Señor Director: repasando los papeles que mi padre nos dejó al morir el año pasado me he encontrado un documento que no conocía, a pesar de mi Licenciatura en Historia. La carta de José Antonio a los militares me ha impresionado y creo que los españoles de mi generación deben conocer estas cosas. Además me da la impresión que aunque se diga que la "Historia no se repite" estamos volviendo al pasado. Me gustaría verla publicada, pero si no le parece bien no pasa nada. Seguiré leyendo "El Correo de España". Un saludo cordial.

Por la transcripción

Antonio Pérez Mesa

Militares de España, ante la invasión de los bárbaros: ¿Habrá todavía entre vosotros -soldados, oficiales españoles de tierra, mar y aire- quien proclame la indiferencia de los militares por la política? Esto pudo y debió decirse cuando la política se desarrollaba entre partidos. No era la espada militar la llamada a decidir sus pugnas, por otra parte harto mediocres. Pero hoy nos hallamos en presencia de una pugna interior. Está en litigio la existencia misma de España como entidad, y como unidad. El riesgo de ahora es exactamente equiparable al de una invasión extranjera. Y eso no es una figura retórica: la extranjería del movimiento que pone cerco a España se denuncia por sus consignas, por sus gritos, por sus propósitos, por su sentido.

Las consignas vienen de fuera, de Moscú. Ved cómo rigen, exactas, en diversos pueblos. Los gritos los habéis escuchado en las calles: no sólo el "¡Viva Rusia!" y el "¡Rusia, sí; España, no!", sino hasta el desgarrado y monstruoso "¡Muera España!" y no ha sido castigado nadie hasta ahora; en cambio, por gritar "¡Viva España!" o "¡Arriba España!" hay centenares de encarcelados. Si esta espeluznante verdad no fuera del dominio de todos, se resistiría uno a escribirla, por temor a pasar por embustero.

Los propósitos de la revolución son bien claros. La Agrupación Socialista de Madrid, en el programa oficial que ha redactado, reclama para las regiones y las colonias un ilimitado derecho de autodeterminación, que incluso les lleve a pronunciarse por la independencia.

El sentido del movimiento que avanza es radicalmente antiespañol... Hoy se ha enseñoreado España de toda villanía; se mata a la gente cobardemente (cien contra uno); se falsifica la verdad por las autoridades; se injuria desde inmundos libe­ los y se tapa la boca a los injuriados para que no se puedan defender; se premian la traición y la soplonería...

¿Es esto España? ¿Es esto el pueblo de España? Se dijera que vivimos una pesadilla o que el antiguo pueblo español -sereno, valiente, generoso- ha sido sustituido por una plebe frenética, degenerada, drogada con folletos de literatura comunista. Sólo en los peores momentos del siglo XIX conoció nuestro pueblo horas parecidas, sin la intensidad de ahora. Los autores de los incendios de iglesias que están produciéndose en estos instantes alegan, como justificación, el rumor de que las monjas han repartido entre los niños de obreros caramelos envenenados. ¿A qué páginas de esperpento, a qué España pintada con chafarrinones de bermellón y de tizne hay que remontarse para hallar otra turba que preste acogida a semejante rumor de zoco?

El ejército, salvaguardia de lo permanente. Sí; si sólo se disputara el predominio de éste o de otro partido, el ejército cumpliría con su deber quedándose en sus cuarteles. Pero hoy estamos en víspera de la fecha -¡pensadlo, militares españoles!- en que España pueda dejar de existir. Sencillamente: si por una adhesión a lo formulario del deber permanecéis neutrales en el pugilato de estas horas, podréis encontraros, de la noche a la mañana, con que lo sustantivo, lo permanente en España, que servíais, ha desaparecido. Éste es el límite de vuestra neutralidad; la subsistencia de lo permanente, de lo esencial, de aquello que pueda sobrevivir a la diversa suerte de los partidos. Cuando lo permanente mismo peligra, ya no tenéis derecho a ser neutrales. Entonces ha sonado la hora en que vuestras armas tienen que entrar en juego para poner a salvo los valores fundamentales, sin lo que es vano simulacro la disciplina. Y siempre ha sido así, la última partida es siempre la partida de las armas. A última hora -ha dicho Spengler- siempre ha sido un pelotón de soldados el que ha salvado la civilización.

Tendríais derecho a haceros los sordos si se os llamara para que cobijaseis con vuestra fuerza una nueva política reaccionaria. Es de esperar que no queden insensatos todavía que as­ piren a desperdiciar una nueva ocasión histórica -la última­ en provecho de mezquinos intereses. Y si los hubiera, caería sobre ellos todo vuestro rigor y nuestro rigor. No puede invocarse el supremo honor del ejército, ni señalar la hora trágica y solemne de quebrantar la letra de las Ordenanzas para que todo quedase en el refuerzo de una organización económica en gran número de aspectos injusta. La bandera de lo nacional no se tremola para encubrir la mercancía del hambre. Millones de españoles perecen y es de primera urgencia remediarlo. Para ello habrá que lanzar a toda máquina la gran tarea de la reconstrucción nacional: ello implicará sacrificio para los que hoy disfrutan de una posición demasiado grande en la parva vida española. Pero vosotros -templados en la religión del servicio y el sacrificio-y nosotros -que hemos impuesto voluntariamente a nuestra vida un sentido ascético y militar­ enseñaremos a todos a soportar el sacrificio con cara alegre. Con la cara alegre del que sabe que a costa de algunas renuncias en lo material salva el acervo eterno de los principios que llevó a medio mundo, en su misión universal, España.

Ojalá supieran estas palabras expresar en toda su gravedad el valor supremo de las horas en que vivimos. Acaso no las haya pasado más graves, en lo moderno, otro pueblo alguno, fuera de Rusia. En las demás naciones, el Estado no estaba aún en manos de traidores; en España, sí. Los actuales fiduciarios del Frente Popular, obedientes a un plan trazado fuera, descarnan de modo sistemático cuanto en la vida española pudiera ofrecer resistencia a la invasión de los bárbaros. Lo sabéis vosotros -soldados españoles del ejército, de la marina, de la aviación, de la Guardia Civil, de los Cuerpos de Seguridad y Asalto-, despojados de los mandos que ejercíais, por sospecha de que no ibais a prestaros a la última traición. Lo sabemos nosotros, encarcelados a millares, sin proceso, y vejados en nuestras casas por el abuso de un poder policíaco desmedido, que hurgó en nuestros papeles, inquirió nuestros hogares, desorganizó nuestra existencia de ciudadanos libres y clausuró los centros abiertos con arreglo a las leyes, según proclama la sentencia de un Tribunal que ha tachado de indigna censura gubernativa. No se nos persigue por incidentes más o menos duros de la diaria lucha en que todos vivimos; se nos persigue -como a vosotros- porque se sabe que estamos dispuestos a cerrar el paso a la horda roja destinada a destruir a España. Mientras los semiseñoritos viciosos de las milicias socialistas remedan desfiles marciales con sus camisas rojas, nuestras camisas azules, bordadas con la flecha y el yugo de los grandes días son secuestrados por los esbirros de Casares y de sus pondos. Se nos persigue porque somos -como vosotros­ los aguafiestas del regocijo con que, por orden de Moscú, se pretende disgregar a España en repúblicas soviéticas independientes. Pero esta misma suerte que nos une en la adversidad tiene que unirnos en la gran empresa. Sin vuestra fuerza -soldados-, nos será titánicamente difícil triunfar en la lucha. Con vuestra fuerza claudicante es seguro que triunfe el enemigo. Medid vuestra terrible responsabilidad. El que España siga siendo depende de vosotros. Ved si esto no os obliga a pasar sobre los jefes vendidos o cobardes, a sobreponeros a vacilaciones y peligros. El enemigo, cauto, especula con vuestra indecisión. Cada día gana unos cuantos pasos. Cuidad de que al llegar el momento inaplazable no estéis ya paralizados por la insidiosa red que alrededor os tejen. Sacudid desde ahora mismo sus ligaduras. Formad desde ahora mismo una unión, una unión firmísima, sin esperar a que entren en ella los vacilantes. Jurad por vuestro honor que no dejaréis sin respuesta el toque de guerra que se avecina.

Cuando hereden vuestros hijos los uniformes que ostentasteis, heredarán con ellos, o la vergüenza de decir: "Cuando vuestro padre vestía este uniforme, dejó de existir lo que fue España", o el orgullo de recordar: "España no se hundió por­ que mi padre y sus hermanos de armas la salvaron en el momento decisivo." Si así lo hacéis, como dice la fórmula antigua del juramento, que Dios os lo premie, y si no, que os lo de­ mande. ¡Arriba España!, Madrid, 4 de mayo de 1936."