«El 18 de julio de 1507 se celebra en Gante la solemne misa de réquiem en honor de Felipe el Hermoso. Carlos de Habsburgo, archiduque de Austria, infante de España, duque de Borgoña y conde de Flandes y de Luxemburgo, se dirige a caballo hacia la iglesia. El caballo y las ropas de Carlos son de color negro. El niño tiene siete años. Los caballeros del Toisón de oro marchan a su alrededor, seguidos del Consejo de Regencia, de altos dignatarios, de representantes de la nobleza y del clero. Ante el altar, en un sarcófago de piedra, se encuentra la armadura del príncipe difunto en medio de centenares de velas, de espadas y de estandartes. Carlos ocupa un lugar desde el que puede dominar a la concurrencia. Se arrodilla y el obispo de Arras comienza el funeral.

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Terminado el oficio, el heraldo del Toisón de oro exclama:

-¡El Rey ha muerto!

Otros cuatro heraldos repiten el conjuro y se arrodillan. Entonces el heraldo primero vuelve a levantar la voz:

-¡Carlos de Austria!

-¡Presente! -responde el niño a media voz.

-¡Nuestro Rey vive! ¡Viva el Rey! -dice el heraldo.

Y entrega a Carlos una espada en una vaina de oro y le quita la capa de luto. El príncipe arma caballeros a sus pajes, arrodillados. Es el comienzo de un reinado de cincuenta años que dejará huellas imborrables en la Historia ...»

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Pero lo que no dicen los biógrafos, en este caso Philippe Erlanger, es que a esa edad el príncipe Carlos era ya mejor jinete que muchos de sus caballeros y un apasionado de los caballos. Como tampoco se entretendrán en hablarnos de sus animales preferidos... Quizá porque en la vida de Carlos V sobran los acontecimientos históricos, las grandes gestas, las batallas decisivas y los hechos imperiales.

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Pues no hay que olvidar que -como dice Salvador de Madariaga- «este gran emperador fue al mismo tiempo el último de los herederos de Carlomagno, y el precursor de los europeístas de hoy» y que con él y en él arranca aquel gran imperio español en el que nunca se ponía el sol. Ni que durante su reinado exploren y conquisten Hernán Cortés, México; Legazpi y Urdaneta, las Filipinas; Pizarro, el Perú; Quesada, la nueva Granada, hoy Colombia; Cabeza de Vaca, desde Brasil al Paraguay; Hernando de Soto, la Florida, el Arkansas y el Mississipi; Vázquez Coronado, el Oeste americano y el cañón del Colorado; Ayolas e Irala, los Andes; Orellana, el Amazonas... y etcétera.

Porque la verdad es que en la vida de Carlos I de España y V de Alemania todo es grande, grandioso mejor, épico, casi infinito. Tanto que sus «interlocutores históricos» se llaman Enrique VIII, Francisco I, Barbarroja, Clemente VII, Martín Lutero, Hernán Cortés (aquel que le conquistó México con 500 hombres y 16 caballos), Francisco Pizarro, el duque de Alba... y el Tiziano.

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Sí, el Tiziano, nuestro Tiziano, porque a la hora de hablar del caballo de Mühlberg rápidamente salta a la palestra el gran retrato ecuestre del gran pintor veneciano del Museo del Prado.

Pero sigamos un orden lógico. ¿Quién era ya en 1547 aquel niño que vimos vestido de negro sobre un caballo negro? Y ¿qué sucedió en Mühlberg, junto al río Elba?... Naturalmente llegados aquí lo mejor sería reproducir las páginas de las Memorias del propio Emperador, ya que nadie como él pudo contar lo que fue aquella guerra contra los protestantes y el final de Mühlberg.

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«Cuando el emperador recibió, pues, el aviso que esperaba, dio orden de avanzar a los soldados húngaros, a la caballería ligera y a todas las fuerzas de vanguardia, con las cuales se encontraba el duque Mauricio, que mandaba personalmente el duque de Alba. En cuanto a sus Majestades, tras dejar en el campamento una guarnición suficiente, les siguieron inmediatamente con su cuerpo de Ejército, y lo hicieron tan diligentemente que, tres leguas más allá, consiguieron reunirse con las tropas enviadas por delante...»

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Digamos, sin embargo, que aquel niño apasionado por los caballos era ya el monarca más poderoso del mundo y que sus reinos abarcaban España, Italia, los Países Bajos, Alemania, Austria, Checoslovaquia, Suiza y el Nuevo Mundo. El emperador que había tenido prisionero al rey de Francia (aunque curiosamente no estuviese en Pavía), que había tomado Roma y que había sido coronado por el papa. El mismo que se había enfrentado a Lutero para evitar el gran cisma de la Iglesia católica y el que provocaría el concilio de Trento.

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Bien es verdad que por los días de Mühlberg Carlos V es también ya un hombre enfermo y víctima de la gota, desilusionado y triste, que viaja más en litera que a caballo y que piensa en Yuste. Lo cual no le impide que ese día memorable (24 de abril de 1547) se vista de rojo y oro, los colores de Borgoña, y monte a Determinado con el ímpetu y la maestría adquiridos en los caminos de Europa.

Fue entonces cuando a imitación de Julio César dijo estas palabras:

-¡He venido, he visto y Dios ha triunfado!

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Tiziano Vecellio le pintó en Augsburgo después de la batalla y con el tono de naturalidad tan propio de su estilo. En el retrato Carlos V aparece con toda su majestad y en actitud belicosa, aunque no tanta como el caballo cuando se dirige a algún lugar de peligro. Según la leyenda ese día de Mühlberg se produjeron dos milagros: el descubrimiento del vado en el Elba que permitió el paso de las tropas imperiales sin que lo supieran los luteranos y, por tanto, la victoria... y el hecho mismo de que el emperador se sostuviese sobre Determinado en pleno ataque de gota. Afortunadamente, y para que quedase constancia de ello, «allí» estaban el Tiziano y sus pinceles de oro y grana.

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LOS CABALLOS

DEL RENACIMIENTO

Para llegar a los caballos de «mármol y bronce» del Renacimiento no hay más remedio que pasar por la «estatua ecuestre» del emperador Marco Aurelio del Capitolio de Roma, ya que «ahí» beben los artistas renacentistas que poco a poco llenaron las plazas de Italia de monumentos... Como para entender el movimiento artístico que revolucionó aquella Europa de los siglos XIV y XV hay que seguir los pasos de la familia florentina de los Médicis.

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Pero antes de hablar de Lorenzo el Magnífico, de los Pisanos, de Donatello, el Verrochio, etcétera, conviene decir algo sobre los caballos naturales de aquella Italia señorial, principesca y condottieri..., pues ellos son los que a la postre sirven de modelo a los artistas y los que quedan inmortalizados para la posteridad.

¿Cómo eran aquellos caballos que ven los ojos de Leonardo, de Miguel Ángel, de Filipo Lippi, de Rosello, de Sangallo, de Signerelli, de Michelozzo, de Giotto, de Gozzoli, de Botticelli, del Perugino, de Mantegna, de los Bellini, de Rafael, del Veronés, de Tintoretto..., y toda la pléyade que transforma, conmociona y revoluciona la pintura, la escultura y la arquitectura del mundo occidental?

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Mucho se ha hablado de esos caballos y sus «extrañas formas» (como después se haría en España con los caballos velazqueños), de su gordura anormal y de sus «imposibles posturas y movimientos» y, sin embargo, la verdad es que aquellos caballos eran apuntes tomados del natural y fiel reflejo de los que veían los artistas. Porque fuerte y musculoso, de cabeza fina y cuartos traseros poderosos es el avelignese de los Alpes y los Apeninos; fuerte, resistente y pesado es el maremmano; poderoso, elegante y fuerte es el murgese, y sólido como ninguno el calabrés («El calabrés -dice Carolina Silven- es un caballo bonito, de peso medio, que se cría en el sur de Italia. Su cabeza es pequeña y viva, mientras que el cuerpo es robusto, con fuertes cuartos traseros y, en general, formas redondas»)... Luego habría que hablar del toscano, un caballo de cabeza fina y larga, con hocico ahusado, orejas de longitud media, cuello corto y crestado frecuentemente por la parte de abajo, hombros poderosos, patas resistentes y grandes articulaciones, normalmente alazán o ruano con crines y cola doradas y movimientos rápidos y enérgicos que lo convierten en un espectáculo. (Del napolitano hablaremos en otro lugar, dada su influencia en los actuales caballos españoles.)

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¡Son los caballos del Trecento, el Quattrocento y el Cinquecento!... ¡Son los caballos del Renacimiento!... Los mismos que vieron nacer en 1449 a Lorenzo de Médicis, el Magnífico, y aparecen en la bandeja conmemorativa de la efemérides sobre dibujo de Doménico Veneziano. Los que Benozzo Gozzoli pintó en su famoso fresco La comitiva de los Magos. Por cierto, que viendo estos caballos y la magnificencia de los trajes de los jinetes cualquiera puede hacerse buena idea de lo que debieron de ser los torneos ecuestres de la Florencia renacentista y en especial el que Pedro de Médicis el Gotoso convoca con motivo del compromiso matrimonial de su hijo Lorenzo... («En el torneo realizado en la plaza de Santa Cruz -escribe María Luisa Rizzatti- participan, con trajes fastuosos, los jóvenes más brillantes de Florencia. Pero Lorenzo los supera a todos: hasta la gualdrapa de su corcel va adornada con perlas: un diamante centellea en el centro de su coraza y las plumas de su yelmo están sujetas por rubíes...») Aquel día de febrero de 1469 el joven Lorenzo montaba un caballo armiño enjaezado en oro, terciopelo y brillantes que al parecer respondía al nombre de Arista (el «mejor») o Palle, palabras ambas de claro sabor florentino, pues «Palle, Palle» era la consigna de los Médicis y «Arista» llamaron los cardenales del Concilio de 1430 al exquisito asado de cerdo de la ciudad renacentista por excelencia.

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Pero las primeras y más importantes «estatuas ecuestres» del Renacimiento son las de Cangrande, de la Scala de Verona; la del condottiere Gattamelata de Padua y la del condottiere de Colleone, de Venecia. Sobre todo la de Donatello, el más terminado retrato ecuestre escultórico de movimiento que protegen y auspician los Médicis. ¿Y cómo es el caballo del precursor de Miguel Ángel? Si nos atenemos a la obra en sí, un gigante de bronce que certifica la calidad y las proporciones a que había llegado la fundición florentina en el siglo XV. Si vamos más allá, un verdadero ejemplo quizá de cruce entre avelignese y napolitano (incluso por la corta cola).

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Después de estos equinos de bronce y mármol aparecen los caballos de Botticelli o, mejor dicho, el caballo blanco que ilustra la historia de «Nastagio degli Honesti» del Decamerón, de Bocaccio. («Nastagio, desesperado por el desdén de la que no quiere ser su prometida, marcha a un pinar próximo a la ciudad donde se ve sorprendido por el espectáculo de otro enamorado que, habiéndose quitado la vida en análogas circunstancias, ha sido condenado a perseguir eternamente a su amada y arrancarle el corazón, organiza en aquel lugar una comida a la que invita a la desdeñosa joven, quien, aleccionada por el espectáculo, que no tarda en reproducirse ante su vista, accede a los deseos de Nastagio. El banquete de bodas, que es el tema de la cuarta tabla que no está en el Museo del Prado, de Madrid, se celebra con una pompa renacentista del Cinquecento...»)

Botticelli llegó a ser un gran conocedor de la anatomía equina, como lo demuestra el dibujo de un combate de caballería que hizo para el canto X del Purgatorio dantesco, aunque sus caballos fuesen siempre toscanos. Una vieja leyenda cuenta que Botticelli salvó su vida en los peores momentos de Savonarola gracias a un hermoso y noble caballo de esta raza y que fue ese animal el que le sirvió de «modelo».

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Bueno, y ahora tendríamos que hablar de Leonardo de Vinci... pero ¿quién se atreve a encerrar el arte y la sabiduría del genio del Renacimiento en unas cuantas líneas? Leonardo se merece algo especial.

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(Agradecimiento. Por su ayuda inestimable para la realización técnica de esta serie no tengo más remedio que dar las gracias a José Manuel Nieto Rosa, un verdadero experto en informática y digitales.)