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En septiembre de 1954 (yo tenía 14 años) mi padre arrendó una panadería que estaba ubicada en la calle Pintor Palomino (creo que en el número 17) de la Huerta de la Reina. Su intención era doble. Por una parte resolver mi estancia en Córdoba para facilitar mis estudios de Magisterio y por otra, más personal, poder hacer sus “escapadas” del pueblo a Córdoba. A mí me tocó ser el repartidor. Cada madrugada había que llevar a los puestos de venta acordados previamente el pan del día. Eran tres viajes: uno, el primero, al Campo de la Verdad; otro, el segundo, al barrio Cañero y un tercero al barrio del Naranjo.

Así que a las 5 de la mañana mi tío Venancio, que era el responsable de la panadería, cargaba el triciclo (una bicicleta con un cajón delante con capacidad para 100 kilos de peso...y de color verde, ¡no se me olvidará mientras viva!) y yo emprendía la marcha, medio dormido, pues nunca me acostaba antes de la una, hacia el Campo de la Verdad, que por entonces tenía sus calles de tierra. En dos pedaladas salía a la carretera del Brillante y allí, a los 100 metros, ya me encontraba con el Viaducto, un verdadero muro que se había levantado para salvar las vías del tren. ¡Dios, y subir aquello dando pedales y con 100 panes de kilo era un tormento!...mi calvario diario. Porque, naturalmente, en cuanto se empinaba la cuesta me tenía que bajar y empujar hasta coronar, y a veces ni así podía y tenía que echar los frenos para que el triciclo no rodase para atrás. Y lloraba de rabia...Sí, aquel maldito Viaducto lo sigo teniendo clavado en el alma. Aunque luego, después, tendría que subir viaductos más terribles que aquel de mi juventud. La vida.