Muchos fueron los sacerdotes mártires en aquella región española durante la primera fase de la guerra civil, entonces bajo el dominio de los separatistas en alianza con los comunistas. Pero no todo y ni el mejor clero vasco estuvo con los separatistas, como entonces se quiso ver, con falsedades y propaganda bien dosificadas.

Parte del clero sometido al gobierno separatista no fue perseguido, sino apoyado, agasajado y utilizado, unas veces como propaganda en el interior de las Vascongadas, otras para misiones delicadas en el exterior.

Los comunistas decían que el clero colaboracionista eran los grandes amigos del pueblo; los republicanos se ufanaban que habían conocido, gracias a ellos, la grandeza de la República como régimen de libertad, y los separatistas que habían reducido su acción a la labor ministerial y a elevar al pueblo vasco.

Una minoría muy reducida, atrevida y exaltada, se echó simbólicamente al monte, arrastrando a bastantes sacerdotes en la toma de posiciones políticas, por el prestigio que los curas siempre han tenido en el ámbito rural y religiosos que han sabido navegar entre las corrientes y tempestades más favorables, y también con rumbos opuestos.

Parte del clero vasco vio en los gobernantes separatistas un poder que los quería oprimir y esclavizar; de modo suave y, a veces, de manera elegante y seductora.

Se quiso presentar al mundo como un argumento a favor de la independencia subjetiva y objetiva del clero que el PNV no admitiera a los sacerdotes entre sus miembros; de derecho no han pertenecido, pero lo han inspirado, alentado, propagado y hasta mandado.

Máximo objetivo: el Estatuto, aunque fuera laico

Una de las campañas más enjundiosas del PNV ha sido la del Estatuto. Todo lo sacrificaron a la consecución de ciertas ventajas autonomistas. El bien de Euscadi, hace que dejen de importar los reparos de orden religioso, social o político. Es un principio de unión por encima de todas las ideologías. Es la doctrina de Maurras hecha vida en aquella región: “El amor de la Patria pone de acuerdo a los franceses, católicos, librepensadores o protestantes; monárquicos o republicanos. La Patria es lo que une, por encima de todo lo que divide”.

A muchos sacerdotes se les presentó como único camino para adquirir la fe votar el Estatuto. Veamos la preparación, criterios e influencias de algunos clérigos en este asunto.

El 28 de junio de 1932 escribía a José Antonio Aguirre su íntimo el presbítero Policarpo de Larrañaga, de Eibar, una carta en estos términos: “Mi carísimo amigo. Repuesto ya del susto formidable que los navarros nos han deparado, me parece prudente comunicarte algunas impresiones que voy recogiendo respecto al futuro Estatuto:”

“Los socialistas. Los jóvenes socialistas de Eibar nunca han sido favoritos al Estatuto. A ellos no les preocupa más que la lucha social…no permitirían ningún pucherazo y que el resultado no arrojaría más votantes que los verdaderos… y bien sabes que Eibar irradia su pensamiento a todos los socialistas de este distrito de Vergara. Después de lo de Pamplona aprecian ellos que ya no habrá ni Estatuto Vasco, porque será difícil llegar a una inteligencia entre republicanos, socialistas y nacionalistas”.

“Republicanos. Los de Eibar mantienen su actitud favorable. Pero parece que en Donostia hay mucho lío, y se teme que no haya concordia entre ellos… algunos piden que se hagan declaraciones terminantes de laicismo. Esto no nos conviene… Vitoria retiraría su anterior declaración”.

“Tradicionalistas. Continúan en su terca actitud de radical oposición. Y me aseguran que si en Araba se celebra otra reunión de alcaldes, hay peligro de deserciones… la Hermandad evoluciona hacia la oposición… Yo continúo en Euskadi mi campaña…Lo que se impone es una formidable y bien organizada propaganda nacionalista en toda Euskadi; no hay más redención que el nacionalismo”.

Saquen ustedes sus propias conclusiones.

Estos principios ya los había formulado antes el P. Bernardino en carta remitida a Jesús Zabala el 6 de octubre de 1931: “… Y todavía le decía (a Manuel Irujo)… si Prieto y sus compañeros se avienen a defender y sacar adelante el Estatuto laico de la Sociedad de Estudios Vascos, debemos nosotros unirnos a ellos y aunar las fuerzas para que de todo esto salga el Estado Vasco… Ya pasarán estos odios y envenenamientos antirreligiosos. No se si todos esto sonará a blasfemia. Hay que ser un poco flexible en la vida política”.

El fin justifica los medios. Primero política después religión. Un Estatuto laico para un pueblo católico, dicho por un clerigo: “no se si todo esto sonará a blasfemia”.

Apoyo moral, apoyo económico y social para sacar adelante el Estatuto, esa fue la consigna de los nacionalistas al clero sometido, labor que realizó a las mil maravillas.

Terminamos con otro testimonio, la carta enviada al presidente de la Minoría Nacionalista vasca en el Parlamento español el 10 de abril de 1934, de Eugenio de Azcunaga: “… Lo que se ha adelantado en el camino de la educación patriótica ha sido a la labor desarrollada por dos beneméritos sacerdotes patriotas: P. Domingo Jakakortajarena, de Nafarrate, y el P. Pascasio Etxezárraga, de Elosu…Con la labor realizada por estos dos sacerdotes en baneficio de Dios y de la Patria , auguramos días felices para nuestra Causa…”.

Citamos finalmente la indignación que produjo al P. Miguel de Alzo, capuchino, prefecto del colegio de Lecároz, cuando unas monjas salesas, refugiadas en Irurita, y una comunidad del Servicio Doméstico refugiadas en Errazu, que hicieron sus rezos en castellano, pidió “cortar ese abuso”, recurriendo al presidente Aguirre que, según el P. Miguel de Alzo: “tiene muchos medios para influir cerca de esas personas religiosas y párrocos”.

Lástima que no se acordaran también de aquel Gobierno que consintió asesinatos en masa y la destrucción de tantos templos y moradas de religiosos y religiosas.