por la transcripción: Julio MERINO